CONVERSANDO CON JUAN CARLOS VOLNOVICH

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Resumen

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Juan Carlos Volnovich es médico (Universidad de Buenos Aires, 1965); psicoanalista (renunció a la Asociación Psicoanalítica Argentina en 1971 integrando el Grupo Plataforma); especialista en Psiquiatría Infantil (Ministerio de Salud Pública de Cuba, 1976).
Integró jurados en los Concursos para cubrir cargos de Profesores Regulares de la Facultad de Psicología y de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires y a participado como profesor invitado en los doctorados de varias universidades nacionales y del exterior. Integra el Comité de Expertos de la CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria).
Ha sido nombrado Profesor Extraordinario Honorario y Académico Ilustre por la Universidad de Mar del Plata. Miembro de Honor de la Sociedad de Psicólogos de Cuba y fue seleccionado por la Unión de Mujeres de la Argentina para recibir la estatuilla Margarita de Ponce por sus aportes a la Teoría de Género. Publicó, entre otros títulos: Marie Langer. Mujer, Psicoanálisis, Marxismo (1989). El niño del "siglo del niño"(1999). Claves de Infancia (2000) Sí, querida (2003). Ir de Putas (2006).  


HISTORIAS DE VIDA
LIFES STORIES
HISTÓRIAS DE VIDA


 


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Agosto 2014 


Entrevistadora 1: Revisando algunos escritos suyos, su trayectoria, se nos ocurría una pregunta que, creo, puede abrir el diálogo, ¿cómo es un psicoanalista feminista, qué pasa con un psicoanalista feminista?


Dr. Juan Carlos Volnovich: Quizá más acertado sería preguntarse qué hace un varón feminista o, más bien, profeminista. 
Les cuento, en todo caso, como llegué a involucrarme en el tema. Comencé mi formación en el Instituto de Psicoanálisis, a fines de la década de 1960, en la Asociación Psicoanalítica Argentina --época de gloria-- cuando el ingreso a esa institución era un imperativo para la formación de los psicoanalistas. Es decir, me formé como un psicoanalista ortodoxo.   


El mayor obstáculo para entrar a la Asociación, en ese momento, radicaba en la enorme demanda que había para conseguir horas con un analista didáctico. Esa situación obligaba a los aspirantes a una prolongada espera o…¡un concurso!


Yo tuve la buena suerte de poder abreviar el lapso de espera cuando gané un concurso. Coincidió con el regreso del Uruguay de Madeleine y Willy Baranger, eran dos analistas prestigiosos con todas sus horas disponibles, por lo tanto una gran cantidad de aspirantes los abordó. Fue entonces que el Instituto de Psicoanálisis decidió convocar a un concurso en el que no me inscribí. No me inscribí porque recién egresado de Medicina (tenía entonces 24 años) mi intención era viajar a Cuba y trabajar allí. No obstante, esa iniciativa se  frustró porque justamente ese año Cuba suspendió los contratos para médicos extranjeros.


Diego García Reinoso, quien además de ser muy amigo de Willy y de Madee, era a la sazón el director del Instituto de Psicoanálisis, tenía una hora libre y decidió, en lugar de ofrecerla a la lista de espera, hacer un concurso para ocupar esa hora: un concurso para paciente, digamos. 


Entonces, me anoté a ese concurso y… lo gané. Los requisitos para postularse eran: pasar por un test de Rorschach, escribir una autobiografía y tener tres entrevistas con directivos de la APA que en mi caso fueron Marie Langer, Arnaldo Rascovsky y José Bleger. José se excusó de participar como jurado aduciendo a que nos conocíamos, relación que con el tiempo se convirtió en una verdadera amistad. Genevieve Tronquoy de Rodrigué lo reemplazó. 


En esa entrevista conocí a Marie Langer. Mími tenía un encanto excepcional y en esa reunión se generó un clima muy especial. Casi sin darme cuenta, me encontré hablando sobre política y acerca de Cuba, temas que no eran los más acertados para un joven que pretendía formarse como psicoanalista e ingresar a la Asociación. Sin embargo, entré.


Una vez resuelto este trámite, debía conseguir una supervisión (dos supervisiones) con algún miembro didacta. Misión imposible: los más prestigiosos por supuesto no tenían horas. Así, un día, a la salida de un seminario, mientras todos (incluso Mími) bajábamos la emblemática escalera de madera de la Asociación, a los gritos exclamé “¿Qué debe hacer un pobre candidato si alguna vez quiere conseguir una hora para supervisar con Marie Langer?” Pasó a mi lado, me miró y me dijo “El martes a las 5:00”, y entonces empecé a supervisar con ella.


Ya en 1951 Marie Langer había escrito un texto fundamental en la historia del psicoanálisis argentino, Maternidad y sexo. Estudio psicoanalítico y psicosomático, que tiene infinitas reediciones y una notable vigencia. Mími había comenzado un arduo trabajo en cuestiones que, a mediados de la década de 1960, fueron conocidas como psicología de la mujer, cuando todavía no habían comenzado a circular siquiera las teorías feministas que inundaron la siguiente década. 


De todos modos, como digo, me formé como psicoanalista tradicional, pero tuve una supervisora, una iniciadora en los temas de la mujer muy original, con un pensamiento dentro del psicoanálisis muy avanzado para la época.


A finales de la década del 60, después del Mayo Francés de 1968 y de otros acontecimientos en el ámbito nacional, con el Grupo Plataforma produjimos una ruptura por razones ideológicas, políticas y teóricas con la Asociación Psicoanalítica Argentina y con la Asociación Psicoanalítica Internacional. En Cuestionamos (1971), que funcionó como la voz de Plataforma, Mími publicó un texto antológico: “La mujer, sus limitaciones y sus potencialidades”.


En esa época, ella me había pasado un trabajo de Isabel Larguía y John Dumoulin: Hacia una ciencia de la liberación de la mujer (al que luego sus autores le cambiaron el título por Hacia una concepción científica de la emancipación de la mujer). La obra, que se enmarca dentro de lo que sería el feminismo marxista, el feminismo radical, constituye un jalón para el feminismo en general. Es, además, un texto fundamental, un hito dentro de la literatura feminista, porque ellos introducen allí el término teórico de “trabajo invisible” para aludir al trabajo realizado por las mujeres en el hogar, a lo largo de la historia, sin el cual ni la ciencia ni la técnica desarrollada por los varones hubiera sido posible. Ese término, “trabajo invisible”, después fue tomado por la comunidad científica generalmente invisibilizando a sus autores: sin citarlos. 


Isabel Larguía, socióloga argentina nacida en Rosario, había emigrado muy joven a París. Posteriormente se trasladó a Estados Unidos, para finalmente radicarse en Cuba, en los primeros años de la Revolución Cubana, con su marido norteamericano, John Dumuolin, historiador doctorado en Harvard.Yo me entusiasmé muchísimo con esos temas a los cuales nos fuimos acercando con mi esposa, Silvia Werthein, con quien me había exiliado en Cuba en 1976. Contrariamente a lo que todo el mundo piensa, no fue mi esposa la que influyó sobre mi interés en el feminismo, sino que fue un crecimiento mutuo. En Cuba conocimos a Isabel y a John. A través de ellos pudimos conocer lo último que se estaba publicando en el ámbito académico internacional a pesar del fuerte bloqueo al que estaba sometida Cuba.


Por supuesto no había psicoanalistas allí con quienes compartir mis experiencias y tuve que desempeñar mi práctica en un aislamiento casi total. 


No obstante, comencé a acercarme a los grupos feministas, en los que encontré una actitud de absoluto rechazo. Era la época en la que estaban empezando a pensar los temas de las mujeres entre ellas y me decían “Lo único que falta es que ahora venga un varón a enseñarnos cuáles son los problemas que nosotras tenemos”.


Entrevistadora 1: Y estos contactos con feministas, ¿eran de Estados Unidos?


Dr. Juan Carlos Volnovich: Desde Cuba, pero fundamentalmente con las teóricas norteamericanas. Hubo incluso acá –de Eva Giberti es un ejemplo-- investigaciones que fundamentaban el rechazo a la participación de varones en los grupos de mujeres. Sin exagerar, se llegó a afirmar que las mujeres agrupadas producían inteligencia, pero la sola presencia de un varón bastaba y sobraba para bajar su nivel intelectual. No obstante, no desistí de mi interés en colaborar; insistí hasta que me aceptaron, pero a condición de trabajar las cuestiones de la masculinidad. 


Eso fue lo que hice casi toda mi vida, con la ventaja, además, de que como psicoanalista de niños, la mayoría de mis pacientes fueron varones, a quienes en muchos casos seguí en su crecimiento hasta la adultez. 


Entonces, a raíz de mi insistencia en trabajar la intersección del psicoanálisis con las teorías feministas fui abriendo un espacio, donde casi no hay varones, y hay muy pocos y muy pocas psicoanalistas que trabajen las cuestiones de género. En general, quienes han trabajado sobre estos temas (feminismo-psicoanálisis) lo han hecho fuera de las instituciones tanto nacionales como internacionales. Parecería que las instituciones psicoanalíticas incorporaron tarde y poquito el tema del género, cuyo auge fue ostensible en los últimos años. En efecto: no hubo aportes significativos que vinieran del “adentro” de las instituciones siendo el feminismo, como es, el desafío mayor al que se ve enfrentado el psicoanálisis.


Como dato, nomás, piensen que cuando Simone de Beauvoir le pasó a su amigo Lacan El segundo sexo aun antes de haberlo publicado, Lacan se lo devolvió sin haberlo leído. Eso marca ya una distancia entre el psicoanálisis lacaniano y las teorías feministas… hasta la aparición de una figura interesante que es, Luce Irigaray de formación lacaniana y que generó un impacto significativo con Ese sexo que no es uno,  y Ética de la diferencia sexual.  


Sin embargo, hay que reconocer que las teóricas feministas norteamericanas, me refiero a Judith Butler, Nancy Fraser, Seyla Benhabib, Teresa de Lauretis, Betty Friedan, han sido las que más trabajaron las cuestiones del psicoanálisis y del feminismo, aunque por supuesto ellas parten de un psicoanálisis que no tiene casi nada que ver con el psicoanálisis argentino.

Entrevistadora 1: ¿Se refiere a que están sustentadas principalmente en la teoría del yo? 

Dr. Juan Carlos Volnovich: Su aproximación al psicoanálisis es absolutamente teórica, muchas vienen de la filosofía.Aportan, sí acaso, una clínica discutible. 


No obstante, hay que admitir que el psicoanálisis en la Argentina ha tenido un desarrollo único, tal vez por nuestra condición de periféricos con respecto a la producción metropolitana, siempre nos hemos considerado copia de un original que está en otro lado y nos hemos obligado a mirar hacia París, Londres o Nueva York como la fuente que irradia su luz hacía hacia nuestras oscuridades. Esto nos ha obligado a leer todo y a producir algo que no existe en las metrópolis. Los franceses, por ejemplo, saben muy poco de lo que sucede en el mundo académico norteamericano, no les interesa;  y los norteamericanos, tienden a hacer caso omiso de todo aquello que no sea anglosajón. Eso no pasa en Argentina.


Entrevistadora 2: Es verdad. Nos gustaría conocer también su opinión acerca delimpacto que produjo aquí la ley del matrimonio igualitario, dado su interés en todos los proyectos macrosociales  y su influencia en la subjetividad.


Dr. Juan Carlos Volnovich: Me formé en la Asociación Psicoanalítica en la época en que la homosexualidad era una perversión y, dentro del cuadro psicopatológico de las perversiones, era casi lo peor. Por supuesto que era impensable en la Asociación, que un o una psicoanalista homosexual aspirara a participar en la estricta selección impuesta. Desde entonces hemos recorrido un largo camino, aunque todavía hay colegas que sostienen que la elección de objeto homosexual es una patología y, efectivamente, hay que reconocer que, algunas veces, lo es.


Entonces hice todo lo posible para trabajar sobre los ejes de la discriminación y la segregación de aquellos que no se incorporaban a la comunidad de los considerados  normales. Los “normales”, aquellos que se han organizado en función de elecciones de objetos heterosexuales. Hice todo lo posible para lidiar contra esa heterosexualidad compulsiva y obligatoria de la sociedad. Tuve bastante presencia en los medios de comunicación y esto generó que fuera consultado por parejas de lesbianas que estaban criando niños. 


Las primeras pacientes eran mujeres que habían tenido hijos en relaciones heterosexuales. Después de haberse separado habían decidido tener una pareja lesbiana y criaban a sus hijos con su pareja. 


En general, los padres de esos niños, resentidos, y por considerar que sus hijos recibirían una influencia perjudicial en un ambiente de lesbianas, empezaron a presionar sobre la Justicia, en un intento de quitarles la Patria Potestad a estas madres. Como respuesta a esa presión, se formó una asociación de madres lesbianas. Comencé a analizar a los niños de estas parejas y pude advertir que esos chicos, esas chicas, no estaban más perturbados psicológicamente que cualquier otro chico criado en hogares heterosexuales. Más aún, muchos padres heterosexuales hubieran querido hijos así. Eso se daba, quizás, porque era una generación de mujeres que salía a la luz, que visualizaba políticamente su condición de lesbianas y defendía sus derechos. Era una vanguardia luminosa, era una vanguardia de mujeres inteligentes, valientes,  una élite, si se quiere, que fundaban sus derechos, también, en la salud mental de los hijos que criaban.


Atendí, también, niños que convivían con el padre que tenía una pareja de su mismo sexo. Recuerdo a uno de esos pacientes, un adolescente muy divertido y muy inteligente, había elegido vivir con el padre y el novio de éste, cuando aún estaba en la escuela primaria. Cuando empezó a llevar amigos a la casa, lo “gastaban” un poco, se burlaban de la situación, pero poco a poco él supo, apoyándose en un estilo gracioso y muy ingenioso, desmantelar esos prejuicios de modo tal que los amigos terminaron aceptándolo con mucha naturalidad. El padre había hecho un acuerdo con su ex-mujer de tenencia compartida (no, un régimen de visitas) de manera  tal que el chico elegía discrecionalmente con quién estar; y, por lo general, elegía ir con sus amigos a la casa del papá, entre otras cosas porque le quedaba cerca del colegio. Esto puso en evidencia que la homosexualidad del padre no influyó negativamente en la socialización del hijo, ni tampoco  fue algo vergonzante o humillante para él.  


En general, traté de acercarme a estas cuestiones lo más despojado posible de prejuicios y condenas morales. Intenté tomar la posición más abierta frente a estos desafíos clínicos pero, después, las cosas se fueron complejizando. Pienso, por ejemplo, en un “caso” que conmovió a la opinión pública hace unos años. Era un varón púber que se percibía a sí mismo como una nena atrapada en el cuerpo de un varón. Imponía que lo trataran como una nena y esto fue así durante la infancia hasta convertirse en un problema muy serio en la pubertad por los cambios corporales que comenzaban a manifestarse. Ante la negativa de los padres a acceder a sus pedidos, hizo varios intentos de suicidio. Nos consultaron a Silvia Bleichmar y a mí sobre ese “caso”. Silvia lo describe muy bien en su libro Paradojas de la sexualidad masculina. Silvia aconsejó aceptar el pedido del(a) niñ@, pero aún subsistía un problema legal: está vedado  autorizar un cambio de sexo hasta la mayoría de edad. El problema más serio se introdujo con la solicitud urgente de una castración química para impedir a tiempo el desarrollo de sus genitales masculinos, decisión que los jueces debían evaluar sobre la base de los peritajes psicológicos.  

Entrevistadora 1:
 ¿Aceptó, dijo que sí?  


Dr. Juan Carlos Volnovich: Sí, y tanto la nena como sus padres estaban muy contentos. Yo estaba y estoy lleno de dudas y muy atormentado porque eso generó todo un movimiento de chicos de cada vez menos edad que quedaron incluidos dentro de la población sujeta a un cambio prematuro de sexo. En realidad pienso que la elección del objeto sexual, la identidad de género, es algo que lleva su tiempo, que no está asentada y encapsulada en momentos tempranos. Soy más de la idea de esperar, de no intervenir y de no intervenir incluso en algo que, ahora si bien es fácil decirlo, en otro momento no. La ley dice que cuando uno nace tiene que ser inscrito en el Registro Civil, y tiene que ser inscrito por el papá y/o por la mamá y a qué sexo pertenece. El nombre debe coincidir con el  sexo. Salvo el de René, María José, José María, y no sé cuál otro, hay muy pocos nombres neutros.
En el caso de chicos que nacían con genitales ambiguos hubo una tendencia muy importante a normalizarlos para que no sufrieran. Esto me parece que fue fatal porque la normalización quirúrgica se hacía sobre la base de ciertos prejuicios patriarcales. Había cirujanos que ante la presencia, en niños, de genitales ambiguos, genitales muy chiquititos, con un pene apenas desarrollado, o de úteros atrofiados, por ejemplo, en niñas, recomendaban la operación de cambio de sexo. Por eso mi sugerencia fue no intervenir quirúrgicamente, incluso en casos de genitales ambiguos, y esperar a ver cómo se iban asentando las identidades de género y las elecciones sexuales. Se cometieron muchos disparates, tanto en nombre de la normalidad, de la normalización heterosexual, como en el nombre del respeto de las diferencias. Las operaciones que se hacen respetando el deseo de los chicos son casos extremos, por ejemplo, el del chico con el intento de suicido. 


Entrevistadora 1: ¿Y a qué edad se hizo la intervención?


Dr. Juan Carlos Volnovich: Se empezó con hormonas alrededor de los 12 años, después de entrevistarla a ella no me cabía ninguna duda…

Entrevistadora 1: De que era ella. Hace poco hubo un caso, creo que en La Plata, de una nena de corta edad, 5 años, cuya madre insistía en el cambio de sexo. Mientras yo seguía el caso en los medios, me preguntaba si la madre tenía derecho a ese pedido. ¿Qué lugar tienen los progenitores en esto?

Dr. Juan Carlos Volnovich: Por eso es muy importante poder emanciparnos del yugo que significa una heterosexualidad compulsiva. Sin embargo, se debe ser cautelosos: no es cuestión de caer en una postura demagógica en el camino de aceptar la diversidad y el transexualismo. Sobre todo porque, además, es cierto que algunos “casos” de transexualismo son normales, pero también es cierto que otros son psicóticos y el hecho de que se respete la elección no quiere decir que no se tiene que analizar a esa persona o trabajar en sus aspectos psicopatológicos, no solo en los aspectos que devienen de la discriminación social.


Entrevistadora 1: No hay que patologizar, pero tampoco hay que dejar de ver allí dónde está la patología. Hace muchos años de esto ¿verdad? ¿tiene alguna idea de lo que pasó con esta chica? Porque  sería interesante investigar el devenir de estas situaciones que nos pueden enseñar a tomar mejor decisiones.

Dr. Juan Carlos Volnovich: No sé como siguió esa historia pero, claro que sí, se impone seguir investigando en esa línea.


Entrevistadora 1: Usted dice que la identidad sexual se termina de conformar muy tardíamente, pero hay personas de más de 40 años que hacen una transformación en sus tipos de vínculos. ¿En qué momento intervenir? Es una pregunta muy compleja, la decisión es muy compleja.


Dr. Juan Carlos Volnovich: Lo que pasa con los chicos es algo que obliga a los psicoanalistas y a los psicólogos en general, como peritos, no solo a trabajar con las cuestiones de género sino con las cuestiones legales, porque el problema es que hasta los 16, 18 años, no tienen imputabilidad legal. Ante esta limitación, el Estado o la familia son responsables de los chicos. Después, cuando son mayores de edad ya es muy poco lo que se puede hacer. Quienes trabajamos con las teorías de género sabemos la enorme responsabilidad que tenemos con los chicos menores por las cuestiones legales, y la importancia de trabajar con la Justicia, que también se las trae. Los que trabajamos con derechos humanos mucho más, como en el caso de la restitución de niños. No deberíamos olvidarnos lo que nos enseñó la restitución de los mellizos Reggiardo Tolosa. Los mellizos fueron apropiados por el Comisario Miara y su mujer; el comisario, que intervino en el asesinato de los padres. Los chicos, que eran menores de edad en el momento de la restitución llamaban al matrimonio Miara “papá y mamá”, y se resistían a no reconocerlos como tales. Iban a Tribunales, pensaban que se trataba de una escenografía montada para arrancarlos de sus verdaderos padres, que eran los que estaban presos y a quienes se les prohibía visitarlos. No le creyeron a la Justicia hasta que fueron mayores de edad. 


Entrevistadora 1: Es una decisión adulta.


Dr. Juan Carlos Volnovich: Felizmente los chicos hicieron también una evolución, muestra de que el tiempo es fundamental en esos procesos. En el caso de niños hay que trabajar también con la Justicia y con las características que ésta tiene actualmente. Algunas cosas cambiaron, porque el matrimonio igualitario ha sido una influencia fuerte en la Justicia, así como la posibilidad de adopción de niños por estos matrimonios.


Entrevistadora 1: A mí me preocupa como psicoanalista, porque uno antes lo pensaba como un proceso binario de género, masculino femenino, la diversidad que se abre y el desafío para nuestras cabezas. Dónde está el borde para la subjetividad de los chicos que se crían en esas familias.  Es difícil, yo creo que es un gran desafío para nosotros. 


Dr. Juan Carlos Volnovich: Bueno, ahora ya hay chicos criados por dos mamás. Es muy frecuente, por ejemplo, en parejas de lesbianas. En estas parejas, como tienen óvulos y útero hace falta solamente el espermatozoide. En general se inseminan las dos y la que queda embarazada sigue con el embarazo. En el caso de que ambas queden embarazadas, tendrán a sus hijos, que serán criados por dos mamás. 


Es más difícil, en cambio, en parejas de gays, pues aquí hay otro problema bioético muy complejo. Por supuesto pueden adoptar, pero en el caso de que no quieran hacerlo, necesitan un óvulo y también un útero que, para el caso no puede otro que un útero alquilado. Hay países donde esto está prohibido y abre a un sinfín de problemas éticos.


Entrevistadora 1: ¿Y en el caso, Juan Carlos, de los transexuales que forman pareja, qué efecto tiene sobre la subjetividad de los chicos un transexual o un travesti?


Dr. Juan Carlos Volnovich: En general, tanto las parejas gays como las de lesbianas han venido a reforzar los estereotipos más convencionales de las parejas heterosexuales. Hoy en día estas últimas no tienen el perfil caricaturizado que las parejas de lesbianas y las parejas gays tienen. Paradójicamente, lo que parecía un desafío al familiarismo convencional, muy influido por la Iglesia Católica,  vino a reforzar los peores estereotipos del familiarismo, donde la persona, independientemente de su sexo, no está en el lugar femenino, se parece más bien a una caricatura femenina, y el que está en el lugar masculino se parece más bien a una caricatura, exagerados los rasgos. Por supuesto que hay una serie de mandatos inconscientes, pero es probable que los chiquitos criados por una mamá que sobreactúa el rol, una mamá kitsch, digamos, y por un papá que más que un papá sea un condensado de rasgos exagerados de papá, incorporen fuertemente esos estereotipos tradicionales. A diferencia de lo que se podría pensar, que esos chicos van a salir con la mente abierta en el mejor de los casos. 


Entrevistadora 2: En la investigación de su libro Ir de putas, que parte de un trabajo realizado  en Francia,  puso el acento en el cliente más que en las prostitutas, porque sostiene que el mismo estaba invisibilizado, excepto en la psicopatología. En su libro menciona que en la década del 90 aumentó la prostitución, a pesar de la mayor apertura sexual, que supuestamente ayudaría a pensar que ya no sería necesaria desde una perspectiva tradicional. ¿Qué es lo que sucede, qué es lo que se transforma para que aumente?


Dr. Juan Carlos Volnovich: Creo que no es “a pesar”. Lo que veo --voy a la clínica, a lo cotidiano- en general, es que este movimiento de apertura ha sido mucho más aprovechado por las mujeres que por los varones en las nuevas generaciones. No hay que ser demasiado optimista, muchos estereotipos tradicionales del patriarcado siguen vigentes, incluso han sido reforzados. Algunos han ido cambiando, por ejemplo: el mito de la virginidad. Cuando yo era adolescente, las chicas decentes tenían que ser vírgenes. La virginidad era un bien preciado, era el lugar de la decencia, la honra y lo que les garantizaba una buena elección matrimonial. Las chicas que por alguna razón la habían perdido se sentían en falta, tenían que disimular y esto llevaba agua al molino del sentimiento de culpa. Ese mito cambió, no del todo pero fue cambiando. Hoy en día lo que  puedo ver es que las chicas que se socializan sienten la necesidad casi compulsiva de perder la virginidad, porque es algo que las desprestigia dentro de su grupo de amigas y frente a los varones. Es decir, se convirtió en una pesada carga. Ser virgen más allá de los 17 ó 20 años lo viven con vergüenza.


O sea, ha habido un cambio en la correlación de fuerzas y en la posición de las mujeres y de los varones en las nuevas generaciones. Las chicas de hoy en día, en general están mucho más dispuestas a tener relaciones sexuales con sus amigos, con sus novios, que las de décadas pasadas e incluso toman la iniciativa y son las que, muchas veces, las proponen. Esto genera temores en principio al deseo de la mujer y después al propio deseo, genera una inseguridad muy grande en los varones, porque los valores tradicionales de la masculinidad, los valores que necesitan ser reforzados a través de una fuente de gratificación narcisística basada en la posición de dominio, se ven afectados. Esa posición de dominio solo se recupera a través del dinero en la humillación de la prostituta. Allí, el deseo de la mujer queda borrado porque ella está con el “cliente” en función de un pago, aun en el caso que el “cliente” pretenda que ella también disfrute, para beneficio del rédito narcisista que le provoca su propia potencia. 


Por ejemplo, el caso del actor Hugh Grant que conmocionó a la opinión pública cuando estaba de novio con Elizabeth Hurley.  Con todos los atributos de una masculinidad tradicional ¿qué necesidad tenía de pagarle a una prostituta? Una respuesta posible es pensar que hay algo del refugio en la retaguardia de los valores patriarcales tradicionales cuando se sienten descolocados por el deseo de las mujeres en momentos como estos: cuando las mujeres se están autorizando a manifestar y visualizar su propio deseo. 


Entrevistadora 1: Esto nos contesta la pregunta con la que queremos cerrar y es si el deseo del varón se ha ido modificando o no, al haber sido atravesado culturalmente.


Dr. Juan Carlos Volnovich: Le doy un ejemplo personal. Mis hijos cuando eran niños iban a una juguetería a la que ahora llevo a mis nietos. Antes, la distribución de los juguetes en las jugueterías se realizaba de acuerdo con las edades del destinatario. Además era una época de mucha creatividad y de mucho respeto por el tiempo necesario para el despliegue y la construcción de las habilidades, de los talentos y las adquisiciones cognitivas de los chicos. 


Ahora -sigo yendo a esa misma juguetería- la juguetería está separada en dos: por un lado las góndolas con juguetes para varones y por el otro, las góndolas con juguetes para niñas. El mercado ha decidido privilegiar la diferencia de género por encima de las diferencias etarias. Quiere decir que a pesar de todos los cambios ocurridos, se han reforzado tanto las actividades que se atribuyen a los varones como las que se asignan a las nenas. Para ellas, princesas, manualidades, muñecas y, para los varones, fútbol y Spiderman.


Y ni qué hablar de las nuevas tecnologías, porque las nuevas tecnologías fueron creadas por los varones, y las nenas quedaron muy rezagadas.  En una de mis investigaciones, justamente a partir de esta cuestión de la masculinidad, indago la relación de los varones con las nuevas tecnologías: cómo varones y mujeres se han apropiado de manera diferente de las nuevas tecnologías. Las nenas chatean más que los varones, pasan mucho tiempo chateando en Facebook y mandando fotos por Instagram pero los varones se han adueñado de los videojuegos. Videojuegos que, dicho sea de paso, tienden a reforzar los tradicionales estereotipos de violencia, de rudeza y de misoginia. 


Entrevistadora 1: Sí, las nenas juegan mucho a un juego que es para armar ciudades, casas y comercios.


Dr. Juan Carlos Volnovich: Si consideramos las historias de las nuevas tecnologías y la historia sobre todo de los videojuegos  -ya que estos suponen un desarrollo y un desempeño intelectual muy particular para los chicos- nos encontramos con que, hasta ahora, tendieron a ser excluidas del sistema educativo. Pero en la actualidad las computadoras entraron en la escuela.   


Los videojuegos fueron inicialmente de varones para varones. El primer videojuego, el que inició a muchísimos niños y adultos jóvenes fue el Game Boy, que se llamaba así porque era, justamente un juego para boys, no para girls. En aquel entonces, cuando apareció el Game Boy,, me pregunté por que no lo llamaban Gamekid o Gamechidren ya que los angloparlantes tienen un neutro para niña o niño: Kid o Children. La respuesta era muy simple, no era un juego para girls, era un juego para boys


Claro está que en el mercado aparecieron videojuegos para chicas: las Barbies, vestirlas, cambiarles el color de los ojos o el vestido, hacerlas desfilar en una pasarela. Eran juegos para tontas. Hubo un avance con las Chicas Superpoderosas, Bombón, Bellota y Burbuja, que permitían cierto modelo de identificación con chicas con poder,  eran chicas, como  Lara Croft de Tomb Rider, de armas tomar. Con el correr del tiempo las chicas fueron incorporándose a los videojuegos sobre todo en los juegos de simulación de personajes –los SIMS--, pero lo cierto es que por lo general las chicas se desempeñan más como pez en el agua en todo lo que es expresión de sentimientos: charlar, hablar, mandar fotos, la circulación de contactos. También es cierto que los varones se permiten muchas veces, a través del texto escrito y la mediatización de las máquinas, expresar sentimientos que, en un cuerpo a cuerpo, serían impensables. Pero si tuviera que expedirme --aunque sea de manera excesivamente taxativa y, por lo tanto, traidora de la complejidad que encierra—diría que los varones se apropiaron de los videojuegos y las chicas se apropiaron de todo lo que se conoce como Net Art, el arte en red, la utilización de las nuevas tecnologías para el arte.


La historia convencional repite lo convencional: en la historia de la humanidad siempre los grandes inventos, las grandes novedades, los grandes aportes son adjudicados a los varones y los varones, que fuimos los que desarrollamos la ciencia, la técnica y el arte, después invitamos a las mujeres a participar del festín. Bueno, la historia cuenta que Internet nace en función de la guerra, a partir de las necesidades de la guerra y de los negocios, y su gran desarrollo tiene que ver con la guerra, que es una práctica de varones, que es un vicio que tenemos los varones. Entonces, la conclusión era que Internet, la nueva tecnología, era producida por los varones para varones. Incluso, cuando Internet se empezó a popularizar, el 98% de los usuarios eran varones, recién después las mujeres se incorporaron, pero más como mecanógrafas que como usuarias. Pues bien, esa es una historia pero resulta que hay otra historia. Y en esa otra historia aparece que la primera persona programadora en la historia de la humanidad es una mujer, Ada Byron King, Ada Lovelace, que fue la hija de Lord Byron, el poeta romántico inglés. Y que en los inicios hubieron otras mujeres...


Nada muy diferente de lo que pasó en el psicoanálisis con Sabina Spielrein, una de las primeras mujeres que hizo un aporte teórico al psicoanálisis. Spielrein elaboró el concepto de pulsión destructiva que publicó en 1911. Sigmund Freud postuló la pulsión de muerte en 1920. 


Entrevistadora 1: Con lo cual se sigue de alguna manera reforzando esta cosa dicotómica. 
Bueno, le agradecemos muchísimo por todo el tiempo que nos has brindado para responder nuestras consultas.

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Sección
Entrevistas

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