AVATARES DEL DESEO Fecha de recepción 29/5/2015                                                                                       Fecha de aceptación 31/7/2015

Contenido principal del artículo

Beatriz Rodriguez

Mientras la represión –motor de la cultura- era la estrategia para sostener el deseo, el retorno de lo reprimido daba lugar al síntoma. La Modernidad dio cuenta de ello pagando el precio de la neurosis. A diferencia de la victoriana, nuestra cultura propone gastar la pulsión sin deseo y sin lazos amorosos; nos empuja y exige que gocemos, lo que nos libera de la represión que nos volvía sintomáticos, pero nos condena a satisfacciones engañosas cuyo resultado imperativo será la frustración.El presente trabajo invita a reflexionar sobre la promesa ilusoria de obturar cualquier carencia a partir del consumo, y del devenir objeto en la prosecución de esta satisfacción pulsional, supuestamente irrestricta.


Palabras clave: Deseo - Cultura - Represión - Consumo - Frustración


A partir de las pulsiones

A fines de agosto de 1883, luego de asistir a la ópera en París, Freud le escribe a Martha Bernais –su novia, por entonces-: 


“Me viene a la mente lo que pensé durante la representación de Carmen: la chusma se permite gozar de la vida sin restricciones, mientras que nosotros tenemos que privarnos. Nos privamos, para mantener nuestra integridad, escatimamos con nuestra salud, con nuestra capacidad de disfrutar, con nuestras excitaciones, nos conservamos para algo, sin saber nosotros mismos para qué; y esta costumbre de suprimir permanentemente nuestras pulsiones naturales nos da el carácter del refinamiento.”2 


Similares reflexiones sobre renuncia pulsional, aunque en términos metapsicológicos, serían luego expresadas en Pulsiones y destinos de pulsión (1915); en tanto que a partir de El porvenir de una ilusión (1927) Freud volcaría su interés abiertamente en aquellos problemas culturales que alguna vez lo cautivaran en su juventud, y que luego habrían de constituir una preocupación primordial hasta el fin de sus días. En este texto señaló que las representaciones religiosas, al igual que todos los otros logros de la cultura, provienen de la necesidad humana de preservarse del poder hipertrófico de la naturaleza; pero destacó que “estas representaciones –las religiosas- son consideradas el patrimonio más precioso de la cultura, lo más valioso que tiene para brindar a sus miembros”; y se las aprecia más aún que a las artes y las ciencias.


En el mismo ensayo, y con la convicción de que toda cultura debe edificarse sobre una renuncia de lo pulsional, destacó que: teniendo tan escasas posibilidades de existir aislados, resulta notable que los seres humanos sientan como una pesada carga los sacrificios reclamados por la sociedad a fin de permitir la convivencia (Freud; 1927).


Cierto es, expresó, que la satisfacción pulsional aportada por los bienes existentes ejerce una poderosa influencia en los vínculos entre los seres humanos; y que, además, en esta relación individual de cada ser humano con otro, cualquiera de ellos puede ser considerado un bien en sí mismo, si el otro “explota su fuerza de trabajo o lo toma como objeto sexual”3; no obstante Freud (1927) enfatiza:“…los bienes mismos, los medios para obtenerlos y los regímenes para su distribución, no pueden ser lo esencial o lo único de la cultura”


Detengámonos aquí a reflexionar sobre esta notable afirmación, ya que en principio parece ser precisamente aquello que hoy determina nuestra cultura, a la que puede denominarse “sociedad de consumo”. Tal vez nos cueste advertir cuán inmersos en ella estamos y sin embargo, como ejemplo, debería bastarnos la inclusión de la figura del consumidor –que hace veinte años eclipsó a la de ciudadano- en la modificación de nuestra Constitución Nacional4.


Acerca de los medios

Tiempo atrás5, la prensa local difundió las recomendaciones de la Asociación Francesa de Pediatría que incluían la regla: “3-6-9-12”, de regulación de contenidos mediáticos para la infancia, propuesta por el psiquiatra infantil, y psicoanalista, Serge Tisseron. La fórmula sugiere reglas simples que enfatizan el valor del acompañamiento de los padres y la limitación del acceso mediático a los niños. Ellas son: 


• no exponer a menores de 3 años a la pantalla, para permitir el desarrollo sensorio motriz del infante6


• habilitar la TV recién a los 3 años, aunque sólo con el acompañamiento de adultos y promoviendo la capacidad narrativa del niño al invitarlo a relatar –y explicar- lo visto en la pantalla. 


• no consentir el uso del ordenador –o de una consola de juegos en pantallaantes de los 6 años, tomando la precaución de compartir en familia esta actividad. 


• permitir una navegación controlada a partir de los 9 años, con especial cuidado de los horarios dedicados a ésta7


• admitir el acceso a redes sociales, así como la posesión de un teléfono celular a los 12 años, edad en que el pasaje a la escuela secundaria da lugar a una mayor autonomía y sociabilidad. 


Investigaciones llevadas a cabo en Francia8 muestran que el buen rendimiento escolar es inversamente proporcional al tiempo de exposición de los niños a la TV; en tanto que afecciones tales como la pérdida de memoria en la infancia y la falta de concentración, la agitación, la agresividad y el insomnio, son directamente proporcionales a dicha exposición.


En nuestro entorno, sin embargo, estas recomendaciones del investigador francés fueron rebatidas de inmediato –y con gran energía- por supuestos expertos de cuyos argumentos se hizo eco la prensa y, acto seguido, pasaron al olvido.


En 1951 tuvo lugar en Argentina la primera emisión de TV, pero aquellos televisores emplazados en muebles de grandes dimensiones, que ocuparan el centro del hogar, se transformaron con las décadas: pasaron así del living a la cocina, y de ésta al dormitorio; fueron acompañados por videocaseteras; vieron surgir y masificarse la TV por cable, al tiempo que se ampliaron los horarios y la programación; fueron instalados en cada dormitorio, para luego incorporar dispositivos multimediáticos (videojuegos, Internet, TV personalizada).


La escalada mediática y su masivo consumo son irreversibles. Esto resulta así por dos motivos relevantes: en primer término porque han dado lugar a procesos productivos de poderoso impacto socioeconómico; y en segundo lugar, aunque no menos importante, pues operan en la dimensión cultural incorporándose al imaginario, cristalizados en estilos que se naturalizan en los discursos y las prácticas.


En este sentido, aunque cabe destacar la dificultad –o sencillamente la imposibilidad- de incorporar y procesar el volumen de información que los mismos aportan9, el fenómeno más destacado de las últimas décadas es el rol socializador de los medios masivos de comunicación, a cuya influencia resulta prácticamente imposible sustraer nada.


En un contexto saturado de mensajes masivos que incitan al consumo permanente, que obligan a los excluidos del mercado a presenciar el derroche ostentoso de otros, y que hasta tratan a los menores como un mercado potencial; pese al ocasional cumplimiento de alguna demanda fortuita, la insatisfacción no cede (Meler; 2013).


La omnipresencia mediática ha llevado a Doufour (2007) a calificar como negativa la influencia que las nuevas tecnologías de la comunicación ejercen sobre la función simbólica, y no vacila en afirmar que los efectos adversos de esta cultura de la imagen pueden llevar al derrumbe psíquico.


Afirma este autor que en la posmodernidad asistimos al ocaso del sujeto crítico, aquel caracterizado por su capacidad de juicio reflexivo y discriminador. También supone la deserción del sujeto neurótico, atormentado por la culpa, tal como fuera descrito por Freud. Correspondería entonces al neoliberalismo un sujeto acrítico y psicotizante, siempre disponible para conectarse con todo: “Un sujeto flotante, indefinidamente abierto a los flujos comerciales y comunicacionales, permanentemente necesitado de mercancías para consumir” (Doufour; 2007, en Meler; 2013).


He dado cuenta de mi parecer al respecto en la presentación Realidad Virtual y Psicoanálisis10, de modo que ahora solo señalaré sucintamente dos de las conjeturas allí expresadas: en primer lugar, que la facilidad de acceso y uso de los dispositivos mediáticos y comunicacionales es resultado de una configuración que confiere protagonismo al modo de pensamiento denominado Proceso Primario, del usuario; en segundo término, que es precisamente el usuario de dichos dispositivos quien voluntariamente deviene objeto, con y a través de su uso, lo que sencillamente implica ser el promotor del producto y el producto promocionado al mismo tiempo.


Devenir objeto

Los medios tradicionales de comunicación (prensa, radio, TV) operaban a partir de la pasividad del receptor –lector, oyente, televidente-; receptor que hoy es sorprendido por medios digitales convergentes, personalizados, móviles y multimediales, con los que la relación ha devenido interactiva y que han transformado al espectador en productor y consumidor de contenidos.


En la actualidad los dispositivos mediáticos han naturalizado la exposición de la violencia más explícita que, sin moderación alguna, irrumpe a través de numerosos videojuegos y dibujos o series infantiles. Asimismo, las barreras del pudor se han derrumbado, de modo que hasta los niños son expuestos a escenas de elevado contenido erótico a toda hora, en desmedro de cualquier posible control parental. Más aún: la pornografía ha devenido un dispositivo pedagógico en el que, tras lo que se supone no más que un simulacro, se ejercitan la violencia, la discriminación y toda suerte de abusos inconfesables11. Su naturalización, en términos prácticos, supone el acceso a ésta no sólo de adultos, sino también de adolescentes y preadolescentes que consideran admisible lo visto en este envilecido material o, más aún, lo suponen la auténtica fuente de placer12. Su efecto modélico anula la libertad, profundidad y diversidad del erotismo, transforma lo siniestro en maravilloso, borra las fronteras entre Eros y Tanatos, y, en suma, adoctrina en una sexualidad mecánica y brutal promovida como única verdad.


Pero la singularidad a destacar no es el exceso de acceso sexual de los jóvenes a través de los distintos dispositivos mediáticos, sino la propia exposición de estos en los mismos –cual si fueran mercancías-, hecho particularmente notable en un universo cultural que, precisamente, propone como ideal de vida la satisfacción por medio del consumo.


Sostiene Bauman (2007) que es imposible subjetivarse sin haber antes devenido objeto. La sociedad insta, empuja u obliga a devenir objeto, y como tal deseable y atractivo, a todos y cada uno de sus miembros que, por ello, harán cuanto les sea posible por promocionarse como producto y en este sentido desplegarán cuanta herramienta encuentren a su alcance para acrecentar su propio valor de venta13. Y es que aquello que cada quien tiene para ofrecer en el mercado, en principio, no es otra cosa que sí mismo.


Así “ser famoso” equivale a ser deseado por muchos, he aquí la motivación que acompaña al anhelo de notoriedad. Ahora bien, a este anhelo subyace el temor a disolverse en una “masa insípida de productos sin rostro”; de modo que cada quien se ve forzado a devenir único, destacado, admirado, insustituible. Es este temor a la nada lo que ha dado lugar a algunas de las singularidades de nuestra cultura –exhibicionismo, narcisismo, hedonismo-, donde las diferencias generacionales se han desdibujado.


En efecto, las relaciones entre los adultos y los menores han sufrido considerables cambios en las últimas décadas. Dany-Robert Dufour (2007) reflexiona acerca de lo que dio en caracterizar como la “claudicación de la autoridad parental”14, en tanto predomina en nuestra cultura una ideología igualitarista que niega las diferencias generacionales. Se advierte, por ejemplo, que los maestros no pueden enseñar, ya que los alumnos no se ubican en posición de aprender, y que se confunden los derechos de los niños y los jóvenes, con la más absoluta ausencia de normas.


En las sociedades industrializadas la vida se ha complejizado; la escala y la velocidad del entorno adulto son absolutamente excluyentes para el niño, el narcisismo del mundo se ha intensificado con el desarrollo de la sociedad de consumo. Así, en particular entre los miembros de los grupos sociales que presentan un mayor poder económico y bienestar, existe un marcado desinterés por los niños, que literalmente se ven forzados a arreglárselas solos (Rodríguez; 1996).


Público o privado 

Pero reflexionemos acerca de una de las singularidades de la posmodernidad: el desarrollo de una compulsión exhibicionista cuyo escenario privilegiado son los dispositivos multimedia, pero que no ahorra ocasiones a su despliegue. En efecto, mientras la modernidad impulsó una mirada interior que se vio reflejada en el desarrollo de expresiones tales como el psicoanálisis, el “diario íntimo” en tanto género literario, las confesiones epistolares15 o –sencillamente- escritos autorreferenciales16, llegando esta búsqueda de interioridad al autoconocimiento –incluso a través del consumo de sustancias psicoactivas, o de viajes iniciáticos-; el sujeto de la posmodernidad dedica su esfuerzo a un objetivo prioritario: salir del anonimato.


La intimidad se desintegra ante la certeza de existencia que aporta la mirada del otro17, mientras las personas son alentadas a prescindir de cualquier atisbo de privacidad, y actuar en público aquello que antes era protegido con pudor: la cuota de intimidad de cada uno. En otras palabras, lo que antes debía permanecer invisible –la vida interior de cada uno ahora se expone en un escenario montado, precisamente, para revelar la propia desnudez física, social y emocional, ya que invisibilidad es sinónimo de muerte social.


Para evitar la exclusión, los adolescentes demandan ser equipados con “confesionarios electrónicos portátiles”. La iniciación sexual de muchos de ellos ha devenido pública y las redes sociales son el pretexto para una exhibición perversa.


En el corazón de las redes sociales está el intercambio de información personal verdadera, la revelación de detalles íntimos probados por medio de fotografías.


Una creciente legión de estudiantes, jóvenes desocupadas y hasta colegialas (o principalmente colegialas) parece dispuesta a hacer o que sea18 por lograr su pasaje del anonimato a la fama.


Ahora bien, ¿Qué motiva este afán exhibicionista, esta compulsión incitada por la web y, al mismo tiempo, destinada a la web?


La novedosa afición por la confesión pública no puede, de ninguna manera, ser explicada exclusivamente por factores “propios de la edad”.


En la era informática, nuevas generaciones de usuarios dan por sentado que sólo tienen existencia aquellos cuya imagen aparece en la pantalla, sólo ésta crea y da consistencia a lo real: la verdadera realidad pasa por la red (Rodríguez; 2010). De modo que exponen con avidez y entusiasmo sus atributos con la esperanza de llamar la atención y quizás ganar algo de reconocimiento y aprobación. Sin importarles demasiado el cómo, el despliegue de la propia imagen les permite eludir, o al menos disminuir, la pérdida del sentimiento de sí, la angustiante sensación de disolución e inexistencia a que da lugar el anonimato. Pero el temor al anonimato no parece menos abrumador que el miedo a la inadecuación. 


Identidad y “reinvención” del yo  

Luego, ya que se trata de devenir objeto, el temor a la inadecuación –y por tanto a la invisibilidad- llevará a cada individuo a convertir y reconvertir sus posibilidades, en el denodado esfuerzo por elevar su status de consumidor al de apetecible bien de cambio, pues –repito- el principal propósito de una “sociedad líquida” será la transformación del consumidor en producto.


Pero los mercados de consumo no dejan de generar insatisfacción hacia los productos que suponen satisfacer necesidades. El tiempo de “vida útil”, o caducidad programada es un eufemismo de la inducción a dicha insatisfacción; los mercados cultivan asimismo un permanente desafecto hacia la identidad adquirida y el conjunto de necesidades a que la misma da lugar.


Cuando en 1914 Freud postuló que el niño deberá eventualmente someterse al imperio de la realidad, renunciando al goce, al triunfo sobre la enfermedad y la muerte, a la omnipotencia19, no conjeturó que una sociedad lograría infundir en sus miembros no sólo la convicción de que todo ello no es imposible, sino por el contrario, que es imprescindible. Así, cambiar de identidad, esforzarse por descartar el pasado y buscar nuevos comienzos, “convertirse en otro”, reinventarse: son todas conductas que nuestra cultura promueve como obligaciones disfrazadas de “privilegios”.


Habituales reincidentes en la conformación de familias, el inicio de carreras, o la construcción de identidades, parecen proclamar que hoy no existen requisitos para los “nacimientos seriales”; que es posible –y más aún, deseable- volver a comenzar de cero. Pero sobre todo, que experimentar la vida como un sinfín de nuevos comienzos, es categóricamente fácil.


En nuestros días el cuerpo humano, es decir, el cuerpo tal y como lo recibimos accidentalmente de la naturaleza –el cuerpo “en crudo” y sin adornos, sin piercings, cirugías ni tatuajes-, es algo que “debe ser superado” y dejado atrás.


Una vez “tunneado”, el cuerpo se tornará visible20. Para aquellos que hoy la pueden costear, la cirugía estética es el instrumento de rutina en la reconstrucción permanente del yo visible. Podemos afirmar que intervenir un cuerpo equivale a hacerlo propio; aunque ninguna intervención por sí misma, garantice una absoluta y definitiva apropiación del mismo o aporte más que una seguridad transitoria -


Por lo tanto, en la creación de un look “nuevo y mejorado”, el recurso a la cirugía ha de tornarse necesariamente perpetuo, toda vez que, en cambio, ninguna de estas modificaciones –de estas sucesivas reencarnaciones- tendrá carácter definitivo.


Hoy en día, una cultura francamente quirúrgic alienta la fantasía de reconstrucción permanente de un cuerpo con plasticidad infinita. El mensaje que emite esta industria de la remodelación estética, es que nada puede impedir que nos reinventemos bajo la forma que querramos; no obstante, y por esa misma razón, este cuerpo “mejorado” difícilmente podrá conformarnos durante demasiado tiempo. Se devela así el auténtico –aunque inconfesado- propósito de esta actividad a la que podríamos denominar “reinvención del yo”: el descarte y eliminación de aquellos productos fallidos, o no del todo satisfactorios.


Por fortuna para quienes son adictos a la transformación identitaria, Internet abre, con mucho menor costo, perspectivas que la “vida real” hasta hace poco negaba. La fabulosa ventaja de la realidad virtual –parte de cuyo sustento es la fantasía infantil de poder serlo “todo”- sobre los espacios de vida off line, reside en la posibilidad de obtener reconocimiento para una identidad –tal vez fugaz-sin la necesidad, siquiera, de adoptarla efectivamente.


La vida on line permite a los habitantes de la era consumista la producción y acumulación ilimitada de identidades; tanto como su eliminación y reemplazo permanentes.  


Efectividad de la represión

En “El porvenir de una ilusión” Freud (1927) puso especial cuidado en señalar que lo característico de una ilusión, es que siempre deriva de deseos humanos. Que una cuidadosa Providencia vele por la vida de los hombres y que desagravie todas las frustraciones padecidas en ella, y que la existencia terrenal se prolongue en una vida futura llena de dicha, supone el cumplimiento de tales deseos. Todas las doctrinas religiosas, afirmó el Maestro, son ilusiones; pero sobre éstas están edificadas tanto nuestra cultura como la conservación de la sociedad.


Freud advirtió que el ser humano deviene neurótico porque no puede soportar las restricciones que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales, y en “El malestar en la cultura” (1930), señaló que la religión sería la neurosis obsesiva humana universal. Pero, concluyó, bajo ninguna circunstancia los hombres aceptarán de buena gana renunciar al llamado de sus impulsos. Así, aunque ciertos volúmenes de disenso y rebelión son inevitables, desde su punto de vista, toda civilización se sostiene gracias a la represión; más aún, civilización implica, por fuerza, la contención represiva de los impulsos humanos.


En su texto Freud declara el propósito de situar al sentimiento de culpa como el problema más importante del desarrollo cultural, al tiempo que señala que la sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural; aquel que posibilita que actividades psíquicas superiores (científicas, artísticas, ideológicas) desempeñen un papel absolutamente sustantivo en la vida cultural. Pero la sublimación supone una disposición particular –no muy frecuente, dirá- y, además, solo asequible a pocos seres humanos, de modo que éstos deberían apelar a otros recursos para escapar del “malestar”.


Es absolutamente comprensible que a partir de estas premisas considerara a todo individuo, implícitamente, como un enemigo de la cultura. Así, al llamar Ilusión a las representaciones religiosas, Sigmund Freud ya estaba anticipando su porvenir; pues la dicha futura debe edificarse en éstas a partir de la renuncia pulsional más inmediata.


Ahora bien, la “cultura” que el Maestro describió, y de la que recolectó su información, correspondía a una sociedad industrial de burgueses en ascenso, que sólo permitía las relaciones sexuales sobre la base de una ligazón definitiva e indisoluble entre un hombre y una mujer; que no aceptaba la sexualidad como fuente autónoma de placer y que estaba dispuesta a tolerarla solamente como el principio --por entonces irreemplazable- de reproducción de los seres humanos. En suma, una sociedad en la que lo no proscrito era el “amor” genital heterosexual, legitimado por el matrimonio monógamo.


Y puesto que no pudo dejar de otorgarle un carácter genérico a sus observaciones, le adjudicó el estatus de universal a la sociedad de su Viena contemporánea, tomándola como la cultura “en sí” para la cual, en consecuencia, solo fue capaz de concebir una alternativa: la supresión coercitiva de las pulsiones.


Haré una digresión para comentar que, en la antípoda freudiana, Foucault (1976) rechaza la “hipótesis represiva” al señalar que la sexualidad, lejos de ser algo reprimido en la era industrial fue, principalmente, algo producido:


“En realidad, se trata más bien de la producción misma de la sexualidad, (…) [sexualidad] es el nombre que se puede dar a un dispositivo histórico: [a] una gran red superficial, donde la estimulación de los cuerpos, la intensificación de los placeres, la incitación al discurso, la formación de conocimientos, el refuerzo de los controles (…) se encadenan unos con otros. Las cuatro figuras principales de este dispositivo, creadas en el siglo XIX, son la mujer histérica, el niño que se masturba, la pareja que planifica la familia y el adulto perverso.” 


De acuerdo con Foucault esta “puesta en discurso” de la sexualidad ha sometido a la misma a un mecanismo de incitación creciente, que dará lugar a la diseminación e implantación de sexualidades polimorfas.


Dimensionemos ahora a la represión: aquellas herramientas de socialización que le dieron lugar como mecanismo neurotizante de la modernidad –el asco, la culpa y la vergüenza- han perdido actualmente su efectividad, en tanto que la represión misma ha dejado de operar como agente cultural.


Vivimos en una cultura secularizada donde el poder de la religión se extingue y su sentido pierde valor, toda vez que la oferta de cumplimiento de deseos aquí y ahora parece mucho menos ilusoria que el acceso al paraíso, después de la muerte y, por cierto, más atractiva. De modo que asistimos a una sensible disminución de las interdicciones que operan como vehículo social, y, por cierto, ahora que la cultura ya no requiere de la religión para sostenerse ofrece una nueva ilusión: la de felicidad terrenal mediante la satisfacción inmediata de los deseos. 


La frustración como dispositivo 

Pero haré aquí una nueva digresión para dar cuenta de la disposición de la sociedad en que vivimos, en tanto sistema, para producir aquellos ajustes o modificaciones que le permitan conservarse viable. Esta aptitud no responde a superestructuras de voluntad premeditadas, sino simplemente a la dinámica de su auto-perpetuación. Es el propio sistema el que habrá de compensar el vacío dejado por la “ausencia de represión”. Por este motivo los destinos de la pulsión y las defensas hoy predominantes, difieren de aquellos observados un siglo atrás; la represión, la privación21 y la culpa han perdido su efectividad en la posmodernidad –o modernidad líquida- y han cedido su lugar a una supuesta realización irrestricta de deseos.


Sin embargo, el categórico propósito de una sociedad líquida no parece ser la satisfacción de deseo o necesidad alguna, si no tan solo su generación. El paradigma de la vida de consumo ha de ser precisamente la evitación de cualquier satisfacción duradera. De hecho, pese a que el motivo del consumo figure ser la apremiante necesidad de adquirir y acumular; su verdadera razón es la compulsión a eliminar y reemplazar.


Cierto es que el culto al consumo se ha transformado en una válvula de escape para cualquier emoción peligrosa; un modo de poblar con objetos una vida –tal vez- vacía de objetivos. Es innegable que la angustia, el miedo, la rabia, la tristeza, la ambición social y los dilemas morales “pueden disiparse por medio de objetos materiales, mercaderías fetiche” (Rodríguez; 2011); así, el “síndrome consumista” exalta lo novedoso frente a lo perdurable, sentenciando a muerte la satisfacción del deseo22. El síndrome consumista responde a la ecuación: velocidad, exceso, desperdicio y, a la vez, abrumadora frustración; al jerarquizarse la transitoriedad en perjuicio de la duración, la lentitud ha devenido sinónimo de muerte social23. Este frenético ritmo de renovación y eliminación, que también comprende a los vínculos, no solo requiere de un aprendizaje veloz, sino además de un rápido olvido (Bauman; 2007).


De hecho: el vértigo del consumo abrevia sensiblemente la expectativa de vida del deseo, y convierte en efímera la distancia temporal entre aquel y su satisfacción, así como entre esta última y la “eliminación de los desechos”. 


Por lo tanto, mientras en el presente los argumentos de socialización se fundan en el ilusorio ofrecimiento de satisfacer los deseos humanos en un grado tal que ninguna sociedad del pasado pudo o soñó hacerlo --al igual que ocurre con las drogas-, semejante promesa de satisfacción sólo habrá de conservar su poder de seducción mientras tales deseos permanezcan insatisfechos. Es decir, si –y solo si- el deseo aún persiste, si –y solo si- no ha sido plena y verdaderamente colmado; lo que en otros términos implica la infelicidad.


Diré entonces que de este modo prospera la sociedad de consumo: siempre y cuando consiga que la frustración de de los deseos de quienes la integran sea perdurable. Para lograr semejante efecto bastará con recurrir al dispositivo de denigrar y devaluar, lo más inmediatamente que sea posible, cuanto objeto se haya ofrecido al universo deseante. Empero un método aún más eficaz permite alcanzar idénticos resultados, y es: satisfacer cada deseo de modo tal que sólo pueda dar lugar a nuevas apetencias. Lo que se inicia como tentativa de mitigar una necesidad, deviene en compulsión o –más precisamente en una conducta adictiva. La vía así inducida, condensada en la forma de un hábito, conduce sin alternativas a los centros comerciales, donde se espera alcanzar solución y alivio a los problemas y angustias.


En efecto, desde temprana edad nuestros niños aprenden que los bienes materiales son sinónimos de seguridad, autoestima y amor; que nuestra cultura ha hecho de la sexualidad y de su desempeño artículos de consumo que responden a las exigencias del mercado; que el sexo no sería sino otra de las mercancías que pueden adquirirse en él, y que cada uno de nosotros resulta un potencial objeto de consumo.


Desde hace décadas, la exhibición descarada y desafiante de la sexualidad ha neutralizado a la represión, la coerción ha sido largamente reemplazada por la estimulación, y la vigilancia del comportamiento, por la exposición pública. Asistimos al proceso de desmantelamiento –cada vez más evidente y extendido- del otrora exhaustivo sistema de regulación normativa, que se ve reemplazado con efectividad por la instigación de nuevos deseos y necesidades, y la consecuente frustración de los mismos.


La enorme ventaja que Freud asignara al “principio de realidad” por encima del “principio del placer”, radicaba en los ingentes recursos –colectivos y sociales- de que dispone el primero, en detrimento de las escasas fuerzas con las que cuenta el segundo, ciertamente más débil –ya que es solo de carácter individual-. Pero dicha desventaja es hoy compensada ampliamente, por no decir neutralizada o superada, como resultado de cierta inversión de valores. En el curso de la socialización, el ejercicio de supuestas libertades personales, la gratificación de los deseos, la inmediatez, son apreciados por encima del bien colectivo. Ahora dependerá de cada individuo el habilitar o limitar un principio por encima del otro.


En suma, mientras cien años atrás el asco, la culpa y la vergüenza, en tanto agentes de socialización, operaban como bisagra entre los destinos posibles de la pulsión, y daban lugar al “malestar en la cultura” –represión mediante, de aquellas pulsiones parciales que no eran vehiculizadas a través de la sublimación-, en nuestros días dicho malestar es ocasionado por la frustración, pues mientras de algún modo se impulsa la satisfacción pulsional irrestricta, una nueva demanda –sostenida en la oferta ilimitada y permanente- no cesa de reemplazar de modo apremiante cualquier deseo que, apenas alcanzado, pierde todo valor y efectividad.


La frustración ha devenido el nuevo agente patógeno, aunque a la vez socializante, en una cultura promotora de adicciones que difícilmente tenga modo de satisfacer. 


Podríamos entonces concluir en relación con esta nueva ilusión, que su engañoso origen contiene el germen de su destino.


Buenos Aires, mayo 2015


Bibliografía
  • Bauman, Zigmunt; [2003] Amor líquido; Buenos Aires; Fondo de Cultura Económica, 2005.

  • Bauman, Zigmunt; Vida de consumo; Buenos Aires; Fondo de Cultura Económica,.

  • Dufour, Dany-Robert (2007) El arte de reducir cabezas.

  • Foucault, Michel [1976] Historia de la sexualidad. Buenos Aires; Siglo XXI editores; 2002.

  • Freud, Sigmund; [1915] “Pulsiones y destinos de pulsión”, en: Obras Completas, vol. XIV; Buenos Aires; Amorrortu Editores, 1992.

  • Freud, Sigmund; [1927] “El porvenir de una ilusión”, en: Obras Completas, vol. XXI; Buenos Aires; Amorrortu Editores, 1992.

  • Freud, Sigmund; [1930] “El malestar en la cultura”, en: Obras Completas, vol. XXI; Buenos Aires; Amorrortu Editores, 1992.

  • Gubrich-Smitis, Ilse; “Reflexiones sobre las semillas de conceptos psicoanalíticos fundamentales”, Revista Psicoanálisis Nº 10; Editora SPP (Sociedad Peruana de Psicoanálisis); 2012.

  • Kundera, Milan; (1995). La lentitud; Barcelona; Tusquets.

  • Meler, Irene; (2013). Recomenzar: amor y poder después del divorcio. Buenos Aires; Paidós.

  • Rodríguez, Beatriz M.; (2011). Prostitución, del tabú a la banalidad; Buenos Aires; Lugar Editorial.

  • Rodríguez, Beatriz M.;(1996). El hijo inconcebible; Buenos Aires; Tekné.

 


Notas

1 Algunas de las ideas expresadas en el presente trabajo fueron formuladas el 8 de octubre de 2014, en la disertación: “Acerca de la facilitación y acceso sexual de los jóvenes, a través de distintos dispositivos mediáticos, en la actualidad”, en el panel Presentaciones de la sexualidad: exceso de acceso, organizado por la Comisión Científica de la AEAPG. 


2 Sigmund Freud (1883) citado por Ilse Grubrich-Smitis en: “Reflexiones sobre las semillas de conceptos psicoanalíticos fundamentales”, para Revista Psicoanálisis Nº 10; Editora SPP (Sociedad Peruana de Psicoanálisis); 2012. 


3 Ya que ni la “fuerza de trabajo” ni el erotismo pueden ser comprados o vendidos por separado de sus poseedores. 


4 Constitución de la Nación Argentina; 1994. 5 En abril de 2014. 


6 Esta recomendación abarca incluso a los canales cuyos contenidos están dirigidos específicamente a los infantes –como Baby TV-, que figuran en la grilla del cable en Argentina. 


7 La recomendación enfatiza la necesidad de situar los ordenadores en las habitaciones de uso familiar del hogar, y no en los dormitorios de los niños, para evitar en éstos la alteración del ritmo circadiano. 


8 Referencia de Meler (2013). 


9 La redundancia y el abrumador exceso de información disponible, hacen que la misma devenga inmediatamente superflua. 


10 http://www.bn.gov.ar/abanico/A91012/Rodriguez-virtual. html. 


11 La pornografía celebra, autoriza y legitima la violación, la humillación, la crueldad, el acoso, la tortura y hasta la mutilación, erotizando los vínculos de dominio y sometimiento (Rodríguez; 2005). 


12 Señalaré, no obstante que, al igual que en el consumo de prostitución –donde una vez cosificado el otro es anulado (es decir: no existe)- el sexo mediático es autoerótico. 


13 Una sencilla, aunque incontestable, prueba de ello es la elaboración del CV. 


14 Por ejemplo: en la mayoría de los casos, son los mismos padres quienes, cómplices de lo que se supone una “trasgresión leve”, facilitan el acceso de sus hijos menores a las redes sociales. 


15 De las que el mismo Freud es sobrado ejemplo. 


16 Entre los que La interpretación de los sueños es paradigmática. 


17 Un incuestionable ejemplo de ello es aportado en la actualidad por la arquitectura cuando privilegia, en la construcción de residencias de lujo, enormes ventanales sin celosías ni persianas que, semejando gigantescas pantallas, permiten participar con la mirada en la intimidad de estas moradas; o bien por los moradores de tales viviendas, quienes se solazan en la exhibición de sus actos y sus pertenencias, que cobran realidad al emerger del ámbito privado; ya que es en el espacio público donde la exhibición de cualquier artículo transfiere su valor al portador o usuario. 


18 Desde subir a la red la grabación de acciones riesgosas, extremas o delictivas, hasta poner en subasta la propia virginidad. 


19 “…evoca anhelos irrealizables: la eterna juventud, la bisexualidad, la omnipotencia, el dominio sobre los pensamientos y actos de otros, el ser uno con la madre…” (Rodríguez, B.; 2010) 


20 “El maquillaje beige, que la temporada pasada era un signo de audacia, ahora no sólo es un color pasado de moda, sino también aburrido y feo, y más aún, un estigma vergonzoso y una marca de ignorancia, indolencia, ineptitud o flagrante inferioridad.” Bauman, Z.; 2007. 


21 Freud denominó “privación” al estado producido por una prohibición. 


22 En una sociedad que proclama que la satisfacción del cliente es su motivación primordial, un consumidor satisfecho, de una vez y para siempre, resulta la más terrorífica amenaza. 


23 “…el nivel de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.” (Kundera; 1995).

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Articulos Cientificos
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Beatriz Rodriguez

beatrizmrodriguez@gmail.com

Especialista y Doctora en Psicología Clínica. Investigadora con orientación en Estudios de Género y Salud. Autora de Avatares de la Clínica (2015); Prostitución. Del Tabú a la Banalidad (2011); Desde la Clínica (2010); La femineidad y sus metáforas (2005); Climaterio femenino (2000); El Hijo inconcebible (1996), y de numerosos trabajos de su especialidad.