Pandemia, comunicación y emociones: aportes para una agenda de investigación interdisciplinar

Contenido principal del artículo

Carina Cortasa
Lucia Lorenzetti

Fecha de Recepción     22-6-2020


Fecha de Aceptación    20-7-2020    


El artículo explora el potencial de un enfoque interdisciplinar de las relaciones entre comunicación, emociones y el modo en que los sujetos transitan la pandemia de Covid-19. Se examinan estudios y opiniones sobre los efectos psicológicos de la pandemia y las medidas de aislamiento, incorporando la incidencia de la llamada “infodemia”. Se introducen conceptos básicos de la investigación comunicacional y se analizan evidencias sobre el papel de los medios y otros mecanismos de circulación de información en situaciones análogas. Para finalizar, se destaca el interés de la convergencia inter-teórica para la construcción de una agenda de investigación en la pos pandemia.


Palabras clave: pandemia; comunicación; efectos psicológicos; infodemia


Introducción


Los primeros casos de enfermedad por un nuevo tipo de coronavirus (en adelante, Covid-19) fueron notificados durante la última semana de diciembre de 2019, en la ciudad de Wuhan (China). Debido a su propagación simultánea en varios países, el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) catalogó al brote como “pandemia”. Para mediados de junio, el epicentro se sitúa en el continente americano, 216 son los países afectados, los casos confirmados se acercan a los nueve millones y los muertos superan los 450.0001.


En seis meses, la extrema vulnerabilidad de la especie humana en la sociedad del riesgo global (Beck, 2002) hizo eclosión. Los impactos de la pandemia que alteró el inicio de la nueva década en todos los órdenes –de lo público y lo privado, de lo subjetivo y lo social, de lo nacional y lo global– solo han comenzado a manifestarse de manera superficial: sus alcances y profundidad irán revelándose en toda su magnitud en el mediano y largo plazo. En un escenario de esas características, la investigación en las áreas de las ciencias sociales y humanidades tiene por delante un camino extenso y plagado de desafíos


En este artículo exploramos el potencial de un enfoque interdisciplinar para el análisis de las relaciones entre la comunicación, las emociones y el modo en que los sujetos hacen frente a circunstancias críticas como las que impone la actual emergencia de salud mundial. En la sección I se realiza un sintético repaso de investigaciones y opiniones de especialistas acerca de los efectos psicológicos de la pandemia y de las medidas implementadas para mitigar su propagación, incorporando entre los factores a considerar la incidencia de la problemática actualmente reconocida como “infodemia”. A continuación (sección II) se introducen ciertos conceptos básicos de la investigación comunicacional –con énfasis  en perspectivas del campo de la Comunicación Pública de las Ciencias– y se analizan evidencias de estudios previos sobre el papel de los medios y otros mecanismos de circulación de información en situaciones análogas a las actuales. Para finalizar, se destaca el interés de la convergencia interteórica de los campos de la Psicología y la Comunicación para la construcción de una agenda de investigación común en la post-pandemia.


I. Pandemia, aislamiento y emociones


Al momento de elaborar este artículo, el motor de búsqueda de bibliografía académica Google Scholar arrojaba 14.300 resultados para los términos “covid 19 psychological effects” y algo más de 1.500 para la misma expresión en español. Sin intenciones, ni posibilidad, de juzgar la pertinencia, relevancia y calidad de los contenidos, esa aproximación sencilla e intuitiva permite calibrar el interés generado por los efectos sobre la salud mental, tanto de la pandemia en sí, como de las estrategias para enfrentarla adoptadas en distintos contextos2.


Esa ingente inquietud es tan comprensible como justificada. La irrupción de la Covid-19 ha sido calificada como “un acontecimiento traumático masivo sin precedentes” que ocasionará “una avalancha de trastornos del ánimo y de ansiedad en los próximos meses y años” (Alfageme, 2020). Según un experto argentino, es probable que a su término, el mundo enfrente una nueva pandemia, la de patologías de salud mental (Brusco, 2020). Dos meses después de implementarse en nuestro país el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio (ASPO, DNU 297/2020), sin desconocer su valor epidemiológico, once especialistas de diversas ramas de la psicología advirtieron sobre la severidad de los efectos psíquicos de la prolongación del confinamiento (del Moral, 2020).


En este sentido, un temprano meta-análisis de estudios sobre sujetos sometidos a cuarentena durante brotes epidémicos (Brooks, Webster, Smith, Woodland, Wessely, Greenberg y Rubin, 2020) reveló una elevada prevalencia de depresión, estrés, desánimo, temor, angustia, irritabilidad, insomnio, confusión, ansiedad, ira, agotamiento emocional. Las conductas de evitación del contacto social y de los espacios públicos persistieron semanas y meses luego de finalizado el aislamiento; los profesionales de la salud manifestaron síntomas de estrés postraumático de larga duración. Entre los principales factores estresantes durante el transcurso de las cuarentenas se reportaron su duración, el temor a la infección, la sensación de frustración y hastío, las dificultades en el acceso a insumos básicos y la falta de información adecuada. A posteriori lo fueron las consecuencias económico-financieras y la estigmatización.


Esas evidencias son consistentes con los resultados de un informe producido por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA, Universidad de Buenos Aires), que desde marzo monitorea los impactos del tándem pandemia-cuarentena en la población argentina. Entre los encuestados de la última oleada, “las cuatro emociones-cogniciones negativas de mayor intensidad son: incertidumbre, preocupación, ansiedad y angustia”, directamente correlacionadas con la clase social y más extendidas entre los jóvenes. Motivada por “la creencia de que la pandemia durará mucho, que irá empeorando y el temor al contagio”, la incertidumbre se sitúa como articuladora del eje emocional-cognitivo y escatalizadora de las restantes (OPSA, 2020a: passim, pp. 42-44).


Entre las dimensiones relevadas en las dos primeras entregas de esa serie se encontraban las principales fuentes de información sobre la Covid-19: en ambas oportunidades, el 60% de los encuestados manifestó que eran los medios de comunicación, y algo más del 35% respondió haber leído información específica sobre el virus (OPSA, 2020b, 2020c). No es aventurado suponer que buena parte –si no la mayoría– de esas “lecturas específicas” correspondan a contenidos accesibles y en circulación en internet.


Esos datos son consistentes con la centralidad que reviste la comunicación masiva en contextos de crisis sanitarias, amenazas o catástrofes ambientales efectivas (OMS, 2005; ONU, 2004), acrecentada en los últimos años a partir de la explosión de las plataformas digitales y redes sociales (OMS, 2016). No en vano una de las preocupaciones actuales de los organismos nacionales e internacionales es precisamente el problema de la “infodemia”: la proliferación de todo tipo de contenidos en circulación, que incluye una elevada proporción de información errónea o falsa, rumores infundados y teorías conspirativas. Para la OMS, la gestión de la infodemia constituye un componente clave de la respuesta global a la Covid-19 (OMS, 2020) –como ya reconociera en oportunidad del brote de gripe A-H5N1 en 2005–, tanto en lo que concierne a las noticias como a las guías, protocolos y recomendaciones de toda índole que se reproducen de manera abrumadora, y muchas veces contradictoria, en los entornos digitales.


Si bien la inquietud por la [cuestionable] validez y la [escasa] confiabilidad de buena parte de la información sobre salud disponible en internet es en modo alguno novedosa (Parmer, Baur, Eroglu, Lubell, Prue, Reynolds, y Weaver, 2016; Eysenbach, Powell, Kuss y Sa, 2002), el fenómeno de la capacidad de diseminación de las noticias falsas (fake-news) no ha hecho sino profundizar el riesgo para la salud física y mental que entraña su consumo. “La falsedad se difunde significativamente más lejos, de manera más rápida, profunda y amplia que la verdad en todos los ámbitos de la información”: mientras que las historias verdaderas difundidas en la red Twitter raramente alcanzan a más de mil personas, el 1% de las falsas suele difundirse entre mil y cien mil participantes de las cadenas de reenvíos (Vosoughi, Roy y Aral, 2018: 1147).


Para contrarrestar esa capacidad viral –nunca mejor dicho– y la gravedad de sus consecuencias, desde el comienzo de la pandemia se han multiplicado a nivel mundial las iniciativas, tanto individuales como de entidades de diversa índole y organismos públicos, destinadas a identificar y desenmascarar públicamente toda clase de engaños y sus orígenes. En Argentina, la plataforma Confiar –desarrollada ad hoc por la Agencia Nacional de Noticias Télam– indica expresamente que su objetivo es controlar las “noticias poco confiables, maliciosas o falsas que aumentan el pánico, alimentan la angustia o promueven conductas incorrectas” (la cursiva es propia)3.


Nuestro planteamiento en este punto coincide con lo advertido por expertos en diversas ramas de la psicología, la psiquiatría y las neurociencias en artículos periodísticos recientes (v. gr. Brusco, op.cit.; Fisher, 2020; Infobae, 12 de marzo de 2020; Manes, 2020; Salas, 2020): en un escenario marcado por la intensidad de la incertidumbre, la preocupación, la ansiedad y la angustia provocadas por la pandemia-cuarentena, el exacerbado flujo de información y contenidos de toda índole que circulan y se consumen, su calidad y fiabilidad, no son dimensiones añadidas, sino inherentes a y constitutivas de la vulnerabilidad emocional de los sujetos. Y como consecuencia, del modo en que gestionan su tránsito por la crisis. Como se señaló en páginas anteriores, la falta de información adecuada aparece entre los principales factores estresantes consignados por los sujetos en situación de aislamiento (Brooks et al., op.cit.).


La incidencia de los medios y redes comunicacionales en las percepciones, emociones y actitudes de los sujetos ha sido analizada extensa e intensamente desde, como mínimo, la segunda mitad del siglo pasado. Por razones obvias, en la siguiente sección nos centraremos solo en dos aspectos de la investigación comunicacional –en particular de la comunicación vinculada con las ciencias– que contribuyen a comprender esas relaciones en términos generales, pero sobre todo, en circunstancias críticas como las que actualmente atravesamos.


II. El papel de la comunicación 


Fijación de la agenda y encuadres significativos


Por su pregnancia, las representaciones construidas por los medios de comunicación constituyen elementos prácticamente imprescindibles al momento de entender de qué manera los sujetos configuran su experiencia de la realidad y elaboran sus vínculos con ella. En este apartado abordamos dos aspectos básicos relacionados con esa cuestión: en primer lugar, qué convierte a un hecho fáctico en un hecho “noticiable”; en segundo lugar, qué papel desempeñan los encuadres significativos (frames) en el modo en que las audiencias dan sentido a esos hechos y, eventualmente, actúan en consecuencia.


Las teorías del periodismo han identificado una serie de criterios profesionales estables y compartidos, los “valores-noticia”, que operan de manera rutinaria en el trabajo de selección y jerarquización de ciertos acontecimientos que pasan a formar parte de las agendas mediáticas. Entre los principales valores-noticia se encuentran la temporalidad (novedad que caracteriza a toda noticia); la proximidad (cercanía geográfica, social, psicológica, ideológica); la cantidad de personas implicadas (de manera real o potencial); la conflictividad (disputas, con o sin violencia, entre individuos, grupos, gobiernos, corporaciones); la significatividad o trascendencia (magnitud y alcances del hecho, proyección y consecuencias para la evolución de una cuestión); la singularidad (carácter único, excepcional o difícilmente repetible en determinada escala temporal); la prominencia de los involucrados (relevancia, proyección social); el interés humano (historias de vida, sucesos que impactan de forma particular sobre individuos o comunidades) (Major & Atwood, 2004).


No es difícil advertir que la Covid-19 desborda largamente todos esos criterios. En el caso de los medios de comunicación occidentales esto se percibe sobre todo a partir de su propagación mundial, dado que la noticiabilidad es contextual y está ligada al alcance de los mismos4. Mediante la puesta en juego de esos parámetros, sumados a la impronta de la orientación política e ideológica empresarial, los medios fijan la agenda de la sociedad (agenda-setting function), poniendo de relieve los temas y problemas que van a acaparar el interés y atención de la opinión pública. Al mismo tiempo, plantean ciertos marcos de referencia (frames) destinados a orientar su percepción e interpretación (Nisbet, 2009; Scheufele, 1999). Ese proceso implica “seleccionar algunos aspectos de una realidad percibida y destacarlos en un texto comunicativo, de manera tal de promover una definición particular del problema, una interpretación causal, una evaluación y/o ciertas sugerencias para su tratamiento” (Entman, 1993: 52). Los encuadres son esquemas conceptuales que permiten transmitir, interpretar y juzgar un tema, y proporcionan pautas para cursos de acción (de Vreese, 2005).


En resumen, los medios construyen las agendas públicas mediante recortes parciales de la realidad y la revisten de ciertos rasgos que indican también qué significan los hechos. Si bien esa atribución de sentidos no se replica de manera lineal en los esquemas cognitivos de los individuos, ciertas evidencias indican que ambas dimensiones se hallan vinculadas (Price, Tewksbury y Powers, 1997). En todo caso, los frames mediáticos constituyen una de las fuentes más influyentes a partir de las cuales se construyen las representaciones y actitudes colectivas: proveen marcos de referencia para la comprensión de conceptos, procesos o responsabilidades, y para la orientación de decisiones y acciones. En nuestro caso, por ejemplo, eso justifica la insistencia con la que Brooks et al. (op.cit)5 señalan la necesidad de que el discurso público enfatice una dimensión particular de las medidas de aislamiento, el altruismo, como recurso para promover interpretaciones favorables, en términos de protección y responsabilidad comunitaria, que incrementen la adherencia. Sobre todo teniendo en cuenta que existe un encuadre alternativo poderoso, el del aislamiento como amenaza a las libertades personales, que provoca justamente la reacción contraria frente a las políticas regulatorias (Song, McComas y Schuler, 2018).


La función de encuadre se torna crucial cuando el tema en cuestión involucra métodos y conceptos científico-técnicos de carácter altamente complejo, opiniones de expertos de diversas disciplinas, modelos estadísticos, análisis y proyecciones, cuya comprensión y apropiación social está filtrada en gran medida por las representaciones y claves interpretativas generadas por la comunicación masiva (Lakoff, 2010). La situación de asimetría cognitiva (Cortassa, 2012), propia de las relaciones entre públicos, científicos e interfaces comunicacionales, aparece magnificada en circunstancias en las cuales la incertidumbre es el denominador común, la experiencia vital se percibe amenazada, y la recuperación de la vida cotidiana aparece ligada a algo hasta hace poco tiempo tan extraño y ajeno como la evolución del número R. 


Numerosos estudios sobre coberturas de brotes similares recientes no permiten ser optimistas sobre lo que puedan deparar futuros análisis del tratamiento comunicacional de la Covid-19 y sus efectos sobre las percepciones y el equilibrio emocional de la población. Metáforas como la del “asesino fuera de control” que se disemina “cobrando muertes” –común en la prensa británica para referir al SARS-CoV, a despecho de su relativamente baja tasa de mortalidad (Larson, Nerlich y Wallis, 2005)– no parecen del todo apropiadas para contribuir a mantener la calma. Tampoco los encuadres predominantes en la TV brasilera durante la gripe porcina A-H1N1 en 2009, considerados parte activa de la expansión de una “pandemia de pánico” (da Silva Medeiros y Massarani, 2010). En la misma ocasión, en Francia y Quebec se reportó una correlación entre el tenor de las coberturas periodísticas y el incremento sustantivo en llamados a las líneas telefónicas de emergencia por ansiedad, sensación de peligro y pánico, frustración e ira (Rousseau, Moreau, Dumas, Bost, Lefevbre y Atlani-Duault, 2015). Investigaciones sobre el tratamiento mediático del Ébola en África (Thompson, 2019) y de la gripe aviar A-H5N1 (Ungar, 2008; Dudo, Dahlstrom y Brossard, 2007) coinciden en similar sentido. La imagen a priori de que en circunstancias como esta la prensa contribuye a diseminar el pánico conduce a situaciones paradójicas: durante la pandemia de 2009, en Noruega, el discurso predominante –incluso en los propios medios– era que la prensa estaba “creando” el miedo a la gripe aviar cuando, en realidad, el tratamiento informativo era mucho más sobrio y contenido de lo que se le achacaba (Bjørkdahl y Carlsen, 2017). Algo así como “hazte la fama, y échate a dormir”. 


La certidumbre imposible


La segunda dimensión de las relaciones entre la comunicación y las percepciones y necesidades emocionales de los sujetos en las actuales condiciones es tanto o más problemática que la ya descrita. Pone en juego distintas versiones de la dupla certidumbre-incertidumbre en un escenario de difícil solución: cuando la comunicación gira en torno del conocimiento científico, y se hace con arreglo a ciertos criterios, es per se imposible que aporte las certezas, los asideros firmes que demandan los públicos, cuya ausencia representa una fuente mayúscula de perturbación y ansiedad. Para abordar esta cuestión es preciso enfocarnos en aportes propios de los estudios de Comprensión y Comunicación Pública de las Ciencias.


La comunicación científica ha estado, y sigue estando, anclada en una concepción epistemológica del conocimiento como algo dado, fijo y certero, y se ha centrado en la transmisión de contenidos conceptuales y metodológicos, de hallazgos y descubrimientos. Lo que Hilgartner (1990) llama “la perspectiva dominante de la popularización” contribuye a reproducir una imagen celebratoria, funcional, de las ciencias como exponentes del progreso, y autónomas frente a todo tipo de intereses y valores considerados extra-epistémicos. Desde esa perspectiva idealizada se las muestra como una empresa heroica, apolítica e intrínsecamente racional, separada de otros emprendimientos humanos. Todo lo cual no hace sino reforzar y retroalimentar una representación social hegemónica tan sólida y expandida como distante de las condiciones reales (Cortassa, op.cit.) de producción y validación del conocimiento científico.


Frente a ello, una serie de enfoques críticos a la visión dominante sostienen la necesidad de:


“[…] hacer menos impenetrables y opacos los muros de los laboratorios. Eso se logra contándole a la gente cómo se hace ciencia. […] Y no estoy pensando en la fábula del método, tan amada por quienes escriben manuales, sino en la ciencia real, con sus defectos y virtudes” (Shapin, 1992: passim 28).


Por un lado, la ciencia-en-proceso no solo no es aséptica ni neutral, sino una práctica de naturaleza intrínsecamente social y, como tal, ligada de manera indisoluble a cuestiones políticas, económicas, sociales, culturales e institucionales. Que la cotización de las acciones de las corporaciones farmacéuticas en los mercados financieros internacionales suban o bajen al ritmo de los avances y retrocesos en los laboratorios de las vacunas para la Covid-19 no es algo excepcional ni justifica una visión conspiracional: es, sencillamente, el modo en que funciona la tecnociencia contemporánea. Que los gobiernos conformen consorcios con empresas privadas para desarrollar líneas de investigación tampoco es una cuestión de coyuntura, sino algo habitual y frecuente en las políticas científicas de cualquier país.


Por otro lado, el conocimiento científico es todo menos absoluto y fijo. Por el contrario, es por definición provisorio, controversial, incorpora en sus formulaciones la incidencia de la incertidumbre, los sesgos probabilísticos o la llana ignorancia y el error. Mientras que en las corrientes epistemológicas contemporáneas esos rasgos se encuentran integrados en el análisis desde hace décadas, la comunicación de las ciencias todavía tiene serias dificultades para lidiar con ellos: continúa depositando en la evidencia científica condiciones de certeza e incuestionabilidad que no se corresponden con los alcances y limitaciones de los aportes que esta puede realizar. Eso se agudiza en los escenarios arquetípicos de lo que Funtowicz y Ravetz (1993) llaman “la ciencia posnormal”: las problemáticas ambientales y de salud pública. Para decirlo claramente, las modelizaciones matemáticas no permiten predecir de una vez la evolución de la pandemia pues son eso, “modelos” que incluyen cierto número de variables, no todas las variables que determinan la progresión definitiva de una situación compleja. Por eso, tampoco se puede definir de manera taxativa cuándo, cómo y dónde se puede flexibilizar o acabar el aislamiento que tanto malestar produce.


Tenemos entonces un nudo gordiano difícil de desatar. La neutralidad y la certeza son atributos nucleares de la representación social de la ciencia y el conocimiento experto. Los sujetos esperan de ella que sea una entidad impoluta, incontaminada, que brinde respuestas definitivas y rápidas; cuando todo eso parece desmoronarse ante sus ojos, la sensación de desamparo e indefensión se incrementa, conjuntamente con la falta de credibilidad y confianza en todo (o casi todo). La comunicación científica, por su parte, ha fallado históricamente en mostrar a la “ciencia real”, bastante alejada de esa representación, y las consecuencias de esa falencia se revelan en toda su crudeza. Forzados por las circunstancias, hoy los medios muestran que la investigación científica es parcial, no concluyente, que avanza a los tumbos y no en línea recta, que está sujeta a controversias y limitaciones de diversa índole, atravesada por toda clase de intereses, en nada ajena a la geopolítica y a los mercados financieros. Paradójicamente, cuando al fin la comunicación de la ciencia se acerca a lo que para muchos es su “deber ser”, el cambio es tan abrupto que profundiza el malestar psicológico individual y colectivo. La información es juzgada como confusa y contradictoria, cuando en muchos casos simplemente no puede ser otra cosa, y se convierte en un factor estresante adicional.


Al comienzo de la pandemia, la OMS indicó que los barbijos no eran recomendables parapersonas sanas; a instancias de la misma institución, pronto su utilización pasó a ser mandatoria. Las noticias sobre pruebas de laboratorio y ensayos clínicos acotados un día ponen al remdesivir, la cloroquina, la hidroxicloroquina, la azitromicina, en el centro de todas las esperanzas y días después las echan por tierra. Las previsiones en cierto momento situaron el pico de contagios en la Argentina en el mes de mayo, luego en julio, y ahora quién sabe. ¿Mienten la OMS, los científicos, las corporaciones, los gobiernos, los medios? A veces puede que sí, para qué negarlo, pero en general lo que ocurre es más sencillo: las evidencias cambian, los resultados preliminares no se confirman, emergen variables que alteran el curso de los modelos y predicciones.


Para finalizar, volvamos por un momento al problema de la viralización de contenidos falsos o poco fiables. Lo dicho hasta el momento no disminuye la legitimidad de la inquietud que provocan las fake news, pero en todo caso, permite relativizar la relevancia cuasi-excluyente que se le asigna en este contexto y situar el problema en un marco de análisis de mayor complejidad. 


Como se afirmó previamente, mostrar a las ciencias-en-proceso en ocasiones trae aparejado el corolario –no deseado– de la disminución de su credibilidad y confianza públicas, pone en entredicho la autoridad epistémica y moral de los expertos, porque sus procedimientos y mecanismos jamás habían sido expuestos bajo ciertas premisas. En tales condiciones, ¿cabe presuponer de las personas el ejercicio de un escepticismo razonable que de partida sea capaz de discernir lo verosímil de lo inverosímil, la puesta en juego de un juicio crítico entrenado para diferenciar lo fiable de lo no fiable, lo improbable de lo imposible? Podría esperarse que cualquier ciudadano/a con una cultura científica media rechazara de plano la afirmación de que la causa de la CoVid-19 no es un virus sino un exosoma contaminado por las ondas electromagnéticas de las tecnologías de 4G y 5G; y, como consecuencia, como mínimo se abstuviera de participar de una cadena de reenvíos en redes sociales. Pero si todo tratamiento bajo escrutinio permanece incierto, ¿por qué no podría ser el caso de que el consumo de bebidas calientes, de desinfectantes, de alcohol, de cocaína, o de la “siempre-buena-para-todo” vitamina C se revelara a la postre efectivo? ¿Y si nos lo perdimos todo este tiempo?


III. Reflexiones finales 


En su versión original, este artículo abordaría la incidencia del tratamiento mediático de los movimientos anti vacunas sobre las percepciones y actitudes de los públicos. Pero los intereses epistémicos no siempre son discernibles de las experiencias vitales, y la irrupción de la Covid-19 alteró ambas cosas: la vida y aquello que nos interpela. En cualquier caso, el desplazamiento de la formulación inicial no modificó de manera sustantiva el eje de la reflexión, más bien contribuyó a poner de relieve el valor de una agenda de investigación interdisciplinar como la que proponemos. 


La hipercomunicación constituye uno de los rasgos característicos de las sociedades contemporáneas; pocas esferas de las experiencias subjetivas y colectivas escapan a su influencia. En situaciones críticas ese rasgo aparece elevado a su máxima potencia: el propio concepto de infodemia y la inquietud que provoca lo demuestran. La convergencia de enfoques provenientes de los campos de la Psicología y la Comunicación puede resultar altamente provechosa para la comprensión del fenómeno y sus implicaciones para la salud y el bienestar psicosocial de las personas. Como se afirmó en la introducción, frente a nosotros tenemos solamente la punta de un iceberg. Sus consecuencias inmediatas son notorias, pero la magnitud de sus impactos en todos los órdenes será profunda y duradera. Desafortunadamente, las ciencias sociales y las humanidades tienen por delante el arduo esfuerzo de desentrañarlas.


 Buenos Aires, Junio 2020    


Referencias


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Notas


[1] Existen siete tipos conocidos de la familia de virus así denominada que afectan a los seres humanos, tres de los cuales pueden traer aparejadas consecuencias severas: el SARS-CoV (“Severe Acute Respiratoy Syndrome-Coronavirus”, descubierto en Asia en 2003); el MERS-CoV (“Middle-East Respiratory Syndrome-Coronavirus”, descubierto en Medio Oriente en 2012); y el más reciente, el SARS-CoV-2 identificado a fines de 2019. Si bien existen controversias acerca del primer reporte (The Guardian, 13 de marzo de 2020), todos los datos empleados en este artículo corresponden a fuentes oficiales. En este caso, al sitio web de la OMS https://www.who.int/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019 


[2] En ausencia de vacuna o tratamientos farmacológicos probadamente eficaces, el grueso de las estrategias se orientó hacia “intervenciones no farmacéuticas” tendentes a mitigar el número de reproducción de la infección (R0) o a la supresión drástica de casos, que se logra cuando R0 es menor o muy cercano a 1. Las medidas adoptadas fueron diversas, se aplicaron de manera alternativa o combinada en función de la evolución de la situación: aislamiento de casos sintómaticos; cuarentenas voluntarias, sectoriales, flexibles; confinamientos masivos y estrictos; distanciamiento social de grupos de riesgo o de la población en su totalidad; reducción o interrupción de la circulación en y entre ciudades, regiones y países; cancelación de actividades o restricciones a la cantidad de participantes (Ferguson et al.,2020; Pueyo, 2020). 


[3] Fuente: https://www.argentina.gob.ar/noticias/confiar-la-plataforma-oficial-para-combatir-la-infodemia. Acceso a Confiar: https://confiar.telam.com.ar/. La curación de contenidos es realizada por el grupo “Ciencia Anti Fake News - COVID-19”, integrado por investigadores/as del CONICET: https://twitter.com/anti__fakenews 
[4] Eso se complementa con lo que se conoce irónicamente en las teorías del periodismo como Ley de McLurg (Schlesinger, 1977), que establece una gradualidad en la noticiabilidad de los desastres según un “sistema de equivalencias” que relaciona la cantidad de personas implicadas con la proximidad geográfica: cuanto más lejano el hecho, más muertes son necesarias para convertirse en noticia, y a la inversa.  


[5] Y varios de los especialistas consultados por la prensa. 

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Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Carina Cortasa

carina.cortassa@uner.edu.ar

Doctora en Ciencia y Cultura. Licenciada en Comunicación Social. Profesora titular, investigadora y Secretaria de Investigación y Posgrado en la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER). Investigadora en REDES – Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior. Temas de investigación: percepción, comprensión y comunicación públicas de la ciencia y la tecnología; epistemología social; política y gestión de la ciencia y la tecnología. 

Universidad Nacional de Entre Ríos. Facultad de Ciencias de la Educación. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1585-022X

Lucia Lorenzetti

carina.cortassa@uner.edu.ar

Licenciada en Psicología.

Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, Sede Académica Rafaela. Facultad de Psicología y Ciencias Sociales.

Especialista en Psicología Clínica y Terapia Cognitiva (UBA). Profesora Adjunta en cátedra de Neuropsicologia (Facultad de Psicología y Ciencias Sociales, UCES Sede Académica Rafaela). Temas de formación y ejercicio profesional: neurociencias cognitivas; neuropsicología infantil y en adultos mayores; rehabilitación cognitiva.