LA CONSTRUCCIÓN DEL CUERPO Y LA FUNCIÓN DEL PADRE

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Leonardo Leibson

Fecha de recpeción: 1/6/16  Fecha de aceptación: 20/7/16


El cuerpo que el psicoanálisis pone en juego es efecto de una serie de operaciones. Es, por ello, una construcción que no es dada desde el nacimiento sino que se logra a través de sucesivos pasos y nunca concluye como tal. Esos pasos presumen una secuencia de cortes (el que deslinda el goce, el que recorta la imagen, el que desprende el objeto), secuencia lógica más que cronológica si bien ciertos momentos de la adquisición del cuerpo pueden articularse a las etapas que va atravesando un sujeto. Cabe preguntarse qué papel cumple el padre en la realización y efectuación de esos cortes, lo que nos lleva a la pregunta acerca de qué es un padre y cómo éste opera. El presente texto se desarrolla en el seno de estas preguntas. 


Palabras clave: cuerpo - función del padre -  corte - registros.


 


"Hablo sin saber . Hablo con mi cuerpo y sin saber. Luego, digo siempre más de lo que sé."


J. Lacan


Al tiempo que Freud descubre el inconsciente, también se encuentra con un cuerpo diferente al que la medicina conocía y que se tenía como el único posible. Freud, a través de sus encuentros con “sus” histéricas principalmente, descubre ese cuerpo que desconoce la anatomía. Ese cuerpo, inadvertido en la cultura en tanto ignorado por la ciencia médica, que se caracteriza por estar desunido del instinto, por lo que sus modos de satisfacción se rigen por leyes que no son las de la homeostasis sino las del decir. Es, en fin, un cuerpo que habla, o, al menos, que está tomado por el lenguaje. Es por eso que Lacan puede afirmar que “Freud nos enseña que hay enfermedades que hablan” (Lacan 1950).


Ese cuerpo que el psicoanálisis pone en juego es efecto de una serie de operaciones. Una construcción que no es dada desde el nacimiento sino que se logra a través de sucesivos pasos y nunca concluye como tal. Esos pasos suponen una secuencia de cortes: el que deslinda el goce, el que recorta la imagen, el que desprende el objeto -secuencia lógica más que cronológica, por más que ciertos tiempos de la adquisición del cuerpo pueden relacionarse con distintos momentos del sujeto. Teniendo en cuenta que se trata de cortes, cabe preguntarse qué papel cumple el padre en la realización y efectuación de esos cortes, lo que nos lleva a la pregunta acerca de qué es un padre y cómo éste opera. El presente texto se desarrolla en el seno de estas preguntas. 


1. El cuerpo del psicoanálisis, Otro 


“El Otro, finalmente, por si no lo han adivinado, es el cuerpo”


J. Lacan (10/5/67) 


Un cuerpo es aquello que ocupa un lugar en el espacio. Tiene una fuerte vinculación con lo Uno. De ahí que el cuerpo se cuenta como uno, uno por uno. Lo cual quiere decir que donde hay uno, no puede haber otro. Esto entra en tensión con la dialéctica de lo especular, aquella en el seno de la cual la imagen del cuerpo hace su aparición. Porque en esa dialéctica parece haber una sola imagen para dos cuerpos: el del yo y el del otro.


El psicoanálisis nos enseña, con toda claridad, que no hay cuerpo desde el inicio. El cuerpo debe ser construido, y también requiere ser apropiado. Para su construcción se requieren varias operaciones. Se da una secuencia que podemos llamar de corte y confección. Y en varios planos (así como en una prenda hay entretelas, forros, ojales, frunces, etc.). Se trata de una serie de cortes que afectan al cuerpo en varias dimensiones y en distintos tiempos. 


Por un lado el corte que arranca al “ser viviente” de su medio natural. Este corte consiste en el encuentro con un mundo de lenguaje en el cual la palabra no es la cosa y el significante queda dislocado del significado. De ahí que se da una separación que será desgarrada e irreversible. Desgarrada, porque el borde no siempre es neto y claro, quedando colgajos e incluso pequeñas adherencias, que si bien nunca alcanzarán a restituir ese supuesto estado originario, lo evocan (lo equi-vocan). Irreversible, porque una vez traspuesta esa barrera no habrá retorno. Como mucho, nostalgia de lo que nunca se tuvo.


Este primer corte tiene que ver con que el cachorro humano es recibido en un mundo donde el lenguaje altera la necesidad obligándola a que se trace –a que sea trazo-, estructurando una demanda y haciendo surgir un resto que es causa de deseo. Y se trata, para ese cachorro, de encontrar (porque eso no lo busca) la manera de dejarse localizar en esas coordenadas del deseo del Otro (una madre, o alguien que haga sus veces). Para encontrar luego cómo se ubica allí mediante las vicisitudes y los tiempos del Edipo. El efecto es que el cuerpo, además de uno, es sexuado. Pero ahí ya se trata de otro corte, o de otra incidencia del corte.


Este desgarro de la Madre naturaleza (que es pura bondad porque no habla, por ende no desea ni miente) implica el encuentro con una madre lenguajera que sí habla y por ello desea (no pudiendo saber lo que desea), miente (a veces), se angustia (y sólo entonces no miente), y además tiene un cuerpo. Esa madre parlante es una (“madre hay una sola”), o pretende serlo: ser única (para el hijo), ser la única para el hijo (lo que ya es muy distinto). Tanto es así que puede creer que el hijo le pertenece. Lo que esa madre ignora es que ese hijo, lo que simboliza, es también otra cosa. 


En ese encuentro con la madre, con su deseo -y lo demás-, el cuerpo surgente se moldea en términos de cuerpo erógeno. Porque el lugar que encuentra –si todo marcha más o menos bien- es el del objeto erótico. 


Todo esto, indudablemente, hace aparecer un cuerpo. Pero eso no alcanza para tener un cuerpo, o sea estar medianamente seguro y convencido de que el cuerpo está vinculado a un nombre, a un yo (con toda la carga de ignorancia que eso supone), y a un sujeto (si bien la vinculación entre cuerpo y sujeto es compleja: porque el sujeto no es “anterior” al cuerpo, ni tampoco lo “tiene” en sentido estricto; es una vinculación de cruce y desencuentro, de pasión/padecimiento y también hecha de la posibilidad de pérdida vivificante, de descarga, de resonancia y danza, de dejarse ir...).


Todo esto implica que los cortes se van produciendo y esto tiene consecuencias. Por empezar, engendrar una superficie corporal que es superficie de escritura, donde los trazos del Otro se inscriben (Lacan 1966-67). Hay una historia que marca el ritmo del cuerpo que se está haciendo. Y para que esto se dé tiene que haber un espacio, un entredos. Este corte que la función del lenguaje produce, es lo que retroactivamente se repite en las dos dimensiones del cuerpo: esas que Freud llamó lo somático y lo psíquico en algunos de sus primeros textos (Freud 1895; Leibson 2011).


El cuerpo, dice Lacan, nace malentendido (Lacan 1980). En esta secuencia encontramos que no podría ser de otro modo, porque se trata del encuentro de un viviente con el lenguaje lo que engendra un cuerpo. Como dice en la “Conferencia en Ginebra”: “El hombre piensa con ayuda de las palabras. Y es en el encuentro entre esas palabras y su cuerpo donde algo se esboza” (Lacan 1975, 125). Pero la historia no concluye allí. Más bien, recién comienza.


Porque otra dimensión y otra incidencia del corte es aquella que se dará entre la madre y suhijo (dicho así, todojunto?) Tradicionalmente el psicoanálisis ubica allí lo que ha dado en llamar la Función del Padre. Como interdictor del goce (incestuoso), como el que prohíbe la consumación y realización del incesto (que de por sí es imposible), como el que rivaliza con el niño por la posesión de esa mujer que es la madre (porque aun en Freud, la madre es, por obra y gracia de la existencia del complejo de Edipo, una mujer… deseante y apasionada de goce).


Esa función del Nombre del Padre, en verdad, también está actuando en el primer corte, el que desprende al viviente de la Naturaleza. Porque hay una conexión entre la función del Nombre del Padre y el hecho de que el lenguaje entre en funcionamiento. La pregunta, entonces, es cómo opera esto y, sobre todo, qué accidentes pueden ocurrir en este proceso. “Toda clase de accidentes”, dice Lacan (1955-56), pueden darse. De ellos derivan las diferencias clínicas, los diversos modos de estructurarse un sujeto y un cuerpo, en sus encuentros y desencuentros. Porque, como podemos ir infiriendo, no hay una normalidad más que una Naturaleza. El accidente es la “normalidad”, el desvío es el camino recto. Tenemos que mostrar cómo la función del Nombre del Padre (más exactamente, de los nombres del padre, y también del padre que nombra) está directamente entrelazada con estos accidentes.  


2. La incorporación del Padre 


“[El Nombre del Padre] es el significante que significa que en el interior de este significante, el significante existe”


J. Lacan (1957-58, 151)


Para Freud, el padre comienza siendo un rasgo que se in-corpora. El acto canibalístico no sólo puntualiza un crimen –el asesinato del padre– sino que también sella el pacto por el cual cada hermano tiene en su cuerpo un resto, un fragmento del padre. Ese fragmento será el fundamento de una ley que antes no existía y que regula que haya cuerpos prohibidos (endogamia) y, por consecuencia, cuerpos permitidos (exogamia). El padre freudiano es un padre cuyo cuerpo se des-hace en símbolo, temporalidad compleja de lo paterno, cercana a lo absurdo de su función. El cuerpo de los hijos queda trastornado por esa incorporación y eso es lo que Freud ubica en el fundamento de la identificación (Freud 1921, 99).


Lacan partirá de ese mito para hacer retornar la pregunta: ¿cuál es esa función del Padre? ¿Qué es lo que habilita a ese personaje a cumplirla? Padre, en principio, es el portador y transmisor de la ley. Pero, ¿cuál ley? La de prohibición del incesto, respondemos con Freud. Pero también, y en un paso lógicamente anterior, a ley del lenguaje, dirá Lacan (Lacan 1957-58). Ley del lenguaje que no es otra que la ley del malentendido, del equívoco, del significante en suma. O sea la ley que indica (porque en rigor no lo manda) que hay distancia entre el significante y el significado. Que el sentido no es único ni unívoco, o al menos puede no serlo. Que las palabras y las cosas están tan separadas que podemos hablar sin angustiarnos de palabras y de cosas. Que no hay relación posible (lógicamente hablando) entre significante y significado, sino distancia irreductible. Que por más cercanía que pueda haber, no hay soldadura.


La ley está hecha de lenguaje y sus efectos. Especialmente dos: la imposibilidad de hacer coincidir la palabra con la cosa, y lo inevitable del equívoco y el malentendido. O sea, la función del padre es transmitir la ley que hace del lenguaje algo que no se reduce a un medio instrumental de comunicación (como la danza de las abejas) hecho de puros signos, sino algo que permite la metáfora, el juego, el chiste, la poesía: y, así, el goce que se asocia a estos modos de la lengua.


Esto no es un fenómeno comunicativo de un sistema de signos. Es un efecto lenguajero de un enjambre significante.


Esa ley es la ley del desencuentro fundamental. Entre palabras y cosas. Y entre cosas engendradas por palabras. Por ejemplo, una madre y su hijo.


Por otra parte, sabemos que el sujeto siempre queda por fuera de sí. El sujeto es un exiliado en tanto extraído de su lugar de origen: el viviente, al ser tomado por el lenguaje, pierde esa vida y ese lugar. Pierde la orientación que da el instinto. ¿Cómo se ubica y desplaza en el mundo a partir de allí?


La constitución del sujeto es una operación delicada, sutil y compleja, aunque abarque también algo no sutil: el cuerpo en su materialidad, presencia e impenetrabilidad, en su urgencia -porque lo que se pierde es el instinto como conducta pero no la necesidad como tal que persiste como resto en cuyo margen desgarrado se engendra el deseo.


En esa operación, decíamos, pueden “ocurrir toda clase de accidentes”. En verdad, sólo hay accidentes, porque sólo hay algo logrado en tanto fallido, en tanto la función de la falla se pone en juego. Las diferencias estructurales no se definen por si hubo o no accidente sino por qué forma y qué alcance adquiere en cada caso. (Leibson 2012)


La función del padre se efectúa allí: en el cruce entre el lenguaje y el cuerpo. Una función que se articula con la figura del papá (ese de la realidad) pero no es su equivalente. Corresponde al símbolo del NP (Nombre del Padre), pero ese símbolo nunca puede encarnarse plenamente, ningún cuerpo (ni siquiera el cadáver) está enteramente a la altura de un símbolo. Implica una presencia en palabra y en acto, aunque se nutre de resonancias y repercusiones de esa presencia, en un après coup repetido y repetible -es cada vez, es muchas veces-.


Según Lacan, debemos distinguir lo imaginario del padre (ideal, terrible, fracasado, etc.) de la función (simbólica) del Nombre del padre. También diferenciable de lo que le da un soporte real.


Además, no hay un nombre del padre sino los nombres del padre: no sólo distintas figuras sino diversas incidencias y modos de aparición. Reprimido, forcluido, denegado. Declinaciones (en el sentido gramatical) del nombre del padre y sus figuras.


Esto se pone en juego en el dispositivo analítico: no escuchamos lo que el paciente dice sólo como signo sino también como significante. No nos detenemos sólo en lo que eso significa sino en lo que la palabra provoca y resuena. El psicoanálisis es una de las pocas instancias de la cultura que hace lugar a estos modos del lenguaje dentro de una práctica no limitada a artistas ni a especialistas (v. gr., filósofos y aledaños). También el psicoanálisis es uno de los pocos dispositivos que alojan a un cuerpo no reductible a una máquina homeostática- instintiva sino un cuerpo “que está hecho para gozar, para gozar de sí mismo” (Lacan 1966).


En este sentido, y de un modo casi paradojal, es lo que el padre transmite lo que le permite al sujeto/exiliado-náufrago orientarse en su deriva, encontrar un nuevo lugar (o un lugar y luego otro y luego?algún lugar vivible), darse una legalidad en la que sostenerse a pesar de las fronteras y los impedimentos.


La psicosis nos muestra estos movimientos y estas luchas de manera más notoria y descarnada. Porque allí lo que hace las veces de función del nombre del padre, al encontrarse forcluida en lo simbólico, se impone en lo real y el camino hacia la metáfora es, en varios sentidos, más tortuoso. En correspondencia con esto, la posesión del cuerpo y el poder hacer algo con el goce que allí se juega, implican una construcción sobre la cual el sujeto no puede engañarse: el cuerpo no le pertenece, debe encontrar una manera de apropiárselo, aunque sea parcialmente. (Leibson 2013)


Digamos entonces que el padre, aún, participa de lo absurdo: opera fallando; transmite una ley desfondada; juega con el espejismo de la culpa en el cual se refleja, deformado, el lugar de la falta; responsabiliza y sanciona con su silencio un decir.  


 


3. La hechura paterna del cuerpo 


“El cuerpo en el significante hace rasgo y rasgo que es un Uno.” 


J. Lacan (1975, 139) 


“Así, el afecto llega a un cuerpo cuya peculiaridad consiste en habitar el lenguaje (?)”


J. Lacan (1974, 109)


 


Retomando la pregunta inicial por la vinculación de los nombres del padre con los cortes que hacen cuerpo, vemos que la cuestión se abre en varias direcciones.


Elegimos partir del encuentro con algunas –otras– precisiones que encontramos en la enseñanza de Lacan respecto del cuerpo. Por ejemplo, en “Radiofonía” dice: 


“Vuelvo en primer lugar al cuerpo de lo simbólico que de ningún modo hay que entender como metáfora. La prueba es que nada sino él aísla el cuerpo tomado en sentido ingenuo, es decir aquel cuyo ser que en él se sostiene no sabe que es el lenguaje que se lo discierne, hasta el punto de que no se constituiría si no pudiera hablar” (…) “El primer cuerpo hace que el segundo ahí se incorpore” (…). (Lacan 1970,18). 


Encontramos aquí la noción fecunda de que el cuerpo no es en una sola dimensión ni en un único tiempo. Y que tampoco es definitivo, aunque la ilusión del yo así lo crea. La experiencia analítica nos muestra cuerpos en transformación, dado que el síntoma, en sus variantes e incidencias, implica siempre alguna alteración del cuerpo.


Pero, agrega Lacan, el cuerpo está marcado y sostenido por una falta: “De ahí lo incorporal que deja marcar el primero, del tiempo posterior a su incorporación. Hagamos justicia a los estoicos (por) rubricar en qué lo simbólico aspira al cuerpo: lo incorporal. (…) Incorporal es la función, que hace realidad de la matemática (topología,?análisis en sentido lógico) (…) Pero es incorporada que la estructura produce el afecto, ni más ni menos, afecto solamente a considerar de lo que del ser se articula, no teniendo más que ser de hecho, o sea de ser dicho desde alguna parte. (…) Por lo que se comprueba que para el cuerpo, es secundario que esté muerto o vivo. (...) el cuerpo muerto guarda lo que al viviente otorgaba el carácter: cuerpo (corps). Cadáver (corpse) queda, no se torna carroña, el cuerpo que habita la palabra, que el lenguaje cadaveriza (corpsifiat).” (Lacan 1970, 18-19)


El cuerpo puede ser cadáver pero no carroña. Los rituales funerarios así lo demuestran. Por la negativa, la afrenta que supone para un muerto no poder recibirlos. La tragedia de Antígona se teje alrededor de este hecho. No es la muerte lo más terrible. Si el cuerpo se transforma en carroña, si no recibe las honras fúnebres, algo ahí se convierte en menos que polvo.


La aniquilación del cuerpo se corresponde con la aniquilación del sujeto, la pérdida del nombre, su transformación en un número que puede registrarse pero no recordarse. No se puede hacer el duelo de un número. Se requiere de un nombre para eso y el nombre está, indefectiblemente, ligado a un cuerpo. 


Por eso agrega Lacan: “El cuerpo, si se lo toma en serio, constituye en primer lugar todo lo que puede llevar la marca apropiada para ordenarlo en una serie de significantes. De esta marca, él es soporte de la relación, no eventual sino necesaria, puesto que sustraerse a ella es todavía soportarla” (Lacan 1970, 18-19).


En otras palabras, estas son las operaciones que dan a la imagen del cuerpo un borde más o menos neto a la vez que habilitan la identificación de un sujeto (status nascendi) con un yo y un cuerpo (y una realidad). 


Estas operaciones que Lacan desplegó a lo largo de varios años, tienen que ver con el estadio del espejo y el esquema óptico (o los esquemas, dado que hay una serie de versiones de este modelo). Allí queda claro que la imagen del cuerpo se constituye a partir de dos cosas: por un lado, lo más evidente y manifiesto, el punto de vista que el sujeto necesita tomar para poder captar esa ilusión que es la imagen de un cuerpo total, capaz de abarcar la totalidad pulsional, dispersa y no centralizada. Ese punto de vista es dado por la existencia de una instancia que Lacan nombra como Ideal del Yo, un rasgo ideal del Otro que le brinda al sujeto un punto de vista, una cuestión de perspectiva, una inclusión en la zona en la que el fenómeno (de constitución de la imagen llamada real) se produce.


Ese punto ideal está conectado, también, a la presencia de lo paterno. Son los “blasones del padre” dirá Lacan. Un padre que da un punto de vista ¿no implica acaso que lo da porque podría haber otros? O sea, que la imagen puede estar o no, aunque es mejor que esté. ¿Para qué? Para que el cuerpo del hijo sufra una repetición del desgarrón inicial y se desprenda del cuerpo de la madre. Ya no de la Madre naturaleza sino de la madre erógena, mucho más compleja que aquella porque, como vimos, es una madre que sí puede hablar (aunque no siempre lo haga), o sea puede ordenar, imponer y también responder.


Ese paso de la identificación especular que da un borde a la posibilidad de encontrarse de un solo lado del espejo, sin mayores confusiones, al menos en la cotidianeidad, implica algo más: que el cuerpo, en tanto superficie, sea una superficie agujereada. O sea, que esté en falta. Que no se trate de una esfera completa, un huevo redondo, un amor perfecto.


El cuerpo es cuerpo porque tiene agujeros (Lacan 1975-76). Le llevó no menos de diez años a Lacan encontrarse con este “detalle”. Y algo más: esos agujeros le agregan algo que no pasa al otro lado del espejo, algo propiamente no especularizable, no simétrico de su imagen (Lacan 1962-63). Lo que falta en la imagen deseada se plantea en dos vertientes: el falo imaginario (que hace a ese cuerpo deseable), y el objeto caído como añico del cuerpo (especialmente, para lo que nos interesa ahora, la mirada y la voz, en tanto en esos agujeros algo resuena: la voz del Otro, y ahí se engendra la pulsión). 


Es notable cómo, partiendo de la suposición de un cuerpo acariciado, tocado, pero también violentado, en algún sentido, por el Otro (por algo la fantasía de seducción es universal), Lacan termina desplegando con los años este otro modo de la implantación del significante en el cuerpo: la voz del Otro, sus resonancias. No lo que dice sino el hecho mismo de que el cuerpo sea dicho, de que ahí se lo diga. (Lacan 1975-76).


Para concluir: la función de los nombres del padre, que se articula con la función del padre que nombra -o sea, la función de la nominación-, es lo que transmite la castración, lo que hace agujero en lo real. En ese agujero, o más exactamente alrededor de él, un cuerpo, que nunca es solo, se modela, se construye, se pierde y se reencuentra. Entre la palabra y el goce, entre la imagen y su dialéctica, entre el síntoma y sus modos de decir. Ese es el cuerpo que la experiencia analítica alberga y hace hablar.


 Buenos Aires, mayo 2016


 


Referencias y Bibliografía:


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-., (1905b)”Tres ensayos de teoría sexual”. En Obras completas, op. cit., t. VII, 109-211. 


-., (1913) “Tótem y tabú”. En Obras Completas, op. cit., t. XIII, Págs. 1-164 


-., (1914b) “Introducción del narcisismo”. En Obras Completas, op. cit., t. XIV, 65-98. 


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 -. (1921) “Psicología de las masas y análisis del yo”. En Obras Completas, op. cit., t. XVIII, págs 63-136.


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 Lacan, J. 


- (1949): “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. En Escritos 1, op. cit., pp. 86-93.


 - (1951): “Intervención sobre la transferencia”. En Escritos 1, op. cit., pp. 204-215.


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 - (1962-63) El Seminario, Libro10, La angustia. Buenos Aires, Paidós, 2006.


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 - (2011) “Dimensiones del cuerpo en psicoanálisis: los dos cuerpos de FREUD”. Revista Universitaria de Psicoanálisis (ISSN 1515-3894), nº 11, año 2011, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología, pp. 123-142


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Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Leonardo Leibson

leonardoleibson@gmail.com

Psicoanalista. Médico (UBA), Especialista en Psiquiatría (APSA). Universidad de Buenos Aires. Ensayo y Crítica del Psicoanálisis.

Profesor Adjunto Regular, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología, Cátedra II de Psicopatología. Docente de la

Maestría en Psicoanálisis, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología. Co-director de proyecto UBACyT. Coordinador

del Servicio de Psicopatología (Adultos) de la Cátedra II de Psicopatología. Docente de posgrado del Instituto de Altos Estudios

Universitarios (Barcelona, España). Miembro de “Ensayo y Crítica del Psicoanálisis”. Director médico “El Hostal, casa de medio

camino”. Docente y Supervisor del Hospital de día (Turno Tarde) del Hospital. Álvarez. Coautor del libro “Maldecir la Psicosis”

(Letra Viva, 2013) y numerosos artículos.