LA ALIENACIÓN DIGITAL. APUNTES AL DEBATE CRÍTICO SOBRE LOS DISPOSITIVOS MÓVILES

Contenido principal del artículo

Gustavo Dessal

El imperio de la tecnología en la vida humana se extiende a una velocidad cada vez mayor. El debate sobre sus efectos convoca a numerosos discursos que adoptan posiciones diversas, algunas convergentes en lo que respecta a las consecuencias negativas que supuestamente ya se observan. Desde el punto de vista psicoanalítico es preciso abordar el uso de la tecnología como un síntoma, es decir, un real sobre el que no cabe extraer consecuencias generales, sino que merece estudiarse en el contexto de la función que adopta para cada sujeto en su singularidad. En este trabajo ofrecemos una síntesis sobre algunos fenómenos causados por la incorporación masiva de los dispositivos de telefonía móvil, en tanto poseen ciertas particularidades que los convierten en uno de los objetos más presentes en el mundo moderno.


Palabras clave: Atención. Compulsión. Angustia ante la pérdida. Cuerpo pulsional. Aparatos de goce.


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Fecha de recepción: 3/01/2018
Fecha de aceptación: 5/03/2018

PRESENTACIÓN


The proliferation of smartphones represents
a profound shift in the relationship
between consumers and technology.
Across human history, the vast majority
of innovations have occupied a defined
space in consumers’ lives; they have
been constrained by the functions they
perform and the locations they inhabit.
Smartphones transcend these limitations.
They are consumers’ constant
companions, offering unprecedented
connection to information, entertainment,
and each other. They play an
integral role in the lives of billions of consumers
worldwide and, as a result, have
vast potential to influence consumer welfare-
both for better and for worse.
Andrew Sullivan: “Brain Drain: The Mere-
Presence of One’s Own Smartphone
Reduces Available Cognitive”1


Es probable que Steve Jobs no fuese plenamente consciente de lo que acababa de inventar cuando dio a conocer al mundo la existencia del primer iPhone. Sabía que estaba a punto de producir una tremenda conmoción en el mundo tecnológico, pero aún era pronto para predecir el alcance que supondría. Eso sucedió hace tan solo diez años y, sin embargo, en la actualidad tenemos la impresión de que los teléfonos inteligentes han existido siempre, puesto que nos resulta extraño imaginar que alguna vez no hayan estado con nosotros. Como lo observa Andrew Sullivan, el teléfono inteligente no es un objeto más que se añade a la interminable lista de invenciones técnicas. Posee una característica específica, que lo vuelve incomparable a cualquiera de los anteriores: su presencia absoluta, y el modo en que interviene en todos los aspectos de nuestra vida. En realidad, el smartphone tiene poco de teléfono, función que probablemente sea la menos empleada en términos de tiempo medible. Se trata de un ordenador en miniatura que posee una potencia mayor a la de muchos dispositivos informáticos, al punto de que su uso ha superado ya al de los portátiles y las tabletas. El hecho de que su tamaño y su peso lo conviertan en un objeto cómodamente transportable, que cabe en un bolsillo, le añade algo más. No sólo la facilidad de poder disponer de un aparato capaz de realizar innumerables funciones, que abarcan prácticamente casi todos los ámbitos de la vida cotidiana de los seres humanos, sino que su pequeño volumen lo dota de una propiedad mágica: la de encarnar de forma material, como nunca antes, las características del objeto pequeño a, con el que Lacan teorizó el concepto freudiano de objeto parcial. El smartphone es la más extraordinaria y lograda concreción de las “sustancias episódicas” de ese objeto, en especial la mirada y la voz. El incomparable papel que este aparatito ha conquistado no puede explicarse solamente por los indiscutibles servicios que nos presta. Ningún objeto había logrado hasta ahora constituirse en un condensad r tan absoluto de la libido. Podemos estar un día entero o más sin coche, sin compañía, sin la familia, sin la pareja, sin ver la televisión, sin leer un libro o sin escuchar la radio, pero muy pocas personas, en cambio, pueden soportar un día entero sin su teléfono móvil. En la lengua inglesa, los geeks (personas obsesionadas con la tecnología) suelen usar la expresión “to wean off” (“destetar”) para referirse al hecho de limitarse en el uso del teléfono. 
En 1971, Herbert Simon fue el primero en emplear el término “economía de la atención” para referirse al hecho de que un mundo rico en informaciones se alimenta de un bien muy escaso, que es la atención. La economía de la atención es posiblemente la rama de la economía de mercado capitalista más importante en la actualidad, puesto que toda la producción depende de las técnicas cada vez más sofisticadas para la explotación de una mercancía tan valiosa como proporcionalmente pequeña: la atención humana. El sistema perceptivo es incapaz de procesar la abrumadora cantidad de información que recibe cada segundo. Por ese motivo, la economía de la atención está destinada a extraer el máximo rendimiento posible de esa frágil facultad humana, mediante una sofisticada combinación de estudios sobre el comportamiento de los consumidores y la creación de recursos informáticos capaces de actuar como cebo. A partir de Internet, y del infinito potencial económico que supone el acceso instantáneo a los consumidores, la tecnología de la publicidad ha penetrado aún más en la dinámica del sujeto. El campo freudiano, con el que designamos el hábitat del sujeto del inconsciente tal como Freud y Lacan lo elaboraron, ya no pertenece sólo a los psicoanalistas. Ha sido invadido por un verdadero ejército de ingenieros, filósofos, expertos en la conducta, en la ergonomía, y en toda clase de disciplinas que se ocupan de la felicidad, la motivación y de los mecanismos ocultos que rigen los deseos, las preferencias, los hábitos y las defensas de los seres hablantes. Su propósito es claro: sacar a la luz los resortes que movilizan la atención humana. Aunque no lo sepan desde el punto de vista teórico, intuyen que los dispositivos de comunicación no sólo cumplen una función utilitaria. La tecnología puede muy bien estar al servicio del cumplimiento efectivo de necesidades prácticas indiscutibles. Pero el modo en que ha penetrado en nuestras vidas o, mejor dicho, el modo en que nuestras vidas han sido apresadas con todo nuestro consentimiento en las redes de la tecnología digital, demuestran que hay algo más en juego. Muchos de los que han contribuido a modelar el mundo contemporáneo lo saben, en especial aquellos que comienzan a cuestionar la incidencia de una revolución de la que han sido artífices. 
Probablemente a la mayoría de los lectores el nombre de Justin Rosenstein no les signifique nada. Sin embargo es nada menos que el ingeniero que en el año 2007 inventó el botón “like” para Facebook. En la actualidad dirige su propia startup, destinada a crear ideas para que los usuarios puedan salirse de las redes adictivas del mundo digital. Rosenstein reconoce que –al igual que cualquier otra forma de adicción– la tecnología contribuye a lo que él denomina una “atención parcial constante”, es decir, la imposibilidad de concentrarse de manera fija en una tarea, momento o situación. Si el botón like tuvo un éxito “salvaje”, como su propio creador lo admite, es porque manipularlo aporta algo más que entrar en una supuesta conexión con los otros y establecer un lazo social2 . Del mismo modo razona Loren Brichter, la inventora del mecanismo “pull to refresh”, el gesto de deslizar la pantalla hacia abajo en muchas aplicaciones con el objetivo de actualizar la información. La forma compulsiva de pulsar el like, o de refrescar la pantalla permanentemente, aporta sin lugar a dudas un goce en sí mismo. Loren Brichter lo capta perfectamente3. En su momento, su invención fue un cambio importantísimo en la forma de actualizar la información en muchas aplicaciones. Pero hoy la tecnología de notificaciones push up (que envía la información automáticamente sin que el usuario tenga que hacer nada) debería  haber vuelto obsoleta la opción pull to refresh. Pero no ha sido así. Tristan Harris, un ingeniero que trabajó en Google, lo explica con gran sencillez: “Cada vez que deslizas hacia abajo la pantalla, es como una máquina tragamonedas. No sabes lo que va a aparecer. Lo que lo hace tan compulsivo es precisamente la posibilidad de la decepción”.  Aquí tenemos que admitir que Harris da completamente en el clavo. Su intuición acerca del papel que juega en todo esto la “posibilidad de la decepción”, que en nuestros términos definimos como el “menos de goce” que pone en marcha el mecanismo de la repetición, es verdaderamente asombrosa. 
La tecnología de la comunicación explota en beneficio de la economía de la atención la compulsión del usuario a chequear constantemente la pantalla de su móvil para verificar si ha recibido alguna notificación o mensaje. ¿Cómo se logra esto? Existen distintas técnicas para inducir el sentimiento de que, si no estamos constantemente atentos al móvil, corremos el riesgo de “perdernos algo”. En un sistema que alienta el repudio de toda dimensión de la castración y el convencimiento de que se puede “tener todo”, es fundamental asegurar que el sujeto haga del lazo virtual el modo social por excelencia. Esto es particularmente notable en los adolescentes, quienes experimentan la pertenencia a las redes sociales como algo que los incluye en el discurso del Otro, que les proporciona un alojamiento subjetivo. Por el contrario, la posibilidad de “perderse” algo de la vida grupal puede suponer una fuente de angustia, como cuando un interlocutor los bloquea en el Whatsapp o el Facebook. Jean Twenge4, que ha estudiado el comportamiento de los adolescentes y el uso de las redes sociales, observa que la tendencia a sentirse solos y excluidos ha aumentado considerablemente. A diferencia de las generaciones anteriores de jóvenes, los actuales salen menos, y pasan más tiempo en las pantallas que juntándose con pares en el mundo real. Athena, una adolescente de 13 años, lo expresa con absoluta claridad: “Creo que nuestros teléfonos nos gustan más que la gente de verdad”.
En el año 2005, Brian Wansink (profesor de psicología en la Cornell University), realizó un curioso experimento consistente en reunir a dos grupos de personas en un restaurante y servirles un plato de sopa. La mitad de los comensales tenían un plato que de forma imperceptible se iba llenando a medida que tomaban la sopa, sin que ellos se dieran cuenta. Al final del experimento quedó demostrado que esas personas habían bebido un 73% más de sopa que los otros, sólo por el hecho de ver que seguía habiendo líquido en el plato. Pese a que nos resulta inaudito que una prestigiosa universidad dote de presupuesto a un experimento tan absurdo, bien mirado no lo es tanto. El profesor Wansink sólo extrajo una conclusión: que las personas no se basan en las sensaciones de su organismo para seguir consumiendo. Sin saberlo, estaba tanteando en el paradójico terreno de la satisfacción pulsional que, en efecto, ha cortado amarras con el cuerpo biológico. Pero al mismo tiempo, el experimento es una extraordinaria metáfora del sistema mercantil que alimenta el ansia de los consumidores: no podemos parar de tomar sopa, porque el suministro de sopa no puede parar. Aunque desde luego la sopa puede salírsenos por las orejas, la satisfacción no está nunca asegurada, lo cual viene como anillo al dedo para un sistema de producción que se sostiene en la imposibilidad de detenerse ni un minuto, y que debe mantener constante el nivel de insatisfacción del consumidor, que al mismo tiempo es incapaz de percibir que no ha parado de tomar sopa, y de que no puede parar de querer tomar sopa. 
Tristan Harris (filósofo además de ingeniero) saltó a la fama en el mundo tec, cuando siendo empleado de Google publicó un memorando titulado: “A Call To Minimise Distraction & Respect Users’ Attention” (“Un llamamiento para minimizar la distracción y respetar la atención del usuario”), un alegato contra la manipulación de la voluntad y la elección generada por la industria de la economía de la atención5. Harris explica allí cómo la responsabilidad del usuario se ve completamente desarmada ante una infinita variedad de mecanismos técnicos cuidadosamente estudiados para anular la voluntad e incidir en los deseos de los sujetos. La existencia del inconsciente ya no es ningún secreto para Google, Facebook, Amazon y compañías semejantes. Más aún, sus ingenieros saben incluso algo más que eso: han descubierto que el campo freudiano es el campo del goce, y que si bien los algoritmos tienen una acción limitada sobre los aparatos de goce del ser hablante, no son completamente inoperantes. Por el contrario, consiguen tocar los resortes pulsionales e incidir en sus circuitos. Y no lo hacen siguiendo un protocolo genérico, sino a la medida del individuo. Mediante el rastreo de las interacciones de un  determinado usuario, los algoritmos de Facebook pueden recrear instantáneamente su estado de ánimo. Esa información granular le permite al sistema “aprender” cuáles son los botones que debe pulsar para “tocar” el goce del sujeto.
Andrew Lepp, Jacob Barkley y  Aryn Karpinski, investigadores del College of Education, Health and Human Services de la Universidad de Kent, han publicado un estudio según el cual el uso frecuente de los smartphones en los jóvenes tiende a crear un mayor nivel de angustia y un menor grado de satisfacción en la vida, en comparación con aquellos pares que los utilizan menos. Con todo respeto por la Universidad de Kent y sus investigadores, la correlación establecida probablemente deba ser puesta patas arriba. Es la angustia y un desmedro del goce lo que determina que muchos jóvenes se encuentren secuestrados por la  adicción al uso de los dispositivos. Sería como pensar que las personas adictas a la comida tienden a experimentar mayores niveles de angustia que aquellas que siguen una alimentación razonable. Esta clase de investigaciones muestran, al mismo tiempo, que la demonización de la técnica puede llegar a ser tan improductiva y absurda como su idealización.   
Lo que solemos denominar discurso científico-técnico es en verdad una soldadura que empieza a derretirse. De forma progresiva, vemos desplegarse dos paradigmas contrarios, que expresan dos concepciones distintas. Ciencia y técnica comienzan a transitar caminos separados, puesto que el principio de imposibilidad que rige para la ciencia no tiene cabida en el discurso de la técnica. Por otra parte, ciencia y técnica se oponen en lo referente a la temporalidad. Mientras la verdadera ciencia progresa lentamente, la técnica avanza de forma acelerada, y hace de la velocidad uno de su máximos postulados. Para la gente de Silicon Valley, el método científico clásico es anacrónico e inadmisiblemente lento. Ese divorcio entre ciencia y técnica tiene graves consecuencias, dado que esta última genera en la actualidad el mayor porcentaje de la riqueza en la economía mundial. La tecnología persuasiva, que emplea todos los recursos de la ingeniería computacional y su alianza con los métodos cognitivo-conductales, se emplea a fondo para que la economía de la atención consiga sus mayores dividendos. Tal vez para aliviar las conciencias de sus trabajadores, empresas como Google y Facebook los estimulan a que practiquen el mindfulness y otros ejercicios “espirituales”. 
Curiosamente, mientras la economía de la atención se convierte en el motor fundamental del mercado, el llamado Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad atraviesa un alza inflacionaria nunca antes conocida, para mayor beneficio de la Big Pharma, que también posee enormes intereses en esta rama de la economía. Tal vez no sea una casualidad que este supuesto trastorno se multiplique de forma exponencial en una era en la que se disemina un mensaje esquizofrénico: la oferta de toda clase de innovaciones que permiten la realización simultánea de varias tareas (multitasking), la posibilidad de “surfear” metonímicamente por las redes sociales, los chats, las páginas “de lectura rápida”, en suma, el reino de la distracción constante, y a la vez se procure secuestrar la atención del usuario para convertirlo en un target de ventas.
Algunos “arrepentidos” de Silicon Valley, sintiéndose culpables de haber contribuido a crear un sistema algorítmico capaz de sondear en los mismos circuitos “por los cuales la gente busca comida, droga, sexo, alcohol”, como confiesa Tristan Harris6, tratan ahora de crear una “conciencia” muy peculiar: diseñan aplicaciones para reducir la adicción a las aplicaciones y, por las dudas, apuntan a sus hijos a colegios de élite en los que el uso de móviles, tabletas y laptops está totalmente prohibido. 
No es muy seguro que la prohibición vaya a resolver un goce que amenaza con desbocarse, ni a impedir que seamos objetos consumidos por el mercado. La tecnología no sólo no habrá de remitir, sino que su avance es cada vez más rápido, según lo demuestra la ley de Moore. Por lo tanto, debemos aprender a convivir con estos nuevos síntomas, y a encontrar un modo de tratarlos, a sabiendas de que sólo hay una vía de inicio, aunque no sepamos a dónde habrá de conducirnos. Pero todo empieza por saber cuál es el uso que cada uno hace de su pequeño objeto a, y el lugar que cumple en la economía de su fantasma inconsciente.


Madrid, diciembre de 2017


NOTAS


1. “La proliferación de smartphones representa un cambio profundo en la relación entre los consumidores y la tecnología. A lo largo de la historia humana, la gran mayoría de las innovaciones han ocupado un espacio definido en la vida de los consumidores; han estado restringidas a las funciones que desempeñan, y al ámbito en el que actúan. Los smartphones trascienden estas limitaciones. Son compañeros constantes de los consumidores, y ofrecen una conexión sin precedentes a la información, al entretenimiento, y entre ellos mismos. Juegan un papel integral en las vidas de miles de millones de consumidores en todo el mundo, y como consecuencia, poseen un enorme potencial para influir en el bienestar del consumidor para bien o para mal”. 


2. Bosker, Bianca, The Binge Breaker. The Atlantic. November
2016.
3. Ibíd.
4. iGen: Why Today’s Super-Connected Kids Are Growing Up
Less Rebellious, More Tolerant, Less Happy– and Completely
Unprepared for Adulthood– and What That Means
for the Rest of Us (Atria Books, New York 2017).
5. http://www.tristanharris.com/essays/
6. Harris, T.: Op. cit.

Detalles del artículo

Sección
Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Gustavo Dessal

g.dess.esp@cop.es

Psicoanalista y escritor. Vive en Madrid desde 1982. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y del Instituto del Campo Freudiano. Ha dictado seminarios y conferencias en varios países, y publicado libros de psicoanálisis y de ficción. Ha sido traducido al portugués, francés, inglés, italiano y rumano. 

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