EXPLORACIONES METODOLÓGICAS PARA EL TRATAMIENTO DE MATERIAL DISCURSIVO. UNA APROXIMACIÓN A PARTIR DE LA POÉTICA DE ENRIQUE BANCHS

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Roxana Ynoub

En esta presentación exploramos algunas técnicas provenientes de la semiótica discursiva- narrativa greimasiana, para su aplicación en investigaciones  interpretativas. Examinamos por una parte, diversos aspectos metodológicos, como los referidos a la segmentación y categorización del material, y por la otra, hacemos una breve incursión en algunos conceptos de la semántica, entre ellos, en las nociones de campo semántico (Trier, 1931), relaciones  semánticas y semema (Pottier 1976, 1993). De igual modo, evaluamos la aplicación del Cuadro Semiótico (según la versión desarrollada por A. Greimás, 1980, 1990), para el examen estructural- funcional de lo que el autor denomina la articulación lógico-profunda de una categoría semántica. Todas las referidas exploraciones metodológicas se realizan en base al análisis de un soneto del poeta argentino Enrique Banchs. Proponemos para ello algunas conjeturas interpretativas, examinadas en contrapunto con consideraciones de la filosofía unamuniana, las que permiten especificar con más precisión la lectura interpretativa que se propone. Extraemos de todo lo presentado, criterios generales para orientar el tratamiento metodológico en investigaciones interpretativas.


Sobre el alcance de este trabajo
Nos proponemos en este trabajo examinar algunos recursos de la semiótica discursivo- narrativa, que resultan de utilidad para el tratamiento de datos en investigación interpretativa. El examen se realiza en base al análisis de un soneto del poeta argentino Enrique Banchs, con la pretensión de extraer criterios metodológicos de alcance general. 
Se torna necesario precisar, sin embargo, que los referidos recursos semióticos y metodológicos no resuelven por sí solos lo esencial de la “investigación interpretativa”. En primer lugar porque la interpretación no se deriva de procedimientos o pasos metodológicos, ni de algún específico tecnicismo. Por el contrario, la interpretación supone un deslizamiento de sentido, un ejercicio de re-significación que, en el campo de la investigación social, requiere de cuerpos o modelos teóricos que la hagan posible. 
Una especialista en “análisis de contenido” expresa esta idea en los siguientes términos: “La lectura del analista de contenido de las comunicaciones no es, o no es sólo, una lectura «al pie de la letra», sino la puesta a punto de un sentido en segundo grado. No se trata de atravesar por los significantes para captar los significados, como en el desciframiento normal, sino de alcanzar otros «significados» de naturaleza psicológica, sociológica, política, histórica, etc. a través de significantes o  significados (manipulados)” (Bardin, L., 1986: 31). 
Conforme con ello, los significados de “primer grado” (en términos de Bardin), se transforman en significantes en la perspectiva de un significado de segundo grado, cuando son interpretados en el marco de alguna teorización o modelo conceptual. Para decirlo con un ejemplo: si de la lectura del cuento de “La Cenicienta”, se pretendiera extraer una interpretación sobre “el Edipo-femenino y la ambivalencia del amor/odio a la madre”, se requeriría entonces ir desde la interpretación primaria de la narrativa –la que podríamos definir como “comprensión de sentido común” –, hacia la nueva interpretación, resignificada a la luz de la teorización psicoanalítica.
En esa dirección, la cuestión de los límites y posibilidades interpretativas ha dado lugar a importantes y acalorados debates entre referentes del campo filosófico,  semiótico, lingüístico, psicológico, sociológico. Debates que distan de estar saldados, ya que, por lo general, las distintas posiciones terminan resultando refractarias unas a otras. Algunos interrogantes en torno a ellos podrían expresarse en los siguientes términos: ¿un texto es algo que se encuentra o es algo que se hace?, ¿el texto tiene una intención comunicativa y el lector o lectora debe ir al encuentro de ella, o, por el contrario, no hay texto hasta tanto no se actualice un potencial sentido de él, en el acto de su interpretación? Una síntesis de esas diversas posiciones queda muy bien expresada en la dicotomía “uso versus interpretación de los textos”, que ha propuesto Umberto Eco.
Un comentarista de las ya célebres Conferencias Tanner de 1990, en las que precisamente Eco era el principal conferencista, comenta en los siguientes términos los aspectos esenciales del debate: 
“En su comentario sobre Eco, Rorty se muestra en desacuerdo con la distinción entre «interpretación y uso» de un texto. Considera que Eco se aferra a la noción de que un texto tiene una naturaleza y que la interpretación legítima supone intentar iluminar de algún modo esa naturaleza, mientras que él nos apremia a olvidar la idea de descubrir Cómo es Realmente el Texto y, en cambio, a pensar en las diversas descripciones que, en función de nuestros diversos propósitos, nos resulta útil darle” (Collini, 1995, las mayúsculas son del autor).
Desde nuestra perspectiva resulta posible postular una suerte de punto intermedio entre estas posiciones, reconociendo que si se acepta la perspectiva del “uso de los textos” (conforme con la cual los interpretamos según nuestros fines o propósitos –como lo pretende Rorty–), ello no nos exime de justificar –en base a los mismos textos y contextos– la lectura o interpretación propuesta.
A partir de ese reconocimiento, postularemos aquí que los recursos técnico-metodológicos a los que aludimos previamente, están al servicio de esa justificación o validación de las interpretaciones. De modo tal que, aunque ellos no son el fin –ni la posibilidad misma de esas interpretaciones– sí constituyen un medio para extraer evidencia a su favor, a partir del tratamiento del propio material interpretado.
Adviértase que este reconocimiento no impide aceptar la posibilidad de “múltiples lecturas”. Incluso, es compatible con la tesis de una re-apertura siempre potencial de un texto, en tanto su sentido puede actualizarse en función de imprevistos contextos o condiciones de circulación. Lo único que sostiene es que, si la interpretación se postula en el marco de un trabajo de investigación disciplinar, ella debe justificarse a partir de los elementos que el propio material autoriza. Dicho de otra manera: se pretende que esas interpretaciones o lecturas sean no sólo opinables, sino también discutibles. 
De acuerdo con Juan Samaja, la distinción entre “discutible” y “opinable” estriba, precisamente, en la diferencia que surge entre la posibilidad de someter a contrastación la evidencia que ilumina cualquier hipótesis interpretativa, frente a la mera valoración subjetiva en torno a ellas. Dicho de otro modo, se pretende que la interpretación no quede reducida a una mera “opinión”, sino que pueda ser puesta a consideración y revisión de otros. Desde esta perspectiva la “objetividad” se concibe como lo
“intersubjetivamente referenciable”. De modo tal que lo que se espera, es que se exhiban elementos o criterios que permitan aceptarla –si hay evidencia a favor de ella– o rechazarla –si esa evidencia se muestra inconsistente o insuficiente (cfr. Ynoub, 2012).
Como hemos dicho, en esa dirección ubicaremos la función de las técnicas que provee la semiótica y el análisis del discurso en las vertientes que aquí consideraremos. La presunción que asumimos es que estas técnicas brindan criterios para la validación y contrastación de las hipótesis interpretativas.
 
Sobre el material a trabajar
Examinaremos algunos de los recursos de la semiótica y el análisis del discurso, sirviéndonos de un soneto del poeta argentino Enrique Banchs2.
Dado que el examen es estrictamente metodológico, no será de interés profundizar aquí en la obra ni la persona de Banchs. Utilizaremos sus sonetos al sólo efecto de poner en consideración las técnicas que hemos anticipado.
Ahora bien, pese a ese interés estrictamente metodológico (y conforme a lo previamente señalado), no podemos evitar ubicar el examen en algún marco general de lectura. Situaremospor lo tanto algunos criterios analíticos para orientar el tratamiento: por una parte la presunción de la recurrencia de ciertas temáticas de tono existencial en la obra de Banchs –convergentes con el modernismo literario en el que se inscribe–; y en relación a ello, la posibilidad de poner en contrapunto dichas temáticas con referentes o reflexiones del campo filosófico3.
Con estos presupuestos (a modo de conjeturas exploratorias), abordaremos en primer término el soneto “Estela” que forma parte del libro La Urna (publicado en 1911, último de los cuatro libros de poemas publicados por el autor):

ESTELA
Si en el mar de la vida soy estela que se deshace apenas levantada tras un brillo fugaz de lentejuela: estela, espuma, nada... Si en la onda, después que me revela nada queda de mí, a onda tornada y muero sin poder seguir la vela que me crea y se aleja despiada: ¿Por qué del mar fatal alzarme quiero, y ansioso el rumbo de la nave miro y un miraje de playa me desvela? ¿Por qué, si no se ir, llegar espero, por qué mi fe, por qué luchando aspiro si en el mar de la vida soy estela?
La Urna, Enrique Banchs. 1911.



Aspectos metodológicos para el tratamiento del material discursivo-textual
Las fragmentaciones preliminares


Al igual que en toda investigación (de cualquier naturaleza), el análisis del material discursivo, requiere de algún tipo de fragmentación. En términos metodológicos esa operación analítica supone la definición de las “unidades de análisis”:
“Emprender el análisis de la sustancia del contenido (de un universo dado de significación) supone que se admita la posibilidad misma de articular ese material. Esto significa que nos proponemos dividir lo dado semántico (percibido globalmente como una totalidad) en unidades diferentes y que aceptamos así pasar de lo continuo a lo discreto”
(Courtés, J.; 1980, p. 43).

Aunque este principio puede tener estatuto normativo, es decir, postularse como criterio metodológico invariante, no resulta posible estipular a priori criterios unívocos para orientar dicha fragmentación. 
Lo conveniente (aunque no todas las tradiciones metodológicas coinciden con esta idea) es que la fragmentación se realice en paralelo y sobre el fondo de comprensión de la totalidad del texto, o al menos, del estricto contexto en el que dichas partes-fragmentos se inscriben4. Este principio se deriva de la necesidad de atender a la coherencia textual, que es una propiedad semántica de los discursos: cada frase o fragmento individual cobra sentido en relación con la interpretación de otras frases o contextos (cfr. Van Dijk; 1980). Dicho de otra manera, un mismo texto se actualiza semánticamente de distinta manera en distintos contextos. 
Ahora bien, esta recurrente relación entre la parte y el todo –entre la fragmentación y la totalización– depende de la naturaleza del material. En particular, porque hay producciones que reconocen una genuina “unidad de sentido”, como ocurre con una narrativa o un poema; mientras que otras podrían resultar menos orgánicas, como un listado de palabras o la transcripción de una entrevista.
Los distintos enfoques de la metodología cualitativa asumen criterios no siempre convergentes para orientar dicha fragmentación. En algunos casos se defiende la idea de que la fragmentación va emergiendo conforme se “etiqueta” el material; al tiempo que las propias etiquetas surgen del trabajo analítico. Mientras que otros proponen que los códigos o etiquetas, aun cuando puedan tener carácter preliminar, deben estar disponibles a priori para orientan la fragmentación. Conforme con este último criterio, cualquiera sea el tipo de material (entrevistas, recortes periodísticos, producciones literarias, etc.) será posible identificar “fragmentos”, al modo de “Unidades 
de Análisis”, en función de su coincidencia con los referidos códigos5.
El caso que nos ocupa puede ubicarse en el grupo de los materiales que reconocen organización interna, de modo tal que el objeto ostenta vetas propias a partir de
las cuales diferenciar sus “partes-componentes” (cfr. Ynoub, R., 2014). Conforme con ello, y para ilustrar esta idea, vamos a considerar por una parte la organización morfológico- sintáctica del soneto, y por la otra el contenido correspondiente a cada uno de los fragmentos en que se organiza dicha estructura macro-semántica. De esa manera ambos criterios permitirán también justificar la fragmentación que se propone.
Por otra parte, dicha fragmentación se realiza en distintos niveles de análisis (Samaja, 1993), conforme con los principios que hemos enunciado previamente: desde la primera segmentación en el nivel macro aludido, se prosigue luego con el examen de niveles más desagregados, a partir de cuyo análisis se “reconstruye” la significación contextual en el que ellos se integran.
Respecto de la organización formal y enunciativa del soneto podríamos caracterizarlo como una suerte de “interrogante retórico”, que tiene la siguiente forma condicional:


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Lo definimos como un “interrogante retórico” para indicar la peculiar articulación pragmática o enunciativa del mismo: se formula como un interrogante, pero con la intención de comunicar un estado emocional-existencial, tal como vamos a tematizarlo seguidamente.
Respecto de los aspectos semánticos, se opone en esa dicotomía el orden de lo “evanescente” al de lo “trascendente”:


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El análisis modal permite a su turno identificar el tono afectivo-emotivo al que nos hemos referido. Los versos que componen las estrofas 1º y 2º están modalizados conforme a la cualificación del “ser” (“soy”... estela que se deshace, etc.); mientras que la 3º y 4º están modalizadas volitivamente, por referencia al “querer/desear
ser”, presentándose además en tensión con el poder/saber.


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El concepto de “modalidad semiótica” en el campo del análisis discursivo refiere (junto a otras nociones) a las condiciones o instancias enunciativas. Lo enunciativo puede ser concebido como las “marcas de subjetividad” en el discurso. Técnicamente, un predicado modal es aquel que afecta o produce un efecto de sentido sobre otro predicado. En la gramática verbal se identifican como verbos modales a aquellos que tienen la función de modificar a otros verbos, como ocurre por ejemplo, con los
verbos poder, creer, saber, querer: 

“Así, un enunciado modal simple como Yo camino, puede transformarse en un enunciado modalizado si se lo subordina a un verbo modal: ‘Yo debo caminar’. En este último caso hay un desplazamiento de la significación puesto que el enunciado ya no alude a un estado de cosas realizado sino que pone el acento sobre un estado previo
de la acción, estado que orienta la significación hacia la esfera de las competencias del sujeto más que al ámbito de sus ejecuciones o performances (…) El efecto producido por la modalización es siempre el de una subjetivación de la acción…” (Filinich, 2001, p. 86).
Desde la perspectiva del análisis greimasiano,  el estudio de las modalidades dio lugar a una suerte de giro modal (Greimas, Fontanille, 1994) en las bases de la semiótica narrativa. A partir de él se definió el campo de la “semiótica de las pasiones”; que sería resultante de una “sintaxis o articulación modal”. Conforme con ello, una pasión no se expresa con una sola modalidad sino como resultado de articulaciones entre ellas:
“… una pasión no se constituye con una sola modalidad (pongamos por caso el querer-hacer) sino como una sintaxis de modalidades, así el obstinado podría definirse por la articulación entre el ‘querer hacer y el no-poder hacer’ ” (Filinich, 2001, p. 108).

En otros términos, lo pasional queda definido por la tensión entre modalidades, que se reflejan de modo muy palmario en el soneto que analizamos. La cualificación del sujeto se presenta en la tensión de la lucha por llegar a ser, sobre el fondo conflictivo del desear-ser versus el poder/saber-hacer. Ese es el tono existencial- pasional que se despliega en las estrofas 3° y 4° precisamente:


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Definido el criterio focal de la fragmentación, a partir de él avanzaremos hacia niveles sub-unitarios (Samaja, 1993), que nos permitirán precisar cómo se va generando el sentido de “p” y “q” y la respectiva tensión modal que hemos señalado.


El análisis de los sub-niveles: encadenamientos semánticos y emergencia del sentido


Focalizaremos el análisis en los lexemas6 que integran el campo semántico de «p», según la cualificación del “ser” y las tensiones/oposiciones semánticas en que aparecen: por una parte el ser evanescente (con el que se identifica el enunciador) frente a un fondo permanente (el mar/ la vida) desde el que emerge:


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Para ello nos valdremos del concepto de  “sema”, el que puede ser concebido como “unidad mínima de significación” –por equivalencia al fema de la fonología–7.
Al igual que el fema, el “sema” se define por referencia a una categoría sémica, de la que forma parte, y de la que extrae su valor positivo. Así por ejemplo, /blanco/ comparte un eje semántico con /negro/ (como también con /azul/, /verde/ o /amarillo/), conformando de esa manera un campo de similitudes en el que se inscriben las diferencias (en el caso del ejemplo: el eje “color” –refiere al eje de la semejanza– y la oposición de los valores “rojo/negro/verde/, etc.” al interior de él, los especifica por sus diferencias). 
Ahora bien, hay que recordar que este análisis se sitúa en un nivel interior al lexema (que es una entidad propia del nivel discursivo) de modo tal que todo lexema se define en verdad por una constelación de semas, virtualmente contenidos en él. Así, para los lexemas: 
“padre” - “madre” - “hijo” - “hija” - “tío” - “tía”
Se puede reconocer que comparten semas comunes como /humano/ /parentesco/, pero se diferencian entre sí en el sema /filiación/. A partir del análisis de estos elementos semánticos simples, se dejan entrever las articulaciones que se realizan al nivel de su explotación discursiva.
En esa dirección Jost Trier (1935) inauguró el concepto de campo semántico, aplicando a la semántica el principio de Saussure, según el cual las palabras forman un sistema en el que cada una extrae su valor por referencia a su posición respecto de las otras. Pottier8 precisó luego que en el campo semántico cada significante
o lexema tiene un contenido semántico o semema, que es el conjunto de una serie de rasgos distintivos (los referidos semas) que definen su potencial semántico. En cada contexto de uso, se actualizan uno o varios semas del mismo lexema. De igual modo, un conjunto de lexemas integran un mismo campo semántico si comparten entre ellos rasgos o semas comunes. 
Según A. Greimás estos sememas se constituyen en las “unidades de sentido” que una determinada comunidad de hablantes selecciona como relevantes para organizar el campo de significación del universo que los rodea. A su turno, estas unidades de significación contextual permiten postular la referencia a un campo de permanencia semántica, sobre las variaciones de superficie del discurso. Así por ejemplo, si en una comunidad de hablantes se utilizan expresiones como:


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Se puede afirmar que todas ellas remiten a un mismo campo de significación, o a una misma acepción del término “cabeza”, que corresponde a la que la refiere como “parte superior de…” (un cuerpo, un grupo, una fila, etc.). Esta acepción definiría un semema.
Pero a su turno, podría identificarse otra serie de usos en los que se explota otra región semántica del mismo término, como podría ser: 


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En los que se explota otra significación referida a “resistencia a… o dureza…” (tanto en aspectos materiales como actitudinales).
Es el contexto en que el término se inscribe el que indica qué región de sentido se actualiza o debe actualizarse en su interpretación.
En el caso que nos ocupa, y conforme con lo que se espera de la función creativa del artista, el poeta crea un campo semántico idiosincrático:  explota –de forma singular y novedosa– las potencialidades sémicas que se entraman en los lexemas que va hilvanando en su soneto.
Considerando todo lo expuesto, del análisis de los lexemas que conforman los primeros versos del soneto, se pueden extraer algunos semas como los siguientes:


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Los signos «+» y «-» expresan la presencia positiva o negativa del sema en el lexema; mientras que el «0» alude a la neutralidad semántica. De modo tal que a cada lexema le
corresponde uno de estos valores, según el sema se exprese de manera positiva, negativa (por oposición) o de manera neutra (ni positiva, ni negativa, es decir, no corresponde para el término-objeto o lexema).
Aunque no hemos ejemplificado el tratamiento con todos los lexemas que aparecen en los dos primeros versos, hemos seleccionado aquellos que presentan mayor carga y connotación en su articulación semántica. Se hace evidente a partir de la comparación de sus perfiles sémicos, la manera en que comparten regiones semánticas según la coincidencia en los valores de sus semas.
El mismo procedimiento puede aplicarse a los lexemas cuyo valor semántico conforman el fragmento “q” (al que corresponde la modalidad del “querer ser/hacer”): “alzarme”, “quiero”, “ansioso”, “rumbo”, “nave”, “desvela”, “lucha”, “aspiro”, “fe”. En este caso la región semántica explotada por ellos –en el contexto del soneto– podría quedar comprendida por los semas de


 


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El análisis podría llevarse más lejos y examinar las diversas relaciones “estructurales” y “funcionales” que los respectivos semas guardan con cada lexema. De modo tal de precisar los criterios indicadores para orientar y justificar la adjudicación del sema a cada lexema. Así por ejemplo la /agentividad/ en el lexema “nave” se admite, en tanto la “nave” guarda una relación funcional con el concepto de “comando”. Mientras que la /agentividad/ en “quiero” se deriva analíticamente de la persona verbal y el contenido activo y volitivo contenido en él, al igual que en “alzarme” y “ansioso”. Del mismo modo, el sema /motilidad/ está presente en “nave” en tanto implica “traslado”, mientras que también está presente en “alzarme” porque presupone un cambio de estado (reflexivo) de orden espacial. La relación entre “alzarme” y /movimiento/, se presenta como una relación de inherencia lógica; que también se advierte con respecto al sema /direccionalidad/ (Bejar, Chaffin y Embretson, 1991; Mayor y López, 1995)9.


El análisis podría continuarse con cada uno de los lexemas, precisando de qué manera los términos explotan y se deslizan por regiones que reconocen solapamientos semánticos. Recordando siempre que el sentido del texto resulta de la doble vía, macro-interpretativa y micro-interpretativa, sintagmática y paradigmática; ya que la selección de los posibles “semas” comunes a los lexemas se extraen por referencia a los contextos o relaciones paradigmáticas entre grupos lexemáticos (en el sentido de que ellos contribuyen –como una suerte de regulador comparativo de tipo lógico superior– a decidir cuáles de todos los semas posibles contenidos en “nave”, “alzarme”, “querer”, etc., serán privilegiados al momento de identificar la coherencia temática textual).

Como ya fue señalado, el objetivo de esta escueta presentación es el de ilustrar no sólo algunas técnicas para el análisis interpretativo, sino también –y especialmente– ubicar sus fundamentos semiótico-metodológicos que las sustentan. Buena parte de ellos están comprometidos en las operaciones que usualmente se utilizan en el conocido proceso de codificación y categorización de la investigación cualitativa –aunque no siempre se explicitan los fundamentos, ni los procedimientos particulares que los conducen–.

A partir de este primer ejercicio de búsqueda de semejanzas y denominadores comunes, se puede avanzar entonces hacia la identificación de los campos semánticos en que ellos se integran. En este caso, podríamos reconocer una oposición que se sintetiza en dos grandes regiones de sentido, las que proponemos expresar como la tensión entre la “Aspiración” y la “Constitución”. La primera se presenta cargada por los rasgos o valores /volitivos-agentivos/ que hemos examinado previamente, y que ubican al sujeto en relación con un horizonte trascendente y anhelado. La segunda, en cambio, está signada por los rasgos de /apariencia-evanescencia/, que connotan los aspectos inmanentes asociados a la finitud del ser.
Examinaremos en lo que sigue estas definiciones en base a una esquematización a la que la tradición semiótico-narrativa bautizó como “cuadrado lógico-semiótico”.



4. Aportes del Cuadrado Semiótico, para la articulación de las categorías analíticas


A los efectos de esquematizar las categorizaciones que hemos identificado previamente, las presentaremos ahora en el marco del Cuadrado Semiótico, conforme lo han tematizado Greimás y Courtés (1990; 1982).
Este cuadro se presenta como un esquema, que representa la articulación lógica de una categoría semántica cualquiera. Con él se trata de establecer una tipología de las relaciones intracategoriales, partiendo desde un sistema de contrariedades u oposiciones semánticas de las que se derivan, por mutua negación de ambos términos primarios, nuevos términos sub-contrarios, contradictorios y complementarios:
“Esta estructura elemental debe concebirse como el desarrollo lógico de una categoría sémica binaria del tipo blanco versus negro, cuyos términos están en una relación de contrariedad entre sí, pero cada uno de ellos puede proyectar un nuevo término que sería su término contradictorio; los términos contradictorios podrían a su vez contraer una relación de presuposición respecto del término contrario opuesto” (Greimás, 1970, p. 160).

La visualización del esquema es la siguiente:


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Las flechas de puntos horizontales indican relaciones de contrariedad (o sub-contrariedad), las flechas verticales, relaciones de implicación y las flechas cruzadas relaciones de contradicción. En nuestro ejemplo, identificamos como categoría central al “ser”, que se manifiesta en cada extremo de la contrariedad, entre el “orden de lo inmanente” versus el “orden de lo trascendente”.
Esquemáticamente las categorías quedarían representadas de la siguiente manera en el Cuadrado Semiótico. (Ver figura 1 al final del trabajo)
Se expresan también en el Cuadrado, relaciones estructurales y relaciones generativas del sentido. Los ejes contrarios y sub-contrarios S1 y S2, son términos que implican procesos, por resultar de la negación de términos primitivos. La afirmación (S1) no es una mera tautología de la “negación negada”. Es por el contrario, emergente de un movimiento de engendramiento que permite rescatar la memoria y la trama semántica contenida en cada uno de los términos:

“Esta relación de «parentesco» semántico no resulta reducible o expresable mediante la mera contraposición «binarista »: A o no-A. En esta nueva perspectiva lógica, la negación de la negación no da lugar a un mero retorno a A, sino que «no (no-A)» produce una nueva categoría…” (Samaja, 2000, p. 105).
Conforme con ello, los términos son engendrados a partir de los movimientos de negación e implicación desde unos a otros. Pero además, unos no excluyen a otros, sino
que “cada uno es el otro y también su mutua negación” (Samaja, Op. cit.; p. 114). Dicho de otra manera, la articulación lógica de la categoría permite mantener disponible el conjunto de sus mutuas determinaciones semánticas.

Del tratamiento a la interpretación del material

El objetivo principal de una investigación interpretativa es, precisamente, el de proponer una “re-lectura” del material analizado. En esa dirección el objeto de estudio se constituye en materialidad-significante a partir de la cual se exploran, se extraen los significados que ofician de “hipótesis-interpretativas”.
Como lo señalamos precedentemente, dado el carácter predominantemente técnico- metodológico de esta presentación, no profundizaremos aquí en dichas hipótesis. Sin embargo, sugeriremos algunos ejes analíticos, que podrían guiar futuras exploraciones sobre la obra de Banchs, pero que además nos permiten articular nuestro propio tratamiento.
La ubicación de Banchs en la literatura argentina ha sido motivo de algunas controversias, sin embargo, parece claro que se ubica en un franco período de transición entre el modernismo y las posteriores vanguardias. Pese a que los aspectos formales de su poesía evidencian influencias clásicas (siglo de oro español, por ejemplo), las temáticas se inscriben en cambio en los nuevos movimientos.
Respecto del soneto analizado, el núcleo temático al que nos convoca, podría ubicarse en lo que Miguel de Unamuno calificó como “interrogante trágico”: el ser humano habitante de dos mundos en eterna tensión, el mundo de lo natural/inmanente –mundo de lo finito y perecedero– y el mundo de lo espiritual/trascendente –orden de los ideales y del ansia de inmortalidad–. En ese debate existencial transcurre la Vida Real: la vida de la lucha, el deseo, el anhelo... de realización propiamente humana.
Esa tensión existencial, que en buena medida conforma el núcleo temático del soneto, podría presentarse esquemáticamente, en los siguientes términos:


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En su célebre obra El sentimiento trágico de la vida, Unamuno señala: “… el ansia de no morir, el hambre de la inmortalidad personal, el conato con que tendemos a persistir indefinidamente en nuestro ser propio... esa es la base afectiva de todo conocer y el íntimo punto de partida de toda filosofía” (1912; p. 21).
Y agrega luego:
“Veremos cómo la solución a ese íntimo problema afectivo, solución que puede ser la renuncia desesperada de solucionarlo, es la que tiñe todo el resto de la filosofía. Hasta debajo del llamado problema del conocimiento no hay sino el afecto ese humano, como debajo de la inquisición del por qué de la causa no hay sino la rebusca del para qué, de la finalidad. Y ese punto de partida personal y afectivo de toda filosofía y de toda religión es el sentimiento trágico de la vida” (el resaltado es mío, RY) (Ibíd.).
Ahora bien, pareciera ser que la posición de Unamuno ante el “interrogante trágico”, se acerca más a la “apuesta pascaliana”, que a una posición nihilista, que por momentos se desliza en la poética de Banchs10:
“El sentimiento de la vanidad del mundo pasajero nos mete el amor, único en que se vence lo vano y transitorio, único que rellena y eterniza la vida. Al parecer al menos, que en realidad... Y el amor, sobre todo cuando  la lucha contra el destino súmenos en el sentimiento de la vanidad de este mundo de apariencias, y nos abre la vislumbre de otro en que, vencido el destino, sea ley la libertad” (Op. cit..; p. 70). Y en otro pasaje agrega: “La fe –señala, es pues, si no potencia creativa, flor de la voluntad, y su oficio es crear. La fe crea en cierto modo su objeto” (Op. cit.; p. 149).
Se podría postular incluso que esta fe unamuniana no coincide necesariamente con la fe teológica. Es la fe en la apuesta, en el Proyecto, en el sentido que inscribe lo trascendente en, y a través de lo inmanente.
Esquemáticamente la posición unamuniana podría representarse de la siguiente manera, en el Cuadrado Semiótico greimasiano. 
(Ver figura 2 al final del trabajo).


Según la concepción de Unamuno, el ser que cree, que apuesta es el verdadero ser emergente. Allí se supera de alguna manera el momento trágico.
Expresado en el Cuadrado Semiótico: lo TRASCENDENTE es lo INMANENTE NEGADO, por eso lo hemos denominado “salvación” /”apuesta”; mientras que lo TRASCENDENTE NEGADO corresponde a “caída”. En ambos casos se evoca ese movimiento activo, que justifica el lexema “SUJETO LIBRE” como término derivado.
Como se advierte, Banchs se posiciona desde otra perspectiva ante este mismo interrogante.  Parece ser más bien un interrogante abierto, desgarrado.
Una mera ojeada a la intertextualidad de su poesía nos lo pone en evidencia de inmediato (citamos a título ilustrativo fragmentos de distintos sonetos de La Barca):



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Inclusive el uso de los silencios que en el último verso del primer fragmento deja pendiente la métrica (de igual modo ocurre con el soneto que hemos elegido para el análisis), tiñe de ese sabor de falta, de incompletud que se desplaza además en cada uno de los términos. Es un yo que no ensaya respuestas, ni búsquedas. Un yo que parece entregado a la tensión trágica y desgarrada de su existencia.
En esa dirección pueden cotejarse también las “influencias” que el poeta ha tenido, según lo testimonian sus biógrafos y cultores. Entre ellas se destaca, para la revisión que nos ocupa, la de la filosofía de Nietzsche (fue no sólo un buen lector del filósofo alemán, sino también un traductor de su obra)11. Sorprende, por ejemplo, advertir la proximidad temática que se encuentra entre el soneto que hemos analizado, y la siguiente poesía breve de Federico Nietzsche:


HACIA NUEVOS MARES

Allí quiero ir; aún confío en mi aptitud y en mí. En torno, el mar abierto, por el azul navega plácida mi barca. Todo resplandece nuevo y renovado, dormita en el espacio y el tiempo el mediodía. Sólo tu ojo — desmesurado me contempla ¡oh Eternidad!
(Nietzsche, Hiperión, 2010).


Sin embargo, como se puede ver, si bien los elementos expresivos evocan de manera muy directa el soneto de Banchs que hemos analizado (la barca, el mar, la eternidad, etc.), 
no se evidencian aquí las mismas tensiones pasionales (o modales) que hemos identificado en aquel.
En el poema de Niestzche se advierte una posición exactamente inversa a la de Banchs: mientras que en el soneto la oposición modal se da entre el “querer y no saber (o no poder)” en el breve poema del filósofo alemán el enunciador se presenta con plena auto-confianza para afrontar la empresa que se propone. En términos modales: “quiere y puede”, lo que podría leerse incluso en dirección de la consagrada “voluntad de poder” que reivindicó en su concepción filosófica:


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El “miraje de playa” que desvela a Banchs, se presenta en Nietzsche como el “ojo desmesurado de la eternidad”, a la que sin embargo, parece confiado en alcanzar.
Cabe preguntarse si estas divergencias y convergencias entre Banchs y Unamuno, entre Banchs y Nietzsche, ¿hablan de su época, de su contexto histórico-social?, ¿son temáticas
universales, o se especifican de modo diferencial en cada contexto de los autores y referentes examinados? ¿El posicionamiento ante el anhelo de realizaciones, expresan la Alemania de Nietzsche y la Argentina de Banchs, por ejemplo? 
Resulta difícil una respuesta a estas cuestiones, desde las acotadas exploraciones que hemos realizado. Una revisión más exhaustiva de su obra, como de sus posibles influencias e intertextualidades, permitiría sin duda llegar a un análisis más profundo. 
Pese a ello, lo que puede advertirse es que, si se pretende “ir más allá” de la mera literalidad de la obra, se requiere ponerla en diálogo con otras voces, modelos, teorías… en el marco de las cuales pueden producirse los deslizamientos y proyecciones interpretativas, tal como lo señalamos al comienzo de este trabajo.


5. Conclusiones metodológicas


Finalmente, quisiéramos extraer algunas reflexiones metodológicas de alcance general. En primer término volver a advertir sobre el alcance limitado del análisis presentado. Como lo señalamos al comienzo, el objetivo de esta presentación fue estrictamente metodológico.
Los fragmentos analizados sirvieron de apoyo para explorar técnicas y tratamientos de material discursivo. Un abordaje sistemático de la obra de Banchs, requerirá un relevamiento exhaustivo de sus producciones literarias, en el marco del cual se justifique la selección del corpus a analizar. De esa manera, se podría evaluar con mayor precisión la recurrencia de temáticas, de recursos estilísticos, o las improntas de las corrientes literarias en su producción.
En esa dirección, se pueden reconocer procedimientos para la validación de hipótesis interpretativas, desde dos perspectivas no excluyentes entre sí: por una parte, los que podrían definirse como validación intra-sistémica; y por otra, como procedimientos de validación intersistémica (Ynoub, 2012). Para el caso que nos ocupa la primera correspondería a la identificación de convergencias semántico-formales al interior de un mismo texto o un conjunto de textos literarios de Banchs. Mientras que la validación inter-sistémica aludiría a los hallazgos que permiten poner en correspondencia (o en divergencias u oposiciones relevantes) los materiales focalizados en la investigación con otros materiales análogos o semióticamente semejantes (como lo hicimos de modo muy aproximado aquí con Unamuno y Nietzsche).
Para terminar, una última reflexión: ¿cuál puede ser la relevancia, e incluso la posibilidad misma, de una interpretación cuando de lo que se trata es de una producción artística como en nuestro caso la poética de Banchs? 
Brémond sostuvo alguna vez que “ante todo y sobre todo hay lo inefable [en la poesía] (...) Todo poema debe su carácter propiamente poético a la presencia, a la irradiación, a la acción transformante y unificante de una realidad misteriosa que denominamos poesía pura” (1926)12.
Conforme con esa concepción resultaría vana cualquier pretensión interpretativa, si por ella se entiende el propósito de captar “un sen tido” en la obra. Esta obra sólo puede sentirse, vivirse en la experiencia protagónica e incomunicable del arte.
Ahora bien, ante esta posición puede argumentarse que la experiencia estética (el sentimiento de fruición, de placer estético) no queda reemplazado, ni anulado por la experiencia intelectiva interpretativa (del tipo que hemos propuesto). Son dos órdenes de fenómenos, cada uno de los cuales tiene su especificidad, su alcance y sus condiciones de producción13
Una consideración que va en una línea próxima a la de Brémond también se encuentra en las críticas que ha formulado Laplanche a cualquier pretensión hermenéutica en el campo psicoanalítico. En un trabajo dedicado a revisar principalmente las ideas de Paul Ricoeur sobre la hermenéutica psicoanalítica, sostuvo:

[El psicoanálisis funda] “Un método estrictamente individual, que favorece las conexiones individuales, de elemento a elemento, las “asociaciones” en detrimento de toda auto-construcción y auto-teorización. El método es analítico en el sentido propio del término, asociativo-disociativo, desligante. Se lo podría llamar “desconstructivo” –y el término Rückbildung está muy presente en Freud– si la palabra no hubiese sido acaparada y aclimatada en una filosofía exógena. El rechazo por la síntesis, antes de ser una regla quasi moral en Freud (rechazo a la sugestión, rechazo a imponer sus propios ideales, aunque fuesen psicoanalíticos), es una abstención metodológica. La máxima profunda es la que señala que cuando uno sigue la vía de la síntesis, hace callar al inconsciente. Ahora bien, este descubrimiento se halla disfrazado, recubierto por el retorno de la síntesis, de la “lectura”, de la hermenéutica. Dicho retorno toma el nombre, en primer lugar, de tipicidad y de simbolismo, y se desvanece luego en los grandes ‘complejos’. Luego están todos los mitos supuestamente psicoanalíticos, que nos abruman. No es que se trate, con complejos y con mitos, de descubrimientos parcialmente psicoanalíticos. Pero estos descubrimientos están mal ubicados: ocultan el inconsciente en la teoría psicoanalítica, exactamente como lo ocultan en el ser humano. Puntualizaciones realizadas por el ser humano para dominar los enigmas” (1996; p. 14).

Laplanche entiende a la interpretación como operación de síntesis (en un sentido cuasi kantiano), la que, en tanto tal, se opone al análisis, que según él abre las asociaciones. Esas síntesis obturarían entonces el trabajo analítico.
A nuestro parecer, habría que distinguir, sin embargo, dos aspectos muy importantes en torno a estas cuestiones: por una parte la función de la interpretación en el marco de la técnica terapéutica (la podríamos llamar “interpretación en acto o enactiva”) y por la otra, la interpretación en el marco del proceso de la fundamentación analítico-teorética de esa técnica analítica, en el marco de la cual re-significa sus propias puntuaciones e interpretaciones enactivas. Estos dos contextos determinan posibilidades y alcances de la interpretación no reducibles entre sí. No es el mismo sujeto (aunque sea el mismo individuo comprometido en ello) el que interviene en el acto analítico, que el que teoriza y fundamenta ese acto analítico. En el mismo sentidoen que no es el mismo sujeto el que vive la experiencia estética de la obra poética, y el que teoriza reflexivamente sobre ella.


Por otra parte, Laplanche pareciera entender a la interpretación (o le adjudica esa concepción a Ricoeur) como “aplicación de códigos=símbolos”. Sin embargo, a nuestro entender, su crítica no hace justicia a la concepción hermenéutica que defiende Ricoeur. La tesis que hemos propuesto aquí se ubica en una línea próxima a las ideas ricoeurianas.
Postulamos la posibilidad de concebir al signo poético como un signo equívoco que demanda algún movimiento de develamiento, pero también como un signo multívoco, que está por lo tanto abierto a múltiples potencialidades de significancia –según contextos y condiciones de uso. Pero, a partir de ello, agregamos además que, asumida una perspectiva analítica, la tarea consiste en brindar evidencia –extraída del propio material analizado– que sustente y permita defender la interpretación conjeturada, que no pretenderá ser ni única, ni unívoca, en tanto ninguna interpretación podría agotar la potencialidad semántica de ningún tipo de material potencialmente significante (Ynoub, R., 2012, 2015). 
Probablemente estos postulados no resulten contrarios a los que una psicoanalista como Piera Aulagnier ha defendido como criterio también metodológico en el campo de la experiencia clínico-psicoanalítica: “Hasta el día de hoy por lo menos, ningún analista ha afirmado abiertamente que la teoría de Freud, o de cualquier otro jefe de escuela, no valiera el esfuerzo que haría falta para conocerla. Pero cuando se trata de mostrar, y en primer lugar de mostrarse a sí mismo, las condiciones que permitirían la aplicación de esta teoría en la práctica, sucede que oímos un diferente repique de campana. La práctica analítica de manera inesperada se convierte en la prueba de una imposible alianza entre el pensamiento teórico y el acto práctico. (…) El encuentro entre el sujeto y el analista no es el equivalente a no sé qué experiencia de goce inefable, ni la repetición de un encuentro inaugural entre el yo y el otro... Postulo en efecto demostrable este sumario de los hechos: si todo analista tiene el derecho de privilegiar esta o estotra opción teórica, y atenerse a las consecuencias que ella trae en su práctica, todo análisis exige que la haya puesto a la prueba de los hechos, que sea capaz de modificarla, que pueda apoyarse confiadamente en lo que debe conocer y dejar sitio a lo que sabe no conocer” (Aulagnier, 1986; p. 19).


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Bibliografía
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Notas
1 Este trabajo se inscribe en el Proyecto UBACyT “Hermenéutica y metodología: desarrollo y evaluación de metodologías para la investigación interpretativa”. Cód. 20020150100169BA, con sede en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Una versión preliminar del mismo se presentó en X Congreso Internacional de Psicología y Práctica Profesional en Psicología. XXV Jornada de Investigación. Décimo Cuarto Encuentro de Investigadores del MERCOSUR. Buenos Aires: Ed. Facultad de Psicología-UBA. 2018.
2 Poeta argentino (Buenos Aires, 1888-1968) considerado uno de los más destacados representantes de la lírica pura, aun cuando cronológicamente se vincule al modernismo.
3 El genuino estudio de su obra o su persona, requeriría situar alguna posición o perspectiva analítica (cualquiera sea ésta: psicológico-biográfica, literaria, filosófica, etc.) que permitiera examinarla y postular a partir de ella, las lecturas o hipótesis interpretativas.
Por otra parte, se requeriría también una exhaustiva revisión de su obra, para extraer el corpus a analizar.
Ninguno de ambos requerimientos se cumple acabadamente en esta presentación, ya que se utilizan sus producciones al sólo efecto de ilustración de las técnicas analíticas.
4 Dilthey describió esta idea en El surgimiento de la hermenéutica, en los siguientes términos: “partiendo de las partes debe comprenderse la totalidad de la obra, y sin embargo, la plena comprensión de cada parte debe presuponer ya la del todo” (Navarro González, 2001).
5 El enfoque de la Teoría Fundamentada (Glaser y Strauss, 1967), por ejemplo, no adopta un criterio a priori para la segmentación. En este marco la segmentación está
directamente vinculada a la codificación del material. Cada unidad textual se define en el proceso de la adjudicación de uno o más códigos. Un mismo fragmento
puede ser particionado de diferentes formas según sean las unidades de sentido que pueden adscribirse al mismo. De esa manera las fragmentaciones pueden realizarse en distintos niveles analíticos, a partir de los cuales se podrá luego integrar el material en síntesis interpretativas más agregadas. Strauss y Corbin (1990), sugieren también que para iniciar el análisis –en particular en el proceso de lo que llaman codificación abierta– el tratamiento puede partir de una fragmentación línea por línea.
6 Utilizamos el término lexema con una acepción un tanto libre, en el marco de la cual puede entenderse aproximadamente como equivalente a “palabra o término lingüístico”.
7 El concepto de “fema” corresponde al “rasgo fonológico” identificado por Roman Jakobson en su descripción de las categorías elementales (doce en total) que permiten describir los fonemas utilizados por todas las lenguas naturales existentes (ejemplos de estos rasgos son: sonoros vs no sonoro, vocálico vs. no vocálico; nasal vs. no nasal, etc.).
8 Se ha considerado a los trabajos de B. Pottier y E. Coseriu como iniciadores de la moderna teoría de la semántica estructural, y en particular de la teoría de los campos semánticos –continuando los desarrollos fundacionales de Trier (cfr. Martinez, M., 2001).
9 En el campo de la psicología cognitiva se ha estudiado el asunto de las redes y relaciones semánticas, en particular en relación con la problemática de la llamada memoria semántica, y buena parte de estas teorizaciones se muestran convergentes con desarrollos de la semántica lingüística y discursiva. 
10 Un comentarista de su obra, y en particular de La Barca sostuvo: “Su poesía es más intelectual que afectiva, más de la cabeza que del corazón” (Giusti, R., s/f. “Las barcas por Enrique Banchs”. Biblioteca Virtual Universal, recuperado: http://www.biblioteca.org.ar/ libros/300694.pdf). 
11 Publicó una versión de Ecce Homo en sucesivos números de la Revista Nosotros (cfr. Anadón, 2011).
12 Discurso sobre La poésie puré, leído el 24 de octubre de 1925 ante la Academia francesa.
13 Un filósofo como Gadamer emparenta, pese a ello, al arte con la verdad y el conocimiento. Según él, la experiencia estética es en sí misma, y por sí misma una experiencia intelectiva: “¿No ha de haber, pues, en el arte conocimiento alguno? ¿No se da en la experiencia del arte una pretensión de verdad diferente de la de la ciencia pero seguramente no subordinada o inferior a ella? ¿Y no estriba justamente la tarea de la estética en ofrecer una fundamentación para el hecho de que la experiencia del arte es una forma  especial de conocimiento? Por supuesto que será una forma distinta de la del conocimiento sensorial que proporciona a la ciencia los últimos datos con los que ésta construye su conocimiento de la naturaleza; habrá de ser también distinta de todo conocimiento racional de lo moral y en general de todo conocimiento conceptual. ¿Pero no será a pesar de todo conocimiento, esto es, mediación de verdad?” (Gadamer, 1993, p. 67).

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Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Roxana Ynoub

roxanaynoub@gmail.com

Doctora en Psicología. UBA.
Profesora Regular Titular. Cátedra de Metodología de la Investigación Psicológica II. Facultad de Psicología UBA.
Profesora Regular Titular Universidad Nacional de Lanús.
Directora del Doctorado en Ciencias Cognitivas. Facultad de Humanidades. UNNE