EL PUESTO DE LA LENGUA EN LA COMUNIDAD, EL ESTADO Y LA SOCIEDAD CIVIL EL PUESTO DE LA LENGUA ENTRE LOS SISTEMAS DE LOS SIGNOS

Contenido principal del artículo

Juan Samaja

La significación no es, consiguientemente, nada más que una transposición de un nivel de lenguaje en otro, de un lenguaje en otro lenguaje; el sentido se reduce así a una posibilidad de transcodificación.
A. J. Greimas 


En torno al sentido. Ensayos semióticos. Editorial Fragua. Madrid. 1973. Pág.9


En este artículo se retoman las posiciones semióticas de Hjelsmlev, Benveniste y Greimas respecto de la naturaleza sistémica de las semióticas-objetos y se avanza en la propuesta de cuatro macrosemióticas (i. del mundo natural, ii. de las lenguas naturales, iii. de los códigos registrales o documentales, y iv. de las operaciones universales de las técnicas), y de su dinámica y estructuración epigenética. Conforme a este cuadro general, se sostiene que la Lengua,en sentido estricto, es la semiótica-objeto dominante en las sociedades gentilicias o ágrafas. Sólo allí ella existe en su carácter de semiótica dominante y de mayor capacidad de significancia. En las formaciones sociales posteriores (sociedades estatales precapitalistas y, luego, en las sociedades capitalistas) las lenguas existen en una condición diferente, que debe designarse de manera precisa como semiótica suprimida, conservada y superada al interior de nuevas semióticas que han tomado el control de la semiosis actual. 
Palabras clave: lengua, semiótica, semiología


Presentación del tema

En este artículo intentaré hacer algún aporte a la solución de UN GRAN PROBLEMA de conocimiento que interesa por igual a la Lingüística, a la Semiótica y a la Epistemología.


Lo tomaré allí donde lo encontré formulado de la manera más oportuna para mis propósitos: en la obra de E. Benveniste y, en particular, en el artículo La Semiología de la Lengua. Pero, lo desarrollaré no en el marco de la teoría de este gran lingüista, sino en el de la epistemología y la metodología de la investigación de orientación dialéctica (que, aunque no es completamente ajena a esta autor, no obstante agrega ciertos énfasis que en Benveniste están relativamente ausentes).


El gran problema, formulado por Benveniste


Volviendo a este GRAN PROBLEMA en el punto en el que Saussure lo dejó...
E. Benveniste. Semiología de la Lengua. 


Para llevarnos al centro de la cuestión Benveniste recurre a la confrontación de los dos autores a los que se adjudica el nacimiento de la disciplina que puede resolverla: la ciencia de los signos (“Semiótica” o “Semiología”, en las derivas peirciana o saussureana, respectivamente). 


De esta confrontación concluiremos que ambos fundadores dejaron irresuelta la cuestión, aunque por razones opuestas: uno, por haber omitido trabajar con la Lengua. El otro por haber trabajado sólo con la Lengua (y en particular, con su unidad mínima: la palabra).  


El gran problema de que se trata (eso es lo que voy a sostener) sólo puede ser resuelto como una TAREA DE DIFERENCIACIÓN E INTEGRACIÓN de los sistemas semióticos entre sí y con los no semióticos, en los cuales (diferenciación/ integración) SE CONSTITUYE LA CONDICIÓN DE POSIBILIDAD DE LA SIGNIFICANCIA. 


Lo reafirmo: voy a sostener que la significancia se constituye mediante el doble movimiento de la diferenciación y de la integración. Pero, quien dice “diferenciación” implica una instancia anterior indiferenciada. Un tò ápeiron (relativamente) inicial que se pierde o “destotaliza” en la diferenciación y se reencuentra, transfigurado como sentido, en la reintegración o “retotalización”. 


Las relaciones entre SISTEMAS de signos. Tema ausente en Peirce


El gran número de páginas que Peirce destinó a la reflexión y a la investigación positiva sobre los signos no contiene ninguna referencia que aporte a la cuestión de la posición de la Lengua entre los sistemas semióticos. Para él la lengua no constituyó un objeto especial de reflexión ni de investigación positiva. La lengua, en la obra de Peirce, está en todas partes y en ninguna. Así lo dice Benveniste. 


Esa circunstancia pareciera no ser fortuita. Aunque Peirce fue especialmente sensible al imperativo de la totalización (idea que se expresa esencialmente en la categoría cenopitagórica de “terceridad”) no obstante no introdujo de manera taxativa la cuestión de LAS DIFERENCIAS entre distintos sistemas o totalidades de signos y de los efectos de significancia que LAS OPERACIONES DE TRANSCODIFICACIÓN puedan producir. 


Peirce se esforzó con afán en la elaboración de  clasificaciones de los signos. Pero, en cuanto a investigar su modo de funcionamiento sólo dejó asentado el principio muy general de la “semiosis interminable”. Todo es signo, y todos los signos están remitidos unos a otros, en una semiosis interminable, que en ninguna parte logra establecer una diferencia entre el signo y lo significado.


Ahora bien, sin esta diferencia (cualquiera sea su estatuto: provisorio o final), la noción de signo misma se destruye. Benveniste ataca esta tesis peirciana con las siguientes palabras: 


[Para Peirce] El hombre entero es un signo,  su pensamiento es un signo, su emoción es un signo. Pero a fin de cuentas estos signos, que son signos de otros, ¿de qué podrían ser signos que no fuera signo? El edifico semiótico que construye Peirce no puede incluirse a sí mismo en su definición. Para que la noción de signo no quede abolida en esta multiplicación al infinito, es preciso que en algún sitio admita el universo una diferencia entre el signo y lo significado. Hace falta, pues, que todo signo sea tomado y comprendido como sistema de signos. Ahí está la condición de la significancia. Se seguirá, contra Peirce, que todos los signos no pueden funcionar idénticamente ni participar de un sistema único. Habrá que CONSTITUIR VARIOS SISTEMAS DE SIGNOS, Y ENTRE ESOS SISTEMAS EXPLICITAR UNA RELACIÓN DE DIFERENCIA Y ANALOGÍA. E. Benveniste. (1999:II,49) (La versalita es mía: JS.).


Debo anticipar mi convicción de que la idea que defiende Benveniste me parece esencialmente verdadera (y ella será una premisa de este artículo), pero, igualmente creo que la filosofía de Peirce no representa, en verdad, la antítesis de lo que propone Benveniste. Más aún, una porción decisiva de la propuesta que haré acá, con vistas a ahondar y resolver el gran problema que ha formulado Benveniste, reconoce una inspiración no menor, en temas peircianos.


El puesto de LAS RELACIONES ENTRE SISTEMAS DE SIGNOS en Saussure


Ahí está la gran novedad del programa saussuriano
Benveniste (1999:II,50).


F. de Saussure, se coloca, respecto del campo de sus intereses, en el polo opuesto al de Peirce: hace de la Lengua el centro y el tema exclusivo de sus investigaciones. Saussure es un lingüista y si se ocupa de la Semiología es como una consecuencia necesaria de sus investigaciones primordiales. 


La lingüística, en el programa de Saussure, eclama la Semiología. Según Benveniste, la Lingüística saussureana se ha planteado objetivos que la amenazan con volverla irrealizable en caso de no darle una solución a las contradicciones que ellos contienen. En particular, sostiene que las investigaciones de F. de Saussure le asignaron a la Lingüística “una triple tarea”: 


1) Describir en sincronía y diacronía todas las lenguas conocidas;
2) deslindar las leyes generales que actúan en  las lenguas;
3) delimitarse y definirse a sí misma.
E. Benveniste (1999: II,49).


Pero, resulta, según Benveniste, que la tarea reclama la Semiología. Según Benveniste, la Lingüística saussureana se ha planteado objetivos que la amenazan con volverla irrealizable en caso de no darle una solución a las contradicciones que ellos contienen. En particular, sostiene que las investigaciones de F. de Saussure le asignaron a la Lingüística “una triple tarea”:formulada en tercer lugar plantea un GRAN PROBLEMA: Esta tarea si se acepta comprenderla plenamente, absorbe a las otras dos, y, en un sentido, las destruye. ¿Cómo puede la lingüística delimitarse y definirse a sí misma, si no es delimitando y definiendo su objeto propio, la lengua? Pero, ¿puede entonces desempeñar sus otras dos tareas, designadas como las dos primeras que le incumbe ejecutar, la descripción y la historia de las lenguas? ¿Cómo podría la lingüística buscar las fuerzas que intervienen de manera permanente y universal en todas las lenguas y deslindar las leyes generales a la que pueden reducirse todos los fenómenos particulares de la historia si no se ha empezado por definir los poderes y los recursos de la lingüística, es decir, cómo captar el lenguaje, y así la naturaleza y los caracteres propios de esta entidad que es la lengua?


(Loc.cit.).


Para poder consumar la misión fijada en las dos primeras tareas, la lingüística debe suspender la consumación de las dos primeras tareas para realizar la tercera, lo cual implicani más ni menos que trascender la lingüística. Trascenderla, a fin de realizarla. 


Ese desbordamiento de la disciplina hacia una transdisciplina (que se ocupe también de los otros sistemas semiológicos del mismo orden que la lengua, en el conjunto de los hechos humanos y respecto de los cuales se pueda comprender la naturaleza de sus hechos peculiares), está en el origen mismo de la Semiología. Dicho más brevemente: la Semiología no constituye un mero expediente para localizar a la Lingüística en algún capítulo de las ciencias del hombre (más o menos cerca de la Psicología o de la Sociología) sino una cuestión central que necesariamente exige EL PASO A OTRO NIVEL DISCIPLINARIO desde dónde se puedan crear y desarrollar con rigor los conceptos propios de la lingüística. Éste es el acento con que deben interpretarse párrafos como el siguiente: 


En esta toma de conciencia reside la condición previa a todo otro itinerario activo y cognitivo de la lingüística, y lejos de estar en el mismo plano que las otras dos y de suponerlas cumplidas, esta tercera tarea –“delimitarse y definirse a sí misma”-, da a la lingüística la misión de trascenderlas hasta el punto de suspender su consumación por mor de su consumación propia. Ahí está la gran novedad del programa saussuriano. La lectura del Cours confirma fácilmente que para Saussure una lingüística sólo es posible con esta condición: conocerse al fin descubriendo su objeto. 


(1999:II,50)


La Semiología, entonces, como, es constitutiva de la Lingüística ya que ella no puede consumarse si no resuelve, en paralelo, SU DIFERENCIA Y SU INTEGRACIÓN con los restantes sistemas semióticos inherentes a la vida social. 


Esta tesis saussuriana será nuestro punto de partida y el fundamento primordial: la pertenencia de la lingüística al ámbito de la semiología. 


Para nosotros –escribió Saussure-, el problema lingüístico es PRIMORDIALMENTE SEMIOLÓGICO, y en este hecho importante cobran significación nuestros razonamientos. Si se quiere descubrir la verdadera naturaleza de la lengua, hay que empezar por considerarla en lo que tiene de común CON TODOS LOS OTROS SISTEMAS DEL MISMO ORDEN; factores lingüísticos que a primera vista aparecen como muy importantes (por ejemplo, el juego del aparato fonador) no se deben considerar más que de segundo orden si no sirven más que para distinguir a la lengua de los otros sistemas. Con eso no solamente se esclarecerá el problema lingüístico, sino que, al considerar los ritos, las costumbres, etc., como signos, estos hechos aparecerán a otra luz, y se sentirá la necesidad de agruparlos en la semiología y de explicarlos por las leyes de esta ciencia.


F. de Saussure
(1957:62) (La versalita es mía: JS.)


Para Saussure, en consecuencia, la lengua deberá encontrar su unidad y el principio de su funcionamiento en este carácter semiótico:
a) por su carácter semiótico se deberá definir su naturaleza, pero, y, por este mismo carácter,
b) se la deberá investigar en tanto forma parte de un conjunto de otros sistemas, también semióticos, con los cuales establece vínculos definidos que la hacen posible y que la especifican. 


La Semiología, como ciencia de todos los sistemas semióticos, presta este servicio crucial a la lingüística. Pero, a su turno, la lingüística brinda un servicio igualmente crucial a la Semiología: según F. De Saussure, en la lingüística encontramos realizado de MODO PARADIGMÁTICO lo propio de la naturaleza del signo. Por ser, el sistema más desarrollado, vemos en la lengua de manera completamente manifiesta, los rasgos esenciales de todo signo. Con el mismo sentido con el que Marx se expresó al decir “la anatomía del hombre contiene la clave de comprensión de la anatomía del mono”, Saussure y Benveniste sostuvieron que la semiología de la lengua contiene la clave de comprensión de los otros sistemas de signos. No concuerdo con ambos autores en considerar a la lengua como la semiótica más desarrollada (y de ese problema trata este artículo). Más adelante tendré ocasión de descubrir mi pensamiento al respecto, pero, ahora me interesa rescatar el principio metodológico que allí está en juego, a saber: que la semiótica más desarrollada (independientemente de cuál sea ella) es la que contiene la clave de comprensión de las restantes.


Los elementos para un programa de semiología dialéctica


Es tiempo de abandonar las generalidades y  de abordar por fin el problema central de la  semiología, el estatuto de la lengua entre los sistemas de signos.
E. Benveniste (1999:II,54)


Digámoslo una vez más: el rasgo distintivo de los signos lingüísticos es SU NATURALEZA ARBITRARIA (Saussure, 1957:130). Dicho de otra manera, los signos son relaciones de imputación y no de causación. Y el descubrimiento de este rasgo constituye el principal aporte de la lingüística a la Semiología como ciencia de todos los sistemas de signos.


Para Saussure y con él, para todos los lingüistas que siguen su inspiración, el signo lingüístico presenta este rasgo de manera prototípica.  La función de los signos es la de REPRESENTAR: es decir, la de poner algo en lugar de otra cosa para un cierto sujeto miembro de una comunidad, en el dominio de validez de una convención o regla:  


El papel del signo es representar, ocupar el puesto de otra cosa, evocándola a título de sustituto. 
E. Benveniste (1999:II:54)


Los principales caracteres comunes que comparten todos los objetos semióticos son, en esencia, los siguientes: 


i) que la función representacional consiste en  la imputación de un significado a un significantepara un interpretante común; y
ii) que este carácter implica que todo objeto semiótico esté compuesto de unidades de significación, y que con ellas, puedan construirse (aunque limitadamente) unidades de más alto nivel de integración y substruirse (también limitadamente) unidades de menor nivel de integración. En palabras de Benveniste: 
Es tiempo de enunciar las condiciones mínimas de una comparación entre sistemas de órdenes diferentes. Todo sistema semiótico que descanse en signos tiene por fuerza que incluir: 


1) un repertorio finito de SIGNOS,
2) reglas de disposición que gobiernan sus FIGURAS, 
3) independientemente de la naturaleza y del número de los DISCURSOS que el sistema permita producir.


(1999:T.II,60.) (Las palabras en versalita fueron resaltadas por Beveniste.)


Según esto los sistemas semióticos podrán ser comparados a partir de identificar sus unidades mínimas; las reglas mediante las cuales construyan sus figuras intermedias, y las configuraciones o discursos que puedan generar en su nivel más alto de integración. 


No es éste el lugar para presentar de manera mucho más prolija estas ideas. Lo dicho alcanza, sin embargo, para afirmar que en Semiología de la Lengua Benveniste sostiene que en el pensamiento de Saussure estuvieron dados los elementos para un GRAN PROGRAMA SEMIOLÓGICO que aún no ha sido desarrollado. Que es posible y es imperioso desarrollar. Más aún: me atrevo a decir, que en este artículo Benveniste especifica una serie de criterios básicos que constituyen pilares de una semiología con un perfil dialéctico, como el que me propongo defender.


El “aparato formal” de la arbitrariedad del signo.


Que el signo es arbitrario sólo puede interpre-tarse mediante la tesis de que la relación que vincula al significante con el significado no es una RELACIÓN CAUSAL sino una RELACIÓN DE IMPUTACIÓN. Es decir, no está dada en las cosas mismas, sino producida por un hecho que se puede denominar “el hecho de la regla” (o “convención”), mediante la cual un significado ES IMPUTADO a un significante, pero sin que ello implique necesariamente un acto voluntario consciente. 


Ch. Peirce aportó, desarrollando la lógica kantiana, una clave fundamental para investigar el aparato formal que subyace en toda acción significante. En 1867 escribió una breve (y compleja) monografía titulada “De una nueva lista de categorías” en la que expresamente inauguró un espacio lógico nuevo para acoger hechos representacionales. Es decir, a todos aquellos hechos que no son ni meramente cualitativos ni meramente causales. 


Examinando los tipos de signos y el número de los sujetos que implicaban sus predicables (categorías) sostuvo que las proposiciones que predicaban meras cualidades, eran monádicas, ya que alcanzaba para formularlas con un solo sujeto: el FUNDAMENTO de la cualidad (el ALGO); las proposiciones que predicaban acciones y reacciones, del tipo de los enunciados causales, sólo podían expresarse mediante proposiciones diádicas, las que exigían, además del FUNDAMENTO, un CORRELATO. Pero, cuando se expresan representaciones o signos, es decir, relaciones de imputación, se precisan proposiciones triádicas, en las que además del FUNDAMENTO y el CORRELATO, interviene un INTERPRETANTE, o función de significancia, por la cual vale el vínculo de imputación. 
Llamo al “interpretante” “función de significancia" para evitar que este término se deslice a hacia la noción de “intérprete”. Un interpretante es un acto o acción regular de interpretancia. Podemos decir, incluso, una regla de interpretancia. Un intérprete, en cambio, es un sujeto competente para realizar actos interpretantes o para seguir dichas reglas. Y, a su vez, deberemos distinguir el intérprete de la comunidad de intérpretes, que es, en última instancia en la que consiste el dominio de la validez de toda semiótica. No hay reglas privadas. Toda semiótica es comunicacional. Por eso, es preciso admitir que todo interpretante es una competencia normativa de un intérprete, y todo intérprete, a su turno, es un miembro integrante de una comunidad. “Comunidad” en el sentido más amplio: comunidad de moléculas, de células, de metazoarios, de etnias, de estados. 


El predicado de imputación, fruto de un acto interpretante, propio de los enunciados normativos, se diferencia de los predicados de cualidad y de causalidad, en que estos son del orden del SER, y aquél, en cambo, del orden del DEBER SER. Pero, es de importancia crucial advertir que el ser y el deber ser no expresan dos órdenes sustanciales diferentes, sino de funciones relativas de una jerarquía ontológica: el deber ser es la visión de la parte como un ser para otro, es decir, en la perspectiva del todo, el cual, a su turno, se determina como un ser para sí. El ser, en cambio, es la visión de la parte, vista como una entidad autónoma; como un ser en sí, al margen de su inserción en una totalidad orgánica. 


Todo organismo implica que sus partes están elacionadas entre sí representacionalmente. Todo organismo es una comunidad representacional. Es decir, sus órganos o partes están vinculadas entre sí mediante una determinada sensibilidad al contexto, de tal modo que sus acciones se integran siempre con la dimensión de la norma que las ordena imputativamente.


Ya hemos visto que las representaciones necesariamente suponen además de los términos relacionados, la referencia a la REGLA INTERPRETANTE; al INTÉRPRETE que la ejecuta, y a la COMUNIDAD que la sostiene como su dominio de validez en el que opera esa “alianza” entre términos, y sin la cual el HECHO REPRESENTACIONAL se degrada a mero VÍNCULO CAUSAL.  


De la arbitrariedad del signo se deriva la noción de NIVELES DE INTEGRACIÓN


La noción de nivel nos parece esencial en la determinación del procedimiento de análisis.  Sólo ella es adecuada para hacer justicia a la  naturaleza articulada del lenguaje y al carácter 
discreto de sus elementos; ella sola puede  permitirnos, en la complejidad de las formas,  dar con LA ARQUITECTURA SINGULAR DE LAS  PARTES Y EL TODO. El dominio en el que la
e
studiaremos es el de la lengua como sistema  orgánico de signos lingüísticos. 
E, Benveniste
(1999:I,118) (La versalita es mía: JS.)


No es éste el lugar apropiado para examinar los aspectos lógicos de toda regla o vínculo de imputación. Alcanza con decir que toda imputación, en tanto no es del orden del ser, sino  del DEBER SER, necesariamente implica un plano ontológico de nivel superior desde el cual se sanciona o sostiene la imputación. Si una cierta asociación no es del orden del ser (es decir, “causal”), sino del deber ser (es decir sólo está “imputada”, pero no “determinada”), entonces, podría ser del caso que dicha asociación no se dé; no acontezca realmente. ¿Qué debería suceder en ese caso? Que haya una cierta acción punitiva o sancionadora. Esa acción sólo puede proceder de un plano regulador, perteneciente a un nivel de integración más elevado. Es decir, desde un plano transfenoménico. A este plano transfenomémico podemos designarlo como “el DOMINIO DE VALIDEZ de la regla”. En consecuencia, debemos admitir que no hay imputación o relación de signo si no hay una totalidad de nivel superior en el que los dos componentes del signo (expresión y contenido) sean asociados por la acción de una totalidad regulante, que sanciona cualquier trasgresión al vínculo imputado.


Si pudiéramos abarcar la suma de las imágenes verbales almacenadas en todos los individuos,  entonces toparíamos con EL LAZO SOCIAL  QUE CONSTITUYE LA LENGUA.  
Es un 
tesoro depositado por la práctica del habla en  los sujetos que PERTENECEN A UNA MISMA  COMUNIDAD... 
F. De Saussure
(1957:57) (La versalita es mía: JS.)


Benveniste (como se lee en el epígrafe anterior) fue enfático al sostener que el dominio de validez en el que deben estudiarse los signos lingüísticos es el de la lengua en la perspectiva de la arquitectura de las partes y el todo; es decir, en la perspectiva de un SISTEMA ORGÁNICO. Precisamente porque todo sistema orgánico, implica esta condición de posibilidad de toda semiosis, a saber: mecanismos reguladores o compensadores. 


De esta condición de posibilidad de la relación representacional (o relación de signo) se desprende la inherencia a la semiología de la categoría “nivel de integración”. Éste es, en consecuencia, el segundo gran aporte de la lingüística a la Semiología: la tesis de que todo sistema de signos implica esta estructura jerárquica que contiene, por así decirlo el “dominio de validez” de la regla de imputación que hace posible la significancia. La hace posible, en tanto el deber ser (la imputación) preserva al todo de las contingencias posibles y lo mantiene en la existencia. 


En el artículo Los niveles del análisis lingüístico, Benveniste desarrolla de manera amplia esta idea de extrema importancia: la idea según la cual el método mismo del análisis de la lengua sería imposible practicar si no se incluyese la referencia a una unidad de nivel superior. Sólo la referencia de cualquier segmento del análisis de la lengua a una unidad de nivel superior permite derivar el criterio primordial para reconocer sus unidades como signos. Ese criterio es, ni más ni menos, que LA EXPERIENCIA DEL SENTIDO: 


De hecho, nada permitiría definir la distribución de un fonema, sus latitudes combinatorias  del orden sintagmático y  ´paradigmático,  y así la realidad misma de un fonema, de no 
referirnos siempre a una unidad particular del  nivel superior que lo contiene. Es ésta una  condición esencial, cuyo alcance indicaremos  más adelante. Se ve entonces, que este nivel  no es algo exterior al análisis; está en el análisis; el nivel es un operador. Si el fonema se  define, es como constituyente de una unidad  más elevada, el morfema. La función discriminadora  del fonema tiene por fundamento su  inclusión en una unidad particular, que, por el  hecho de incluir el fonema, participa de un  nivel superior.
E. Benveniste
(1999:I,121).


El criterio para decidir si una conmutación es admisible en una lengua deriva de la condición lingüística del sentido. Si una conmutación produce cambio o pérdida de SENTIDO, esa conmutación, entonces, ha identificado una unidad o forma lingüística pertinente. Pero esa operación siempre se hace por referencia a una relación de integración de esa forma en una unidad de nivel superior. Consecuentemente, la noción misma de “sentido de una unidad lingüística” es definida por Benveniste, como “su capacidad de integrar una unidad de nivel superior”. La estructura jerárquica es inherente a los fenómenos semióticos, y constituye un operador crucial de la significancia. Deberemos mantener firme esta tesis porque ella reaparecerá en los párrafos siguientes, cuando debamos afrontar la respuesta a la cuestión de las relaciones de significancia entre los sistemas semióticos.


Los niveles de integración proyectados a los sistemas de signos  


Esta segunda característica esencial de los signos lingüísticos, puede también considerarse, como fue adelantado, el segundo aporte esencial de la Lingüística a la Semiología. Y, a partir de ella, puede sostenerse, mutatis mutandis, que así como los segmentos de la lengua derivan su capacidad de significancia de su inclusión en un nivel superior o totalidad, análogamente todos los sistemas de signos derivan su capacidad de significancia de una unidad de nivel superior el cual opera como “plano interpretante” o DOMINIO DE VALIDEZ DE LAS REGLAS DE SIGNIFICACIÓN , y, por ende, como el plano en el que se desarrollan las acciones de control o regulación.


El párrafo de Semiología de la Lengua en el que Benveniste incluye por primera vez la referencia al concepto de “dominio de validez” claramente está destinado a resolver lo que él considera “el problema central de la semiología”, a saber, el estatuto de la lengua entre los sistemas de signos. Veamos dicho párrafo: El carácter común a todos los sistemas y el criterio de su pertenencia a la semiología es su propiedad de significar o significancia, y su composición en unidades de SIGNIFICANCIA o SIGNOS. Es cosa ahora de describir sus caracteres distintivos. 


Un sistema se caracteriza:


1) por su modo de operación,
2) por su dominio de validez,
3) por la naturaleza y número de sus signos,
4) por su tipo de funcionamiento.


E. Benveniste
(1999:II,55) 


En lo que resta de este artículo voy a apoyarme en el segundo de los criterios enunciados (EL DOMINIO DE VALIDEZ) para desarrollar mi hipótesis sobre el lugar de la lengua en LA COMUNIDAD, en EL ESTADO y el LA SOCIEDAD CIVIL.


Benveniste define muy brevemente el concepto de “domino de validez” como “aquel (dominio) donde se impone el sistema y debe ser reconocido u obedecido” (cfr.1999:II,55). Obviamente, este “lugar” no es otro que el que yo he denominado “comunidad de intérpretes”. 


En efecto, este “dominio donde se impone el sistema” es sin duda, un campo de conductas de una comunidad de intérpretes que reconoce y obedece las reglas interpretantes, ya que,en efecto, hacer funcionar un sistema de signos, como lo definió el filósofo John Searle, es 


...Tomar parte en una forma de conducta (altamente compleja) gobernadas por reglas.  Aprender y dominar un lenguaje es (inter alia) aprender y haber dominado esas reglas.
J. Searle (1990:22).
¡Claro que habría que agregar que “formar parte de conductas gobernadas por reglas” conlleva obligatoriamente el ADMITIR LA AUTORIDAD REGULANTE, y, por ende, el sistema de las sanciones que corrigen las transgresiones a dichas reglas! 


Ahora bien, la Semiología enfrenta un campo tan vasto, variado y enmarañado que pareciera una tarea imposible describir, con arreglo a los cuatro grupos de caracteres distintivos, todos los sistemas semióticos, y luego, con base en esas descripciones, derivar una propuesta de relaciones intersistémicas.


Saussure y Benveniste apenas esbozaron algunaS breves listas de sistemas de signos, tales como: signos lingüísticos, escriturales, de cortesía, signos monetarios; ritos, creencias, códigos diversos como el Morse, el alfabeto para ciegos, signos de navegación fluvial y otros sistemas semejantes, como el semáforo en el transporte urbano, etc., etc., etc. Revisando esta lista harto insuficiente, no es difícil concluir que la vía inductiva es un camino demasiado arduo y enmarañado para cifrar esperanzas en ella. 


En su defecto, propondré otra vía, haciendO uso de una “maniobra” metodológica de cuño saussuriano. Vimos que Saussure y también Benveniste sostuvieron que la semiología de la lengua contiene la clave de comprensión de todos los demás sistemas de signos, en la medida en que ella es el sistema de signos más desarrollado. Recordemos: “la anatomía del hombre contiene la clave de comprensión de la anatomía del mono”. 


Pues bien, con apoyo en esta premisa (heurística) haré una aplicación diferente a la de Saussure. Sostendré que, en realidad, el sistema más desarrollado no es el sistema de la Lengua (en sentido estricto, es decir, en tanto lenguaje fonocentrado), sino, el sistema de la Ciencia (en sentido estricto, como sistema semiótico centrado en LA OPERACIÓN UNIVERSAL DE LAS TÉCNICAS –cfr. J. Piaget 1977:76 y ss). 


No voy a discutir esta interpretación (aunque lo que diga más adelante aportará una cuota importante de claridad y justificación). Sólo argumentaré que diversos autores (desde Aristóteles hasta Ch. Peirce, pasando por Roger Bacon, Vico, Kant, Hegel, etc.) han postulado la existencia de al menos cuatro grandes semióticas, métodos o facultades cognoscitivas, que han sido demarcadas y designadas de diferentes maneras y con diversos matices semánticos. Quizás la más célebre de estas designaciones sea la kantiana (i. intuición, ii. imaginación, iii. intelección y iv. razón); pero, igualmente elocuentes son las denominaciones vicianas (i. edad de las bestias, ii. de los dioses, iii. de los héroes y iv. de los hombres); las peircianas (i. tenacidad, ii. autoridad, iii. metafísica y iv. ciencia); las piagetianas (i. sensoriomotora; ii. intuitiva; iii. operatoria concreta; y iv. operatoria formal); etc., etc. 


Desde estos tópicos epistemológicos he formulado en algunas publicaciones recientes (Samaja 2004 a y 2004 b) la posibilidad de identificar en el campo total de la Semiología cuatro grandes sistemas de signos a los que llamé, siguiendo la terminología del semiólogo lituano-francés J. A. Greimas, “macrosemióticas”. Él agrupa las formas de producción de sentido en dos “macrosemióticas”: las que llama, respectivamente, “macrosemiótica del mundo natural”, y “macrosemiótica del lenguaje natural”. Dado que la primer macrosemiótica haría referencia a todos los sistemas prelinguísticos (y por ende, pre-humanos), y que el segundo abarca a las comunidades humanas gentilicias (las úni-cas en las que el lenguaje fonocentrado predomina, me vi motivado a agregar otras dos macroemióticas, correspondientes a dos estratos más de la vida humana, tal como se desarrollaron después de las comunidades gentilicias: el estrato correspondiente a las transcomunidades, llamadas “estados” (desde las cuidades estados hasta los grandes estados nacionales), a las que corresponden en sentido propio la macrosemiótica que yo denomino alternativamente como “gramatocentrada”, “registral”, “escritural”, o “documental”, y el estrato de la Aldea Global (o de los trans-estados), designable como sociedad “mercadotécnica”, “científico técnica”, o, de un modo más impreciso, “macrosemiótica de la sociedad civil”. 


La hipótesis principal consiste en sostener que es posible identificar cuatro GRANDES DOMINIOS DE VALIDEZ, como escenarios generadores de sistemas de signos: i) la bioesfera; ii) las comunidades exógamas o gentilicias; iii) las sociedades civilizadas o con Estados; y iv) las Sociedades Civiles, dirigidas por el modo de producción capitalista: el Mercado, la competencia, y la incesante expansión de la tecnología como producción no sólo de valores económicos, sino, por sobre todo de valores semióticos. 


De esta manera, sostuve que el campo total de la Semiología se presenta organizada en, al menos, cuatro grandes capas o estratos semióticos, como fundamento "último" de todo actividad semiótica o comunicacional: 


i. el estrato semiótico (o "macrosemiótica") del Mundo Natural o de la semiosis somatocentrada (en donde queda incluido el inmenso campo de las semiosis biológicas, que la vida, en todos sus niveles, ha ido produciendo a lo largo de su millonaria historia evolutiva, y de la cual la especie humana es un componente protagónico más, entre miríadas de otros); (en un sentido abstracto, esta macrosemiótica corresponde a lo que Ch.Peirce llamó “método de la tenacidad”). A este estrato pertenecen sistemas de signos o códigos, como los que investigan los biólogos moleculares en el ADN; las investigaciones de los neurólogos, con las redes y los trenes de ondas electromagnéticas en el cerebro; los estudiosos de la psicoinmunoendocrinología... Y también los estudios de la zoosemiótica: la kinésica, la proxémica, etc., en el marco de las investigaciones etológicas de los rituales animales, en la formación y estabilización de las biocomunidades. 


ii. El estrato semiótico (o "macrosemiótica") de las Lenguas Naturales o del Mundo Comunal; a esta macrosemiótica pertenecen todos los tesoros de las culturas humanas acrisolados a lo largo de la historia de las comunidades humanas en su producción paradigmática: EL LENGUAJE VERBAL, al cual, llamaré también LENGUAJE FONOCENTRADO. El lenguaje fonocentrado es, en este sentido, “la Comunidad en tanto Hablante”. En una perspectiva epistemológica, esta macrosemiótica corresponde al “método de la autoridad” o “de la tradición”, en sentido peirciano, y contiene todo el tesoro de los saberes tradicionales y el conocimiento sapiencial con marcado carácter sagrado o religioso (propio de las religiones primitivas, en las sociedades ágrafas), en donde predominan las producciones rituales y las narraciones mitopoéticas. Contiene, en efecto, el vasto campo de rituales, pero ahora lingüistizados y configurados como mitos, es decir, reconfigurados mediante su transposición a la dramática del lenguaje verbal (cfr. L. Tesnière ...). Las semióticas míticas, como semióticas esencialmente narrativas, deben ser concebidas como formaciones semiológicas posteriores a los signos rituales, tal como lo postuló A.N. Whitehead en su libro El Devenir de las Religiones, pero, no deben ser separadas de manera absoluta. Al contrario: es posible sostener que las lenguas naturales son la prosecución y la culminación del desarrollo de los sistemas semióticos rituales, tal como lo propuso, entre otros, E. Gellner, al sostener que “El lenguaje no está meramente enraizado en el ritual, es un ritual. La gramática es un conjunto de normas de una representación ritual. Ellenguaje es la actividad ritual más amplia.” (E. Gellner: 1988,54.)


iii. La Macrosemiótica del mundo civilizado o Jurídico-Estatal a la que pertenecen TODOS LOS METALENGUAJES del lenguaje fonocentrado; esa función sólo pudo ser cumplida mediante EL “LENGUAJE” GRAMATOCENTRADO, es decir, mediante EL PASO A LA ESCRITURA, es decir, a LAS SEMIÓTICAS REGISTRALES, y, más particularmente, mediante el paso a la escritura alfabética. Ahora bien, la escritura pudo prevalecer sobre la comunicación fonocentrada en la vida comunal cuando las comunidades se fueron diferenciando y contraponiéndose entre ellas, por causa de contradicciones en la distribución de los medios de producción, naciendo así lo que se conoce como las luchas de clases. A este orden macrosemiótico pertenecen todos los tesoros (y las miserias) de las grandes civilizaciones, producidos por las sociedades humanas con Estado y, por ende, con historia, en el sentido de acontecer documentado. Considerada en abstracto, esta macrosemiótica correspondería a lo que Peirce denomina “método de la metafísica o de los principios”. Incluye el vasto campo de las religiones escriturales (estatalizadas, y por ende, con clero y sistema de control de las creencias), mediante diversos sistemas consagrados de registros: incluyendo los monumentos, los trazados urbanos..., y por cierto, los diversos tipos de escrituras (pictogramas, ideogramas y la escritura alfabética.) A esta macrosemiótica corresponde el paso al pensamiento especulativo o Filosófico: la Matemática, la Lógica, la Metafísica, la Astronomía y la Astrología, la Geografía, la Alquimia, etc. A esta macrosemiótica pertenece, en consecuencia, lo que podría llamarse, la Edad Heroica de la Literatura. En esta macrosemiótica, la autoridad personalizada en los jefes familiares, cede lugar a la autoridad de EL IDEAL o de LA RAZÓN, apareciendo, en consecuencia, la función de ministro, vicario, representante o funcionario… como mediador entre el ideal y lo real. 


iv. Finalmente, adviene:
La Macrosmiótica centrada en la Operación universalizadora de las Técnicas, a la que pertenecen los “códigos” empotrados en las técnicas y en sus productos (propio de la economía política en las llamadas sociedades democráticas o sociedades civiles). A esta macrosemiótica pertenecen todos los complejos mecanismos hipertextuales que contienen y especifican (aunque habitualmente, de manera subrepticia) cánones y patrones de validación de los saberes sociales (de los Rituales, de las Lenguas y las Escrituras) mediante el control de los objetos de aplicación a través de convenciones o vínculos contractuales; es decir, “constructivos”. Este tesoro (y sus miserias), que inició su reinado con la Revolución Industrial en el siglo XVIII, y ha llegado a su apogeo con la Revolución Científico-técnica, está acumulado en sus tradiciones epistémicas y tecnológicas, de fuerte acento utilitario, que las sociedades burguesas preservan y trasmiten mediante sus diversos dispositivos formadores.


A esta última macrosemiótica corresponde de manera particular la esfera de los procesos científicos y técnicos configurados según el patrón del modo de producción capitalista, y de esta pertenencia desprende sus rasgos primordiales: no sólo validación por recurso a cláusulas convencionales acerca de los contextos de verificación, sino (y ¡sobre todo!) a la combinación con una incesante innovación tecnológica, que amplía incesantemente las bases empíricas y retroalimenta las modelaciones teóricas. En este sentido, la “cultura” científica inaugura una nueva macrosemiótica particular de ingente potencia, edificando para cada una de las regiones de las representaciones de la realidad, “metalenguajes e hipertextos” que contienen demarcaciones conceptuales y operacionales de enorme y creciente eficacia técnica: la experimentación, la simulación y las creaciones virtuales.


Revisemos, antes de proseguir, el paso que intento dar con esta hipótesis de cuatro macrosemióticas. Antes que nada, propuse, con base en ciertos tópicos epistemológicos, una diferenciación de GRANDES DOMINIOS DE VALIDEZ, como base para hacer una primera diferenciación de vastos conjuntos de signos. De una manera esquemática, aunque bien justificada en la índole de esta exposición, sostuve que esos GRANDES DOMINIOS DE VALIDEZ son: 


i) el mundo de la vida y de las comunidades prehumanas;
ii) el mundo de la vida humana comunal o gentilicia;
iii) el mundo de la vida humana civilizada o estatalizada; y
iv) el mundo de la vida humana societalizada (o quizás, de manera más elo cuente, tecnologizada). 


Soy penosamente consciente de la gran cantidad de dificultades semánticas que presentan estas denominaciones y, más aún, de las encrucijadas ideológicas que están presentes en estas cuestiones. Sin embargo, no deja de ser fácilmente reconocible, en la perspectiva de la epistemología o de las ciencias cognitivas, estos cuatro grandes órdenes: 


ii) el orden de la cognición senso-perceptual;
ii)
 el orden de la cognición ritualista y mítica (o mágico-poética);
iii) el orden de la cognición lógico-intelectiva; y
iv) el orden de la cognición hipotético-experimental y, recientemente, virtual. Y no cabe la menor duda de que esos órdenes remiten a estratos del desarrollo tanto ontogenético cuanto filogenético, es decir, de la historia del universo, recorriendo los cuatro estratos que hemos marcado previamente como GRANDES DOMINIOS DE VALIDEZ DE SIGNOS: 


i) el de la vida hasta antes de la aparición del hombre y del lenguaje verbal;
ii)
 el de la vida específicamente humana, con una organización centrada en las familias exogámicas y en las relaciones de parentesco: cuna de los rituales sacrificiales, de la Lengua y del mito; 
iii) el de las organizaciones transcomunales, propias de las sociedades civilizadas y de las alianzas fundadas en principios formales de regulación: cuna del Logos, de la Filosofía, de la Historia, del Derecho, de la Geografía, de la Gramática y la Literatura, en su forma heroica, etc.; y, 
iv) el de las sociedades civiles como formaciones propias de los estados moderno-burgueses, con sus dos grandes momentos: la Revolución Industrial y la Revolución Científicotécnica: cuna de la tecnología electromagnética y de las máquinas cibernéticas es decir, de la informática, de la telemática, de los Medios de Difusión Masivos, de la Robótica, de la Virtualidad y de la Literatura y las artes experimentales, en todos los rubros. 


Esta forma de agrupar lo que llamo “grandes dominios de validez” evoca, indudablemente, un desarrollo evolutivo sobre el cual pueden esgrimirse una variada gama de argumentos en contra que han dominado el espíritu académico en los últimos 60 años, como una reacción justificada ante los desbordes especulativos de las filosofías y sociologías groseramente organicistas del siglo XIX. Pero, al respecto, vale retomar las tesis del antropólogo social inglés, Ernest Gellner:


La humanidad ha pasado por tres etapas principales:


1) caza / recolección;
2)
 la sociedad agraria;
3) la sociedad industrial. Ninguna ley ordena que cada sociedad deba pasar por cada una de estas etapas. No existe un modelo obligatorio de desarrollo. Las sociedades pueden quedar y quedan atascadas en cualquiera de las fases. Lo cierto es que, sin embargo, la transición a 3) no es concebible directamente desde 1) y que una regresión de 3) a 2) o desde 2) hasta 1) es improbable y rara.


E. Gellner
(1988:16).


Y más adelante agrega: 
Estos tres tipos de sociedad difieren entre sí  tan radicalmente que constituyen especies  básicamente diferentes, a pesar de la gran e  importante diversidad que también predomina en cada una de estas categorías. 
(1988:16 y 17.)


Cada uno de estos cuatro estratos (1) puede ser (relativamente) fechado. El primero, remite a una historia que acumula una antigüedad del orden de los 3500 millones de años (el tiempo de evolución de la bioesfera); el segundo, a una historia de unos 70.000 años (caza / recolección de Gellner), tiempo en el que evolucionó el lenguaje verbal, cuyo origen puede ser datado a partir de los restos fósiles de los hombres de Cromagnon; el tercero (sociedad agraria, según Gellner), presenta una historia mucho más reciente: apenas unos 6.000 o 5000 años, que sería la antigüedad de los estados más remotos, con la aparición de los sistemas registrales (monumentos, trazas urbanas, pictogramas, ideogramas y códigos alfabéticos); y por último, el estrato recién llegado (la sociedad industrial de Gellner): la Sociedad Civil, que se remonta a las transformaciones moderno burguesas, con el nacimiento de la ciencia y la tecnologías contemporáneas: es decir, desde el siglo XVI y XVII en adelante.  


El puesto de la Lengua entre los sistemas de signos


La Semiología de la Lengua de Benveniste culmina con la formulación de una serie de principios: entre otros, el principio de no redundancia entre los sistemas; el principio de la inherencia sistémica de los signos, es decir, lano existencia de signos transistémicos; el principio de las jerarquías de interpretancia entre los sistemas, etc. Acá sólo puedo aportar algunas elementos de juicio para avanzar en la comprensión del contenido fundamental de estos principios, con el propósito de lograr una mayor claridad acerca del puesto de la Lengua entre los sistemas semióticos, y de lo que ese lugar comporta. 


La cuestión que este artículo ataca de manera frontal es la relación entre los diferentes sistemas semióticos. Benveniste la formula expresamente luego de afirmar el principio según el cual, “no hay signos transistémicos”. Esta cuestión nos lleva a plantear la pregunta acerca del destino de la significancia en las interfaces. Puesta en palabras de Benveniste, la cuestión se formula así: 


Los sistemas de signos ¿son entonces otros tantos mundos cerrados, sin que haya entre  ellos más que un nexo de coexistencia acaso fortuita?
Benveniste (1999:II,57)


Esta cuestión nos pone ante un dilema de enorme trascendencia ontológica, epistemológica y metodológica. Podríamos formular a este dilema de la siguiente manera: 1) o la relación entre los sistemas es relación de coexistencia fortuita, y en ese caso no es posible la relación de significancia entre ellos (no puede haber producción de sentidos nuevos que emerjan de su interacción, puesto que son mundos cerrados); 2) o la relación entre los sistemas es relación de subsistemas que son sólo variaciones de grado de un único sistema, y en consecuencia, tampoco es posible, genuinamente hablando, la relación de significancia, ya que todos los sistemas pueden reducirse a uno solo. No habiendo diferencia sustancial entre los diversos sistemas, tampoco puede haber relación alguna entre ellos, ni de significancia ni de nada. Todos los subsistemas repiten monótonamente, la misma significancia. 


La primera alternativa nos limita a una visión cerradamente estructuralista, para la que todo sistema semiótico es un todo autosignificante, autointeligible y no susceptible ni de génesis formadora ni de transcondificación. La segunda alternativa no conduce hacia un evolucionismo reduccionista, para el cual todos los sistemas proceden de una misma matriz, y se reducen a ser variaciones de grado de lo mismo. 


La solución a este dilema puede alcanzarse, pero sólo a condición de concebir las dos perspectivas contrapuestas (la estructuralista y la evolucionista) como momentos de una realidad que es, a la vez, sistema y proceso; paradigma y sintagma; forma y transformación; conservación y cambio. La solución del dilema la comenzó a diseñar, en el nacimiento de la filosofía moderna, Kant, al proponer en su tabla de categorías, una síntesis superadora entre la sustancia y la causalidad a la que designó con el término “comunidad” o “causalidad recíproca”, poniendo asi las bases para alcanzar una conceptualización rigurosa de la noción de “organismo”. Aquellas tríadas categoriales constituyeron el embrión de lo que después se designaría como “revolución organísmica”, entre cuyos representantes más destacados, cabe mencionar a A. N. Whitehead, J. Piaget, L. von Bertalanffy, y G. Bateson). Aquella categoría síntesis que Kant bautizó con el nombre de “comunidad” hoy ha fructificado hasta transformarse en una noción central en la cultura científica contemporánea: la noción de “sistema complejo adaptativo”. Este término apunta a la unidad dialéctica entre el momento estructural (como fase de equilibración y de (relativa) estabilidad, y el momento evolutivo (como fases de desequilibración y de transición hacia alguna forma de reequilibración). 


Estos dos momentos no sólo se alternan, sino que se interpenetran y alcanzan su coexistencia dando lugar a las dos formaciones más típicas de la complejidad, a saber: la procesualidad cíclica de las operaciones estructurales, y la organización jerárquica de las estructuras. En efecto, por una parte, las estructuras encierran en ellas mismas un carácter dinámico, evolucionando internamente como redes dr otra parte, la evolución avanza mediante la emergencia de nuevas estructuras, configurando una metaestructura de estratos o jerarquías ónticas, y de sus consecuentes interfaces jerárquicas. e operaciones que se cierran en la forma de ciclos (lo que algunos autores denominan “clausura operacional”) y, por otra parte, la evolución avanza mediante la emergencia de nuevas estructuras, configurando una metaestructura de estratos o jerarquías ónticas, y de sus consecuentes interfaces jerárquicas.


La incesante operación de reproducción de cada estrato mediante su procesualidad cíclica, y la constitución de niveles de integración en una metaestructura jerárquica de las estructuras fue descrito de manera profunda, por primera vez, por Hegel y consagrado mediante el término Aufhebung. Este término se puede traducir como: proceso de supresión, conservación y superación


Aplicada esta perspectiva (la operación “Aufhebung”) al campo de los sistemas semióticos, se desprenden las siguientes tesis: 1) que cada uno de los sistemas semióticos poseen su propio dominio de validez (= clausura operacional); 2) que los principales sistemas semióticos no se instalan los unos al lado de los otros, mediante meras relaciones colaterales, sino, por el contrario, 3) que ellos se vinculan mediante interfaces jerárquicas, de tal manera, que se han ido constituyendo en un proceso epigenético, por el cual los estratos ulteriores han emergido a partir de estratos anteriores próximos (en el sentido vigostkiano, retomado ulteriormente por autores como H. Simon). El motor del proceso creador no es otro que los desequilibrios o crisis que irrumpen en los estratos precedentes. Esos desequilibrios conducen a la desestructuración (destotalización) del sistema dominante, y, por ende, a la pérdida de su capacidad para proseguir reproduciéndose, como es inherente a todo sistema complejo adaptativo, que presente el rasgo de “clausura operacional” (=sistema abierto en cuanto al medio, pero cerrado en cuanto a ciclos). El “estado” de fragmentación o de crisis, constituye (lo que es una tautología) un estado inestable, transitorio.Esa inestabilidad desemboca irremisiblemente en una nueva forma de equilibración, que puede ser: i) la misma que la anterior, ii) una forma menos rica, por un proceso de degradación o retrogradación, o iii) una forma superior, que presente una equilibración maximizadora (como la ha designado J. Piaget). En este último caso, se deberá describir el tránsito producido como un proceso de supresión, conservación y superación. Proceso por el cual adviene el nuevo estrato totalizador. 


Conforme a esta concepción dialéctica del proceso epigenético, es posible responder a la cuestión sobre las relaciones entre los sistemas semióticos sosteniendo que los sistemas de signos son mundos cerrados, sí, pero, pero sólo en cuanto a sus ciclos de autoreproducción (es decir, como estructuras relativamente estabilizadas). Pero, en cuanto a su proceso de producción o génesis, remiten a aperturas respecto de sistemas anteriores. Aperturas que se vivieron, bajo la forma de crisis de destotalización y de retotalización. Proceso en el que los sistemas anteriores se conservan en aquellos que vinieron a retotalizarlos, pero suprimiéndolos en su anterior autonomía y superándolos en su capacidad de significancia. El sistema ulterior puede tematizar, describir, explicar y comprender al anterior, pero no, viceversa. 


¿Qué duda cabe que la Lengua vino a clausurar el mundo del gesto, de la posición y el movimiento corporales, de los aullidos y los gorjeos, etc., etc.? Pero, tampoco caben dudas de que la Lengua misma al superar la semiosis prelingüística, la conservó reconfigurándola y resignificándola. La lengua también implica al cuerpo; gesticula; canta, etc. Y esto que digo respecto de las relaciones entre la macrosemiótica centrada en la corporeidad (semióticas somatocentradas) y en la oralidad (fonocentradas), debo también predicarlo, mutatis mutandis, de las relaciones entre las restantes macrosemióticas. 


Comencemos con la relación entre los signos fonocentrados y los gramatocentrados: es decir, entre la Lengua y la Escritura. Lo primero que salta como asunto es la limitada visión que tuvo F. de Saussure de la Escritura. Para él la escritura sólo es una mera representación de la lengua: 


Lengua y escritura son dos sistemas de signos distintos; la única razón del segundo es la de representar al primero; el objeto lingüístico no queda definido por la combinación de la palabra escrita y la palabra hablada; esta última es la que constituye por sí sola el objeto de la lingüística.
F. de Saussure
(1957:72)


No logra imaginar siquiera que la escritura haya surgido de una raíz más amplia y profunda que la comunidad lingüística, a saber, de los rituales generados por el trabajo inmenso de la sociedad en la producción y la reproducción de una transcomunidad: las sociedades con estados, cuyas necesidades registrales generaron no sólo las diversas formas de escrituras, sino también (y precedentemente) la arquitectura monumental, etc. 


Si recordamos los objetivos que Saussure le trazó a la lingüística no resulta difícil aceptar que su constitución como disciplina científica sólo pudo llevarse a cabo mediante un desbordamiento de su propio plano ontológico: hacerse desde un dominio de validez de signos supralingüístico, (y no meramente para lingüísticos), es decir, de signos escriturales. La lingüística (como disciplina científica), en primer lugar, es un género literario cuyo objeto de estudio es la Lengua (como fenómeno que se observa en las comunidades hablantes), pero cuyo sujeto, cuya distancia instrumental y perspectiva de análisis, sólo pudo concretarse como Escritura. 


La relación entre sistemas semióticos debe ser concebida, también, como semiótica. 


Inscribiéndonos en la tradición de L. Hjelsmlev, quien ha sido el primero en proponer una teoría semiótica coherente, podemos aceptar su definición de semiótica: la considera como una jerarquía (es decir, como una red de relaciones, jerárquicamente organizada) dotada de un doble modo de existencia paradigmático y sintagmático (y, por lo tanto, capaz de ser aprehendido como sistema o como procesos semióticos), y provisto de al menos, dos planos de articulación -expresión y contenido- cuya reunión constituye la semiosis. J. Greimas y J. Curtés: 1990,366-7) 


Nuevamente acá Benveniste hace un aporte que abona a la tesis epigenética expuesta en el párrafo anterior: postula que la relación entre los sistemas semióticos es “también” una relación semiótica. Es decir, una relación de significancia. 


Ahora bien, ¿qué significa exactamente esto? Volvamos al punto de partida. Lo inherente al significado es la configuración (o forma) que se establece por las relaciones de imputación entre formas de dos planos de fenómenos entre los cuales no hay un encadenamiento causal, de modo que la fuente de la significancia no es el contenido sustancial de ninguno de los planos por separado que integran el signo, sino la forma de nivel superior que resulta por el encastramiento de sus respectivas formas, dando lugar a una forma propiamente semiótica. Este “encastramiento” es el resultado de la acción de una interfaz interpretante, CONSTITUIDA POR EL CAMPO DE VIGENCIA DE UNA REGLA DE SIGNIFICACIÓN. Si es así, y habida cuenta de que entre los sistemas se dan relaciones de traducción, entonces, podemos concluir que la relación entre los distintos sistemas semióticos, es “también” semiótica, en el sentido en que entre ellos se podrán, a su turno, verificar relaciones de encastramiento de sus respectivas formas mediante REGLAS DE UN NIVEL MÁS ALTO DE INTEGRACIÓN. Es decir, mediante dominios de validez de metareglas que también son semióticas porque poseen un análogo carácter imputativo y no causal. Este desarrollo de la idea fundacional de la lingüista al campo de las relaciones entre las diversas semióticas está contenida, según interpreto, en el siguiente texto de Greimas: 


Se trata de empujar hasta sus últimas consecuencias el hecho de que la relación entre el significante y el significado es arbitraria no solamente al nivel del signo, sino también al nivel de todos los discursos mediante los cuales la lengua se manifiesta. Así se verá mejor que la lengua es una forma o, más bien, el encastramiento de dos formas y que, por ende, es indiferente a la sustancia que la manifiesta. 
A. J. Greimas
(1973. Pág.49)


continua en EL PUESTO DE LA LENGUA ENTRE LOS SISTEMAS DE LOS SIGNOS II Parte

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Sección
Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Juan Samaja

jsamaja@sinectis.com.ar

Titular Regular Plenario de Metodología de la Investigación Científica Facultad
de Psicología de la UBA. Investigador del Programa UBACyT, Categoría 1.
Profesor en Filosofia (UBA); Licenciado en Sociología (UBA); Diplomado en
Salud Pública (UBA). Doctor en Ciencia (ENSP, FIOCRUZ, Río de Janeiro, Brasil).