FORMAS CLÍNICAS DE LA HOMOSEXUALIDAD FEMENINA

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Resumen

Nos proponemos realizar un abordaje de la llamada “homosexualidad femenina” considerándola no como un campo homogéneo que respondería a una determinada posición sexuada, sino un término bajo el cual se pueden hallar modos diversos de asumir la sexuación que exceden a la elección de objeto. En sentido, distinguimos tres respuestas posibles: la primera, en relación a una modalidad histérica; la segunda, asociada a la recusación perversa, y una tercera respuesta que apunta a indagar cómo se presenta lo femenino en la homosexualidad femenina. Las tres modalidades se declinan en función de su relación al falo: con el falo en la histeria, en desafío al falo en la perversión, y más allá del falo en la posición propiamente femenina.


Palabras Clave: homosexualidad femenina – posición subjetiva – sexuación.


La homosexualidad femenina ha sido un interrogante persistente en el campo psicoanalítico. Sin embargo, las preguntas que ha despertado han sido poco desarrolladas o demasiado sesgadas.

Ya Freud en “Tres ensayos de teoría sexual” (1905) hacía alusión a “las invertidas”, aseverando que en ellas las metas sexuales podían ser varias, dando cuenta así de la pluralidad en cuanto a los modos de satisfacción; y agregaba que “las invertidas activas” solían tener rasgos somáticos y psíquicos viriles. La elección de objeto estaba sesgada por una particularidad: buscaban objetos con rasgos femeninos. Por otro lado, señalaba que podía tratarse de una inversión absoluta u ocasional y distinguía diferentes posiciones subjetivas respecto del mismo fenómeno: 


“Los invertidos muestran, además, una conducta diversa en su juicio acerca de la particularidad de su pulsión sexual. Algunos toman la inversión como algo natural, tal como el normal considera la orientación de su libido, y defienden con energía su igualdad de derechos respecto de los normales; otros se sublevan contra el hecho de su inversión y la sienten como una compulsión patológica” (Freud, 1905, 124-125).

A esta primera aseveración es preciso sumar una segunda: la que distingue posición sexuada de elección de objeto. En 1920 lo expresa del siguiente modo:

“La bibliografía sobre la homosexualidad no suele distinguir con nitidez suficiente el problema de la elección de objeto, por un lado, y el del carácter y la actitud sexuales, por el otro, como si la decisión sobre uno de esos puntos se enlazara necesariamente con la decisión sobre el otro. Pero la experiencia muestra lo contrario: un hombre con cualidades predominantemente viriles, y que exhiba también el tipo masculino de vida amorosa, puede, con todo eso, ser un invertido con relación al objeto, amar sólo a hombres, no a mujeres. Un hombre en cuyo carácter prevalezcan de manera llamativa las cualidades femeninas, y aun que se porte en el amor como una mujer, en virtud de esa actitud femenina debería estar destinado al varón como objeto de amor; no obstante, muy a pesar de eso, puede ser heterosexual y no mostrar hacia el objeto una inversión mayor que una persona normal media. Lo mismo vale para las mujeres; tampoco en ellas carácter sexual y elección de objeto coinciden en una relación fija. Por tanto, el misterio de la homosexualidad en modo alguno es tan simple como se propende a imaginarlo en el uso popular: Un alma femenina, forzada por eso a amar al varón, instalada para desdicha en un cuerpo masculino; o un alma viril, atraída irresistiblemente por la mujer, desterrada para su desgracia a un cuerpo femenino.” (Freud, 1920, 162-163).

Nos interesa resaltar aquí el modo en que Freud pone el énfasis en “problematizar” más que en reducir la cuestión a una entidad única basada en un simple binarismo, complejizando el problema.
Esta misma lógica parece presentarse cuando comenzamos a escuchar en la clínica o en diversos testimonios mujeres que se presentan como homosexuales. Si bien el término pareciera englobar un grupo homogéneo, rápidamente es posible recoger una serie de diferencias respecto del modo en el cual asumen la sexuación, la elección de objeto, la relación al deseo y el goce, así como también el modo en que conciben el lazo amoroso.
Es a partir de esta encrucijada clínica que comenzamos a pensar la homosexualidad femenina como una diáspora que reúne bajo ese nombre, posiciones muy diferentes. 
Si la sexuación implica la relación peculiar del ser hablante con el Otro sexo, no podemos dejar de interrogar las particularidades que ésta cobra en un fenómeno tan vasto como la homosexualidad femenina.
Consideramos que una investigación minuciosa de este tema puede ser de interés no sólo para el psicoanálisis sino también para los estudios de género, y puede abrir también a intersecciones con otros campos del saber (estudios sobre nuevas formas de lazo social, neo-parentalidades, etc.) que conforman temas importantes de discusión en la sociedad actual.  


Planteo del problema 

Freud entiende la homosexualidad femenina en el marco del complejo de Edipo y en torno a la figura pregnante del padre. Un ejemplo paradigmático de esta interpretación es el caso de la joven homosexual, en el cual sitúa el viraje que acontece desde el deseo de recibir un hijo del padre al cortejo amoroso de la dama.
Por su parte, Lacan dedica tres clases del Seminario 4 a tratar las particularidades de este caso, pivoteando todo el tiempo entre dos referencias: Dora y la joven homosexual. En ambas pone en el horizonte una elección de objeto homosexual: en Dora ese lugar lo encarna la señora K.; en la joven homosexual, la dama de dudosa reputación. Sin embargo, la posición sexuada es diferente en una y en otra. Lacan no deja pasar la oportunidad para poner el énfasis sobre dos versiones del padre: por un lado, la del padre impotente de la histérica y, por el otro, la del padre portador de falo y potente de la joven homosexual, a la cual deja del lado de la “perversión” (entre comillas –dice Lacan– por sostenerse en una degradación del padre, a quien corre de su función simbólica para dejarlo reducido al padre imaginario). 
Por otro lado, está claro que la relación con la mujer no es la misma. Dora alaba el cuerpo blanco de la señora K. y no tiene más que palabras amorosas hacia ella en tanto encarna un enigma: ¿qué es ser una mujer? Y se encuentra dividida entre la identificación viril y lo femenino por excelencia hacia lo cual se dirige. La histérica está del lado macho de las fórmulas de la sexuación pero para dirigirse al otro campo, lugar donde se aloja la dimensión de la causa y la ausencia de significante. 
En la joven homosexual no hay una pregunta por lo femenino, sino que se dirige a la dama para demostrarle al padre algo que ella sabe. Tiene la cifra respecto de cómo es posible amar a quien no lo tiene, parapetándose en una identificación con el padre que le permite detentar el falo como absoluto. Lacan ubica así que en la vertiente del amor poco importa la satisfacción: incluso cuanto más inaccesible, más reduplica su apuesta. En este sentido, se afirma que de lo que se trata es del amor cortés donde la joven en posición viril exalta a la dama, la cual por cierto estaba bastante denigrada en tanto era una mujer mundana. Es un amor que “apunta muy precisamente a la no satisfacción” (Lacan 1956-57,111). Desde la servidumbre se vuelve devota de la dama, sosteniendo así un amor ideal. De hecho, en el Seminario 10 la llamará “la caballera de Lesbos” (Lacan 1962-63,123) y sostendrá que ama como un hombre. 
Si en Dora el deseo se estructura en torno al deseo del padre y, desde allí, se dirige a la Sra. K en tanto enigma de la femineidad; en la joven homosexual lo que se desea “está más allá de la mujer amada” (Lacan, 1956-57, 112). Lo que se busca es precisamente lo que falta, “es el objeto central de toda economía libidinal –el falo” (Lacan, 1956-57, 112). Lacan va incluso más lejos al afirmar que en este caso de lo que se trata es de “la promoción del falo, en cuanto tal, al lugar del a” (Lacan, 1962-63, 126).
Asimismo, en “Ideas directivas para un Congreso sobre homosexualidad femenina”, Lacan dedica un apartado a la homosexualidad femenina y el amor ideal. Trae una comparación entre la perversión en el hombre y en la mujer, señalando la ausencia de fetichismo en esta última. Sin embargo, no deja de enlazar dicha posición perversa con una relación peculiar al falo, que en la joven homosexual veíamos jugarse en torno al niño real. Por esta vía, Lacan vuelve al amor cortés como aquel que se “jacta de ser el que da lo que no tiene”. De este modo, formula una crítica a Jones –quien señalaba que la homosexual elige su objeto incestuoso por encima de su sexo–. Para Lacan no hay un rechazo al propio sexo, lo que no es aceptado “es que ese objeto solo asuma su sexo a costa de la castración” (Lacan, 1960, 714). Así afirma, entonces, que en todos los casos de homosexualidad femenina, incluso en aquellos inconscientes, “es a la femineidad a donde se dirige el interés supremo” (Lacan, 1960, 714). De esta manera, comienza a organizar un cuadro donde el amor se presenta bajo la forma del amor cortés y el goce se especifica en tanto el sujeto se dedica al “goce de su compañera”. Se destaca en este artículo, además, la presencia del hombre como “testigo invisible”. Por último, en este apartado rompe la soldadura con el falo al plantear a la sexualidad femenina como un “goce envuelto en su propia contigüidad” y que se realiza “a porfía del deseo que la castración libera en el hombre dándole su significante en el falo” (Lacan, 1960, 714). Deslizamiento curioso entre la homosexualidad femenina y la sexualidad femenina que habremos de interrogar en esta investigación.
Demos un paso más. El Seminario 20 introduce una lectura novedosa de la sexuación, la cual vuelve a poner en el centro la función del padre, pero ahora en tanto deseante.
La sexuación implica posicionarse del lado macho o del lado femenino, derivando el ser hablante posiciones diferentes respecto de lo que se vuelve el Otro sexo respecto del falo; es decir aquello que es “hetero” por excelencia. De un lado, las cosas se ordenan alrededor del todo como lo que hace conjunto; del otro rige el no-todo, lo que no hace conjunto. Lacan recurre a los místicos y a las mujeres para dar cuenta de la presencia de un goce más allá del falo, en conexión directa no ya con el falo como inscripción de la falta, sino con lo que falta como inscripción. Así hombres y mujeres pueden tener posiciones diversas: una mujer puede posicionarse virilmente (tal es el caso de la histérica y de la homosexualidad femenina como perversión); y un hombre, en cambio, puede estar en una posición femenina (como es el caso de Juan de la Cruz).
Es a partir de aquí que surge un nuevo interrogante. Si la homosexualidad femenina está interesada en lo femenino y allí a donde se dirige: ¿no es posible pensar un modo de lazo amoroso entre mujeres que no sea a porfía del hombre, ni desmintiendo la castración? ¿Podemos afirmar un tercer modo de posicionarse en la homosexualidad femenina donde no se intente provocar un cortocircuito en la apertura que se abre entre la causa y el significante de la falta en el Otro?
Si seguimos a Lacan en El Atolondradicho (1972) está claro que allí deconstruye la noción de homosexualidad como aquella elección de objeto sostenida en lo igual, en la medida en que señala que las mujeres que aman a otras mujeres son en verdad heterosexuales. Dice: 


“Llamamos heterosexual, por definición, a lo que ama a las mujeres, cualquiera sea su propio sexo.” (Lacan 1972, 491). 


Estado del arte:

Dividiremos la sistematización del estado del arte en cuatro grandes apartados: aportes postfreudianos, aportes de autores lacanianos, estudios de género y, por último, publicaciones recientes.


1.Los posfreudianos y la homosexualidad femenina: conflicto pre edípico e intensidad de la pulsión oral.


M. Klein (Fleischer, 2009) sitúa la cuestión de la sexualidad femenina en relación con el operador teórico del complejo de castración. Luego de la separación del pecho materno, dicho objeto se sustituye por el pene paterno. Este pasaje, en la niña, al mismo tiempo que implica un paso a la heterosexualidad, supone también una contribución a las tendencias homosexuales en tanto que se desea un pene propio. Esto suscita la envidia que, para Klein, tiene un carácter erótico expresado en lo sádico-oral (voracidad) y en lo sádico-anal de los impulsos destructivos. A su vez, el odio dirigido a la madre genera temor a la retaliación. En este punto, la identificación al padre puede tener como fin reparar los daños infligidos a la madre.
Por otra parte, Karen Horney (Fleischer, 2008) retoma la cuestión de la envidia del pene, que se asienta sobre desventajas reales, sostiene que es esta femineidad herida lo que da origen al complejo de castración. Para esta autora –como para Klein– hay un temprano conocimiento de la vagina, lo cual permite situar dos sexos de entrada y, por lo tanto, lo masculino y lo femenino cobran cierto carácter innato. De este modo, heterosexualidad y maternidad son instintivas, y la homosexualidad es una formación secundaria respecto de las frustraciones del desarrollo de la maternidad.
Entre los autores post-freudianos que han realizado un abordaje más directo y específico respecto de la homosexualidad femenina, se encuentran los desarrollos de H. Deutsch (1930/1945). Para esta autora, a diferencia de las anteriormente mencionadas, la mujer debe descubrir la vagina en su propia persona, debe hacer un pasaje de lo fálico (clítoris) a lo vaginal. Así, el descubrimiento del órgano femenino queda ligado a un fundamento más biológico, al igual que el masoquismo (Deutsch, 1930), en tanto las mujeres están más adaptadas al dolor puesto que padecen el parto. Es huyendo defensivamente de un masoquismo excesivo como la mujer se desviará de su femineidad. Deutsch sostiene que la homosexualidad femenina es producto de fijaciones pre-edípicas, en el momento en que la madre tiene mayor protagonismo erótico y narcisista. Es el miedo a la pérdida de la madre lo que suscita el odio y la culpa en la niña, y frente a las ansiedades que esto despierta se establece la homosexualidad por identificación al padre. Es decir, utiliza la identificación masculina para reparar el odio a su madre y se pone al servicio de ella y abandona, de este modo, la rivalidad. La autora toma once casos que ella misma ha analizado y menciona que hay casos en que la perversión había sido más manifiesta que en otros.
Planteado de este modo, para H. Deutsch el masoquismo –mientras define una variante perversa en el hombre– constituye la “esencia” de la femineidad. Por cuanto la homosexualidad femenina es definida por la intensidad de la pulsión, quedando claramente establecida como una cuestión de grado.
Por último, cabe mencionar los desarrollos de E. Jones (1927), quien también se basa en algunos casos clínicos para pensar la cuestión de la homosexualidad femenina, ubicándola como la salida del complejo de Edipo por renuncia a su libido de sujeto, es decir, al propio sexo. El autor sitúa, a partir de una combinación de un erotismo oral y un sadismo particularmente intensos, dos formas de homosexualidad según predomine uno u otro factor. Si predomina el erotismo oral, hay un marcado desinterés por los hombres, pero que goza lo mismo de la femineidad por identificación con una mujer femenina, a la que se gratifica gracias a un sustituto del pene, esto es, la lengua. El predominio del sadismo intenso conlleva un interés por los hombres en tanto se desea obtener reconocimiento por los propios atributos masculinos.
Bergler y otros, publican en 1969 un compilado de textos que intentan dar respuesta a la homosexualidad femenina. El artículo de Bergler toma cinco casos de homosexualidad sumamente interesantes. Reúne los casos y afirma que se trataba de “lesbianas activas que habían tenido en su infancia una experiencia traumática importante. Todas atribuían a estos sucesos traumáticos externos la causa de su homosexualidad” (Bergler, 1969, 27, cursiva en el original). Bergler sitúa la relativa importancia que tienen tanto la fantasía como la realidad en la causación de tal tipo de elección y apunta a cernir “el mecanismo inconsciente decisivo”(Bergler, 1969, 27, cursiva en el original). El autor pone en la base de la homosexualidad femenina “el impulso instintivo oral y una personalidad de tipo libidinoso narcisistico” (Bergler, 1969, 59) como requisitos indispensables, junto a la no resuelta relación pre edípica con la madre. Habla de la homosexualidad como una “perversión”. Sin embargo, es preciso explorar a fondo los casos dado que las presentaciones no son homogéneas. 
Concebida de acuerdo con estas referencias, podría decirse que, en términos generales, la homosexualidad femenina –para los postfreudianos– es descrita en función de la envidia asociada al sentimiento de culpa, y en función de ello pensada como desvío o como intensidad de la fijación pulsional. Esta concepción no delimita un factor cualitativo, sino más bien cuantitativo de aquello que define a la perversión. En este sentido, la elección de objeto puede tener lugar en las diversas estructuras clínicas, sin circunscribir la especificidad la perversión como estructura (Cf. Babiszenko-Lutereau, 2011).


2.La homosexualidad femenina en los autores lacanianos.


Si bien son escasos los textos dedicados a este tema dentro del campo lacaniano, hemos podido reunir algunas referencias que consideramos pertinentes para la investigación en curso. 
Serge André, en su libro La impostura perversa distingue, partir de dos casos clínicos, dos formas de presentación de la homosexualidad femenina: una ligada a la histeria y la otra a la perversión. Sitúa como elemento común a ambas presentaciones el hecho de que la homosexualidad femenina implica siempre la presencia de un potencial tercero masculino a quien le plantea su enigma y su desafío: ¿se puede amar en verdad a una mujer si se es hombre?
En el primer caso, ubicado del lado del histeria, la homosexualidad se articula con un rechazo a ser tomada como un puro objeto sexual por los hombres. El encuentro con otra mujer es su modo de sostener la pregunta sobre la femineidad: ¿qué es ser una mujer? A través de la otra mujer se dirige al hombre; y su división subjetiva tiene como causa la pregunta por lo que es una mujer y lo que quiere. Procura así mostrarle al hombre que quiere ser reconocida y amada en su femineidad. Le repugna ser deseada en la medida en que el deseo del hombre la sitúa en una posición de objeto fantasmático. Rechaza, entonces, ser tomada como objeto sexual de un fantasma masculino. Su homosexualidad se sostiene en el hecho de que la función eminente de representarla ante un hombre le corresponde a otra mujer. Se identifica con la otra mujer, en quien busca el enigma de la femineidad y no el objeto de su deseo.
La función del amor está aquí en primer plano, como un más allá del deseo que ninguna satisfacción podría consumir ni reducir. A nivel del goce, la otra mujer encarna una figura ideal a través de la cual la histérica puede gozar de sí misma por procuración. 
En el segundo caso, ligado a una posición perversa, la relación con mujeres es una forma de decir que se puede prescindir del hombre sin perder nada en lo que al goce se refiere. Supone una identificación sexual con el hombre (incluso, podríamos decir, con el hombre que no existe). Mientras en el primer caso hay un rechazo del fantasma masculino, aquí se lo monta por su cuenta. Lo que la lleva a interesarse en la otra mujer es el goce que puede experimentar y hace experimentar. Quiere sostener que ella está, en suma, mejor situada que un hombre, signado por la detumescencia, para experimentar el goce masculino con otra mujer. Se trata de demostrar que está provista, en el plano sexual, de algo mejor que el pene, y en consecuencia más potente que el macho.
Mientras en la histérica lo que prevalece es una demanda de amor, en la perversión lo que domina la escena es un imperativo de goce. Para la histérica homosexual, el amor es su condición de consentir al deseo. Mientras en la perversa la demanda está asociada con un imperativo que aplasta todo reconocimiento del deseo, su atracción por otra mujer está determinada por el deseo de demostrar su potencia. Concluye el autor que, entonces, la homosexualidad no puede ser considerada una estructura, ni siquiera una unidad clínica.
Por otro lado, W. Granoff y F. Perrier, en El problema de la perversión en la mujer (1960) dedican un capítulo a la mujer homosexual. Entienden allí que la homosexualidad femenina, circunscripta aquí en una posición perversa, se relaciona con un no poder soportar la frustración relativa al amor por la madre, que es reencontrada en la partenaire. El padre funcionaría como soporte de una identificación masculina; sus insignias se utilizarían, en la otra mujer, para reencontrar a la madre por la vía del amor, a la cual la homosexual se propone como objeto que llena la falta, preferible ante el hombre. Así, finalmente, la relación con el padre es de desafío, trasunta una pretensión de superioridad respecto del hombre en materia de amor. El amor por alguien, no por lo que tiene, sino por lo que no tiene, es decir, el pene simbólico que está en el padre, construye un personaje comprometido con la representación de la falta de su primer objeto de amor, que ella vuelve a encontrar en su compañera.
Puesto que el hombre no puede dar lo que no ha perdido, y que sólo puede perder aquello a lo cual no ha renunciado, pues no ha pagado la deuda de la castración, ella -que nunca lo ha tenido- lo dará mejor que nadie. Así, la presencia del tercero masculino desafiado se hace sentir tanto en el cuidado que ella aporta a su compañera, dejando en ciertos casos sistemáticamente de lado la búsqueda de su placer como agente de la relación sexual, como en la asociación más trivial o en el sueño, donde surge de modo recurrente ya sea el tercero masculino, ya sea un objeto cualquiera que lo signifique. 
Allouch articula amor y goce al señalar que en el caso de la joven homosexual, hay un claro rechazo al goce, en el sentido de un retiro del cuerpo del encuentro con el partenaire; y se pregunta si ese “¿…rechazo radical equivalía al síntoma?”(Allouch, 2004, 75) Ante la posibilidad del contacto se presentifica el asco. Cabe preguntarse entonces ¿qué goce es el que se rechaza?  Incluso aclara que allí donde puso el cuerpo, el amor no estaba presente. Afirma además que el amor cobra la forma de “la perrería” (Allouch, 2004,120). Amar a alguien implicaría, para la joven homosexual, convertirse en su perro (Allouch, 2004,82) 
C. Soler pone el acento en la complejidad de la sexuación, al retomar la distinción freudiana entre identidad sexuada y elección de objeto, para hacer jugar los términos “homo” y “heterosexaul” a la luz de la enseñanza de Lacan. La autora destaca que al existir una sola libido el “inconsciente es homosexual” y agrega que “tal es la maldición que deja el Otro del Sexo forcluído” (Soler 2003, 170). En este sentido afirma que “por ser el inconsciente homosexual no es lo que decide la elección homo o hetero. La decisión vuelve, en cada caso, a las contingencias de las respuestas del goce en el acercamiento erótico” (Soler 2003, 176). 
Para Soler la homosexualidad femenina se sostiene en una ética que “le deja lugar al Otro del sexo, sin eliminar por otra parte un lazo secreto al hombre” (Soler 2004, 176); posición interesante por abrir otra huella en el camino: no sólo histeria y perversión, sino también otra posición diferente que, sin rechazar lo que queda del lado macho, aloja la diferencia. No se trata ya de psicopatología sino de respuestas sexuadas. 
En esta misma línea I. Vegh destina un capítulo del libro El abanico de los goces, a la interrogación del goce femenino. No desarrollaremos aquí la complejidad del texto, simplemente nos interesa ubicar un punto de encuentro. También este autor retoma la lógica de la sexuación, ubicando que del lado macho queda lo homo, lo igual, mientras que del otro lado se abre la posibilidad de un goce más allá del falo. Se pregunta, entonces: ¿en el orgasmo femenino de qué se goza? El gusto universal por el misterio del goce lésbico es muestra de la pregunta que el órgano ya no vela: ¿de qué gozan? (Cf. Vegh, 2010, 121).
A partir de la lectura realizada hemos podido circunscribir que la homosexualidad femenina se propone como una categoría ambigua para la clínica psicoanalítica. Puede ser conceptualizada como: a) un rasgo perverso-fenoménico en diversas estructuras –siendo que la elección de objeto no indica el tipo clínico–; o bien, b) como una modalidad de presentación en la vía mostrativa del acting out (entrevisto, habitualmente, como “perversión transitoria”) –con las dificultades que este hecho plantea para la consideración diagnóstica–; estas dos alternativas parecen exceptuar una tercera vía que no ha sido planteada exhaustivamente en la bibliografía reciente de orientación lacaniana: c) los vínculos de la homosexualidad femenina con la perversión. Asimismo consideramos que habría otra vía poco explorada: d) la del vínculo entre la homosexualidad en las mujeres y su relación con lo femenino, lo hetero, lo Otro por excelencia.


3.Estudios de género


S. de Beauvoir, en su ya clásico El segundo sexo (1949), dedica un capítulo a “La Lesbiana”, donde subraya que “la mujer es un existente a quien se le pide que se haga objeto; en tanto que sujeto, posee una sensualidad agresiva que no se sacia sobre el cuerpo masculino: de ahí nacen los conflictos que su erotismo debe superar” (Beauvoir, 1949, 153). De este modo, la homosexualidad de la mujer es una tentativa, entre otras, para “conciliar su autonomía con la pasividad de su carne” (Beauvoir 1949, 153). Luego, de Beauvoir agrega que en su sustrato natural toda mujer es homosexual. El rechazo del varón y su gusto por el cuerpo femenino propio del lesbianismo es extensible al temor a la penetración, la dominación masculina y cierta repulsión al cuerpo del hombre de toda adolescente, mientras que el cuerpo femenino es para ella, como para el hombre, un objeto de deseo.
Desde los estudios de género, Judith Butler trabaja sobre la sujeción a la normativización fálica en el lesbianismo. Observa que la sexualidad lesbiana está tan construida como cualquier otra forma de sexualidad dentro de los regímenes sexuales contemporáneos. Por lo tanto, ubica que el falo como ordenador tiene su lugar en la homosexualidad femenina, pero constituye un sitio ambivalente de identificación y de deseo que es significativamente diferente del escenario de la heterosexualidad normativa. 
Presenta, entonces, “el falo lesbiano”. Entiende que la idea del falo como ordenador en el lesbianismo choca con dos cuestionamientos: significa la persistencia del “espíritu heterosexual” y, por lo tanto, la deshonra de la especificad lesbiana, y significa el carácter insuperable de la heterosexualidad, constituyendo al lesbianismo como un esfuerzo vano y/o patético por limitar lo auténtico. Por lo que entra en el discurso sexual lesbiano como una “confesión” transgresora.
Si para Lacan el falo sólo opera velado, Butler se pregunta qué sería lo que está velado y, por lo tanto, se expone en el intercambio sexual lesbiano en relación con la cuestión del falo. Concluye que se trata del deseo repudiado, el deseo abyecto, excluido, por la lógica heterosexista y que se repudia defensivamente mediante el intento de circunscribir una morfología específicamente femenina del lesbianismo. En cierto sentido, lo develado o expuesto es un deseo que se produce mediante la prohibición.
El “falo lesbiano” significa un deseo que nunca se libra plenamente de las demandas normativas que condicionan su posibilidad y que sin embargo busca subvertir. A partir de allí introduce la posibilidad de una resignificación lesbiana del falo, una relación con el falo que consistiría en una identificación que inmediatamente se reniega.


4.Trabajos recientes
Un elemento destacable en el relevo bibliográfico inicial, es la escasa cantidad de trabajos recientes de raigambre lacaniana dedicados a la homosexualidad femenina. Mientras que la femineidad en sí ocupa variados estudios y disquisiciones teóricas, la homosexualidad femenina parece ser eludida en el marco de tales estudios. 
Tomemos como ejemplo de lo dicho el libro Sexualidad Femenina de 1994, Féminas y la revista Colofón N° 30, de 2010, titulada “Femineidades”. Se trata de tres publicaciones de la Escuela de Orientación Lacaniana, que consisten en compilaciones de artículos de diversos autores argentinos y europeos, que abordan diversas temáticas ligadas a la femineidad.
La revista Colofón N° 30 cuenta con veintiun artículos de diversos autores, ninguno de los cuales toma como tema principal ni secundario la homosexualidad femenina. Sugestivamente, en su primer párrafo, las palabras de presentación de la edición, afirman, tomando de modo literal una afirmación de Lacan citada supra que “se trata del sexo siempre Otro que hace que, estructuralmente, no haya homosexualidad posible para una mujer” (Miller, J., Testa, Jesús, p. 5). 
El libro Féminas data del año 2000, consta de ocho artículos en los que se corrobora la misma ausencia respecto del abordaje del lesbianismo. En 1994, la misma comunidad analítica editó Sexualidad femenina con quince artículos de diversos autores y la misma omisión respecto de la temática. En total, cuarenta y cuatro artículos dedicados a la femineidad, que en su diversidad de enfoques recortan a la homosexualidad femenina como una ausencia central. Tal grado de escotomización parece convertir a la homosexualidad femenina un verdadero continente negro dentro del continente negro que era para Freud la femineidad. 
Una revisión de las Memorias de las Jornadas de Investigación de la Facultad de Psicología de los últimos años nos lleva, si nos remitimos al campo del psicoanálisis, a la misma verificación: la ausencia de un solo trabajo dedicado a la homosexualidad femenina como problema teórico. 
Recientemente, Luciano Lutereau se ha ocupado en dos ocasiones de la homosexualidad femenina.  En “La homosexualidad femenina en el psicoanálisis de J. McDougall” en coautoría con Débora Babiszenko (Babiszenko,D-Lutereau,L) destacan la originalidad de la aproximación a la cuestión de la homosexualidad femenina por parte de la psicoanalista francesa. A través de un balance de las formulaciones de J. McDougall acerca de la homosexualidad femenina, procuran circunscribir la especificidad de la homosexualidad femenina dentro de una presentación perversa, esto es, qué la distinguiría de una estructura no-perversa, por un lado; y, por otro lado, qué la distingue de las demás perversiones. Tal recorrido ubica en McDougall los antecedentes de dos elementos que son propios del segundo momento de la teorización lacaniana de las perversiones: la referencia a la satisfacción del partenaire y el saber acerca de la castración. 
En el año 2011, en el marco de la Revista Universitaria del Psicoanálisis se realiza una lectura detallada del artículo freudiano “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina” escrutando los indicios de una perversión estructural. Entiende que puede precisarse una lectura del artículo sobre la joven homosexual como un caso de estructura perversa, y no sólo como una posición transitoria o una actuación más o menos prolongada. El hilo conductor de la puesta a prueba de esta hipótesis se articula con los indicios  de la relación del sujeto con el deseo y el goce.
Ambos artículos son los precedentes directos de nuestro trabajo de investigación, que  a partir de la articulación entre lesbianismo y perversión sugerida en ambos trabajos, procura ampliar la perspectiva, incluyendo a las posiciones lésbicas femenina e histérica. 


Marco conceptual

El marco referencial desde el cual realizaremos la investigación es el psicoanálisis lacaniano. Definiremos, a continuación, algunos de los términos aquí utilizados con el fin de circunscribir el modo en que abordaremos el tema.
Homosexualidad femenina. Constituye un término problemático en la medida en que encierra una aparente homogeneidad: mujeres que eligen como objeto sexual a otra mujer. Sin embargo es el propósito de esta investigación dar un paso más allá de la elección de objeto e interrogar los modos de asunción de la posición sexuada; atendiendo a los modos de respuesta al encuentro con la castración, al modo de entender o vivir el lazo amoroso, la relación al deseo y al propio goce. Entendemos que bajo el nombre de homosexualidad femenina es preciso distinguir posiciones diversas que hacen a la heterogeneidad de las presentaciones clínicas. Por otro lado, siguiendo a Lacan en “El Atolondradicho”, nos permitiremos escribir a la homosexualidad femenina con una tachadura, en la medida en que las mujeres que se interesan por otras mujeres, no son consideradas por Lacan homosexuales, sino heterosexuales porque eligen lo diferente respecto de lo fálico. En este sentido será preciso interrogar qué es lo femenino y de qué modo se juega en la “homosexualidad”.


Posición: En la clase del 16/6/65 correspondiente al Seminario 12, Lacan señala el interés que le había suscitado trabajar las “posiciones subjetivas del ser” (Lacan, 1965, 160) y aclara que “hay un cierto número de posiciones subjetivas verdaderamente concretas, a las cuales debemos atender”.  Delimita la noción de posición, a nuestro criterio mucho más rica que la de estructura, a partir de tres coordenadas precisas: la posición del ser del sujeto; la del ser del saber y la del ser sexuado.  El ser hablante estará afectado entonces por el significante pero también tendrá un cuerpo, de modo tal que, el efecto sujeto, la relación al saber y el modo en que asume o se tramita la sexuación, configurarán la posición subjetiva. Finalmente añade a estas tres coordenadas, como  cuarto elemento: el objeto a. 
En esta investigación tomaremos en consideración tres posiciones que nos permitan hacer una lectura diferencial dentro de la llamada homosexualidad femenina:


1)La posición histérica: se ordena en torno al amor al padre, y fundamentalmente en torno a la carencia del padre. Ama en tanto al Otro le falta, su amor es proporcional a la impotencia del padre. Identificada al hombre y desde una posición viril, la otra mujer se constituye en referencia para formular la pregunta por la femineidad: ¿Qué es una mujer? Su deseo se ordena alrededor del deseo del Otro, por eso uno se extravía si se pregunta ¿qué desea la histérica? Tal deseo se aúna a la insatisfacción, que será retomada en el Seminario 17 por Lacan bajo la forma del goce de la privación. Lacan afirma: la histérica goza de privarse. En este sentido abre la pregunta y pone a producir saber al Otro, dejando a resguardo lo que tiene que ver con la verdad. 


2)La posición perversa: implica una relación diferente respecto del padre. Sostiene al padre como potente y el amor es relevado por el desafío al padre. Identificada al varón, se dirige a la mujer para demostrar que sabe cómo hacerla gozar, más allá de lo que cualquier hombre podría en tanto no está marcada por la detumescencia del pene. Allí no se trata de deseo sino de imperativo de goce donde la escena perversa se monta teniendo como destinataria la mirada del hombre como tercero excluido.


3)La posición femenina: va más allá del padre, en la medida en que valiéndose de él, logra prescindir de éste. Está en relación al falo pero no queda subsumida a la coerción que éste impone en cuanto al modo de gozar. Requiere posicionarse del lado femenino de las fórmulas de la sexuación para sostener el lugar de la causa, manteniendo abierta la hiancia entre el falo y el significante de la falta en el Otro. No implica una relación de desafío respecto del hombre, sino que está sostenida en un lazo amoroso que no se soporta en el narcisismo, sino en un ética de lo hetero.

El Otro sexo. Lacan diferencia el Otro sexo del fálico.  Constituye lo ajeno, lo diferente, lo hetero. Implica una lógica del no- todo que está en relación estrecha con el significante de la falta en el Otro. Puede tomarse como ordenador las fórmulas de la sexuación que Lacan desarrolla en el Seminario 20, donde distingue dos lugares a partir de los cuales es posible asumir la sexuación, independientemente de la determinación biológica y de la elección de objeto.

Amor, deseo y goce. Los tres términos aquí propuestos funcionarán como operadores de lectura de los materiales clínicos. Lacan en el Seminario 16, los utiliza para dar cuenta de la constitución subjetiva. Señala que en el encuentro con el Otro, que no es todavía el Otro simbólico, sino el Otro como Otro cuerpo, es vital considerar el modo en que le fueron ofrecidos al niño “el saber, el goce y el objeto a” (Lacan 1968-69, 302) Este último introduce tácitamente no solo la dimensión del deseo sino también la del amor. Aquí el amor no es el amor narcisista de los primeros seminarios, sino que está atravesado por la falta pero no como pérdida que hay que penar, sino que empieza a esbozarse como un modo de lazo con el Otro que vivifica el cuerpo. En el texto “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”,  Lacan señala que “sólo el amor hace condescender el goce al deseo” (Lacan, 1960). El amor es entonces un modo posible de tratamiento del goce. Este último se constituye a partir del encuentro del viviente con el Otro, encuentro que deja trazas a ser borradas. Esas huellas son efecto de la voz y la mirada, y son la apoyatura a partir de la cual deviene el objeto a, y la identificación a los primeros S1 que determinan la constitución subjetiva. El goce es la impronta entonces de la voz y la mirada del Otro en tanto queda reducido a esos objetos, y es en un segundo momento que podrá devenir el Otro de lo simbólico, Otro fantasmático. En este sentido el goce no es autista, es relacionable, porque hay más de un cuerpo en juego (Lacan, 1971-72, 221) El deseo será el efecto de esa hiancia irreparable entre la necesidad y la demanda, entre lo que se pide y lo que se obtiene.


Objetivos
1. Objetivos generales 

A partir de este vasto recorrido nos formulamos, entonces, la siguiente pregunta clínica: ¿cuáles son las diferentes posiciones desde las cuales abordarían al Otro sexo las llamadas homosexuales femeninas?
Objetivo general: delimitar dentro de la llamada homosexualidad femenina, al menos, tres posiciones diferentes en cuanto al modo de abordar al Otro sexo que permitan dar cuenta de la complejidad del campo y producir un aporte que no se reduzca a una mera clasificación psicopatológica.


 


2. Objetivos específicos

1)Rastrear en la bibliografía psicoanalítica los modos en que es abordada la homosexualidad femenina.


2)Sistematizar los aportes producidos por Freud, Lacan, la escuela inglesa y otros autores lacanianos.


3)Revisar una serie de casos o testimonios publicados que puedan contribuir al esclarecimiento de nuestra hipótesis.


Hipótesis 

Consideramos que la homosexualidad femenina puede abordar al Otro sexo desde tres posiciones diferentes: 


1)Una inscrita del lado de la histeria. La histérica, entonces, sostenida en el lado macho de las fórmulas de la sexuación, aborda a otra mujer bajo la premisa del saber. Su posición está comandada por la pregunta: ¿qué es ser una mujer?


2)La segunda, a través de la perversión: se dirige a la mujer para demostrar que sabe cómo hacerla gozar, más allá de lo que cualquier hombre podría en tanto no está marcada por la detumescencia del pene. Allí no se trata de deseo sino de imperativo de goce donde la escena perversa se monta teniendo como destinataria a la mirada del hombre como tercero excluido.


3)La tercera es la que podríamos llamar estrictamente femenina: mujeres que posicionadas del lado femenino de las fórmulas de la sexuación se vuelven causa de deseo para otras, sosteniendo la hiancia entre el falo y el significante de la falta en el Otro. No sería a porfía del hombre, sino sostenidas en un lazo amoroso que no se soporta en el narcisismo, sino en un ética de lo hetero.


Metodología

Esta investigación se propone de tipo exploratoria, dado que el tema a investigar ha sido poco trabajado. No consideramos que sea preciso partir de una división tajante entre lo empírico y lo conceptual, por el contrario, adherimos a la idea de que la teoría sin clínica se vuelve especulación o dogma, y que la clínica sin teoría se torna en un empirismo sin fundamento (Rubistein, 2003, 14) 


Partimos de admitir diversos modos de entender la investigación en psicoanálisis que inciden en el modo en que se construye el objeto de estudio. Hay en nuestro campo un problema epistemológico que nos atraviesa: No hay “un” psicoanálisis, hay “varios” Es por ello que consideramos significativo el aporte que hiciera Carlo Ginzburg, al proponer ubicar al psicoanálisis dentro de lo que él llama “paradigma indiciario”. Este surge como respuesta al paradigma positivista. Nos interesa destacar que este paradigma indiciario se interesa por la regla, pero no pierde eso que el autor llama “rigor elástico” (Ginzburg, 1986,163) el cual permite hacer lugar a lo diferente, a lo irrepetible, en definitiva, al hallazgo. Se soporta en una lectura particular, dirigida por pequeños indicios, los restos de lo observable a partir de lo cual puede construirse una realidad más compleja. Conjeturamos porque podemos leer signos, y esas conjeturas habrá que ponerlas a prueba en la clínica misma (Iuale, L, 2008). En este sentido, la construcción del caso sigue la misma lógica: se trata de la construcción que hace el analista en tanto está incluido por la transferencia en el dispositivo mismo. Adriana Rubistein se pregunta cómo construir el caso y cómo utilizarlo en el marco de la investigación, sin renunciar a los principios mismos del psicoanálisis (Rubistein, 2012, 35). Plantea que la construcción del caso no puede eludir la posición del analista y del deseo que allí se pone en juego. Así la formalización recoge la experiencia sin subsumirla totalmente. El caso no es el paciente, sino el relato que un analista realiza a los fines de formalizar una experiencia. Rubistein retoma el espinoso problema de la legitimación, y para ello vuelve a Freud quien “no procede nunca con protocolos pseudocientíficos e insiste reiteradamente en que la investigación psicoanalítica no puede prescindir de sus conceptos y de su método” (Rubistein 2012, 39) La construcción del caso obedece entonces a diferentes modos que puede cobrar el relato, según los objetivos con los cuales se lo construye (supervisión, investigación, etc.) Por otro lado Freud no se limitó a considerar casos únicamente a aquellos que derivaban de su clínica, sino que, por ejemplo, el historial de Schreber le permite presentar un caso a partir de las Memorias. El trabajo freudiano, como sugiere Bernardi, puede ser considerado en tal sentido como una investigación clínica, a la cual adscribimos. La clínica es articulación y tensión entre la práctica y la teoría.


A los fines de situar nuestro trabajo en relación con las categorías en las que se distingue el trabajo de investigación, lo situaremos dentro del marco de una investigación clínico-conceptual, en el sentido antes expresado. Ello en función de que nuestro abordaje del caso no acude al uso de distintas metodologías para estudiar un mismo fenómeno, (grabaciones, Cámara Gesell, entrevistas con fines de investigación), ni siquiera de transcripciones literales de entrevistas analíticas, sino por una elaboración escrita de la experiencia por parte del analista a la que denominamos “caso clínico”. El caso es entonces no una fuente que responde a un objeto, sino el objeto en sí. El nuestro es por lo tanto un trabajo exploratorio sobre elaboraciones clínicas que no dejan de ser, en última instancia, una producción  específica; la producción de casos clínicos. En tal producción consiste nuestra casuística.


A partir de lo desarrollado anteriormente propondremos, en cuanto a la casuística:


Orientados por la forma en que Freud utilizaba los materiales, no nos limitaremos a los casos construidos a partir de tratamientos psicoanalíticos. Trabajaremos con casos propios y publicados, así como también con testimonios publicados de mujeres que se reconocen como homosexuales. 


Queremos dejar en claro que no tomaremos estos materiales como una “muestra” para probar tal o cual supuesto, sino que haremos un uso particular: simplemente ofertar al lector la posibilidad de encontrar lo diverso, lo que no hace conjunto cerrado. No vamos en este sentido en pos de obtener ninguna regla a partir de los casos, sino a poner en juego la singularidad de cada uno y extraer algunas consecuencias. La vigencia de los historiales freudianos demuestra que un caso puede contener elementos estructurales que eventualmente nos permitan elevarlo al estatuto de paradigma. 


En cuanto al material bibliográfico:


Realizaremos una lectura minuciosa de los autores antes nombrados, intentando delimitar el modo en que han delimitado la homosexualidad femenina. Interrogaremos los textos formulándonos algunas de las siguientes preguntas:


a) ¿Consideran a la homosexualidad femenina una categoría clínica?


b) ¿La ubican como tal en términos psicopatológicos?


c) ¿Recurren a operadores conceptuales tales como amor, deseo y goce para dar cuenta de la homosexualidad femenina o toman otros?


d)¿Encontramos recurrencias en el modo en que los autores proponen leer la homosexualidad femenina, o hay más bien una heterogeneidad de discursos? 


f) ¿Hay una teoría en Freud y en Lacan específicamente, referida al tema o son más bien algunas líneas de trabajo a desarrollar?


 


Recorrido posible. 


1.La pregunta por lo femenino: Freud-postfreudianos- Lacan.


2.Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina: el complejo de Edipo como ordenador de la lectura.


3.La joven homosexual: la transferencia como concepto articulador.


4.La homosexualidad femenina en los posfreudianos: la hipótesis de la defensa.


5.El abordaje lacaniano de la homosexualidad femenina.


6.Entonces, la homosexualidad femenina: ¿una categoría?


7.Homosexualidad femenina e histeria.  


8.La pregunta por la perversión en la mujer. 


9.La homosexualidad femenina frente a la lógica del no –todo. Lo hetero en la homosexualidad femenina.


Buenos Aires, Diciembre de 2013


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Sección
Articulos Cientificos
Biografía del autor

mlujaniuale@gmail.com

Lic. en Psicología y Magister en Psicoanálisis (UBA). Docente universitaria (UBA, UCES) Investigadora UBACyT. Directora del Proyecto: Formas Clínicas de la Homosexualidad Femenina: Histeria, Perversión y Femineidad (UCES).Autora de Detrás del espejo. Perturbaciones y usos del cuerpo en el autismo (2011) y de diversas publicaciones científicas. Co-autora de Posiciones perversas en la infancia (2012) y Sentir de otro modo. Amor, deseo y goce en la homosexualidad femenina (2014).

llutereau@gmail.com

Lic. en Psicología, Lic. en Filosofía y Magister en Psicoanálisis (UBA). Docente universitario e Investigador (UBA, UCES). Autor, entre otros libros, de Lacan y el Barroco, Hacia una estética de la mirada (2009), La forma especular. Fundamentos fenomenológicos de lo imaginario en Lacan (2012), Los usos del juego. Estética y clínica (2013) y de diversas publicaciones científicas. Co-autor de Posiciones perversas en la infancia (2012) y Sentir de otro modo. Amor, deseo y goce en la homosexualidad femenina (2014).

santiagothompson@gmail.com

Lic. en Psicología y Magister en Psicoanálisis (UBA). Docente universitario (UBA). Investigador UBACyT. Co-director del Proyecto: Formas Clínicas de la Homosexualidad Femenina: Histeria, Perversión y Femineidad (UCES). Autor de La sugestión analítica. Construcción de un concepto freudiano (2011) y de diversas publicaciones científicas. Co-autor de Posiciones perversas en la infancia (2012) y Sentir de otro modo. Amor, deseo y goce en la homosexualidad femenina (2014).

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