HOMENAJE A JEROME SEYMOUR BRUNER NUEVA YORK; 1915-2016

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Roxana Ynoub

En una dedicatoria a uno de sus libros más importantes, Jerome Bruner definió al gran lingüista Roman Jacobkson como “un ser venido del futuro”.


Esta afirmación le cabe, sin dudas también, al propio Bruner.


Su pensamiento, sus hallazgos, sus modos de investigar, su creatividad y su capacidad para volver a pensar los grandes temas de la psicología iluminarán por largo tiempo la formación de profesionales en este campo. Sus aportes han sido tantos –y tan amplios- que muchas generaciones seguirán nutriéndose de los mismos. Aportes que van desde la psicología de la percepción a la psicología cognitiva, desde la psicología del desarrollo a la psicología de la educación, del desarrollo del habla hasta la función de la narrativa en la cultura.


Jerome Bruner nació en Nueva York el 1° de octubre de 1915.Fue el menor de cuatro hijos de una familia de ascendencia judía que había emigrado de Polonia a los Estados Unidos. Ingresó a la Universidad de Duke en el año 1933, en donde se especializó en psicología. A partir de entonces se integró en los grandes centros académicos de su época: continuó sus estudios de posgrado en la Universidad de Harvard en la que obtuvo un Master en 1939 y un doctorado en 1941 –.Unos años más tarde, sería profesor a tiempo completo en esta misma universidad, para luego trasladarse a la Universidad de Oxford y culminar su carrera académica en la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York, donde toma el puesto que había sido ocupado antes por George Mead.


Suele decirse que una gran figura –sea del ámbito de la cultura, las ciencias o las artes no puede comprenderse si no es por referencia al tiempo y al lugar en que su labor y sus obras se han producido. Aunque esto se aplica también al caso que nos ocupa, habría que agregar además que su extensa vida le hizo transitar por muy diversos escenarios sociales y académicos. En cada uno de ellos, si bien estuvo a tono con las problemáticas y debates de sus tiempos, aportó la marca de su enfoque singularísimo. En ocasiones sintetizando y enriqueciendo las propuestas de los grandes referentes, y en otras confrontando con ellos aun cuando surgieran de su entorno más inmediato.


Así por ejemplo, aunque formó parte de la vanguardia que dio origen a lo que se conoció como “Revolución cognitiva” en la década de los 50 –junto a referentes de la talla de George Miller–, fue más tarde un fuerte crítico de muchos de los conceptos que nutrieron (y en algunos casos aún nutren) el núcleo de esas tesis. El enfoque cognitivo nació bajo la gran metáfora computacional, conforme con la cual la mente podía ser comprendida y estudiada como un “procesador de información”. Si bien la metáfora computacional permitía oponer al conductismo de los “estímulos y respuestas” la idea de un “procesamiento de información” como expresión del pensamiento (que iba, por lo tanto, más allá de la caja negra), dejaba afuera nociones como intencionalidad y significado, y con ellas todo lo referente a la subjetividad propiamente humana.


Será entonces Bruner, uno de los fundadores de ese campo, el que recurrentemente propondrá una concepción que restituya esas nociones, en una concepción que busca –en cada una de sus ideas– recuperar al ser humano real, en su contexto vital y cultural.


Este “giro culturalista” se consolida en una primera etapa de su producción académica en lo que será la “teoría del New Look” –la que desarrolla junto al psicólogo Leo Postman en el marco de esa misma tradición cognitivista–. La perspectiva del New Look confronta con las versiones objetivistas de la percepción, concibiéndola como un proceso activo, que incorpora aspectos motivacionales y subjetivos, entendidos como las metas o intenciones que orientan esa actividad perceptiva. Algo que hoy parece aceptable pero que en su momento significaba romper con fuertes –y hegemónicas– tradiciones positivistas.


Su sensibilidad e interés social no provenían, sin embargo, sólo del ámbito académico. Bruner se implicó de forma personal en distintos escenarios sociales y políticos que le tocó protagonizar. Poco tiempo después de terminar su doctorado –cuya tesis llevaba por título: “Un análisis psicológico acerca de las emisiones internacionales de radio de naciones beligerantes”– trabajó en plena guerra para el Foreign Broadcast Intelligence Service, (Servicio de Inteligencia de la Armada de los Estados Unidos) en temas de propaganda, en el cuartel general aliado en Francia. Probablemente fue en el marco de esta experiencia que comenzó su vinculación con las teorías del “procesamiento de la información” (cuyos impulsos iniciales se dieron, precisamente, en el área del desarrollo militar).


Entre los referentes que impactaron teóricamente en su pensamiento, se cuentan tres “titanes” de la psicología, como él mismo los definió: Piaget, Vygostky y Freud. A Piaget lo conoció de modo personal: primero en Ginebra y luego en el Centro de Estudios Cognitivos que Bruner dirigía en Harvard, al que el propio Piaget visitó. Su relación con la teoría piagetiana fue convergente y divergente en diversos aspectos. Como Piaget, Bruner fue un constructivista convencido, pero a diferencia del psicólogo ginebrino Bruner daba una importancia central a los factores ambientales, a la educación, a la instrucción y a la cultura como promotores del desarrollo cognitivo. En este sentido se puede reconocer una proximidad más directa con Vygostky, a punto tal que conceptos de Bruner parecen ser recreaciones de conceptos de origen vygostkianos, como el de “andamiaje” que evoca la noción de “Zona de desarrollo próximo” del psicólogo soviético. De hecho, fue Bruner uno de los grandes promotores de la teoría vygostkiana en la psicología norteamericana.


Esta fuerte inclinación hacia las tesis ambientalistas, forma parte de su interpretación culturalista del sujeto humano y de su desarrollo formativo. En esta dirección deben comprenderse también los muchos y variados trabajos que Bruner realizó en el campo de la educación. Su preocupación por este tema era central, y su concepción sobre el desarrollo era solidaria con una teoría de la educación (que excedía por supuesto al ámbito de la educación formal). Así como el contexto de la Segunda Guerra lo acercó al tema del cognitivismo y el procesamiento de la información, es probable que el nuevo contexto de la Guerra Fría, lo motivara en los temas educativos tan debatidos y presentes en el escenario norteamericano de entonces. En ese marco, su preocupación fue la de promover una educación que atendiera al sentido y la comprensión de lo que se enseña, de manera motivada y no solo mecanicista (en franca oposición a las vertientes conductistas que impregnaban también el campo educativo). Propuso y desarrolló una teoría pedagógica, a la que definió como “aprendizaje por descubrimiento”. El “descubrimiento” ubica al sujeto en una posición activa, orientada por búsquedas que él mismo debe trazarse, en una línea que lo acerca también al concepto de “aprendizaje significativo” de Ausubel.


Su capacidad para integrar y nutrir su pensamiento con los más variados enfoques y disciplinas se deja ver en toda su producción, pero cobra especial relevancia en los relativos al lenguaje y la narrativa. Por una parte su trabajo sobre la “adquisición del lenguaje” debate con las tesis innatistas de Chomsky, y por la otra recupera el campo de la pragmática proveniente de la filosofía del lenguaje anglosajón. En este caso, defenderá la tesis que lo innato en el sujeto es su disposición a la interacción social, y que es la estructura práctica de esa interacción –a la que caracteriza como “formatos”– la que modela y preanuncia la estructura del lenguaje articulado. De este modo postula que la dimensión elocutiva está presente antes que la locutiva. Dicho de otra manera, el niño/a sabe pedir antes de saber nominar lo que pide, lo que muestra la primacía de la acción social para el desarrollo lingüístico. Sus estudios sobre los “formatos del juego del cu-cú”, de la “atención conjunta” y la petición, con niños prelingüísticos, iluminan la regularidad y estructuración que presenta la interacción social, como así también sus isomorfismos con la estructura sintáctica de la lengua.


En cuanto a sus estudios sobre narrativa tuvieron también múltiples perspectivas y se nutrieron de múltiples fuentes. Recupera en este caso, los aportes de la narratología que venía desde Vladimir Propp a Lévi-Strauss, pasando por la filosofía de Paul Ricoeur y el psicoanálisis del propio Sigmund Freud; entre muchos otros. Las tesis narratológicas le permiten profundizar aún más en su enfoque culturalista, desde el momento que la cultura es producción, negociación y circulación de significados. El sujeto vive y se constituye inmerso en ellos; y la narrativa es un medio que la cultura tiene para hacer circular esos significados, pero también para corregir y mitigar todo aquello que se aleja de lo “canónico”. Ante una concepción cognitiva centrada en el pensamiento formal y protocolario del positivismo, Bruner introduce a la narrativa como un eslabón clave para la comprensión de los procesos cognitivos. Explicación y comprensión –el gran dilema que separa las aguas entre las ciencias de la cultura y las ciencias de la naturaleza– dejan de ser antagónicos para mostrarse en sus mutuas implicaciones. Al punto que Bruner sostendrá –inspirado en este caso en los trabajos de Luria- que las “narraciones pueden servir como los primeros interpretantes de las proposiciones lógicas”, en tanto la formalización lógica se sirve de la pre-comprensión narrativa de la experiencia. La narrativa es a un tiempo secuencial y estructural, discursiva y apofántica. Su giro culturalista, madura plenamente en este giro narratológico, que será además recuperado y convergente con múltiples vertientes y disciplinas (desde las ciencias del derechos hasta la didáctica de las matemáticas).


Como resultado de su vasta y destacadísima producción Bruner recibió un sinnúmero de premios y reconocimientos; fue nombrado Doctor Honoris Causa por las Universidades de Yale, Columbia, Sorbonne, Berlín, Roma, Bolonia, Autónoma de Madrid, entre otras. En el año 2010 tuvimos la suerte de tenerlo en Argentina invitado por la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, que también le dio el título de Doctor Honoris Causa, en ocasión del Primer Congreso Internacional de Psicología organizado por esa Casa de Estudios.


El pasado 5 de junio Jeromé Bruner dejó físicamente este mundo. Sin embargo, su obra, su pensamiento, su modelo como investigador, su profundo humanismo quedan ya como una marca imborrable en las páginas más trascedentes de la psicología y la cultura universal. Sin ninguna duda, su nombre y su figura seguirán siendo por mucho tiempo una clave decisiva para la comprensión y el autodesciframiento del fenómeno humano.

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Curriculum del autor/a

Roxana Ynoub

roxanaynoub@gmail.com

Doctora en Psicología- UBA.

 

Profesora Titular Regular.

 

Cátedra de Metodología de la Investigación Psicológica II.

 

Facultad de Psicología-UBA