Reseña del libro La escritura del nudo

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Lujan Iuale

Revisión del libro La escritura del nudo
Tomasa San Miguel- Diana Algaze- Verónica Buchanan-Verónica Caamaño-Andrea Pirroni- Milagros Scokin-Guillermina Ulrich


Quiero agradecer en primer lugar la invitación a presentar el libro a través de esta reseña. Agradecer porque no es poca cosa afianzar el lazo, la trama, la trenza, entre quienes compartimos un modo de entender la clínica psicoanalítica como una clínica que no descuenta a los cuerpos del asunto.


No descontar a los cuerpos del asunto tiene todo su valor. No solo al cuerpo del que consulta, de ese que llega a nuestra puerta cargando algún sufrimiento, sino también el cuerpo que recibe, en el mejor de los casos, a ese otro cuerpo. Porque no siempre sucede, porque pasa de todo en ese umbral: a veces hay encuentros maravillosos, otras veces hay tropiezos, vacilaciones o francos desencuentros. En la clínica con niños, esa clínica tan intensa donde el “dale que” hace soporte a lo que allí acontece, es preciso abrir la puerta para ir a jugar. Esa puerta muchas veces está disponible y solo se atranca en algunos momentos; pero otras veces ocurre que el aparato del jugar no se encuentra disponible en un principio, que ha claudicado y requiere de un otro jugador para habilitarse. Puede incluso que haya que fundarlo en el dispositivo mismo para que la ficción sea una forma posible de tramitación de lo real insoportable.


El libro habla de eso: de la clínica, de los afectos, de los cuerpos. Es un libro vivo, trae el rumor de las voces que lo habitan, nos hace sospechar los gestos aun cuando no conozcamos personalmente a quienes lo conforman. En algún punto es un libro proustiano –si existe esa palabra– ya que cuando lo leía era un poco como estar ahí, en el lugar mismo donde se estaba tejiendo la trama. Rumor de las voces que no son intrusivas, voces que soportan la musicalidad de lalengua. Pensaba en esa materialidad que la escritura no ha logrado acallar, de modo tal que la escritura no se ha vuelto letra muerta ni el texto, texto sagrado. Su lectura da ganas de interrogarlo, ponerlo a trabajar, tensionarlo. Hacer del texto un elogio a la profanación para hacer de la clínica algo vivo, un nuevo relanzar que vaya en contra de cualquier dogma que como neuróticos queramos sostener. El texto tiene en ese punto mucho de herejía.


Me encontré entonces con un equipo de analistas que comparten investigación, formación, transferencias y pareciera que también comparten la vida. O al menos eso se sospecha en el hilo rojo que recorre los textos. Analistas que no dudan en poner al trabajo los contratiempos de su quehacer y sus apuestas. 


Lacan estaba preocupado por varias cuestiones: le preocupaba la formación de los analistas, le preocupaba que su decir no tuviera ninguna resonancia en tanto nadie lo cuestionaba, le preocupaba saber cómo era posible que el significante se precipitara en letra. Todos esos temas atraviesan, a mi entender, el libro. En el prólogo, Valeria Defranchi recoge una intervención de Tomasa San Miguel en el contexto del curso que dio luego origen al libro: “¿Por qué formalizamos pobre lo que hacemos?” (p.11), se pregunta. ¿Por qué nos quedamos queriendo hacer encajar nuestra clínica con lo que se hace en otros contextos sociopolíticos e históricos, me pregunto yo? Y así vamos resonando en la escritura-lectura de otro nudo necesario: el de que se constituye con analistas enlazados a partir de un contexto y un quehacer que no es el de otros.


El libro propone además una serie de afirmaciones que dan cuenta de la posición ética que orienta a quienes escriben. Siguiendo a Michel Serres – quien escribió entre tantas cosas lindas, un libro precioso titulado Variaciones sobre el cuerpo– voy a proponer algunas de las afirmaciones que podemos hallar en el libro como “variaciones”, porque creo que se trata de eso, de movimientos frente a un modo de entender la clínica que suele presentarse estanco. 


Primera variación: En la infancia la estructura se está escribiendo


Hay algo que insiste. En distintos tramos del libro se acentúa el valor de conjunto abierto que porta la infancia y no solo ella, sino la estructura. La infancia es para las autoras el momento en que la trenza se está armando. Operación de tejido constitutivo que no puede llevarse a cabo sin un Otro. Tiempo de apuesta a que el niño pueda armar su nudo, nudo que haga de soporte a su condición de serhablante. Retoman la afirmación de Lacan del Seminario 21, donde él plantea que el niño precisa que “su nudo se haga bien.” (Lacan, 1973-74) El encuentro con el otro de los primeros cuidados deja trazas, al decir de Lacan, detritos que quedan tras la impronta del encuentro traumático con lalengua. Cuerpo afectado en forma primera –signos perceptivos– que deben borrarse/leerse para que advenga el inconsciente cifrador de goce. Que un niño no es un adulto parece una verdad de Perogrullo. Por otro lado, está claro que el niño existe, la existencia del adulto no está tan clara. ¿A quién recibimos cuando alguien llega a consulta aun cuando se presente como un adulto? Incluso en esas coordenadas, ¿ya está todo jugado? La cosa no sería tan grave si al menos los niños quedaran a resguardo de ciertos prejuicios clínicos que hacen del trastorno, síndrome o estructura, un destino funesto. Cuando además se lee la clínica de la infancia y la adolescencia con los parámetros de la llamada clínica de adultos, nos enfrentamos a todo tipo de extravíos. Entonces, esa condición propia de lo infantil, eso abierto a la experiencia y a la sorpresa tan afín a la infancia, suele quedar opacado por algunas lecturas dentro de la orientación lacaniana misma, que tienden a leer lo que no hay. Lejos de leer los tiempos del sujeto, sus demoras, sus contingencias, apuntan a una lectura estructuralista en términos binarios: hay o no hay. No es el caso de este libro. Este libro va en la vía opuesta: hay y no hay al mismo tiempo y entonces hay que inventar. No nos damos cuenta de cómo ciertos axiomas condicionan nuestras prácticas. Pensar que los tiempos de la infancia son ocasión, que los tiempos del sujeto no vencen aunque no dé lo mismo cuando se producen ciertas operaciones, o si se producen o no se producen; introduce esa dimensión azarosa de lo contingente. El niño construye su nudo y  enlaza así palabra, goce y cuerpo. El niño teje y se entreteje en la trama del Otro, se enreda también en esa trama, se embrolla. El analista está allí para propiciar otro armado de la trama o que la trama sea posible: tramar porque el lugar no es de abismo insondable, sino de agujero cuyos bordes están hechos de malentendidos.


Segunda variación: La estructura se escribe en la transferencia


            Otra de las cuestiones que quiero destacar es el valor conferido a la transferencia. Sabemos que es un punto nodal del dispositivo analítico, pero me parece que conlleva un plus, pensarla como superficie de escritura. Entonces, recordaba la configuración de territorio que la transferencia siempre tuvo para Freud: territorio entre la enfermedad y la vida. Entre el sufrimiento y un modo de arreglárselas mejor con eso que nos hace padecer. La transferencia entonces, como un Otro cuerpo –si ustedes quieren– donde habitar transitoriamente. Un cuerpo que aloje la transición por la otredad, que haga de red para no caer cuando vacilen las identificaciones, que aloje frente a los desamparos. La transferencia en la cual analizante y analista están implicados. Ese “entre” que hace que estemos en el mismo barco, que nos fuerza en el mejor de los sentidos a remar un poco juntos –a jugar un poco juntos también– para no hundirnos en la desolación. Las autoras dicen: “en la transferencia se escribe la estructura” y de ello se espera “que algo pueda escribirse de otro modo dentro de lo posible que habilita ese encuentro”. Ninguna posición clínica será vanagloriada, ningún descargo o justificación a las vacilaciones que todos podemos tener. Habrá que vérselas ahí, como decían en mi barrio, porque “en la cancha se ven los pingos”.


Tercera variación: El analista opera por una intuición corporal


            Las van a quemar por herejes, pensé mientras leía. Pero cuánto de cierto hay en esa afectación de cuerpo, en eso que como dice Tomasa San Miguel se nos queda incrustado. A veces alguien dice algo y nos vamos con eso hincado y es, precisamente el modo en que eso se ha agarrado, lo que nos orienta respecto a cuánto pesa para ese sujeto. Ni qué decir cuando nos encontramos “sopesando” la angustia de quien nos consulta. ¿Acaso hay un modo no corporal de sopesar la angustia? Esa angustia que incluso Lacan nombra casi como litoraleña: ¿es del paciente o del analista cuando la sopesa? Banda de moebius, adentro y afuera, en una continuidad por momentos, vertiginosa. Pensaba si esa intuición corporal no es ni más ni menos que el deseo del analista. Cuando Lacan retoma el tema de la contratransferencia en el Seminario 8, rompe con la idea de un analista no afectado o cuya afectación solo respondería a los puntos ciegos. Dice: cuanto más analizado el analista más afectado, solo que en la afectación debe leerse la equivocidad. Esa afectación que los postfreudianos llamaron contratransferencia, Lacan la llama residuo de la transferencia y propone el deseo del analista como operador que permite salir del atolladero. No hay deseo sin cuerpo, el deseo es un acontecimiento de cuerpo que se inscribe en el advenimiento de un sujeto. Entonces, el propio análisis opera esa mutación que habilita a ofrecer otro lugar, uno diferente de las coyunturas primeras a las que alguien advino. El analista y un decir que apuesta a leer de otro modo para equivocar la ortografía, y por esa vía Lacan apuesta a tocar lo escrito.


Cuarta variación: No todo está escrito


            La propuesta del libro es la de un anudamiento en transferencia, trenzado que no descuenta los cuerpos en juego. Entre lo ofrecido y lo que se elige hay un pequeño margen de libertad que señala que no todo está jugado. Primero la voz y la mirada del otro de los primeros cuidados, las trazas como saldo de ese encuentro, la borradura que es lectura de la traza y el advenimiento del sujeto sabiéndose una forma de objeto para el Otro, objeto que en el mejor de los casos estará operando como causa de un deseo. Hay algo que los niños saben corporalmente –lo decían Fukelman, Lacan y Silvia Ponce–. Saben quién los quiere, quién los rechaza, quién los soporta en todos sus sentidos. Leen también qué se vuelve insoportable para esos otros que han de alojarlos y por eso ponen a prueba su lugar en la estructura. La borradura de la traza fija goce, al tiempo que instaura una pérdida. Fijación que no debe entenderse como destino.


Hacia el final de su enseñanza Lacan propone que es posible, como efecto de un análisis, que surja un significante nuevo. También en el Seminario 11 hablaba de un nuevo amor y como ya dije en el Seminario 8, situaba el advenimiento del deseo del analista. Si la estructura es abierta, si la relación entre los elementos es de vecindad y no de cadena, ¿cómo no pensar que en la infancia es posible ofrecer otros significantes menos mortificantes? Por supuesto que no basta con eso, con ofertar, pero sin eso no hay movimiento posible. Un cuento de Cortázar es traído por una de las autoras, cuento que opera como analogía de los tiempos de constitución del sujeto: agujero, superficie, borde, afuera del Otro materno resuenan en la lectura que la autora hace del cuento. Me llevó a otro texto literario: Metáfisica de los tubos de Amélie Nothomb. Allí también el texto comienza: “En el principio no había nada. Y esa nada no estaba ni vacía ni era indefinida: se bastaba sola a sí misma. Y Dios vio que aquello era bueno. Por nada del mundo se le habría ocurrido crear algo. La nada era más que suficiente: lo colmaba” (Nothomb, 2001). Un Dios que no tenía mirada, solo deglutía y execraba, de allí el surgimiento de una metafísica de los tubos. Y luego una niña que se limita a no ser más que eso: un tubo. Y sigue:


“Los padres del tubo estaban preocupados. Consultaron a los médicos para que analizaran el caso de aquel segmento de materia que parecía carecer de vida.


Los médicos lo manipularon, dieron unos golpecitos sobre algunas de sus articulaciones para comprobar si poseía mecanismos reflejos y constataron que carecía de ellos. Los ojos del tubo no pestañearon cuando los practicantes los examinaron con una lámpara:


—Esta criatura no llora nunca, no se mueve jamás. No emite sonido alguno —dijeron sus padres.”


Los médicos diagnosticaron una «apatía patológica», sin reparar en que se trataba de una contradicción en los términos.


—Su bebé es un vegetal. Es muy preocupante.


Los padres se sintieron aliviados por lo que consideraron una buena noticia. Un vegetal era vida.


—Hay que hospitalizarlo —decretaron los doctores.


Los padres ignoraron aquella orden tajante. Tenían ya dos hijos que pertenecían a la especie humana: no les parecía inaceptable tener, además, progenitura vegetal. Incluso les producía cierta ternura.


Le llamaron cariñosamente «La Planta». (Nothomb, 2001)


Una niña que podía dejarse morir, que no dirigía ningún llamado, que no hablaba. Un cuerpo al que nada parece afectar. Impresiona seguir la lectura. Incluso dice: “La mirada es una elección” y la “única mala elección es la ausencia de elección”.  Pero eso no pasa sin la apuesta, sin la mano tendida de un Otro. En este caso la abuela que tiende un chocolate y allí donde la necesidad queda “cortocircuitada”, surgirá el placer voluptuoso sin el cual el cuerpo no se vivifica. Entre el silencio y el primer armado del circuito pulsional, el grito. Para que algo se empiece a armar, para no reventar o no desfallecer, para consistir como cuerpo. Es preciso entonces, una invención primera enlazada a un otro y una re-invención del lugar configurada con otros equívocos.


El analista presta voz, cuerpo, mirada para que la trenza se arme de otro modo.


Quinta variación: La sexuación es el modo en que los cuerpos están afectados por lo imposible


Efectivamente, lo imposible afecta los cuerpos. Pedazos de real dirá Lacan, que signan el campo de lo humano. Lo imposible de escribir es uno de los modos en que lo real hace su entrada como diferente a lo simbólico y lo imaginario, ex -sistencia de una letra que escriba la relación sexual, quedando como marca de inscripción posible la discordia de los sexos. En la infancia, en esa trenza que se va tejiendo, una primera vuelta de la posición sexuada se pondrá en juego, aunque no habrá de concluir allí su trama. Requiere del segundo tiempo, del pasaje por la travesía puberal, para que la condición de goce se anude a la práctica masturbatoria. Sin embargo, la época empuja cada vez más a la anulación de los tiempos y la exigencia de adquirir un nombre que no deje nada en suspenso,  a la espera, o abierto a la contingencia. No apresurar el tejido, no dejarlo tampoco suelto será parte del trabajo en análisis. Leer la sexuación en la infancia con las coordenadas del deseo del Otro hace a nuestra función. Entonces género-sexualidad-sexuación, son términos que tendremos que poner a trabajar, pero me parece crucial este punto que el texto destaca: la lógica de la sexuación –en tanto atañe a lo escrito– introduce lo imposible. Un imposible además que afecta a los cuerpos.


Para concluir


Quiero terminar el comentario con un breve párrafo del libro de Anne Dufourmantelle, En caso de amor, y dice así:


“En este raro oficio de analista, nunca sabemos muy bien lo que pasa, somos dos alpinistas encordados con los ojos fijados en la próxima cornisa, cuidándonos del viento, las caídas de nieve, la temperatura. Atados a cosas finalmente precisas (el movimiento de una muñeca, el desplazamiento del cuerpo algunos centímetros, el balanceo de una cadera sobre la otra, la vigilancia del campo visual a cada instante), nos aventuramos sobre esas paredes áridas a riesgo de no descubrir nada. Todo está al descubierto. Los sueños son casi, yo diría, el único rastro. Todo el resto fue borrado. No pasó nada. El sufrimiento deviene vergüenza, el niño que se ha sido querría poder olvidar todo y vivir como los otros (lo que él cree al menos de la vida de los otros), querría poder olvidar los gritos, alejar las amenazas, las órdenes absurdas, las humillaciones. Esos territorios psíquicos donde todo fue devastado, pero con tal delicadeza que no quedan más que esbozos de sentido, carnadas de sirenas, no reciben a ningún visitante, ni siquiera a los viajeros. Es necesario arriesgarse de a dos, por lo menos dos, para no volverse loco.” (p. 125)


 


Bibliografía


Dufourmantelle, A. (2018) En caso de amor. Psicopatología de la vida amorosa. Buenos Aires: Nocturna editora.


Lacan, J. (1960-61) Clase XXIII. Crítica a la contratransferencia. El Seminario 8. La transferencia [2008]. Buenos Aires: Paidós.


Lacan, J. (1999) El Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. [1964] Buenos Aires: Paidós.


Lacan, J. (1973-74) Clase del 4 de diciembre de 1973. El Seminario 21. Los no incautos yerran o los nombres del padre. Inédito.


Nothomb, A. (2001) Metafísica de los tubos. Barcelona: Anagrama.


San Miguel, T. & Algaze, D. –Buchanan, V. –Caamaño, V. –Pirroni, A.- Scokin, M. –Ulrich, G. (2019). La escritura del nudo. Buenos Aires: Brueghel. 


Serres, M. (2011) Variaciones sobre el cuerpo. España: Fondo de Cultura Económica.


 

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Curriculum del autor/a

Lujan Iuale

mlujaniuale@gmail.com

Doctora en Psicología (UBA), Magíster en Psicoanálisis (UBA), Miembro del FARP y Miembro de la IF- EPFCL. Docente de la Facultad de Psicología (UBA) y de la Facultad de Humanidades (UCES) Directora UBACyT. Autora de Detrás del espejo. Perturbaciones y usos del cuerpo en el autismo (2011). Co-autora de Posiciones perversas en la infancia (2012); Sentir de otro modo. Amor, deseo y goce en la homosexualidad femenina (2014); Ese oscuro objeto del deseo (2015); Hacer-se un cuerpo en el autismo y las psicosis infantiles (2017); y de Cuerpos afectados.Del trauma de lalengua a las respuestas subjetivas (2018). Supervisora clínica de Residentes y Concurrentes del Hospital C. Tobar García y de la UTEMIJ.