Cuatro reflexiones sobre la transferencia psicoanalítica a partir de la pandemia

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Manuel Murillo

La situación sanitaria global y local requiere tanto de reflexiones como intervenciones o acciones, en diferentes niveles que conforman nuestra vida en comunidad: políticas, prácticas de salud, responsabilidad y compromiso empresarial/ laboral y ciudadano, entre muchos otros. Pensar y escribir sobre el tema es tan difícil como necesario, en términos políticos y prácticos, como también subjetivos y colectivos.


En el presente escrito desarrollamos una reflexión de carácter transferencial en cuatro direcciones: 1) la función subjetiva de las narraciones o relatos; 2) el objeto común en la transferencia; 3) la relación demanda-transferencia; y 4) el estar-con-otro de la transferencia.


Palabras clave: psicoanálisis, pandemia, transferencia.


Fecha de recepción: 3/5/20


Fecha de aceptación: 30/6/20


La situación sanitaria global y local requiere tanto de reflexiones como de intervenciones o acciones, en diferentes niveles que conforman nuestra vida en comunidad: políticas, prácticas de salud, responsabilidad y compromiso empresarial/ laboral y ciudadano, entre muchos otros. Pensar y escribir sobre el tema es tan difícil, como necesario, en términos políticos y prácticos, como también subjetivos y colectivos.


Como psicólogos y/o psicoanalistas la ocasión ofrece una pregunta interesante: en qué medida nuestro oficio es considerado –o no– por nuestra comunidad, nuestras instituciones, incluso nosotros mismos, como una “labor esencial”.


La factibilidad de sostener nuestro trabajo con los pacientes de manera virtual puede ser objeto de discusión disciplinar. Retornan en este punto preguntas y debates ya presentes en nuestra disciplina acerca de la posibilidad de realizar un psicoanálisis a través de sesiones virtuales. Como sea, y más allá de todo debate, nuestro gobierno y sistema de salud está interpretando que lo más adecuado en términos de medidas sanitarias –al menos de momento, principios de mayo de 2020– es sostener las sesiones de manera virtual. Es decir, aplicarse a lo que en el ámbito de la salud se llama ya desde hace tiempo “telemedicina” o “e-Salud”. Esto al menos en lo que concierne a la atención de tratamientos ambulatorios en consultorio, ya sea de hospitales, centros de salud o de atención particular.


Me detendré en cuatro reflexiones sobre la transferencia psicoanalítica que sin ser novedosas en sí mismas –en el sentido de emergentes que trae la pandemia– son sin embargo aspectos que cobran una especial relevancia ahora.


1. Necesidad de narraciones y situaciones que requieren instancias críticas de reflexión colectiva. Desde los primeros días del aislamiento preventivo hemos recibido, leído y compartido con avidez –a través de redes sociales virtuales– escritos de filósofos europeos y americanos, que pocas semanas después nos hallábamos interpelando[1], arguyendo que no es tiempo de filosofar, sino de actuar; esto no es cuestión de intelectuales sino de infectólogos. Una especialidad que apenas conocíamos, pero de la que ahora urge interiorizarse. El ícono de esta lapidación fue el filósofo italiano Giorgio Agamben. Creo que fue en muchos aspectos injusta, no solo con la profusa obra que ha elaborado sino incluso con las reflexiones que compartió, por más anticipadas o desacertadas que puedan parecer a ojos de otras lecturas. En todos los casos estos filósofos han analizado aspectos de la emergencia y tratamiento del virus en relación con el mundo capitalista y el rol de los Estados del mundo en que vivimos. No se trata en absoluto de temas menores.


La antropóloga feminista Rita Segato –en una breve entrevista televisiva– llamó con precisión a esto: el fenómeno de intentar capturar en una narrativa qué es lo que está pasando. Y la disputa que puede darse en esta captura: quién es el que va a decir o va a saber lo que está pasando.


Creo que se da en todo esto un esperable y entendible fenómeno de grupo y psicología de masas. Como sujetos y como sociedad necesitamos de narraciones. Estas cumplen un sinnúmero de funciones subjetivas e institucionales entre las que se cuentan la posibilidad de nuestros deseos, identificaciones, ilusiones y ficciones cotidianas. Una particularidad de la actual pandemia –al menos hasta la fecha– es que no solo ha dejado en suspenso nuestra vida cotidiana –trabajo, escuela, paseos, etc.– sino que ha dejado sin alimento a nuestra humana sed de sentido. No sabemos aún con precisión –el mundo no lo sabe– cuál es el origen de este virus, como tampoco cuándo podrá levantarse la medida de aislamiento o qué pasará con nuestra economía global, nacional, familiar, personal.


Creo que el repudio de que hemos hecho objeto al intento de escritura de estos filósofos expresa menos el análisis crítico que hemos podido hacer de su pensamiento, que la angustia que nos genera el particular estado de no saber en qué nos encontramos en nuestro país y en el mundo. Un chivo expiatorio para la derivación de nuestros afectos no ligados. La enorme dificultad que tenemos para armarnos una narración de esto y la humana necesidad de tener que ir armándonos una suerte de narración abierta o dinámica, que pueda ir diciendo algo.[2]


En medio de este saber en suspenso, hay sin embargo varios fenómenos sobre los cuales tenemos un saber, más o menos fragmentario, de situaciones que requieren de nuestra parte, tanto como de otras disciplinas, instancias críticas de reflexión. Tan variadas, complejas y densas como lo pueden ser la relación de nuestro sistema capitalista con la tierra en que se implanta; las situaciones de tensiones políticas  internacionales entre potencias; la caída de valor de las acciones de la bolsa de muchas empresas que están siendo compradas a bajo costo por empresas más grandes, y lo que esto supone en términos de procesos de concentración económica y empobrecimiento general de la población; el desarrollo de la tecnología 5G, y la virtualización del trabajo a nivel global que estamos experimentando. Si algo “bueno” va a dejar esta pandemia, espero que no sea la virtualización del trabajo, que promete ser menos una herramienta, que una forma de deslocalizar el trabajo, en términos de tiempo y espacio. Volverlo ilimitado.


No se trata de articular ninguno de estos puntos con el “origen” del coronavirus. Lo que sería el principio de una teoría conspirativa. Pero es de destacar sin embargo, –como un mecanismo discursivo y subjetivo– el rechazo de todo análisis de esta compleja trama de fenómenos, bajo el argumento de “conspiración”. Creo que esto expresa menos nuestra cordura que la enorme angustia que como sujetos nos genera vislumbrar lo que nuestro sistema capitalista está haciendo con la tierra y nuestros cuerpos: desde qué es lo que estamos comiendo, cuál es el estado y de quiénes son los recursos naturales de nuestra tierra, hasta dónde van a parar los desechos que producimos.


Así como debe achatarse la curva de contagios del coronavirus, para que no colapse nuestro sistema de salud, debe también achatarse la curva de funcionamiento del capitalismo, para que no colapsen la tierra y nuestros cuerpos –es una consigna que hemos visto circular estos días por redes sociales.


Necesitamos narraciones con las cuales poder ficcionalizar nuestras vidas –sin lo cual nadie podría vivir– y también instancias críticas de análisis colectivo de las condiciones materiales, institucionales y políticas en que esta vida puede ser posible, en el plano más elemental que supone vivir, alimentarse, amar, trabajar, pasear, etcétera.


2. Hablar acerca del objeto común. Si algo ratificamos como psicoanalistas trabajando en el contexto de esta pandemia es el valor de lo que llamamos la singularidad. En una situación de aislamiento para todos, cada sujeto la inscribe y transita singularmente en un plano material e institucional según diferentes edades, géneros, clases sociales o aplicaciones laborales. Pero en un registro subjetivo también. En ambos planos lo singular nunca es abstracto, sino particularizado a través de estas variables.


Desde contar con teléfonos inteligentes y computadoras aptas para hacer videollamadas o llamadas, hasta tener o no agua potable para lavarse las manos. Mientras algunos pacientes pueden “pasar” o “acceder” rápidamente a las sesiones virtuales, otros han perdido sus ingresos, y la preocupación por la continuidad de la vida en sus formas más básicas y cotidianas pasa a primer plano.


Mientras algunos pacientes están en medio del desasosiego, otros están disfrutando del tiempo libre que el aislamiento instaura. Unos han continuado hablando de su “tema” como si nada hubiera ocurrido o alterado el curso de las cosas; otros no pueden hablar de otra cosa que no sea todo esto que está pasando. Y en medio de estos extremos, todas las tramas singulares que pueden aparecer.


En lo que respecta al recurso de las sesiones virtuales también lo verificamos. Mientras algunos pacientes con los que veníamos trabajando muy bien no pueden o simplemente no quieren “adaptarse”, servirse o avenirse a las sesiones virtuales, otros inusitadamente deciden y/o necesitan iniciar un tratamiento, a pesar o sin importar que sea por esta modalidad.


Igualmente ocurre en el registro económico, tan afectado por la detención del trabajo que supone en términos generales el aislamiento preventivo. Mientras un paciente consulta “si la sesión tiene el mismo costo, a pesar de ser por teléfono”, otro, preocupado por no poder venir, se ofrece a continuar abonando las sesiones, aun cuando estas no tengan lugar.


En el plano subjetivo, algunos pacientes entran en crisis depresivas ni bien comienza el aislamiento, mientras que otros parecieran, en una situación extraña, estabilizarse en algún sentido. Algunas parejas se plantean la posibilidad de separarse; otras, la de tener un hijo.


Aun cuando nuestro trabajo sigue siendo muy singular, en medio de una situación que nos afecta –a nivel mundial– “a todos”, creo que hay algo entre lo singular y lo universal que se puede percibir, y que vale la pena pesquisar teóricamente y en cada transferencia. Es lo que la psicoanalista austroargentina Marie Langer llamó el objeto común. A partir de un marco teórico freudiano y kleiniano, se refirió al tema de la neutralidad analítica, diferenciando el objeto interno, externo y el objeto común.[3]


Comenta que cuando la realidad externa actual se convierte en un factor de perturbación y resistencia al análisis, eso debe como tal incluirse al análisis, como perteneciendo simultáneamente a analista y paciente. Aislarse y prescindir de lo que está sucediendo en el plano de esta realidad externa, lejos de contribuir a la neutralidad analítica, configura una toma de posición plenamente activa: “…en un país en crisis social y frente a episodios de conmoción nacional, debe ser abordado en la sesión –a veces como punto de urgencia– el destino del objeto común, además de tratar los hechos externos en los planos transferenciales y de relación de los objetos internos’. La omisión del hecho social se genera o se mantiene por complicidad inconsciente del paciente y del analista, como resultado de las resistencias y contratransferencias de ambos.” (Langer, 1971: p. 136)


Creo que, en un momento como este, lo más “neutral” y “analítico” es poder hablar de lo que nos está ocurriendo con el paciente. En un sentido que también afecta al analista –también en situación de aislamiento preventivo–. Esto no quiere decir que el analista analiza “sus temas” con el paciente, como tampoco que fuerza hablar de la situación que se presupone “para todos”. Pero sí que existen en el plano sanitario, político, nacional, internacional objetos que no son meramente internos ni externos sino comunes. Y en tanto tal, afectan a paciente y analista. Poder hablar –eventual, contingente y singularmente– acerca de eso, puede ser en muchos casos la condición de posibilidad que una relación analítica pueda instituirse, no paralizarse, o producir movimientos transferenciales. Un ejemplo sencillo de esto es el enorme efecto de alivio subjetivo que supone para muchos pacientes localizar que algo de lo que les está pasando –en su casa– responde a una coordenada general de “aislamiento” e “incertidumbre”, que es tanto extraordinaria como transitoria.


3. No invertir la demanda, ni anteponer la interpretación a la transferencia. Las sesiones virtuales son una herramienta plenamente disponible y una práctica muy frecuente en salud mental. Independientemente de que se discuta su eficacia, validez o estatuto, el hecho es que algunos pacientes, porque viven en otra provincia o país, solicitan poder acceder a las entrevistas por este medio. En este caso sucedió una interacción de circunstancias: algunos pacientes pidieron poder tener sesiones virtuales, el analista las ofreció, la situación no dejó otra alternativa ante la necesidad de la sesión.


Esto nos permite reflexionar acerca de una regla analítica tan valiosa como la regla fundamental de la asociación libre: la regla de la demanda y la transferencia, sin la cual no podríamos siquiera operar sobre la asociación libre. Lacan lo formalizó en la diferencia que hay entre el matema del fantasma  y el acto analítico.


No poner el sujeto delante del objeto. Lo que nuestro saber popular diría: “no poner el carro adelante del caballo”. Porque simplemente no va a marchar. 


Es también la diferencia entre ofrecer la posibilidad de las sesiones virtuales o pedírselas al paciente. Como señala Lacan en La dirección de la cura y los principios de su poder, el analista con oferta crea la demanda. Pero no sustituye la oferta por la demanda. Otra manera como esta se pone en juego en nuestro mercado “psi”, y lo hemos visto particularmente intensificado en las últimas semanas, es lo que podríamos llamar la figura del analista emprendedor, o empresario de sí. Un objeto publicitado para el consumo. Más que ofrecer su escucha, pone sus “orejas en alquiler” –como dice Foucault en La voluntad de saber–.


En términos de escucha y transferencia, cabe hacer dos precisiones. Nuestro trabajo no es meramente poder “seguir” a través de sesiones virtuales. Es poder retomar la palabra con un paciente que ahora está en situación de aislamiento por una pandemia. Y si no, en situación de excepción laboral, en un “afuera” saturado de temores, cuidados o segregaciones, por el mismo fenómeno.


Por otro lado, la situación requiere de las más singulares maniobras transferenciales. Algunos pacientes quieren o simplemente se avienen a continuar trabajando a través de sesiones virtuales –desde el inicio del aislamiento o algunas semanas más tarde–, pero otros no quieren hacerlo. Porque por razones particulares en cada caso es evidente que no es lo mismo, ni resulta ser el mundo ni el sujeto el mismo que antes de la pandemia.


Cabe recordar que Freud advirtió que masa y neurosis no se potencian tanto como se oponen. En muchas situaciones de masas –dice– las neurosis ralean. Y eso ocurrió con algunos de nuestros pacientes. Sus neurosis no son las mismas –como tampoco la urgencia del espacio analítico– si ya no pueden ir al trabajo o al colegio. Un fenómeno análogo ocurre con las vacaciones de verano. Muchos pacientes con los que tenemos oportunidad de trabajar en enero o febrero parecieran presentar una situación de neurosis –como de trabajo analítico– en receso. Esto debe permitirnos pensar la enorme conexión que tienen nuestras neurosis con las instituciones que habitamos, sostenemos y nos sostienen en nuestro calendario anual y semanal.


En muchos casos, la necesidad –en pocos días/ semanas– de tener que “pasar” a sesiones virtuales, supuso una particular maniobra transferencial y subjetiva sobre lo doméstico. Poder instituir un espacio donde poder hablar con intimidad en algún ambiente: desde un cuarto cualquiera del hogar hasta el auto. En un momento y tiempo donde la familia, pareja, hijos/as puedan soportar –en un sentido negativo tanto como positivo– que quien consulta disponga de ese tiempo y espacio. 


Finalmente, supone también una interesante maniobra transferencial considerar –caso por caso– si ofrecemos trabajar por llamada de voz o videollamada, abriéndole la posibilidad de elección al paciente. O si introducimos nosotros, por alguna razón transferencial que el caso requiere, una vía u otra. Ya sea, por ejemplo, porque consideramos con algún paciente que las sesiones sin “imagen” no podrán sostenerse, como si pensamos que la “imagen virtual” será un obstáculo del cual será difícil o simplemente agotador separarse.


En todas estas coordenadas transferenciales se pone en juego una regla fundamental de la transferencia que es por un lado no invertir la demanda y no poner el análisis por delante de la demanda, pero por otro, una sutil operación por la cual no debemos retener ni expulsar al paciente. Invertir la demanda, retener al paciente o intentar continuar el trabajo analítico sin que el paciente lo pida –consciente o inconscientemente– lo único que logra es que el paciente se adapte al dispositivo, como podría adaptarse a cualquier exigencia de su entorno, o bien directamente frustrarse como tal la posibilidad del análisis. Es la peor manera en que puede destituirse la transferencia.


4. No está solo, está con el paciente. A partir del concepto de acto de Lacan, suele decirse con frecuencia que en el acto analítico el analista está solo. Por lo tanto, es importante que luego pueda reunirse con colegas. Poder pensar y formalizar su intervención.


Creo que reunirse, intercambiar y discutir criterios con colegas es imprescindible en cualquier disciplina. Incluso que ningún caso es posible formalizarse sin el intercambio con otro. 


Pero también cabe considerar algo que señaló en muchas oportunidades Tomasa San Miguel: en el acto analítico el analista no está solo, está con el paciente. Esto no quiere decir que se hace acompañar por él, mucho menos que se analiza con él. Sino que el trabajo que están haciendo, porque se sostiene en la transferencia, los supone a los dos, aun cuando sea un solo sujeto el que esté puesto en juego. A lo largo de toda la obra de Lacan esta es una tensión notable: ¿es uno o son dos? En el plano de lo que se pone en juego como trabajo analítico es evidente para Lacan que se trata de un solo sujeto, efecto del Otro; que hay en este punto una asimetría y una disparidad subjetiva, pero llevado esto a un extremo, rozamos el delirio si no advertimos que hay ahí en juego dos cuerpos. Y por lo tanto una trama compleja y densa de deseos, afectos, transferencias, resonancias. Incluso como decía Freud: toda una comunicación de inconsciente a inconsciente.   


Vale la pena pensar sobre esto –la soledad– dado que se nos plantea una situación de aislamiento (preventivo). Mucha más razón entonces para localizar los modos como poder estar-con, aun en el trabajo que hacemos con nuestros pacientes. Si partimos de la idea psicoanalítica de que la relación armónica con el Otro es imposible, esta es entonces otra manera de definir la transferencia: la posibilidad de estar-con, con todo lo imposible que esto supone.


Un estar –en el sentido del “estar analítico” que propone Fernando Ulloa– que no se plantee con la exigencia de seguir, poder o tener, sino como la posibilidad contingente de un trabajo posible. Como por otro lado, se plantea siempre la transferencia, estemos o no en pandemia. 


Buenos Aires, mayo 2020


Notas


1 Puede consultarse por ejemplo la nota Los intelectuales y los lugares comunes ante el coronavirus, escrita por Pablo Rodríguez y publicada en el diario Página 12 el 8 de abril de 2020.
2 Con el colectivo de trabajo de la Revista Huellas. Psicoanálisis y territorio hemos compartido una propuesta de escritura colectiva para dar cuenta de algunas de nuestras experiencias como analistas en estas semanas, con motivo de dejar una marca de ellas que pueda ir siendo leída con el tiempo. En la necesidad de que haya al menos dos tiempos: uno que deja marca y otro que intenta hacer una lectura de ella.
3 Langer se sirve para esta reflexión a su vez de un artículo de Laura Achard de Demaría: “Crisis social y situación analítica”.
4 Para un desarrollo de estas ideas cfr. Murillo, M. (2019) ¿Qué es el acto analítico? Deseo y técnica en psicoanálisis. Brueghel. Buenos Aires, 2019.


Bibliografía


Foucault, M. (1976) Historia de la sexualidad. Tomo 1: La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI, 2008.


Freud, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del yo. En: Obras Completas, tomo XVIII. Buenos Aires, Amorrortu, 2009.


Lacan, J. (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder.” En: Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI, 2005.


Langer, M. (1971) “Psicoanálisis y/o revolución social.” En: Cuestionamos. Buenos Aires: Búsqueda, 1987.


Murillo, M. (2019) ¿Qué es el acto analítico? Deseo y técnica en psicoanálisis. Buenos Aires: Brueghel.  

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Articulos Cientificos
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Manuel Murillo

manuelmurillo@psi.uba.ar

Dr. en Psicología / Psicoanalista Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires)

Psicoanalista. Investigador y docente de grado y postgrado de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Miembro del Comité Editorial de la revista Huellas. Psicoanálisis y territorio. Autor de: ¿Qué son los tres registros? Genealogía de una hipótesis de J. Lacan (Brueghel, 2017); ¿Qué es el acto analítico? Deseo y técnica en psicoanálisis (Brueghel, 2018); y Deleuze & Guattari. El deseo y lo social (Brueghel, 2019).