VISITA DEL DR. CARLOS SLUZKI A BUENOS AIRES

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Adriana Bersi

Carlos Sluzki (*) ha pasado por Buenos Aires y, como es habitual en sus visitas, nos enriquece con la transmisión de sus experiencias. En los últimos años, fiel al pensamiento sistémico y construccionista social, se ha interesado por el modo en que los procesos macrosociales atraviesan, resuenan, se ensamblan con los microsociales. Intentando comprender cómo los fenómenos de integración y desintegración social favorecen o perturban la salud de las poblaciones, las familias, las personas a la vez que propone posibles intervenciones terapéuticas (1, 2,3).
El día 2 de julio del corriente año, en una conferencia organizada por las instituciones ASIBA y RED SISTEMICA, compartió reflexiones sobre su trabajo en África, cuando fue convocado por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), con el fin de asesorar en la organización de programas de asistencia a la población de Uganda.Este país está ubicado al este de África (limita con Sudán, Etiopía, Kenia, Tanzania y el Congo), toda la región está afectada por una profunda y larga crisis institucional en la que la sociedad civil se disuelve.
Nos relata, a modo de introducción, algunos datos de la historia de este continente. Es un territorio que ha sufrido múltiples invasiones. Las fronteras geográficas han sido inventadas arbitrariamente por las distintas colonizaciones.
En principio sólo le importaba a occidente como puente para llegar a Oriente, dado que, como el tesoro eran las especias, había que acceder a India y China.
África se conquistó de afuera para adentro, se fundaban pequeños puertos. Posteriormente surgió el interés por el tráfico de esclavos y aproximadamente para 1880 “se lanzó la gran aventura africana”. La intervención externa destruyó los modos de organización social de los grupos autóctonos.
Las constantes guerras en África producen gran cantidad de refugiados y desplazados internos. Es importante señalar la diferencia entre estas dos categorías; los refugiados son aquellas personas que, huyendo de diferentes tipos de amenazas, traspasan las fronteras nacionales, en tanto los desplazados internos son aquellos que en su huída se trasladan por el territorio nacional.
Sólo recientemente se han extendido los programas de asistencia de ACNUR a este segundo grupo, dado que no estaba contemplado en las normativas de ayuda internacional, es decir que no existían jurídicamente para estos organismos. En esta charla, Sluzki, se refiere a un grupo particular de la población de Uganda, los Atcholis, triangulados históricamente en conflictos bélicos entre el norte y el sur.
Transcribo algunos datos demográficos aportados por él que nos dan una idea de las condiciones de vida en el país:
Uganda tiene 27.616.000 habitantes, la expectativa de vida es de 48 años, la mortalidad infantil antes de los 5 años es mayor del 14%, el analfabetismo es del 37% en varones y 53 % en mujeres. Los desplazados internos desde 1997 son 1.700.000, el 7.4% de la población. La causa fundamental de desplazamiento es escapar a la violencia, en
algunos casos es causado por sequía.
Hasta 1961 Uganda era una colonia inglesa. Luego de la declaración de la independencia se suceden varios gobiernos, entre ellos el de Idi Amin, tristemente célebre por su dictadura plagada de innumerables persecuciones y matanzas. Durante estos avatares políticos los Atcholis se desplazan hacia el norte del país dejando sus hogares. Al hacerlo pierden todo, bienes y medios de vida y están en constante peligro,  ya sea de ser objeto de represalias o que un nuevo brote de violencia haga necesario huir nuevamente.
A fines de la década del 80 se constituye el “Ejército de Resistencia del Señor”, un grupo armado que se enfrenta al gobierno central. Este ejército no oficial, liderado por un místico, inicia en 1991 una persecución a los Atcholis luego de considerarlos traidores. Raptan a los niños a quienes obligan a presenciar y a participar en la matanza de
miembros de su propia familia como rito de incorporación y a las niñas las convierten en esclavas sexuales. Se estima que han raptado aproximadamente 66.000 chicos, el 46% de la población de menos de 15 años.Se calcula que el 78% de ellos han sido testigos de asesinatos, el 68% encerrados y atados, el 63% han padecido palizas severas, todas las niñas han sufrido abuso sexual.
El ejército del gobierno central debe proteger a los Atcholis pero tiene por ellos un profundo odio, producto de situaciones históricas y genera soluciones que producen el efecto contrario, amenazando más aún la seguridad de los miembros de este grupo. En su huída los desplazados forman villorrios espontáneos en torno de algún asentamiento previo, que garantice la provisión de agua. Construyen casas de adobe agrupadas por familia. En los campamentos de desplazados internos la mortalidad es 4 veces mayor que en los otros asentamientos. La malaria, el sida y la violencia son las principales causas de muerte.
Sluzki llama la atención sobre los siguientes indicadores: cuando el asentamiento se instala la población utiliza los arbustos como baños.Una entidad internacional se encarga de construir sanitarios. La población los utiliza pero cuando se agotan vuelve a los arbustos, no existe iniciativa para construir otro sanitario. Asimismo, los niños van a la escuela gran parte del día –lugar donde encuentran cierta seguridad en un contexto tan riesgoso- pero no existe por parte de los adultos disposición alguna para realizar ciertos tipos de voluntariado, excepto que se les ofrezca una prebenda a cambio.
A partir de estos datos infiere que los campos de desplazados aparecen como una colección de individuos más que como una comunidad. La violencia política sostenida y acompañada por la ambigüedad -ya que quien debiera proteger a la población se trasforma en agresor- devasta al individuo y atenta contra la formación de la idea de colectividad como organizador. ¿No hay idea del otro cómo prójimo? ¿Qué sentido de pertenencia y a qué grupo? ¿Hay proyecto colectivo? ¿Cuáles son las condiciones que posibilitan que surjan o se disuelvan éstos organizadores de la praxis?.
La sociedad civil como regulador de las interacciones entre los ciudadanos y la protección de los mismos se ha desplazado a los organismos internacionales.
En este punto no puedo dejar de recordar las reflexiones de Maritza Montero (Psicóloga venezolana de reconocida labor en “Psicología Comunitaria”) sobre la identidad nacional como una construcción social a la que define como:“el conjunto de significaciones e imágenes relativamente permanentes a través del tiempo, socialmente construidas por los miembros de un grupo, que comparten una historia y casi siempre un territorio en común, así como otros elementos socioculturales ( lenguaje, religión, costumbres e instituciones sociales), y que les permiten reconocerse y definirse como relacionados unos con otros biográficamente” (4).
La historia de los Atcholis dista bastante de estas condiciones de producción de subjetividad. La identidad social “está ligada al conocimiento que un individuo tiene de su pertenecía a ciertos grupos sociales y a la significación emocional y evaluativa de esa pertenencia”. Cuando un individuo o grupo se autoevalúa positivamente surge una identidad positiva y cuando la autoevaluación es desfavorable surge una identidad negativa (5).
¿Cómo intervenir? ¿Qué hacer cuando la crisis se transforma en lo cotidiano? Sabemos que las experiencias traumáticas de violencia deben ser resignificadas en una narrativa que devuelva la confianza, la autoestima y la dignidad a los afectados. ¿Cómo generar organizadores que se automantengan en una sociedad tan castigada en la cual el proyecto de vida sólo está en la supervivencia del día a día? ¿Desde dónde resonar con los desplazados para recontextualizar y rehistoriar la experiencia traumática?
En relación a las intervenciones terapéuticas con las familias, Sluzki sostiene “el terapeuta explora la organización de los relatos colectivos sobre la problemática familiar y a través de preguntas y comentarios, favorece ciertos tipos de transformación en la naturaleza de los relatos, en la manera de contarlos (…) Debido a su recursividad sistémica, cualquier alteración no trivial en el contenido de una historia, así como en la forma de contarla, desencadenará cambios en la trama, personajes, escenario y tema. Asimismo afectará los corolarios morales y de comportamiento
de la narración y reposicionará la dominancia relativa de ciertos relatos sobre todos aquellos otros que constituyen la ecología individual o familiar de los mismos. Estos cambios alteran la experiencia del mundo
de los narradores” (6).
Sostiene que a la hora de decidir un modo de intervención a cualquier nivel de una red social es imprescindible mantener una visión que incluya las variables históricas, culturales, socioeconómicas y políticas, que contextualizan y afectan la cotidianeidad temática y pragmática de los involucrados (3).
Sluzki nos convoca a reflexionar acerca de situaciones análogas no tan distantes: ¿Qué desplazados internos tenemos muy cerca de nosotros? ¿Qué pasa en Latinoamérica? ¿Qué pasa en nuestro país?
La situación de los desplazados internos en Colombia es una de las más graves del mundo. El gobierno de ese país estima que hay entre 2,5 y 3 millones de desplazados internos, siendo 1.796.508 los registrados en el Sistema Único de Registro (SUR), hasta el 30 de abril de 2006. Según datos de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES). La cantidad de 3.662.842 personas han sido desplazadas por la violencia hasta el 25 de octubre de 2005 y día a día esta cifra aumenta producto de la violencia política asociada al conflicto armado interno (7).
Mas allá de Colombia, cuya situación es la más acuciante de Latinoamérica, en el territorio se producen constantemente desplazamientos, producto de crecientes y múltiples tensiones internas, que generan asentamientos en condiciones miserables de supervivencia. Es necesario considerar las condiciones de producción de subjetividad en las que estas poblaciones sobreviven.
El mundo se construye y se recrea en las narraciones que hacemos de él.
Sluzki convoca a sostener una óptica ecosistémica responsable en las intervenciones en Salud Mental. Es necesario que nuestra praxis se desarrolle en la observación de la convivencia y la consideración del otro y sus necesidades, y del modo en que esto incide, a su vez, en la significación de lo humano.


 


BIBLIOGRAFÍA
1- SLUZKI, C. (2005)
Violencia familiar y violencia política.Implicaciones terapéuticas de un modelo general, en Fried Schnitman,D. (comp.), Nuevos Paradigmas,Cultura y Subjetividad. Bs.As.,Paidós.
2- SLUZKI, C. (2002)
Humillación, crisis y red social. Revista Sistemas Familiares, Año 18,Nº 3.
3- SLUZKI, C.
(1996): La red social: frontera de la práctica sistémica”. Barcelona,Gedisa.
4- MONTERO, M.Y OTROS
Identidad nacional: permanencia y cambio, Revista Interamericana de Psicología,Vol. 27, Nro. 1, 1993.
5- MONTERO, M;
La identidad social negativa: un concepto en busca de teoría, en “Identidad Social”.Valencia Promolibro, 1996.
6- SLUZKI, C.
(1998): Transformaciones: un esquema acerca de los cambios narrativos en la terapia”.Revista Sistemas Familiares,Año 14,Nº 2.
7.www.acnur.org/crisis/colombia/desplazamiento.htm

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Sección
Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Adriana Bersi

adrianabersi@hotmail.com

Lic. en Psicología, UBA
Docente regular Metodología de la Investigación, UBA 
Profesora Adjunta Escuela Sistémica, Universidad CAECE 
Terapeuta de Familias y Parejas Fundación PROSAM