EL PROBLEMA DE LA FEMINIDAD EN EL PSICOANALISIS FREUDIANO

Contenido principal del artículo

Mario Martin Gomez
Gabriela Porta

La sexualidad femenina fue concebida por Freud como naturalmente compleja justificando esta conceptualización por dos causas, a saber: la primera, alude al abandono que debe acontecer llegada la niña a la pubertad de la zona erógena clitoridiana por la zona erógena vaginal; la segunda refiere al reemplazo del objeto materno por el objeto paterno. De la producción adecuada de estas dos tareas impuestas por la evolución biológica dependerá para el psicoanalista que la niña se convierta en una “mujer normal”. Sin embargo, fundamentar la génesis de la feminidad en el supuesto desarrollo natural de la sexualidad de la sujeto, como pretendió el psicoanálisis freudiano, implica obviar la importancia de los factores históricos y sociales en la constitución de la identidad genérica. Por tanto, unos de los principales objetivos del presente trabajo será demostrar la insuficiencia de la distinción de los géneros basada en la diferencia sexual de la personas.
Palabras clave: feminidad, psicoanálisis freudiano, sexualidad, identidad genérica.


Introducción

El problema de la distinción de las personas en dos géneros, masculino y femenino, fue planteado por Freud con anterioridad a los escritos de las teóricas feministas contemporáneas, como las siguientes palabras del psicoanalista expuestas en su obra La Feminidad lo confirman: “masculino o femenino es la primera diferenciación que hacéis al enfrentaros con otro ser humano, y estáis acostumbrados a llevar a cabo tal diferenciación con seguridad indubitable" (Freud 1981: 3165).


Para Freud no resulta suficiente la distinción de la identidad genérica de los individuos de acuerdo a sus atributos sexuales, como tradicionalmente se creía, dado que no siempre se observa la adaptación de la función sexual a la constitución anatómica, como por su parte, lo confirma la propia ciencia biológica. Al respecto, señala el psicoanalista, “La ciencia anatómica comparte vuestra seguridad hasta cierto punto, pero no más allá. Masculinos son el producto sexual masculino, el espermatozoo y su vehículo, femeninos el óvulo y el organismo que los hospeda. En ambos sexos se han formado órganos exclusivamente adscriptos a la función sexual. Y luego la ciencia (...) os advierte que ciertos elementos del aparato sexual masculino son también, aunque atrofiados, parte integrante del cuerpo femenino, e inversamente. La ciencia ve en esta circunstancia el signo de una bisexualidad como si el individuo no fuera hombre o mujer sino siempre ambas cosas sólo que alternativamente una más que otra. Más como de todos modos una persona no integra sino una sola clase de productos sexuales, óvulos o espermatozoos, dudaréis ya de la significación decisiva de tales elementos y concluiréis que lo que hace la masculinidad o la feminidad es un carácter desconocido que la anatomía no puede aprehender” (Freud 1981: 3165).


Del mismo modo, definir la feminidad o la masculinidad de acuerdo a las características anímicas o psicológicas de las personas sólo implica trasladar la teoría de la bisexualidad al campo psicológico, como el propio autor de La feminidad lo expresa con las siguientes palabras: “Estamos acostumbrados a emplear los conceptos masculino, femenino también como cualidades anímicas y hemos transferido a la vida psíquica la teoría de la bisexualidad. Decimos que un ser humano sea macho o hembra se conduce masculinamente en tal punto y femeninamente en tal otro. Pero no tardaréis en daros cuenta de esta mera docilidad con la anatomía y la convención. La diferenciación no es de orden psicológico" (Freud 1981: 3165).


De este modo, el fundador del psicoanálisis pone de manifiesto la dificultad de una conceptualización biológica o psicológica de la feminidad y de la masculinidad al mismo tiempo que revela la disposición natural a la bisexualidad existente en todo ser humano, siendo ésta última afirmación revolucionaria para la teorización occidental de la sexualidad conocida hasta ese momento.


Sin embargo, a pesar del reconocimiento del carácter bisexual de los individuos, que se manifiesta principalmente en las fases tempranas de la sexualidad, el psicoanálisis freudiano presupone la evolución normal de los sexos, y por ende, el surgimiento de la identidad genérica; contradiciendo esta observación sus intenciones originarias de demostrar la complejidad de toda distinción de los géneros basada en los atributos sexuales y psíquicos de las personas.


 


La concepción freudiana de la feminidad 

Para Freud existe, entonces, una evolución biológica natural que determina al mismo tiempo que explica la feminidad normal, dado que como él mismo reconoce: "en la disposición de los instintos aparecen diferencias que dejan sospechar lo que luego va a ser la mujer. La niña es regularmente menos agresiva y obstinada y se basta menos a sí misma, parece tener más necesidad de ternura, y ser por tanto, más dependiente y dócil" (Freud 1981: 3167).


Sin embargo, el psicoanalista reconoce también la importancia de las influencias sociales en la constitución de la feminidad que sustraen a este concepto del carácter biologicista o psicologista que tradicionalmente se le asignaba. Dice el autor de La feminidad: "Pudiéramos pensar en caracterizar psicológicamente la feminidad por la preferencia de fines pasivos. Lo que acaso sucede es que en la mujer, y emanada de su papel en la función sexual, una cierta preferencia por la actitud pasiva y los fines pasivos se extiende al resto de su vida. Pero a este respecto debemos guardar de estimar insuficientemente la influencia de las costumbres sociales que fuerzan a las mujeres a situaciones pasivas. Todo esto permanece aún muy oscuro. No queremos desatender una relación constante sobre la feminidad y la vida instintiva" (Freud 1981: 3166).


De todos modos, Freud concluye que la feminidad normal está sujeta a la aceptación de la pequeña mujer de su inferioridad biológica natural, es decir, depende de la resolución del complejo de castración.


 


La critica existencialista a la concepción freudiana de la feminidad

En su obra El segundo sexo Simone deBeauvoir objeta la concepción freudiana de la sexualidad femenina, y por ende, de la feminidad, dado que éstas están basadas en el estudio del modelo sexual masculino. De este modo, lo expresa la propia autora: "Freud no se ha preocupado mucho del destino de la mujer: está claro que ha calcado su descripción sobre la del destino masculino, del cual se ha limitado a modificar algunos rasgos (...) admite que la sexualidad de la mujer es tan evolucionada como la del hombre, pero no la estudia para nada en sí misma" (Simone de Beauvoir 1987: 62 T.I).


A la par Beauvoir afirma la inexistencia de la mujer concebida como esencia metafísica o biológica. En todo caso, aclara: “Cuando empleo las palabras “mujer” o “femenino” no me refiero evidentemente a ningún arquetipo, a ninguna esencia inmutable; tras la mayor parte de mis afirmaciones hay que sobrentender que se formulan “dentro del estado actual de la educación y de las costumbres” (Simone de Beauvoir 1987: 9 T.II).


Más bien, la feminidad se explica para la autora de El segundo sexo como el resultado de determinadas concepciones sociales e históricas y no por la prescripción de leyes biológicas como sostiene Freud al defender la tesis de una compleja evolución natural que permite la aparición de la “mujer normal”. En palabras de Beauvoir: "Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino" (Simone de Beauvoir 1987:13 T.II).


Sin embargo, un defensor de la teoría psicoanalítica podría objetar a la pensadora francesa con palabras de su creador que "a la peculiaridad del psicoanálisis corresponde (...) no tratar de describir lo que es la mujer -cosa que sería para nuestra ciencia una labor casi impracticable- sino investigar cómo de la disposición bisexual infantil surge la mujer" (Freud 1981: 3166).


A esta objeción la autora de El segundo sexo le respondería seguramente que el resultado de dicha disposición bisexual está ya prescripto por la sociedad, de modo que el psicoanálisis freudiano lejos de realizar un análisis objetivo de las disposiciones biológicas que explican la aparición de la “mujer normal”, reproduce la concepción de la mujer y de la feminidad legitimada por la cultura Occidental.


Para la teoría freudiana la futura mujer es el producto de una compleja evolución de su sexualidad la cual implica la realización de dos tareas fundamentales que no se le presentan al niño en su proceso evolutivo sexual. Es decir, "en el curso del tiempo, la muchacha debe cambiar de zona erógena y de objeto, mientras que el niño conserva los suyos. Surge entonces la interrogación de cómo se desarrollan tales cambios y particularmente la de cómo pasa la niña de la vinculación a la madre a la vinculación al padre, o dicho de otro modo, cómo pasa de su fase masculina a la fase femenina que biológicamente le está determinada" (Freud 1981: 3168).


Sin embargo, para Simone de Beauvoir estas tareas que el psicoanálisis freudiano considera necesarias para el desarrollo satisfactorio de la sexualidad normal, en realidad, ocultan los prejuicios de esta teoría sobre la feminidad. Si la niña vivencia el reemplazo de la zona clitoridiana por la zona vaginal como doloroso y conflictivo, siendo esta la primera tarea establecida por los mandatos psicoanalíticos freudianos, se debe a los prejuicios y las valoraciones negativas que padres y educadores le han transmitido sobre su oculto órgano genital.


En cambio, estos mismos adultos manifiestan al niño, desde su más temprana infancia, la importancia de sus genitales, y por ende, de su masculinidad, estableciendo así una valoración y jerarquización de los géneros basada en la importancia de los sexos. Al respecto, Simone de Beauvoir señala: "se le insufla el orgullo de su virilidad, y esa noción abstracta adquiere para él una figura concreta que se encarna en el pene; el orgullo que experimenta a propósito de su pequeño sexo indolente no es espontáneo, pero lo siente a través de la actitud de su entorno" (Simone de Beauvoir 1987: 16 TII). En cambio, "La suerte de la niña es muy distinta. Las madres y nodrizas no tienen para con sus partes genitales reverencias ni ternuras de ninguna clase, ni atraen su atención sobre este órgano secreto del cual sólo se ve la envoltura y no se deja empuñar: en una palabra: no tiene sexo" (Simone de Beauvoir 1987: 17 TII).


Por tanto, la valoración social de la sexualidad tiene una importancia fundamental, como nos advierte la pensadora francesa, para el desarrollo sexual y personal de la futura mujer. Valoración no reconocida, en cambio, por el psicoanálisis freudiano dada su reducción de la vida psíquica y subjetiva de ésta a sus conflictos sexuales.


Por otra parte, la resistencia de la pequeña mujercita a aceptar su zona erógena vaginal como la zona dominante de su sexualidad y, por ende, abandonar la etapa fálica, cumpliendo así la segunda tarea impuesta por la evolu-ción sexual normal, sólo se explica para Beauvoir por el desconocimiento de la potencialidad de su propio sexo.


Por tanto, los conflictos sexuales de la pequeña niña no se resuelven con la aceptación del complejo de castración, como sostiene Freud. En todo caso, el desprecio que experimenta la niña por su propio sexo al descubrir el del niño debe entenderse como el resultado de prejuicios y valoraciones previas al conocimiento del cuerpo extraño, como comentamos anteriormente, y no dar por supuesta la decepción que ésta padece y vivencia ante su propia corporalidad.


Así el conocimiento de los genitales masculinos puede no ocasionarle a la pequeña, como señala Beauvoir, más interés o más deseo que el manifestado por cualquier otro objeto, es decir, "esa excrescencia, ese frágil tallo de carne puede no inspirarle nada más que indiferencia, y hasta repugnancia; la codicia de la niña, cuando aparece, resulta de una valorización previa de la virilidad: Freud la da por aceptada, cuando habría que explicarla" (Simone de Beauvoir 1987: 64 TI).


Del mismo modo, la existencia en la pequeña de un sentimiento de “falta” o de “envidia fálica” se explica también como una consecuencia de la exaltación que la familia y la sociedad hacen de la masculinidad. En palabras de Beauvoir: “la niña sólo envidia el falo como símbolo de privilegios acordados a los varones; el lugar que ocupa el padre en la familia, la preponderancia universal de los machos, la educación, todo la confirma en la idea de la superioridad masculina” (Simone de Beauvoir 1987: 66 TI).


En cambio, para el psicoanálisis freudiano la “envidia fálica” sólo es causada por la pretendida inferioridad biológica de la potencial mujer y nunca por su verdadera inferioridad social y familiar. Sin embargo, el desprestigio de la feminidad para la niña no se explica por el conocimiento de la diferencia sexual, como bien advierte la pensadora francesa, sino lo que en verdad la atemoriza es su destino social. Es decir, teme que algún día "será esposa, madre y abuela cuidará su casa exactamente como lo hace su madre, y a sus hijos así como ella ha sido cuidada; tiene doce años y su historia ya está escrita en el cielo; la descubrirá día a día, sin hacerla jamás; es curiosa, pero se siente espantada cuando evoca esa vida cuyas etapas han sido ya todas previstas y hacia la cual cada jornada la encamina ineluctablemente" (Simone de Beauvoir 1987: 43 TII).


Por otra parte, si existe en el período preedípico de la mujercita cierta identificación con el padre, ésta debe comprenderse como el resultado de la veneración que la escuela, la familia y la sociedad en general le inculcaron por la masculinidad. En palabras de Beauvoir: “La soberanía del padre es un hecho de orden social, y Freud fracasa al explicarlo; él mismo confiesa que es imposible saber qué autoridad ha decidido en un momento de la historia que el padre la conseguiría por sobre la madre” (Simone de Beauvoir 1987: 65 TI).


Sin embargo, el desarrollo de la feminidad descrito por Freud exige finalmente a la “mujer en germen” el abandono de toda identificación con la masculinidad, es decir, la pequeña deberá rechazar las dos únicas alternativas o vías posibles a la sexualidad normal admitidas por la teoría freudiana: la primera consiste en el rechazo de la castración, es decir, se resiste a aceptar su condición femenina para insistir sobre su masculinidad; y la segunda, en negar toda identidad genérica debido al complejo de inferioridad causado por el descubrimiento de su propio órgano sexual lo que la lleva a renunciar a toda sexualidad.


El verdadero camino hacia la sexualidad normal consiste entonces para Freud en que la futura mujer acepte finalmente su condición femenina, revelada por la castración, es decir, que asuma la inferioridad de su sexo renunciando así a la madre y abandonando toda identificación con el padre y, por ende, con la masculinidad en general.


Del siguiente modo, es explicado este camino por el propio Freud: "Sólo una tercera evolución bastante compleja conduce en definitiva a la actitud femenina normal, en la que toma al padre como objeto y alcanza así la forma femenina del complejo de Edipo. Así, en la mujer dicho complejo representa el resultado final de un prolongado proceso evolutivo; la castración no lo destruye sino que lo crea" (Freud 1981: 3080).


Sin embargo, el verdadero drama de la niña al llegar a la pubertad no es sexual, como bien advierte Beauvoir, es decir, no consiste en el reemplazo del objeto sexual materno por el paterno o, en otras palabras, en la aceptación de la castración. El grave problema que la pequeña mujercita debe realmente enfrentar es su ingreso al mundo masculino, es decir, su enfrentamiento con el poder social y político de los hombres.


Por tanto, uno de los grandes errores del psicoanálisis freudiano al abordar el problema de la feminidad fue, como señala la autora de El segundo sexo, explicar la sexualidad femenina a partir de la sexualidad masculina. Esto implica que esta teoría conciba el sexo femenino como “incompleto” o “mutilado” y no como es en sí mismo. Otro grave error también señalado por Beauvoir es la falta de un estudio crítico e independiente de la existencia de una “libido femenina”, o con otras palabras, el no reconocimiento de deseos sexuales femeninos que explicarían de un modo más satisfactorio los vínculos sexuales de la mujer con su otro sexo y con el propio.


Por otra parte, la negación de la “libido femenina”dificultó al mismo análisis freudiano la explicación de la aceptación de la castración de la niña y su entrada al complejo edípico. Particularmente la explicación de éste último complejo resulta muy oscura prescindiendo del reconocimiento del deseo sexual de la mujer. Sin embargo, el psicoanalista no sólo negó la existencia de una “libido femenina” sino también la atracción de los sexos con los siguientes términos: “La solución sería idealmente sencilla si pudiéramos suponer que a partir de cierta edad baste la influencia elemental de la atracción recíproca de los sexos que impulsa a la mujercita hacia el hombre. (...) Podríamos, incluso, añadir que los niños sigan con ello las indicaciones que les procuran las preferencias sexuales de los padres. Pero las cosas no son tan fáciles” (Freud 1981: 3168).  


Consideraciones finales 

El propósito fundamental de este trabajo fue demostrar que el psicoanálisis freudiano no contribuyó a la comprensión de la problemática de la feminidad en las sociedades occidentales. Es decir, el estudio de las diferencias sexuales no es suficiente para explicar, como pretendió Freud, las diferencias sociales y políticas que padecen las mujeres en el mundo occidental.


Por esta razón, cuestionamos la importancia que la teoría psicoanalítica otorgó al drama sexual femenino para explicar la feminidad apoyándonos para esto en las valiosas críticas de Simone de Beauvoir al “olvido” freudiano de las influencias sociales e históricas en la construcción de la identidad genérica de las personas. 


Así concluimos que la feminidad no puede reducirse al análisis de la sexualidad como tradicionalmente lo estableció la sociedad patriarcal Occidental. En palabras Foucault, bien podemos sintetizar lo señalado: “Occidente (...) organiza a partir de ella (la sexualidad) todo un complejo dispositivo en el que se juega la constitución de la individualidad, de la subjetividad, a fin de cuentas, la manera en que nos comportamos, en que tomamos conciencia de nosotros mismos. Dicho de otra manera en Occidente, los hombres, la gente, se individualiza gracias a un determinado número de procedimientos y creo que la sexualidad (...), es constitutiva, de ese lazo que obliga a la gente a anudarse con su identidad bajo la forma de la subjetividad” (Foucault 1999: 147).


Así la relación establecida por el psicoanálisis freudiano entre la constitución de la identidad genérica femenina y su sexualidad sólo pone de manifiesto la dependencia de éste a la conceptualización tradicional de los géneros. Por esta razón la teoría freudiana no contribuye al conocimiento profundo de la feminidad. Más bien, se limita a reafirmar los supuestos metafísicos de la cultura Occidental que postulan la existencia de una naturaleza femenina susceptible de ser descubierta mediante un estudio científico de la constitución biológica.


 
Bibliografia

Beauvoir, Simone El segundo sexo. Tomos I y II. Buenos Aires. Ediciones Siglo Veinte.1987


Beauvoir, Simone Memorias de una joven formal. Buenos Aires. Ed. Sudamericana.1999 


Beauvoir, Simone La invitada. Buenos Aires. Ed. Sudamericana. 1998


Beauvoir, Simone La mujer rota. Buenos Aires. Editorial Sudamericana. 1999


Foucault, Michel Historia de la sexualidad. Vol. III. Barcelona-México-Buenos Aires. Siglo XXI editores. 1996


Foucault, Michel Sexualidad y Poder. En Ángel Gabilondo (Editor), Estética, ética y hermeneútica. Obras esenciales. Vol. III. Barcelona-Buenos Aires-México. Ed. Paidós. 1999


Freud, Sigmund Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica. En Obras completas. Tomo III (2896-2903). Madrid. Biblioteca Nueva. 1981


Freud, Sigmund El malestar en la cultura. En Obras completas. Tomo III (3017-3067). Madrid: Biblioteca Nueva.1981


Freud, Sigmund La Feminidad. En Obras completas. Tomo III (3164-3178). Madrid. Biblioteca Nueva. 1981


Freud, Sigmund Sobre la sexualidad femenina. En Obras completas. Tomo III (3077-3089). Madrid: Biblioteca Nueva.1981

Detalles del artículo

Sección
Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Mario Martin Gomez

mgomez@psi.uba.ar

Licenciado en Psicología (UBA),

Licenciado en Filosofía (UBA),

Doctorando en Filosofía. Becario en la Katolische Universität Eichstätt Ingolstadt en Alemania durante 2002.

Docente en las asignaturas: Metodología de la Investigación Psicológica Cat II,

Facultad de Psicología (UBA), Gnoseología, Problemas Especiales de

Gnoseología, Metafísica, Problemas Especiales de Metafísica, Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Miembro de

Proyectos UBACyT. Miembro investigador de la Escuela de Humanidades de la Universidad de General San Martín.

Áreas de Investigación: Metafísica, Ontología, Gnoseología, Pensamiento Clásico-Antiguo, Filosofía Alemana,

Francesa, Filosofía Política.

Gabriela Porta

gabrielapaula18@hotmail.com

Estudiante avanzada de la Carrera de Filosofía (UBA)

Autora de diversas publicaciones, entre algunas de ellas cabe destacar: "Simone de Beauvoir: una crítica a la concepción

freudiana de lo femenino", y "La decontrucción nietzscheana del concepto tradicional de subjetividad y su propuesta

del Ubermensch en Also sprach Zaratustra"