CONVERSANDO CON FERNANDO ULLOA

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Franca Trevisan
Luis Becco

Hoy, en representación de la Revista Diagnosis de la Fundación Prosam, conversamos con el Dr. F. Ulloa, médico y psicoanalista, sobre temas que nos interesan particularmente, ligados a la Salud Mental. Ulloa también ha sido un referente de la psicología institucional cercano a E. Pichon Rivière y su experiencia de Rosario. Nos recibe en su consultorio donde todo trasunta calidez y fuerza. Podríamos definirlo como un psicoanalista curioso, con sentido del humor y un tanto quijotesco. Esperamos que su pensamiento provoque en Uds. un efecto de descoloque como nos pasó a nosotros.  
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R.D.: Después de tantos años de trabajo. ¿Cómo se presentaría hoy? ¿Cuál es su área de trabajo?


Son preguntas que me hacen cada vez que hay una mesa redonda. Yo digo: simplemente psicoanalista. Lo que me caracterizó a partir de los años 70, luego de mi alejamiento de la APA fue el trabajo en el campo de los derechos humanos. Actualmente trabajo en la producción de salud mental en los equipos de salud. Una experiencia importante sobre la cual estoy trabajando es con la Residencia Integrada de Berisso, donde actúan 25 médicos residentes que reciben una formación de médicos generalistas, apoyados en clínicos y especialistas que son médicos de la planta del Hospital de Berisso, además de 11 trabajadores sociales y otro tanto de psicólogos que operan como psicoterapeutas. En total configuran 45 residentes que representan tres disciplinas diferentes, de ahí la denominación de residencias integradas para trabajar en condiciones adversas como las derivadas de la marginación.


Otro banco de prueba es en Oliveros, una colonia psiquiátrica ubicada a 30 Km de Rosario. De esta colonia salió el personal que integra la Dirección Provincial de Salud Mental. Ambas direcciones adoptaron una modalidad de conducción colectiva integrada por todos los niveles de trabajadores de Salud Mental desde enfermería a psiquiatría.


También superviso, en general por Internet, una experiencia piloto en Neuquén, se llama “Barriletes en Bandada”, se trata de unos cien chicos que ingresan con una edad de nueve a once años. Son chicos en alto riesgo y realmente es una experiencia donde el equipo, coordinado por la Lic. Marta Basile, está haciendo un trabajo excelente. 


Esta coordinadora participó, bastantes años atrás, en una experiencia comunitaria que, con representantes del área de la salud y la educación, coordiné a mi regreso al país, luego de vivir unos años en Brasil durante la tiranía militar. Barriletes en Bandada es una experiencia que la inscribo en el Observatorio de la Violencia en las Escuelas, cuyo consejo académico integro. Este consejo fue propuesto por el Ministerio Nacional de Educación, y estamos en gestiones para que dicho Ministerio reconozca la experiencia Barriletes en Bandada porque se trata de una experiencia, cuya metodología y bases conceptuales, resultaría fácil de repicar en otros ámbitos del país donde es muy importante la temprana prevención primaria en chicos de esta edad, antes que la situación cristalice en la adolescencia en obligados comportamientos más severos. Digo obligados porque lo que voy a decir parece un contrasentido, pero con frecuencia, en condiciones muy adversas como es la marginación, la Ética de sobrevida aproxima mucho la violencia. No se me escapa que ética y violencia configuran un oximorón en tanto términos antitéticos; pero este es el beneficio de la temprana prevención primaria.


El tema dominante es el psicoanálisis en los Derechos Humanos de la miseria y la manicomialización. 


R.D.: Vemos que su experiencia actual tiene que ver con problemáticas sociales, ¿Cómo ve a la sociedad Argentina desde ese punto de vista?


F.U.: Nuestra población está dividida entre un sector incluido en el sistema y además recluido en dispositivos de seguridad, como son los barrios protegidos, puertas blindadas, radio taxis, todos producto del miedo. Esto parece lógico porque desde la perspectiva obvia de los sectores incluidos, la cuestión se plantea en esta secuencia: inseguridad, violencia… y muy alejado, marginación social. Pero cuando investigamos estas cuestiones, en realidad el orden se invierte: exclusión social, como génesis de la situación, y luego el correlato de violencia e inseguridad. Este tríptico no solamente alcanza los sectores incluidos desde el punto de vista de la inseguridad, sino que tiene prevalencia como un real cultural en la propia marginalidad. 


Volviendo a los sectores excluidos, de los más elementales derechos ciudadanos y por supuesto carentes de todos los derechos humanos, la amenaza para todos es el fantasma de la indigencia que, efectivamente, pasa de amenaza a ser una realidad donde algunos “sobremueren” –porque no cabe decir sobreviven- en plena indigencia. Esta amenaza, y más cuando se concreta en realidad, embrutece. Pero cabe decir que la indiferencia de los sectores incluidos- recluidos comporta un brutal embrutecimiento –dicho así en redundancia- con efectos en la subjetividad, pues frente a nuestros conciudadanos  nos guste o no nos guste) carentes de los más elementales derechos, esta indiferencia es un lastre, en realidad debería decir peso muerto brutal, que compromete el destino del país.


R.D.: Ud. trabaja con lo que denomina numerosidad social ¿A qué se refiere con este concepto?


F.U.: En mi intento de conceptualizar la salud mental desde una óptica psicoanalítica, me resulta de particular utilidad, el dispositivo que denomino, numerosidad social, que me permite una presencia clínica y psicoanalítica directa no ya para “explicar el mundo” (Freud y muchos analistas han hecho valiosos aportes en este sentido), sino para intentar modificarlo –dicho parafraseando una conocida sentencia marxista aplicada a la filosofía-. 


Con lo anterior no pretendo pensar que el psicoanálisis va a salvar la cultura humana, pero cabe no desconocer su aporte. Concretamente la idea de numerosidad social surge a partir del uno a uno corporal –analista/analizantedonde el psicoanálisis fue puesto a punto por Freud y sus seguidores; dispositivo que sigue teniendo plena vigencia, aun en mi práctica. Pero cuando trabajo en el campo social, a esa dualidad se le suma corpóreamente, uno más uno más uno, etc. haciendo numerosidad. En la misma “cuentan tantos sujetos como sujetos cuentan”. El primer cuentan alude al requisito de que todo sujeto sea a la vez percibido y perceptor por y del resto de los integrantes; el segundo cuentan se refiere a la condición hablante de todo sujeto, donde la palabra pueda ser dicha y escuchada, vale decir palabra también ajustada a la reciprocidad. De lo anterior se desprende un hecho esencial para que esta numerosidad resulte un dispositivo básico para operar el psicoanálisis en el campo sociocomunitario: “el hecho de habla mirado”, lo cual configura una cierta puesta en escena con efecto dramatúrgico multiplicador de esta palabra mirada; en esta puesta en escena todos tienen la chance de ser espectadores y actores. Llamo a esta eficacia multiplicadora de la palabra efecto PER.


R.D.: ¿Qué posibilita ese efecto PER en el grupo?  


F.U.: El prefijo per puede ser definido como “intensidad emotiva-intelectiva sostenida en el tiempo”. Lo demuestran palabras como, persistente, permanente, perpetuo y aún perjudicial. Sin extenderme demasiado puedo decir que ese efecto per, dado en la numerosidad social tal como la entiendo, fragmenta la paradojal y aforística manera con que Freud presentó a la transferencia intertópica -“repetir (un conocimiento o un comportamiento) para no recordar”. Es obvio que la transferencia intertópica supone una palabra eficaz que facilita que lo inconsciente advenga conciencia. Dos cosas más al respecto. El proceso anterior, propio del capítulo de la memoria perelaborativa, se manifiesta en la práctica con un hecho de fácil observación: el incremento de las ocurrencias innovadoras, que acrecientan la inventiva inteligente en los “espectadores” frente al decir de los “actores”. A propósito tengo un recuerdo -algo folclórico- de mi infancia campesina. El personal que trabajaba en el campo solía reunirse antes o después del asado, y mientras circulaba el mate alguien de entre ellos contaba “un sucedido”, lo curioso es que en esa rueda era frecuente la emergencia de alguien que por efectos de lo escuchado, solía interrumpir, tal vez inoportunamente, el relato con una frase, que al menos queda en mi memoria como repetitiva “… ahora que dice…”  (Un equivalente del más culto “a propósito de”) siempre efectos de la palabra. Volviendo a mi experiencia, a medida que la gente habla, además un habla mirada, se producen ocurrencias que en general acrecientan los recursos de inventiva de ese grupo. El segundo comentario es técnico, esa numerosidad está acotada por el requisito indispensable de que mirada y palabra sean en reciprocidad. En este acotamiento radica la condición para armar un dispositivo básico para el abordaje clínico psicoanalítico del campo socio-cultural.   


En estas ruedas donde los sujetos hablan también ocurren fenómenos interesantes relacionados con aquellas cosas que nunca tuvieron representación, por ejemplo las primeras experiencias de la vida de un sujeto, ejemplificadas tal vez por un hambre, inadvertido por la madre, en un lactante pequeño. Sin duda una experiencia penosa; pero también la solución tiernamente adecuada y reparatoria, supone una experiencia gratificante. Ambas quedan inscriptas en el inconciente y cuando un hecho acontecido, tal vez por azar, resuena en las mismas como poniendo fonemas a las letras inscriptas, vuelven a resurgir en esa numerosidad, no ya como recuerdo, sino como un “toque de ánimo” frustrante o gratificante.



Todo ésto fragmenta, ese repetir para no recordar –para Freud un obstáculo para la memoria perelaborativa- que ahora tienen posibilidad de surgir como ocurrencias o como toques de ánimo.


R. D.: ¿Cómo trabaja en la institución?


F.U.: En primer término debo decir que el concepto numerosidad social engloba todo trabajo grupal, instituido o no, como así también los abordajes más comunitarios. Siempre privilegio el “estar psicoanalista”, atento a la posibilidad de responder a una demanda, en forma singular a la misma, y no tanto a ser psicoanalista. Suelo decir de este “ser psicoanalista” que es sólo un rumor por más títulos que se tengan. En castellano el verbo ser tiene dos raíces, “esse” en su significado de lo sustancial, lo esencial, lo que existe, en síntesis una totalidad. La segunda raíz, es “cedere”, cuyo significado más habitual es estar sentado. Un poco jocosamente se podría decir que ser psicoanalista remite, nada más y nada menos, que a una totalidad reinando desde su trono. Por supuesto es una chanza y tampoco establezco una diferencia sustancial entre ser y estar que vaya más allá de la inferencia clásica del psicoanálisis entre ser y tener. También incluyo en este estar psicoanalista la condición universal para todo sujeto: ser sujeto dividido.


Un analista es convocado por una institución, pero no es demandado desde su instrumental interpretativo. Esto seguramente le implica un sufrimiento. Pero estar inhibido en su rol interpretativo, obviamente de la neurosis de transferencia, no implica que dicho proceso no exista. Sustituyo esta legítima inhibición, por lo que denomino las tres interpretaciones. La primera es interpretar, en el sentido teatral, o sea desde la asunción de un personaje a partir de lo que no se hace, el rol de un psicoanalista. ¿Qué es lo que no se hace? No predica el psicoanálisis, sino que conceptualiza una práctica. No asume roles complementarios ausentes en el campo y por supuesto la abstinencia pertinente le irá dictando qué hacer o qué no hacer. Por otra parte deja estimular su pensamiento por los hechos, lo cual en buen romance significa que no practica ni predica teorías, sino que conceptualiza prácticas. La segunda interpretación es una verdadera lectura del campo de la misma manera que se lee un texto: lo que el texto dice, lo que no dice, lo que se contradice en el mismo texto y finalmente, la posibilidad de advertir lo secreto, tan próximo a los procesos transferenciales, pero nada dirá acerca de lo advertido, sería a riesgo de aproximar la interpretación de la neurosis de transferencia. No obstante habiéndolo advertido podrá manejar las cosas de forma tal que alguien le de estatus oficial poniendo lo secreto en palabra. Pichón Rivière diría que alguien denuncie lo secreto. Desde estas dos “interpretaciones”, rol y lectura; el analista se irá aproximando a las palabras pertinentes para decir de lo que ha percibido. Denomino a esta tercera interpretación “la estructura hablada de lo percibido”; casi una definición de lo que entiendo por una buena intervención psicoanalítica. 


R.D.: ¿Usted habla de instalar en el campo de la salud mental un debate crítico?


F.U.: Efectivamente, en el campo social como salud mental se debe posibilitar el debate crítico. No hay producción de pensamiento crítico si no hay procederes críticos. En un primer proceder se va creando un clima, ilustrado por algo que suelo plantear así: Cuando en el intercambio de ideas, la torpeza o la habilidad de alguien, remite a la propia experiencia universal que todos tenemos acerca de estas dos situaciones, el que escucha, si bien no acuerda con la torpeza sí sabe “qué le está ocurriendo al otro”, con lo cual no va a proyectar su propia torpeza acrecentando la del “torpe” escarchándolo como chivo emisario. Tampoco tenderá a convertir en líder carismático, frente al cual estar dependiente, a quien se presenta particularmente hábil. Lo esencial de esto es que este remitir a la propia experiencia de torpeza o habilidad, enfatiza la identificación introyectiva sobre la proyectiva; esto importa, y mucho, para que retroceda la intimidación y se vaya estableciendo un clima de resonancia íntima. Entonces lo que alguien dice resuena en el otro, o en los otros, en coincidencia o en disidencia, sin romper dicha resonancia. Si todo fuera en coincidencia el que habla sería un predicador y los otros estarían alienados en ese pensamiento. Es que la disidencia es un motor fundamental dentro de los debates críticos para acrecentar la consistencia y la validez de un pensamiento de esta naturaleza.


Un resultado respecto a la prevalencia de la introspección sobre la proyección, es que crea, literalmente, condiciones de contención, lo cual a su vez va favoreciendo una cultura autocrítica en cada sujeto, requisito éste imprescindible para autorizarse como crítico de alguien. Pero todo lo anterior apunta solamente a las condiciones culturales que facilitan ese debate. Será necesario, metodológicamente hablando, tratar de establecer consensualmente un analizador lo suficientemente abarcativo para que concite interés en todos, y lo suficientemente acotado para que el debate no sea ineficazmente cósmico. Agotado ese analizador, casi espontáneamente va surgiendo otro oportuno analizador. Así se va estableciendo, coordinación democrática mediante, una concatenación de analizadores que da coherencia al debate.  Cuentan también tres elementos bastante universales en estos ámbitos de trabajo donde en  general se trata de operar sobre equipos de salud pretendiendo acrecentar la salud mental; una salud mental con ccategoría de valor cultural, y también de variable política, y sobre todo, cuando se trabaja en condiciones adversas, sea por la miseria de la marginación, sea por el riesgo de manicomialización, esto último para las instituciones psiquiátricas, esta salud adquiere también el valor de un contra poder capaz de enfrentar con eficacia esas condiciones adversas. Curiosamente me valgo de una lectura de Nietszche que recuerdo desde mis jóvenes años. Él decía, más o menos, pues cito de memoria: Tiene poder quien vence los obstáculos que le impiden quererse a sí mismo; quien lo consigue adquiere un poder que no es opresivo ni para sí, ni para los otros; esencialmente un poder que trasciende a través de los hechos. En síntesis, quien cuida de sí mismo, acrecienta la satisfacción de poder hacer. Ésto aproxima bastante la idea de contra poder como calidad de la salud mental. 


En estos ámbitos adversos hay tres condiciones a las que necesariamente debe ajustarse un clínico: a veces se toman medidas correctas, y en ocasiones consensuadas. También se debe enfrentar una amplia franja de dudas con respecto a qué hacer. Pero la tercera condición que parece inesperada es que con frecuencia lo que pareció correcto, y aun consensuado, resulta un grosero error con distintos grados de gravedad. Sobre esto último centro en especial mi trabajo promoviendo un debate crítico esclarecedor. Pero aquí no se escracha nadie, porque estas son las leyes de campo, pero tampoco se hace la vista gorda. Se analizan las causas, aun las implicancias personales de quienes cometieron el error. Por supuesto el trabajar de esta manera va angostando la franja de las dudas y sobre todo va creando un equipo muy consistente capaz de sustituir la falta de una adecuada complejidad en las instituciones hospitalarias existentes en estos medios. Solamente voy a mencionar lo siguiente, sería muy largo explicarlo. En estos equipos con el tiempo, se puede conseguir la producción de una inteligencia colectiva. Por el momento defino esta producción de una manera algo provisoria y compleja: Se trata de crear colectivamente, una funcionalidad intelectual pública. Los primeros beneficiados son quienes la producen. No siempre se alcanza este cometido, pero de lograrlo no sólo esto resulta una expresión en alto grado de producción de salud mental, sino que la misma confiere a los operadores clínicos un cierto carisma, necesario para poder tener incidencia beneficiosa en una mejor organización social, sobre todo en términos de salud mental, sobre las comunidades con las que se trabaja. 


R.D.: De las cosas que anteriormente ha dicho, se deduce que la Salud Mental, es poder hacer, y suponemos que también poder salir del padecimiento hacia la pasión que lucha, cuestión que usted plantea con frecuencia. ¿Qué nos puede decir al respecto? 


F.U.: Me interesan 3 cosas básicas para reconceptualizar de la salud mental.


1) Desanudamiento de la idea psicoanalítica del malestar. En “El malestar de la cultura” escrito por Freud es una obra formidable. Suelo señalar que ese título, insisto que me refiero al título, resulta una ecuación donde malestar es equivalente a gravamen o precio para acceder a una cultura social sublimada. Es precio del deseo y la libertad postergada, en función del bien común. Esa postergación hace del sujeto una hechura sofisticada, valiosa de esa cultura. Pero al mismo tiempo esa postergación de parte del deseo y la libertad, legaliza el caudal de libertad deseante impidiendo que la libertad se transforme en un delirio libertario; merced a ese caudal el sujeto será un protagónico hacedor de la cultura. La tensión dinámica entre ser simultáneamente hechura y hacedor, es un motor social de la cultura.


Luego de este título Freud escribió un texto que alude a la historia de la civilización o más bien a la “barbarie civilizadora” desde los primeros esbozos de la cultura. Al respecto una frase ingeniosa de Freud sostiene, que la primera vez que dos grupos desconocidos se cruzaron y que en lugar de las piedras, las lanzas o las flechas, intercambiaron insultos, comenzó la cultura. Es decir, comenzó el intercambio de palabras, con lo cual la barbarie no quedó resuelta. Pero tampoco hubo ahí guerra, como no sea la de las palabras.


El valor de este texto, que siguió al título que he comentado, es que pareciera que Freud se propuso negarse a aceptar todo lo que niega los hechos tal como fueron. Pero en realidad él escribió, bajo el título de “Malestar de la Cultura”, un malestar hecho cultura que yo conceptualizo como cultura de la mortificación. Habitualmente un grupo me convoca desde ese malestar hecho cultura y mi trabajo apunta a alcanzar una sublimación en términos de salud mental, que se corresponde a la ecuación malestar de la cultura, o más concretamente, a la tensión dinámica, como motor cultural, de esa simultaneidad, donde cada sujeto es a la par, hechura y hacedor de la cultura. O sea, parto de la patología, o sea del phatos, para ir a la sublimación.  


2) Además de ese desanudamiento entre malestar de la cultura y malestar hecho cultura en la reconceptualización de la salud mental, desde la perspectiva del psicoanálisis, también establezco la diferencia que frente al sufrimiento tiene un sujeto o un colectivo. O hay una actitud de resignado padecimiento o hay una actitud de lucha, donde el padecimiento se ha hecho pasión. 


En el orden colectivo grandes sectores de la comunidad se encuentran resignados, en lo que ya he mencionado como la cultura de la mortificación. Mortificación es un término que no solamente alude a sufrimiento, sino que sugiere luz mortecina, aquella que corresponde a la alienación. En ella prevalece la queja que nunca accede a protesta, también la infracción que nunca se hace transgresión. La transgresión es fundadora, funda una teoría revolucionaria o al menos revulsiva; también funda la toma de conciencia y la ruptura epistemológica, finalmente funda la Fiesta. 


En el orden individual los sujetos que integran esa cultura mortificada están afectados en diferentes grado del síndrome de padecimiento: pérdida de coraje, pérdida de lucidez, dado que el sujeto, subordinado a la costumbre y donde lo que prevalece es la renegación, negar y negar que se niega, una verdadera amputación del aparato perceptual que lleva al sujeto a no saber a que atenerse, por lo que inexorablemente se atiene a las consecuencias. El tercer trípode de ese síndrome sintomático es el desadueñamiento del cuerpo, que en las situaciones graves, sólo mantiene movimientos como reflejos defensivos, pero carece del contentamiento que provienen de las acciones elegidas. En última instancia el síndrome de padecimiento implica tres pérdidas en distintos grados: valentía, lucidez intelectual y alegría. La experiencia muestra que cuando se recuperan el contentamiento es más posible que se recupere valor. La lucidez, tanto psíquica, como político-cultural, es un largo proceso de elaboración que se ve favorecido si antes han cedido los otros dos componentes del síndrome. La experiencia con los piqueteros, tema complejo si los hay, muestra como lo primero que recuperan son los movimientos elegidos y el contentamiento que de sus acciones se desprende, les da coraje. Tal vez para dramatizar, elocuentemente, en los cortes de calles, que tanto puede llegar a fastidiar, como ellos tienen cortada toda salida. Por otra parte el padecimiento no puede quedar reducido al ámbito clínico, donde tal padecer está a un paso de la pasión que lucha. La pasión proviene de padecer, sólo cambia la c por la s de sujeto o de sufrimiento, frente al cual no hay resignación.   


El problema es como se inscribe esa salud mental en la cultura; se trata que la salud mental no quede reducida al ámbito clínico, sino que acceda a un nivel socio-político como hecho cultural. 


Habíamos hablado de la pasión inherente a la lucha, pero la misma no garantiza nada, salvo que se sujete -por lo menos en mi experiencia a lo que yo llamo las tres maneras de estar afectado:


1) Uno está afectado, en primer término, en sentido vocacional. Por ejemplo, como analista, mi vocación también incluye el campo social.


2) También estar afectado, es estar contagiado, involucrado. Sin esta actitud afectiva no se organiza la necesaria empatía clínica, pero esto, como veremos después, implica toda una cuestión a resolver. 


3) Finalmente estar afectado, lo es a las leyes del oficio. Pero cuando las leyes del oficio no alcanzan para solucionar un problema clínico, si es que de la clínica estamos hablando, es legítimo transgredir, atento a que entre la transgresión y lo transgredido atraviesen una solución creativa y no una arbitrariedad. Toda una situación ética que en general no la puede resolver el clínico, puesto en trance de transgredir, en busca de una solución, sino que debe ser evaluada colectivamente por todo el equipo. En el retorno del “péndulo clínico” de estos tres momentos del estar afectado, partiendo desde las leyes del oficio, tal vez enriquecido legítimamente por la trasgresión creativa, estas leyes harán del involucramiento, estructura sublimada del oficio. Se trata de advertir que el operador clínico debe siempre buscar lo que llamo el punto clínico de facilidad relativa, para desde allí aportar soluciones o por lo menos desopacar el pensamiento de los que están, con frecuencia, en algún grado de encerrona trágica. En este hacer de la pasión estructura de demora, es fundamental el concepto psicoanalítico de abstinencia, es más, también lo juega la pertinencia, ajustada a la singularidad sobre la que se está operando. Finalmente cuando el péndulo llega al primer estar afectado, en el sentido vocacional, el retorno del péndulo hace de la profesión, oficio. Un oficio es una manera de vivir, y hasta agregaría, que es una legítima pasión por uno mismo. Si en la profesión legítimamente, uno es lo que hace, en este nivel de capacitación hay circunstancias en que resulta legítimo hacer lo que uno es.


Un comentario más. En toda práctica hay factores vocacionales y factores ocasionales. Como las ocasiones no suelen abundar, también entran en juego. Si la ocasión marca “hombre a hombre” a la vocación, es posible que el oficiante sienta que está haciendo un trabajo espurio, alejado de su vocación. En cambio si la vocación marca la ocasión, ocurre lo que ilustra una anécdota del poeta José Pedroni. Él amaba la poesía, pero trabajaba como tenedor de libros en una empresa. Un día hablando con él me dijo, “Amo este trabajo de cuatro horas, pues me permite mantener a mi familia, ser comunista, pero además ser poeta. En algún momento de inspiración escribo un verso en el libro mayor de contabilidad; mis empleadores al principio se sorprendían y ahora buscan los versos…”. Un ejemplo de una vocación poniendo sus marcas en la ocasión.  


R.D.: ¿Cómo piensa Ud. el concepto de encerrona trágica al que usted recurre con frecuencia?


F.U: El paradigma de la encerrona es la mesa de torturas. En realidad comencé a poner a punto esta figura, siempre en el campo de los Derechos Humanos, con los familiares de desaparecidos que se debatían sufriendo cruelmente entre la ansiedad porque sus familiares todavía vivan y la atroz convicción del tormento que estarían sufriendo. Pero el paradigma más claro de esta encerrona trágica, insisto, es la tortura. Quien está torturado está agobiado por el peso del tormento sobre su cuerpo, aquí la crueldad proviene de crúor, en latín sanguinolento. Ahí corre la sangre; en cambio el familiar sufre cruelmente. Se diría una crueldad adverbializada, no corre sangre, tal vez lágrimas de sangre, pero el sufrimiento no es menor. Impotente para prestar ayuda, pues tal como ocurrió en épocas del terrorismo de Estado, la justicia difícilmente podía ser de tercero de apelación. Y esto no significa pensar solamente en jueces cómplices, que los hubo, los que se jugaron también estaban reducidos a la impotencia. Sin tercero de apelación, la encerrona trágica, que no solamente alude a la tortura, se organiza en dos lugares. Por un lado la fortificación del represor o del indiferente frente al debilitamiento del reprimido. Entonces debe entenderse como encerrona trágica toda situación donde alguien para vivir, trabajar, etc. depende de algo o alguien que lo maltrata o que lo distrata, sin tomar en cuenta su situación de invalidez. El afecto específico de la encerrona trágica no es específicamente lo siniestro, sino el dolor psíquico que puede llegar a ser atroz, quien lo sufre no alcanza a advertir una salida, ninguna luz al final del túnel. En cambio lo siniestro está ilustrado por un niño del que se han apropiado, tal vez, los responsables de la desaparición de sus padres y en la captación esponjearia que todo niño tiene, advierte que esta viviendo “familiarmente” con un secreto atroz. Ese niño en su invalidez infantil rechaza y secretea aún mas el horror de lo que advierte, de ahí deviene el efecto siniestro, sabiendo que en alemán, idioma de Freud, lo familiar cuando está precedido –lo digo en castellano- de la partícula in, que lo hace infamiliar, adquiere la connotación de siniestro; en realidad se termina viviendo familiarmente aquello que por hostil y arbitrario es la negación de toda condición familiar amiga. 


R.D.: ¿De qué se ocupa la clínica de la Salud Mental?


F.U: En términos sencillos y pensando en el síndrome de padecimiento, ya señalé la importancia de recuperar el contentamiento, de la mano de éste se recupera valentía. Pero fundamentalmente se trata de visualizar a la salud mental como algo diferente a la enfermedad del mismo apellido, pero no lo contrario, pues mal podría ser lo contrario de la enfermedad lo que en la práctica constituye un recurso que optimiza cualquier recurso terapéutico. Lo contrario de la enfermedad mental, tal vez puede ser visualizado por lo que llamo, la cultura de la mortificación. Todo esto está ilustrado por la relación clínico-paciente. Hay relaciones iatrogénicas y también las que empiezan a curar por presencia.


La lucidez, como eje del síndrome de padecimiento y también de la mortificación, implica un largo proceso. Finalmente es de buena práctica clínica, ajustado a la salud mental, la preocupación por no practicar teorías y menos predicarlas, se trata de conceptualizar las prácticas y los resultados. La teoría, mejor si es de nivel excelente, ocupa su lugar fundamental en esta conceptualización. 


R.D.: Ud. habla de 5 condiciones de la eficacia clínica en su libro (Novela Clínica Psicoanalítica. Historial de una práctica): Capacidad de predicción. Actitud no normativa; Posibilidad de establecer relaciones insólitas entre aspectos contradictorios del paciente. Definición por lo positivo en el sentido de definición por lo que es y no por descarte de lo que no es. Coherencia entre teoría y práctica o entre ser o decir. ¿Cómo las piensa en la actualidad?


F.U.: Pienso que en los tiempos que fui Docente de la UBA, en la Facultad de Psicología, fui acuñando conceptos tales como el que motiva esta pregunta. No eran aforismos, pero en parte buscaban el mismo antiguo efecto de transmisión que se atribuye a los sabios prefilosóficos; ellos apelaban a la retórica aforística  para la transmisión oral, obviamente la escritura era ardua y difícil por entonces.     


Precisamente de los aforismos me ocupo en el libro donde está el concepto sobre el que me preguntan; explícitamente la idea surgió en el tramo final de mi docencia universitaria, antes de que fuéramos expulsados muchos de los docentes de las distintas facultades; ya próxima la tiranía militar. En ese tramo final fue donde, con los alumnos y profesores, implementamos un dispositivo de “Asamblea Clínica” que considero el más valioso banco de pruebas en el que comenzó a cimentarse mi práctica clínica en la numerosidad social. Fue ahí donde se fue forjando este concepto sobre el que me preguntan, junto con otro que llamé los roles básicos, esenciales a ser cubiertos en todo equipo. Ambos conceptos con el tiempo fueron importantes en la construcción de pensamiento crítico en ámbitos colectivos o lo que aforísticamente y un tanto provisorio por lo largo del título: La construcción colectiva de una funcionalidad intelectual pública.  


Es en el mismo valor que lo que vengo diciendo, tienen conceptos tales como la numerosidad social, la encerrona trágica y el dolor psíquico, a los cuales ya he aludido. No puedo detenerme en desarrollo de lo que ustedes me preguntan y de lo que yo he agregado porque haría muy extenso este reportaje. En todo caso esto figura en el libro que ustedes mencionan. Un último comentario final: todos estos conceptos son herramientas para hacer masa crítica, en el público, no sólo en los equipos, acerca de la importancia de la salud mental concordante con una sociedad democráticamente organizada. No en vano el prólogo que preside la Constitución, se propone “…promover al bienestar de la población…”. Algo no ajeno a esta idea de salud mental.

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