LA FUNCIÓN DE LOS UNIVERSALES COMO SUSTRATO EPISTEMOLÓGICO DE LOS INDICADORES EN METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

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Mario Martin Gomez
Juan Alfonso Samaja

El momento de la operacionalización de las variables implica el pasaje de entidades teóricas, el contenido del concepto variable, a los indicadores, que se presentan como los aspectos particulares y manifiestos del contenido latente del concepto. Esta particularización implica la hipótesis, por parte del investigador, de que algo del todo de la variable se halla en cada una de sus dimensiones del indicador. De esto se infiere que el diseño de los indicadores no puede nunca agotar el contenido de su concepto variable, sino a condición de escoger sus aspectos más relevantes. Pero esto implica que la variable trasciende sus indicadores, es decir, que es un plus que excede el nombre que se le pone al conjunto de las operacionalizaciones. Estas relaciones entre el concepto y sus observables han sido un tópico frecuente en la filosofía medieval, bajo el nombre de el problema de los universales, entendidas como las discusiones acerca de la existencia del concepto y el modo en que éste existe. Sostenemos en el presente artículo que estas disputas pueden resignificarse si se recontextualiza en el asunto metodológico central: la transducción, y si se incorpora una perspectiva dialéctica historicista, con el objeto de comprender no sólo la existencia dada del concepto, sino también su movimiento generativo.


Palabras Clave: Problema de los universales/Indicadores/Variables/Operacionalización/Dialéctica historicista.


 


INTRODUCCIÓN  


Toda actividad científica implica una operación de trasvasamiento entre los conceptos y la experiencia sensible, de modo tal que toda explicación científica de un fenómeno se nos presenta como una reinterpretación del mismo a la luz de nuestros conceptos. Esto último significa que la ciencia no trabaja con observaciones puras ni con puros conceptos intraducibles, sino con ese término medio que es la operacionalización de los términos teóricos, y es precisamente esta función de transducción lo que constituye el núcleo mismo de la cientificidad positiva.
Esta operación de transducción fue anticipada, en un sentido filosófico, por Immanuel Kant, quien sostuvo que entre el concepto puro y la sensibilidad tenía que haber un término mediador que permitiera subsumir el objeto intuido en el concepto representado, y este término mediador es la noción de esquema, entendida como la representación de un procedimiento1. En Metodología de la Investigación llamamos a esta función de transducción el diseño de los indicadores2.

LA FUNCIÓN DE LOS INDICADORES EN LA ESTRUCTURA DEL DATO 


La construcción de los indicadores implica dos actividades muy concretas: el diseño de los procedimientos, y la identificación de las dimensiones relevantes de la variable, es decir, aquellos aspectos particulares que se consideran pertinentes y representativos del todo del concepto. Si las dimensiones son aspectos particulares de la variable, los procedimientos, en cambio, son el esquema de acciones que realiza el investigador para medir las dimensiones y combinarlas para concluir sobre la variable.
La construcción de los indicadores está vinculada a dos funciones simultáneas en la actividad científica: por un lado, el diseño de las operaciones como modo de producción de los datos que el investigador necesita, atendiendo estrictamente a la eficacia de la producción, y, por otro lado, la validación de las operaciones diseñadas. En otras palabras, los indicadores no sólo cumplen la función de permitir al científico operar en la realidad con sus conceptos, sino también de explicitar la objetividad (entendida como intersubjetividad y trans-subjetividad) de sus operaciones en el mundo frente a la comunidad de científicos3. Esta segunda función, que Juan Samaja ha denominado validación de hipótesis auxiliares o indicadoras4, pretende precisamente garantizar por medio de los indicadores seleccionados la confiabilidad y la validez de los datos a obtener en la fase del diseño y de la redacción del proyecto, y de los datos obtenidos en la presentación de los resultados. La confiabilidad la aporta el diseño de los procedimientos, esto es, la explicitación de las acciones realizadas por el investigador que describe qué y cómo hizo o hará para obtener ese dato, mientras que la validez la aporta el diseño de las dimensiones de la variable, pues un dato tendrá validez si las dimensiones que se han actualizado son verdaderamente representativas (en carácter de pertinentes, suficientes y relevantes) para medir el contenido profundo de la variable.
La validez de las dimensiones deben ser evaluadas según estos tres criterios, a saber: que las dimensiones sean verdaderamente aspectos particulares de la variable, es decir que estén vinculadas lógicamente con el eje semántico contenido en la variable; que las dimensiones escogidas, además de ser componentes de la variable, sean componentes relevantes a los efectos de medir la variable; y finalmente que el número de dimensiones seleccionadas sea suficiente para abordar el núcleo central de la variable en cuestión.
Veamos como se articulan estos criterios en un ejemplo concreto: Si quisiéramos medir la variable belleza física en el contexto de un concurso de belleza, necesitaremos tomar decisiones sobre los aspectos particulares que se van a observar para concluir sobre la belleza, ya que ésta no se puede observar siendo ella una inferencia a partir de observables. Estos aspectos que seleccionemos deberán tener con la variable en cuestión una filiación semántica, de modo tal que las dimensiones sean efectivamente una parte de la variable, y no algo distinto; si decimos que medimos belleza, pero escogemos como dimensiones posibles: simpatíalugar de residencia, cantidad de hijos o estado vincular (si tiene o no tiene pareja), advertiremos con facilidad que estas categorías no se vinculan con la variable belleza, al menos no en la manera convencional y socializada que el contexto amerita. Las dimensiones se constituyen a partir de la imagen que tenemos de la variable, de modo que entre ella y sus dimensiones hay un nexo lógico necesario (no en el sentido de la necesidad formal, pero sí en el sentido de la necesidad reproductiva. Es decir, si no actualizamos las dimensiones de la variable, entonces no medimos la variable que proponemos medir, lo cual significa que para medir esa variable, deben actualizarse estas dimensiones que operan como representaciones de la variable en la mente del investigador).
Ahora bien, siguiendo con el ejemplo, podríamos seleccionar dimensiones que tengan relación semántica con la variable, pero que en cambio no resulten relevantes para el contexto en que el jurado debe decidir y dictar sobre los patrones estéticos de una cultura determinada.En efecto, nosotros podríamos sostener que entre los muchos indicadores tomaremos el siguiente: se le pedirá a cada participante que levante el brazo izquierdo, flexione el antebrazo y exponga el codo hacia la vista del jurado; un funcionario calificado se acercará y observará el pliegue que se forma en la punta del codo, y según la forma que asuma el pliegue se adjudicará un valor que luego pasará a conformar los valores dimensionales de la variable.
A diferencia de las dimensiones anteriores que no tenían vínculo alguno con la variable esta dimensión sí está vinculada, al menos por su carácter de rasgo físico observable en una parte del individuo. Sin embargo, como es obvio, no puede constituir un criterio válido, ya que en nuestra cultura ese rasgo no constituye un patrón diferencial respecto de la belleza de los individuos. El contexto social y cultural habilita y reconoce sólo unas pocas dimensiones de las potencialmente actualizables.
Sin embargo estos dos criterios solamente resultan insuficientes para validar un indicador; en efecto, nosotros podemos escoger dimensiones que estén vinculadas semánticamente con la variable en cuestión, y además que tengan relevancia en el contexto para que actúen como una parte legítima de la variable, por ejemplo color de ojos, medidas de busto, cintura y cadera, pero con estas dimensiones solas no voy a poder dar cuenta efectivamente de la variable, ya que el concepto de belleza es multidimensional, y evidentemente sin tener en cuenta otras dimensiones (por ejemplo talla y peso), los valores del indicador no serán válidos respecto del objetivo propuesto.
Ahora bien, es fundamental advertir que cuando el investigador diseña los indicadores está tomando aspectos particulares de la variable (dimensiones) por el todo de la misma; por ejemplo, si se desea medir el coeficiente intelectual de un sujeto, cada uno de las dimensiones que se tomen en cuenta -esto es, los elementos que muestran dicho grado de inteligencia serán siempre una manifestación de su inteligencia y nunca su inteligencia in toto.Por lo tanto, si las dimensiones hacen visible aspectos o partes del todo de la variable, y es a partir de estos rasgos fragmentarios que se concluye sobre el todo del concepto, evidentemente la inferencia que está en juego en dicho proceso de medición es aquella que va de los rasgos, de la parte, a la inferencia del todo en función de disponer de una cierta regla de asociación que me permita conectar el rasgo o parte con la totalidad a la cual pretende hacer referencia. Esta operatoria es la propia de la inferencia abductiva5.
Y he aquí donde se plantea la cuestión central que motiva el presente artículo: la relación ontológica que se pone en acto entre la variable y los indicadores que la miden en el proceso mismo de operacionalización. Sostendremos, la siguiente tesis: del hecho de que la variable sólo pueda aprehenderse abductivamente por medio de sus indicadores, no debe inferirse que ella es igual –o el mero resultado- de la suma de dichos indicadores que buscan visualizar su  valores… o peor aún, que no hay variables, sino solamente indicadores. En otras palabras: las dimensiones de la variable siempre dejan intacto un continente de dimensiones no operacionalizado. Y esto reviste una importancia capital, ya que esta no operacionalización por extensión es lo que hace posible determinar a la relación entre el indicador -sobre todo a sus dimensiones- y la variable como un vínculo imputativo o semiótico, y no inductivo o deductivo. En otras palabras, tenemos que interpretar, no meramente computar, y nuestras interpretaciones pue en fallar (tanto en la corroboración como en la falsación6) porque los indicadores y la selección de sus dimensiones no constituyen un juicio analítico, sino sintético apriori7, esto es, la construcción de los indicadores es un acto creativo y no un proceso meramente deductivo.
Es precisamente en torno de esta idea que abordaremos un tópico filosófico central en la historia de la Filosofía, y de la máxima relevancia para nosotros en el campo de la metodología, el denominado problema o disputa de los universales. Esta referencia pretende echar una nueva luz a este problema, desde una reubicación del problema en el contexto de la Metodología de la investigación, y en particular, en la conceptualización de los indicadores8.


LA DISPUTA DE LOS UNIVERSALES COMO PROBLEMA EPISTÉMICO POR EXCELENCIA 


En el contexto de la filosofía medieval tuvieron lugar una serie de discusiones sobre el estatuto ontológico de las realidades que podemos conocer y cómo podemos hacerlo, estas discusiones llegan a nosotros con el nombre de problema de los Universales8. La discusión tiene la siguiente estructura argumental: entre los siglos X y XI los filósofos escolásticos comenzaron a preguntarse si los conceptos existían en la realidad (fuera del sujeto) o en su intelecto; es decir, si las leyes que el hombre descubre las extrae de las cosas mismas o preexisten en su mente. ¿Pero qué son los conceptos? Los conceptos, por definición, son términos teóricos inobservables. Un concepto es aquello que tienen en común las diversidades posibles de un fenómeno que pretendemos subsumir bajo ese concepto; por ejemplo, decimos que el concepto vaso es una idea o representación mental (imagen) de aquello esencial que tienen en común todas las formas diversas en que se presentan los objetos que llamamos vaso. Es decir, los vasos pueden presentar muchas diferencias entre sí (diferencias de materiales, de forma, de apariencia, etc.) y no obstante seguirlas considerando como pertenecientes al objeto vaso como unidad. De este modo, todo concepto se define como la unidad de lo diverso, es decir, por su capacidad de unificar la diferencia sintetizándola en una imagen integradora y totalizante. 
Ahora bien, los vasos particulares son observables y –por principio- los consideramos existentes como una obviedad, pero no ocurre lo mismo con el concepto teórico de vaso, éste no es una cosa, y por ende no ocupa un lugar ni una posición en el espacio empírico. Por ello los filósofos de la Edad Media comenzaron a pensar dónde o en qué parte del mundo reside el concepto y qué estatuto presenta respecto de las cosas que subsume. A estos interrogantes se propusieron, en principio, dos respuestas posibles: el realismo y el conceptualismo9. El realismo sostuvo la existencia externa del concepto, como independiente y fuera del sujeto, mientras que la segunda sostuvo que el concepto estaba en la mente del sujeto, y no existía como algo separado de él. En otras palabras, la existencia del concepto era dependiente del sujeto e interna a él.
Cada una de estas versiones sobre la respuesta a los Universales, se puede a su vez clasificar según la relación entre el concepto, la realidad y el sujeto intelectivo. Así, la versión realista se divide en realista in re o ante rem: el concepto está en las cosas, es generativo y formativo y no existe antes ni fuera de ella (versión del inmanentismo aristotélico), o el concepto es previo y externo a la cosa; las cosas sensibles son generadas por los conceptos pero éstos no surgen de la interacción con la cosa sensible, ya que preexiste en el mundo de las puras ideas (versión del trascendentalismo platónico). Sin embargo, a los efectos de esta exposición importa especialmente el desglose de la versión conceptualista que derivó en la temprana modernidad, primero en la versión de un empirismo racionalista (universalia post rem)10, y, finalmente en la corriente conocida como nominalismo, cuyos desarrollos resonaron hasta el siglo XVII/XVIII con la versión radical del empirismo escepticista.
Hasta aquí es importante advertir que ambas posiciones -realista y conceptualista- conciben al concepto como algo que existe de alguna manera; es decir que tanto para el realismo como para el conceptualismo el Universal es una entidad que existe positivamente, y en este sentido creemos que los nombres con que se han clasificado estas dos versiones producen una confusión que debe ser resuelta. ¿Por qué se produce la confusión? Porque al denominar realismo a una sola de las versiones, pareciera que por oposición el conceptualismo le negara existencia al concepto, y esto es erróneo desde todo punto de vista, como trataremos de mostrar.
Es por esta razón que proponemos una nueva denominación para caracterizar las posiciones sobre los Universales. A aquellas corrientes filosóficas que sostienen la existencia externa e independiente del sujeto, la denominaremos realismo objetivo, y a las que consideran al concepto dependiente e interno al sujeto, y no existiendo fuera de éste, la denominemos realismo subjetivo. Para las primeras el concepto existe fuera del sujeto, y para la segunda no existe afuera, sino dentro del sujeto y en el sujeto. Dicho de otro modo, o el concepto prescinde del sujeto y existe independiente de él (realismo objetivo) o bien no es separable del sujeto, y sólo en él tiene existencia (realismo subjetivo).
En este punto necesitamos hacer una aclaración: el término objetivo que estamos utilizando para la clasificación refiere a la consideración medieval de un concepto externo y por fuera del sujeto. Este es el sentido que incluso en la actualidad la ciencia de cuño positivista le da al término. Sin embargo, nosotros a lo largo del trabajo le daremos un sentido más amplio, tal como ha sido propuesto por la filosofía dialéctica, desde Kant. Desde esta concepción lo objetivo no es sinónimo de externo al sujeto, ni un mero invento arbitrario y antojadizo del sujeto; para la dialéctica el sujeto y el objeto conforman una unidad. La objetividad se define no por ser externa al sujeto, sino por internalizar lo externo, es decir, darle a lo externo la forma de sujeto.
En este sentido, lo que el Medioevo –y la ciencia positivista moderna- llamaron realismo a secas, nosotros lo denominaremos realismo empírico, entendiendo, contrariamente, por realismo subjetivo no una mera ideación arbitraria, sino lo que constituye la realidad del sujeto, aún cuando esta realidad no sea empíricamente observable de manera directa. Resulta sugerente recordar que el análisis ideal que realiza Descartes, una vez que ha descubierto al YO que piensa y en tanto que piensa, es, consiste en distinguir dos realidades diferentes: por un lado la realidad de nuestras ideas, y que son reales en tanto las tenemos y las pensamos, y porque las pensamos y las tenemos podemos decir algo de ellas; y por otro lado, la realidad de esas ideas en correlación con la realidad empírica. Adviértase, que el hecho de que no exista la coincidencia entre nuestro pensamiento y la correlación en nada obsta a la realidad y verdad de las ideas que pensamos y que tenemos. Ellas tienen su realidad en el pensamiento.
De todas formas, la denominación de realismo objetivo que proponemos puede aplicarse tanto a la noción de objetivismo reduccionista como a nuestra propuesta de una concepción amplia de la objetividad, no sólo como intersubjetividad (sujeto-sujeto), sino también como autoengendramiento entre los sujetos y sus relaciones conflictivas por la propiedad de los objetos.

Veamos entonces un esquema de estas variantes de lo que denominaremos en este trabajo la concepción realista de los Universales.


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Ahora bien, de la variante conceptualista (realismo subjetivo) se desprende una tercera posibilidad, que se diferencia cualitativamente de las dos anteriores en que niega de cuajo la existencia positiva del concepto, reduciéndolo a un mero término del lenguaje. Dicho de otra manera, el concepto vaso no es nada que exista por sí mismo (ni en el mundo ni en la mente del sujeto) es simplemente el nombre que le ponemos a los vasos distintos para organizarlos y operar con ellos. A esta variante radical se la denominó nominalismo.
Para el nominalismo los conceptos, no sólo no existen en la naturaleza, es decir como atributos de las cosas, sino que ni siquiera tienen un plano de existencia intelectiva, humana o celeste; sencillamente no existen en tanto sustancias, ya que son meros nombres con que se describe al mundo. Así, el concepto general o discursivo de un ente no existe ni en los entes particulares (externos) en los cuales se instancia, ni es una idea innata en la mente humana puesta por alguna divinidad, ni es algo distinto de las cosas que describe.


 


EL PROBLEMA DE LOS UNIVERSALES EN EL CONTEXTO EPISTÉMICO DE LA MODERNIDAD MADURA 

En los siglos XVII y XVIII las disputas epistemológicas heredaron aspectos análogos de esta confrontación propia del medioevo sobre todo respecto de la reflexión sobre el origen de las leyes universales de la ciencia. Si en la Edad Media se trataba de una discusión metafísica, en sentido estricto, en la Modernidad estos asuntos mutaron en la pregunta acerca de la posibilidad del conocimiento y de las leyes científicas. Ya no se trata de la existencia del concepto, sino de una entidad mucho más diversificada: el conocimiento universal o la ley científica. La ciencia se presenta en la Modernidad madura del pensamiento burgués desarrollado como el conocimiento universal y objetivo por antonomasia, y su producto más contundente se consagra con las leyes que la Física de Newton formula acerca del universo, de su movimiento y de los cuerpos que lo habitan. Ahora bien, esas leyes ¿están en los fenómenos? ¿El sujeto las halla en las cosas, como algo fuera de él o por el contrario eso que llamamos leyes es una proyección del intelecto (ideas innatas) sobre el mundo?
Para el racionalismo estas leyes existen sólo en el intelecto como sustancias innatas que la mente dispone; para el empirismo, en cambio, la respuesta fue que las leyes no podían venir de ningún otro lado que de la experiencia sensible, ya que el sujeto llega al mundo vacío de conceptos. Hasta aquí el planteo de la temprana modernidad alternó, a grandes rasgos, entre objetivistas-empiristas y subjetivistas-racionalistas11. Ambas posiciones afirmaban la existencia de las leyes universales, aunque cada una interpretó la ley universal como derivándose de las cosas estudiadas, o derivándose de la actividad cognoscitiva del sujeto. Sin embargo, Hume llegó a sostener la imposibilidad de adquirir a través de la sensibilidad las ideas universales, a las que redujo a la noción de meros habitus12. Es decir, no hay relaciones causales, porque el concepto de causa no se puede originar en la observación; aquello que llamamos relación causal entre dos fenómenos o series de fenómenos es apenas una sucesión en el tiempo: primero vemos una cosa y luego la otra. Una vez que hemos visto varias veces la sucesión de A-B13, nos vemos motivados a pensar que la sucesión repetida tiene cierto patrón inteligente, o que responde al menos a un esquema mecánico causal. A esto último, Hume le da el nombre de habito. El hábito resulta entonces de la repetida asociación de fenómenos observados por el sujeto; el sujeto se ha habituado a ver la misma sucesión una y otra vez.
Ahora bien, es fácil comprender que si los conceptos son meros hábitos accidentales, la universalización pretendida por la ciencia –como conocimiento de la regularidad universal- se vuelve una absoluta quimera, ya que ningún hábito garantiza la necesidad formal que la causalidad (mecánica) pretende. Esta conclusión del escepticismo tiñe gran parte de la epistemología contemporánea desde el siglo XIX hasta la actualidad, a tal punto, que no son pocos los historiadores de la ciencia, epistemólogos y científicos que están convencidos de que el nominalismo positivista es sinónimo de ciencia positiva, y que la ciencia constituye el triunfo del nominalismo14. Esperamos que este artículo permita revisar críticamente esta afirmación, sobre todo desde el contexto de la Metodología de la Investigación.


 


LOS HEREDEROS DEL NOMINALISMO EN EL SIGLO XIX Y XX

Durante el siglo XX, se hicieron sentir los efectos de esta herencia nominalista (tanto en su versión moderada como radical) en diversas corrientes filosóficas; además de las diversas variantes del positivismo ya conocido (fundando por Augusto Comte15), y las variantes por conocer, como el falsacionismo16, que se consagraron en la primera mitad del siglo, se desarrollaron las distintas versiones de la escuela estructuralista acompañadas de la mano de la naciente Semiología Saussureana17 que planteó, contrariamente al empirismo, que no hay términos empíricos, sino solamente relaciones.
Ahora bien, ¿porqué esta referencia a la disputa de los universales y a sus efectos y secuelas en la historia de la filosofía? Porque, desde nuestro punto de vista, en esa querella está en germen la fundamentación de la respuesta a la disputa metodológica acerca del operacionalismo y la discusión sobre la relación dialéctica entre la variable y sus indicadores.
Resumamos las dos posiciones que se configuran y cristalizan el recorrido que hemos delineado en esta polémica:
para una posición empirista extrema no hay relaciones de transindividualidad (conceptos)18 sino solamente términos (los observables, los hechos mismos), y para el estructuralismo en su vertiente más radicalizada no hay términos, sino solamente relaciones (no hay hechos, solamente oposiciones semánticas). En el punto siguiente a partir de este zócalo alcanzado volvemos sobre el problema metodológico entre variables e indicadores.


 


SOBRE EL PUESTO DE LOS INDICADORES COMO UNIVERSALES HISTÓRICOS 

Volvamos a los indicadores y las variables: dijimos que la variable no se reduce a los indicadores, es decir que no está toda allí en los indicadores que buscan hacer visible sus valores. Pero ¿existe algo más en la variable que no sean sus aspectos observables, que los indicadores pretenden manifestar? Reencontramos aquí el asunto cardinal de la discusión en torno a la existencia de los universales, pero traducido ahora al problema metodológico central: ¿existen las variables o son solamente una forma sofisticada de denominar a la suma de sus indicadores? ¿Las variables existen de alguna manera distinta respecto de sus indicadores o son sólo el nombre que le ponemos al conjunto de sus dimensiones actualizadas? Dicho de otra manera, ¿la variable es algo más que lo que operacionalizamos en ella o se reduce a su operacionalización?
Si fuera este último el caso, evidentemente las relaciones entre las variables y los indicadores serían relaciones de mera exterioridad o relaciones de conjunto a elemento, y las variables resultarían de la suma total de sus indicadores, lo que quiere decir que ellas no tendrían ninguna injerencia en el diseño de sus indicadores, sino que solamente serían la mera resultante (efecto) de éstos. ¿Pero es cierto esto? ¿Qué implicancias tendría sostener esta tesis? En principio se derivaría de ello la imposibilidad de diseñar indicadores, pues recordemos que el indicador se construye en función de particularizar la variable, es decir, en función de la variable como un todo. Pero si la variable no es nada antes del indicador, ¿en función de qué se elaborarían los indicadores? Evidentemente proponer indicadores de manera abstracta, es decir, sin un concepto variable que los subsume, carece de sentido metodológico. Nosotros hemos mencionado, de hecho, que todos criterios de evaluación de los indicadores (de la validez de sus dimensiones) lejos de ser indiferentes a la variable, la deben presuponer como fundamento, pues es en función de ella, y de ningún otro criterio externo, que se evalúa la pertinencia, la relevancia y la suficiencia de las dimensiones consideradas; ¿cómo puede evaluarse la validez de una dimensión o de una serie de dimensiones si la variable no precediera a sus dimensiones como el todo debe preceder a sus partes?
Con frecuencia no se advierte que si hablamos de una relación de todo a partes, las partes nunca pueden estar en el origen. El todo siempre es primero que sus partes19. Si las partes fueran primero ¿de qué serían partes si no de un todo de referencia que debe precederlas? Esta aparente paradoja (el todo está constituido de partes, pero el todo las debe preceder para que sean partes) no guarda misterio alguno, y sólo es debida a la tenaz confusión de las doctrinas positivistas entre conjunto-elemento y todo-parte. En efecto, el elemento, en tanto individuo, sí precede al conjunto, siendo el conjunto el resultado de la suma de los elementos. Pero el individuo del conjunto no es lo mismo que la parte de un todo.
Si tomamos un hígado y lo conjuntamos con otros hígados, entonces tendremos el conjunto de hígados que resulta segundo respecto de la aparición de los hígados que han constituido al conjunto como incremento de individualidades. Es tentador pensar que tampoco el hígado como elemento es primero, pues antes de estar en el conjunto existe dentro del cuerpo junto a otros órganos, pero allí hay que decir algo importante: el hígado dentro del cuerpo no es un elemento conjuntado, sino una parte-órgano de un todo-organismo, y en este sentido, el conjunto de los hígados siempre es segundo que sus elementos aislados. Incluso la abstracción matemática de los conjuntos vacíos sólo son posibles de ser pensadas como incrementos de una sustancia que es igual a 0, y la suma de esos ceros dan como resultado el conjunto extensivo de 0, y a ese conjunto le llamamos conjunto vacío. Pero adviértase que sólo tiene sentido hablar de conjunto vacío cuando lo definimos en relación con algún elemento del que carece, y por ende también en este caso, el elemento (ausente) precede al conjunto, y su vacuidad es resultado de la carencia de los elementos.
Evidentemente, si queremos dar una respuesta a este interrogante sobre la relación entre la variable y sus indicadores, que no sea dogmática ni arbitraria, sólo queda admitir la variante dialéctica20 como criterio que dé cuenta de la relación entre ambos constructos. Desde la visión dialéctica la variable es más que la suma de sus partes, pues en la misma medida en que ella regula y subordina a sus elementos indicadores, por su mismo movimiento de composición21, a través de aquello que ella controla y regula (los indicadores), se reconfigura a sí misma.
Como siempre la pregunta clave y determinante de la filosofía parece encontrar la respuesta en la praxis. ¿Qué es primero: la variable o los indicadores? La respuesta es relativa: depende si nos posicionamos desde la reproducción o desde la génesis de la estructura. Si nos posicionamos desde la génesis lo primero son las dimensiones indiferenciadas (conceptos variables en sí mismas) como de hecho ocurre en las fases exploratorias del proceso de investigación que Samaja denomina análisis centrado en el valor, en el que el investigador va sintetizando valores y dimensiones en las categorías que luego pasarán a considerarse las variables genuinas del fenómeno22. Sin embargo, una vez que se edifica la estructura, ella reconstituye y regula sus niveles anteriores subordinándolos como si ella misma los hubiera generado.


 


HACIA UNA REDEFINICIÓN DE LA PROBLEMÁTICA DE LOS UNIVERSALES:
LA POSICIÓN DE LA DIALÉCTICA HISTORICISTA 


Consideramos que la exposición que los manuales de Filosofía hacen de esta problemática de los universales es insuficiente, por lo que omite, e incorrecta por lo que se afirma. Como ya hemos dicho en este artículo, la denominación de realista sólo a aquella doctrina filosófica que sostiene la existencia exterior del concepto (como algo fuera del sujeto e independiente de él) pareciera sugerir, por oposición, que las otras doctrinas se definen por su no realismo del concepto.


(…) La posición señalada en la segunda alternativa es llamada realismo (afirmación de la realidad objetiva de los universales) con sus dos variantes de realismo inmanente (o moderado: universalia in re) y trascendente (o radical: universalia ante rem). Por el contrario, la consideración del aspecto subjetivo de los universales –es decir, en cuanto éstos son contenidos de nuestra mente- se designa con la denominación de conceptualismo: éste se contrapone, hasta excluirlo, al realismo sólo cuando sostiene que la realidad de los conceptos es totalmente mental, y que lo universal es un simpleproducto del intelecto, más o menos artificiosamente derivado de las cosas individuales (universalia sólo post rem). Y aún más, si por este camino se utiliza el contenido –incluso subjetivo- del concepto, hasta reducir el elemento común en los diversos individuos sólo al nombre con que éstos son designados, el conceptualismo da lugar al nominalismo.23 

Adviértase la sutileza en el párrafo: se afirma, en efecto, que el conceptualismo se aleja del realismo pero sin excluirlo. Sin embargo, al definir como realistas sólo a aquellas que consideran al concepto algo externo (trascendente o inmanente a los objetos individuales del mundo) no resulta fácil advertir la relación que podría tener este conceptualismo moderado con la concepción realista, reduciéndose la diferencia a un asunto de degradación: es más o menos realista hasta dejar de serlo completamente. Nosotros, por el contrario, sostenemos que el Conceptualismo en sí no puede considerarse opuesto al Realismo, sino a condición de reducir la realidad a aquello que existe fuera e independiente del sujeto, es decir, sólo a condición de considerarla desde una perspectiva ingenuamente positivista. En cambio, otra definición es posible:


«Lo real no es aquello en que se nos ocurre pensar, sino lo que no es afectado por lo que pensemos de ello»24 


De manera análoga Émile Durkheim sostiene que la sociedad –y e el hecho social- debe ser considerada como una cosa, en el sentido de que de que no es una mera ideación, una fantasía arbitraria del intelecto, sino algo que existe realmente con independencia de lo que queramos pensar acerca de ello25. Desde esta concepción podemos pensar que también nuestras estructuras mentales (que no son afectadas por lo que pensemos de ella) son cosas.En este sentido, las ideaciones podrán ser inventos subjetivos ideales, pero las ideas trascendentales que organizan el pensamiento no son ideaciones subjetivas y antojadizas y tienen tanta o más contundencia y realidad que las rocas.

 «Dice la objeción como sigue: las mutaciones son reales (esto lo demuestra el cambio de nuestras propias representaciones, aunque se quisieran negar todos los fenómenos externos con sus mutaciones). Las mutaciones, empero, no son posibles más que en el tiempo; el tiempo, pues, es algo real. La contestación no ofrece dificultad. Concedo todo el argumento. El tiempo es, desde luego, algo real, a saber: la forma real de la intuición interna. Tiene pues una realidad subjetiva en lo tocante a la experiencia interna; es decir, tengo realmente la representación del tiempo y de mis representaciones en él. Es, pues, real, no como objeto, sino considerado como el modo de representación de mí mismo como objeto.»26 

Si revisamos el panorama a la luz de estos comentarios, podemos visualizar las posiciones del realismo de un modo menos simplista (Ver recuadro).


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Ahora bien, dijimos que las exposiciones son incorrectas por lo que afirman, e insuficientes por lo que omiten. ¿Cuáles son las omisiones? Básicamente la reducción de las posiciones al Racionalismo-Empirismo sin ninguna consideración a las posiciones dialécticas historicistas. En efecto, ¿dónde se ubica una posición historicista de los universales como la que plantea la dialéctica?


EL CONCEPTO DE “UNIVERSAL" EN LA FILOSOFÍA KANTIANA 


Sabido es que Kant rechaza el realismo objetivo, entendido éste como existencia del concepto fuera del sujeto. Si el Universal estuviera fuera del sujeto, entonces el noúmeno sería cognoscible, pero Kant ha sostenido que la actividad humana (sensitiva e intelectiva) sólo puede operar con fenómenos; del noúmeno nada podemos decir. Pero rechaza del mismo modo el nominalismo subjetivista, mencionando que las leyes científicas y los Universales no son contenidos del sujeto empírico (es decir, no son invenciones arbitrarias) sino contenidos del sujeto teórico (sujeto social). Las leyes son posibles, y los Universales no son meros nomine sino reglas del intelecto, la forma de la materia sensible.
Aunque se reconoce que la propuesta kantiana es contraria al realismo objetivo, en sus dos versiones (in re y ante rem), y contraria también al nominalismo escéptico, no resulta sencillo, en cambio, advertir la diferencia con la propuesta del realismo subjetivo, como separada del mundo, es decir, un puro sujeto27. Pareciera evidente que Kant comulga con los conceptualistas del realismo subjetivo cuando afirma que las categorías y los conceptos no se pueden obtener por observación, pues son un aporte del sujeto trascendental. ¿Pero esta es una interpretación correcta de la propuesta Kantiana? ¿Se lo puede clasificar como racionalista (innatista) sin más? Nosotros creemos que no. Si bien es cierto que el propio Kant ha sido oscuro en cuanto a la explicación de la coincidencia entre el lenguaje explicativo de la ley científica y el mundo sensible, existen diversas señales que nos hacen pensar que Kant tuvo que haber imaginado una génesis de los conceptos en correspondencia con la génesis del sujeto y del objeto, y así como sostuvo respecto del origen del universo que la sola existencia de la materia contenía ya en su estructura la ley de su movimiento28, podemos suponer que Kant concibió la separación sujeto-objeto como un momento segundo en la génesis de la materia universal, siendo ese momento primero la completa unidad.
Donde quizás es más evidente esta inadecuación de Kant al realismo subjetivo es en su tratamiento de la apercepción como unidad trascendental de la conciencia. Kant sostiene que la condición general de toda actividad conceptual recae en la apercepción del YO como unidad de las experiencias diversas. El YO kantiano es eso que tienen en común todas nuestras experiencias diversas, es aquella impresión permanente y subjetiva de aquello que trasciende y unifica la diversidad. Ahora, el Yo es el concepto fundamental sobre el que reposa toda la actividad conceptual intelectiva (el Universal de Universales), pero él no es un mero nombre que le ponemos a eso común que tienen nuestras experiencias, más bien es el fundamento mismo por el cual las experiencias son algo para nosotros, ya que las podemos referir al Yo sintetizado que somos. El YO no es el nombre que le damos a la diversidad, porque no es un concepto general o discursivo meramente, sino un concepto totalizador y sintético, es la unidad de las experiencias. Y como unidad, no es un mero nombre con que designo la impresión de unidad, es la experiencia misma de la unidad, su autoconciencia.
Ahora, para Kant el Yo se constituye en la experiencia y no es una idea innata o separada de la realidad exterior; más bien lo exterior y lo interior se definen uno por el otro y sin experiencia constitutiva no hay conciencia como unidad de las experiencias. Se advierte entonces que el realismo kantiano no se adecúa fácilmente ni al realismo trascendente ni al inmanente, puesto que el YO ni está por fuera del sujeto, ni está en el sujeto únicamente como una cualidad pura suya: está en el movimiento entre el objeto y el sujeto, en su replegamiento.


LOS UNIVERSALES NO SON CONCIMIENTOS SINO REGLAS DE OPERACIÓN DEL INTELECTO 


Cuando hablamos de los universales, de los conceptos y de la forma legaliforme del sujeto social que se plasma en la necesidad de explicar mediante leyes la materia del mundo, confundimos las condiciones de posibilidad con el producto que las condiciones hacen posible; así sobre la causalidad, el Racionalismo planteó que ella es una idea verdadera en tanto es innata y se desprende del fundamento del YO que piensa, mientras que para el empirismo, en su versión escéptica, la causalidad resulta ser un conocimiento falso porque no proviene de la experiencia sensible.
Sin embargo, Kant dio un paso realmente importante cuando advirtió que el error de sus antecesores no estaba en las pruebas que argumentaban en contra o a favor de la existencia de la causalidad como concepto universal, sino a la consideración misma del concepto como un conocimiento. Para Kant, tanto el Racionalismo como el Empirismo se equivocan, puesto que la causalidad no puede ser ni verdadera ni falsa, ya que la causalidad no es un conocimiento sino una regla de operación imputativa. Las reglas de imputación no son ni verdaderas ni falsas: “no matarás” o “el último que sale apaga la luz” o “el gol que entra impulsado por la mano no vale”, no son premisas veritativas, es decir, cuyos valores pueden ser verdaderas o falsas29, sino prescriptivas, y lo único que puede decirse de ellas es si se han respetado o no. Kant sostiene entonces que la causalidad es una regla, “si Ud. Quiere inteligir el mundo, organícelo causalmente”. Ahora, a esta afirmación regular le falta un segmento decisivo que los juristas llaman Perinorma30, y esto es “… o aténgase a las consecuencias de su comunidad”. En otras palabras, de la trasgresión de una regla válida no se deriva su falsedad, sino una sanción jurídica.
Lo que Kant hace, en efecto, es analizar la organización epistémica e inferir de ella sus condiciones universales y trascendentales de estabilidad y reproducción. Ahora bien, parece cierto, como afirma Escoto, que no es válido inferir de la existencia de los accidentes la existencia de las sustancias, como no es posible inferir con verdad la necesidad de Dios a través de sus efectos y creaciones ya que esto mina la omnipotencia divina31. En este sentido, no hay relación de necesidad entre el creador y su creación entendida como mecanismo causal. Pero aquí hay que hacer una salvedad importante: cuando se afirma que no puede inferirse la necesidad de un creador por el efecto por él creado, porque el creador divino no está causalmente determinado (en el sentido mecánico de la determinación), pareciera que se está confundiendo la dirección de la necesidad; en efecto, si algo está creado y no ha sido producido por manos humanos, es legítimo inferir que algo o alguien lo debe haber producido, es decir, que necesariamente tiene una causa. Pero el reconocimiento de esta necesidad no equivale a decir que el fenómeno que causa (Dios o la materia que se autoorganiza) haya estado causalmente determinado a producir ese efecto y ningún otro.
Esta interpretación última se denomina causalidad determinística, y se lee en dos direcciones posibles: de la causa al efecto: producida cierta fuerza, se derivará mecánicamente una serie de efectos/causas secundarias que producirán en la cadena final un resultado matemáticamente determinable; y del efecto hacia la causa: habiéndose producido un resultado, se afirma que la existencia de éste implica un determinismo mecánico, es decir, que el resultado (el efecto) es formalmente necesario, es decir, no podría haber sido de otra manera que como llegó a ser, ya que el resultado estaba predestinado32. En otras palabras, el resultado no es un rasgo de la libertad de la materia (de su auto-organización) sino de su pura pasividad respecto de las fuerzas de la causalidad externa.
Con frecuencia se confunde este último tipo de determinismo causal (aquella que va del efecto a la causa) con uno de los tipos de causalidad, que Aristóteles llamó causa final o teleología; sin embargo la frecuencia de un error no lo torna menos erróneo, y de hecho la teleología no opera de manera determinística, sino al modo de los organismos vivientes, respondiendo al ideal de la libertad del ser y la auto-organización de la materia. Esto significa que la necesidad de que una entidad creada tenga una causa creadora, no implica de manera determinística que la causa creadora tenga que haber producido esa creación y ninguna otra, sin embargo algo debió producir para constituirse como fuerza creadora.
Esto nos lleva a señalar un punto central sobre el carácter de los Universales: el ser humano, al ser esencialmente un sujeto productor, proyecta su propia praxis, y así como todos los artefactos suponen necesariamente un creador humano, todas las cosas no-humanas suponen (para el sujeto humano) un creador no-humano. Pero en este caso sí es imaginable un tipo de realidad cuya creación no remite a un ser creador; es posible, para un ateo, representarse un mundo no creado por ningún Dios, mientras que no es lógicamente posible concebir los accidentes sin inferir las sustancias. Las sustancias, como la causalidad, el espacio y el tiempo, no necesitan –ni pueden- ser demostradas por vía empírica, porque son parte del priori del intelecto. Son el fundamento mismo de la razón, y de mismo modo que no puede demostrarse el fundamento empírico ni teórico, porque el fundamento es la que hace posible demostrar algo, así, el Sujeto Trascendental no puede ser demostrado más que como evidencia lógica (como tautología) o como inferencia retrospectiva (al modo de la inversión copernicana). Por ello es que para Kant el error está en considerar a los universales como conocimientos, verdaderos y necesarios o falsos y meros hábitos de la mente, cuando ellos son reglas del intelecto y no conocimientos falibles del mundo en sí. Esta es la razón por la cual los universales no pueden hallarse en la realidad empírica, y es vano todo intento de mostrar su existencia objetiva-empírica por la vía del acceso sensible. El universal no es un dato de la sensibilidad, sino una invariante de la razón.
Quisiéramos destacar que las inferencias que se ponen en juego al inferir las causas y las sustancias de los efecto y los accidentes, así como aquella que se pone en juego para extrapolar lo conocido (sujeto productor humano) con lo desconocido (presunción de un productor no-humano para obras no humanas) son precisamente aquellas que constituyen a la relación entre el indicador y la variable: la analogía y la abducción.


 


 


EL UNIVERSAL NO ES UN TÉRMINO GENERAL, SINO UNA TOTALIDAD

Uno de los aspectos más problemáticos en la discusión sobre los universales es que no es fácil encontrar en los filósofos medievales dedicados a estas disputas una diferencia clara entre conjunto y totalidad. Todos ellos refieren a la existencia del concepto como el término que unifica la diversidad, pero el concepto parece ser definido de dos maneras antagónicas: 1) como generalización de rasgos individuales sobre una proyección abstracta. Por ejemplo, cuando utilizamos el término hombre en reemplazo de todos los hombres: “el hombre es un animal de costumbres”33; y 2) como totalidad o unidad. En este segundo caso no se trata de una generalización abstracta de individualidades, pues las individualidades sumadas no equivalen al todo del concepto.
Resulta más o menos evidente que el término general abstracto (el hombre) no existe y es una pura ficción del lenguaje, y sólo en este sentido estaríamos de acuerdo con la propuesta nominalista. Sin embargo, si al universal se lo concibe como equivalente a la totalidad, entonces la propuesta nominalista pierde ese carácter de evidencia: la familia, como un Estado, no pueden reducirse a una generalización de integrantes individuales, aún cuando éstos sean constitutivos de esas totalidades. Nuestro organismo (como cualquier organismo) es más que un conjunto de elementos conjuntados, es una totalidad funcional.
Y en este sentido, nosotros consideramos que el Universal es también un particular y un particular es por lo mismo un universal. Cada individuo es un todo como el Todo es un individuo. Cada individuo es también una totalidad, y por ende un universal, precisamente porque cada individuo porta el universal en sí mismo, lo universal se reproduce en él.
Por todo ello, se advierte que sólo desde el positivismo más grosero puede sostenerse que la ciencia positiva es el triunfo del nominalismo. Sostener esta tesis implica aceptar que la oposición realismo-nominalismo se reduce a una mera cuestión “se lo puede ver-no se lo puede ver”. El realismo, sin embargo no consiste en afirmar que el concepto es una pura materialidad bruta o un mero factum, sino en afirmar su existencia, su ser, lo que no significa la misma cosa. Ya el racionalismo cartesiano habría tomado partido por esta posición al afirmar la preeminencia absoluta de la idea. Ahora bien, para el Racionalismo la idea Es, y Es más que la materia que se halla subordinada a la idea incorpórea. La asociación entre el Ser y la Sustancia como materia se consagra con Santo Tomás, pero otras filosofías sostienen la posibilidad de una sustancia incorpórea. La dialéctica, de hecho, ha consagrado la idea como máxima expresión del ser, precisamente en tanto evolución última de la materia, su síntesis en la idea. La noción de cuerpo inorgánico refleja este realismo del pensamiento y de la idea, sin ser nominalismo ni idealismo abstracto34


 


CONSIDERACIONES FINALES

Sostenemos que deben distinguirse en el realismo dos vertientes: un realismo objetivo de un realismo objetivo y un realismo subjetivo. Las distinciones del realismo in-re, ante-rem y post-rem no incluyen en sí mismas la noción empirista -unilateralmente entendida- de que el concepto universal sea una cosa corporal; todas ellas presuponen la existencia del concepto como un plus de la materia, algo que no se confunde con ella. En este marco, postulamos una tercera variante, el realismo trascendental-historicista o realismo dialéctico del concepto: realismo no en la cosa, ni meraidea separada de la cosa, sino vínculo entre la cosa y el sujeto como movimiento de unión de aquello que se ha separado (sujeto/objeto).
Es desde esta perspectiva que se redefine la relación entre variables e indicadores. La vinculación entre ambos constructos debe comprenderse desde una perspectiva que hemos denominado “realismo dialéctico”. Desde esta concepción, la variable no está toda en el indicador porque no es un mero universal abstracto en relación a él. Según nuestra tesis la variable es histórica, es decir, es un concepto universal, real y concreto. Lo cual significa que toda variable es configurada por su indicador porque es operacionalizada por éste, es decir, el indicador hace posible medirla. De esta forma, la variable se transforma en un concepto empírico gracias a la adquisición de un valor por la aplicación sobre ella de los procesos de mediación mediados por el indicador. En términos generales podemos decir que el indicador construye, funda y crea a la variable como un concepto universal y empírico relacional que se podrá vincular estructuralmente con otras variables gracias a que adquirió un valor que la hace funcional dentro de los niveles de integración de un sistema de matrices de datos. El indicador ha fundado a la variable en tanto ella deja de ser un mero concepto teórico abstracto e ideal y deviene un concepto empírico estructuralmente relacionable. Pero, la aplicación del indicador que permite medir a la variable y volverla un concepto empírico funcional y relacional presupone el sobre qué se aplica, es decir, presupone la existencia de la variable como algo fundando por él. En este sentido la variable es un universal concreto que precede a la aplicación del indicador, es un Universal que, para decirlo kantianamente, actúa como una condición trascendental de posibilidad de su medición.
En otras palabras, sostenemos que el indicador y la variable deben surgir de un mismo movimiento de ascenso de lo abstracto a lo concreto; las variables exploratorias con que se encuentra el investigador en el proceso del abordaje empírico del objeto, devienen dimensiones subordinadas de una variable genuina que, lejos de negar a las variables que la han constituido, les da su forma definitiva: la dimensión del indicador. Pero adviértase que tanto la dimensión como la variable sobre la que se modelan las dimensiones se autoengendran en un mismo movimiento de conceptualización, lo que ocurre es que la variable generada recae en la inmediatez y parece existir desde siempre. Y en este sentido, resulta verdadero que la claridad conceptual de las dimensiones es un producto de la estabilidad del todo de la variable (y de su recaída).
Por este motivo creemos que debe considerarse la problemática del Universal no sólo desde la estructura ya consolidada del universal, el concepto ya dado, sino también desde la génesis. Este es el aporte verdaderamente dialéctico de una concepción histórico-genética de los Universales. Este aporte generativo de los conceptos tiene importantes antecedentes en la dialéctica, entre los más importantes podemos mencionar a la Ciencia de la lógica, de Hegel, la Fenomenología y Materialismo dialéctico, de Tran Duc-Thao, y El Capital de Karl Marx.
La relevancia de esta tesis tratada en el presente escrito radica especialmente en el punto de vista del proceso de diseño de los indicadores. Los indicadores no son el todo de la variable, porque ellos no dependen exclusivamente de factores formales, sino que son sensibles a la historia. En otras palabras, el investigador no se halla condenado a medir siempre las variables con los mismos indicadores, y esto significa que en lo indicadores, y en su relación con la praxis social, reside la fuerza retórica de su razón.
Los indicadores pueden variar históricamente su capacidad de medir una variable, lo cual significa que indicadores que en un determinado momento no eran sensibles a los valores de  ciertas variables, sea por modificaciones técnicas en su capacidad de medición o, sea por mutaciones de las variables mismas –el modo de concebirlas teórica o ideológicamente pueden volverse sensibles a dicha medición. De este argumento se infiere el estatuto histórico de la variable en cuanto tal.  No sólo las variables relevantes para un fenómeno son históricas, sino que son históricas
las formas de operacionalización y medición de las variables, y en este carácter histórico complementario entre variables e indicadores reside el fundamento creativo del proceso científico.


 


Notas al pie de página 


1 Cfr. Kant, I. Crítica de la razón pura, pp. 97-101.
2 Las ideas sobre el papel de los indicadores en la estructura y la dinámica del dato que aquí presentamos han sido elaboradas a partir de la propuesta metodológica y epistemológica de Samaja, Juan, desarrolladas sobre todo en Epistemología y metodología. Elementos para una teoría de la investigación científica (1999).
3 Cfr. Samaja, (Op. Cit), pp. 36-42.
4 Ibid. P. 222. 
5 Sobre el papel de las inferencias lógicas en la investigación, y en particular el papel de la abducción en la relación entre las dimensiones y las variables, consúltese Samaja, J. Ibid. Parte II.
6 Sobre esto último nos remitimos al texto de Ynoub Abducción y falsacionismo: aportes de la teoría de la abducción de Peirce para iluminar los límites del falsacionismo poppperiano (2008)
7 Sobre la diferencia entre juicios analíticos, sinéticos y sintéticos apriori, Cfr. Kant, I. Op. Cit. Pp. 31-35
8 Sobre la disputa de los universales cfr. Lamanna, Paolo, Historia de la Filosofía, Vol. II “El pensamiento en la Edad Media y el Renacimiento”, p. 108. 
9 Cfr. Lamanna, Op. Cit. 
10 Esta tercera versión (post rem) consiste en afirmar que el concepto es distinto de sus enumeraciones singulares, pero se obtiene como resultado de las observaciones, esto es: no existe en los objetos externos (in re) sino en el sujeto, pero no como idea innata (al modo cartesiano) sino como generalización inductiva, tal y como lo propusieron los primeros empiristas, Berkeley entre otros, respecto del origen sensible de las ideas suprasensibles. (Cfr. Lamanna, Op. Cit). 
11 Para una revisión de los albores del racionalismo moderno, confrontar Descartes, Renato, Discurso del Método, 1968 y Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas, 1977.
12 Para este punto confrontar, Hume, David, Tratado sobre el Entendimiento Humano, 1988. la sucesión de A-B13, nos vemos motivados a pensar que la sucesión repetida tiene cierto patrón inteligente, o que responde al menos a un esquema mecánico causal. A esto último, Hume le da el nombre de habito. El hábito resulta entonces de la repetida asociación de fenómenos observados por el sujeto; el sujeto se ha habituado a ver la misma sucesión una y otra vez. 
13 El problema de cuántas asociaciones debe uno ver para considerarlas un habito legítimo continua hasta hoy constituyendo el núcleo del problema inductivo de generalización. Este tema ha sido tratado, entre otros, por Kant (Op. Cit) y Samaja, J. (Op. Cit.) y Semiótica de la ciencia (inédito).
14 Cfr. Romero, José Luis, Estudio de la mentalidad burguesa, 1993.
15 Comte, Auguste, Curso de Filosofía Postiva, 2002. Uno de los autores más destacados de esta vertiente en el campo de la filosofía de las ciencias, en el siglo XX, fue Rudolph Carnap, en especial en Carnap, Rudolph, La Fundamentación Lógica de la Física, 1986.
16 Popper, Karl, La Lógica de la Investigación Científica, 2008. En especial los cinco primeros capítulos donde se discute contra la “concepción heredada de la ciencia” y se desarrollan las bases del modelo falsacionista simple. Para una reformulación sofisticada de esta estrategia, confrontar. Lakatos, Imre, Los Metodología de los Programas de Investigación Científica, 1993.
17 La Génesis de esta corriente puede rastrearse en Sausssure, Ferdinand, Curso de Lingüística General, 2007.
Para un análisis de la implicancias de esta obra se puede confrontar Joseph, J.E., “Saussurean Traditions in Linguistics” en K. Koener y R. Asher Concise History of de Language Science, 1995. Dos textos claves que desencadenaron una serie de lecturas estructurales durante la década de 1960 y 1970 fueron: Derrida, Jacques, De la Gramatología, 2000 y Barthes, Roland, El grado cero de la Escritura, 1997.
18 Sobre este carácter ontológico y epistemológico del concepto, Kant ha dicho que la función última de todas las
categorías se sintetiza en su capacidad de producir enlace. Cfr. Op. Cit.
19 Anaximandro parece haber sido el primer filósofo en advertir esta máxima ontológica: lo primero es el todo. Un todo se origina en un todo. Lo indiferenciado proviene de lo indiferenciado por vía de contradicción, y retorna a su estado de indiferenciación pagando en el tiempo la expiación de las culpas. (Cfr. Mondolfo, Rodolfo, 1942). 
20 El término es polifónico por excelencia, y el siglo XX ha diversificado su uso hasta definirlo como mera oposición entra partes. Nosotros tomamos la concepción dialéctica de los desarrollos propuestos por Hegel Georg, Wilhelm, Friedrich, Ciencia de la Lógica, (1968), En especial la Doctrina de la Esencia. Para un desarrollo de la concepción dialéctica en el campo de la metodología debe referirse a la obra de Juan Samaja, particularmente Epistemología y Metodología. Elementos para una teoría de la investigación científica.
21 El proceso de constitución dialéctico se concibe como una articulación compleja entre génesis-estructura y movimiento, de modo tal que la estructura no es el momento último de la materia, sino que ella misma entre en contradicción y genera su contrario, etc.
22 Recuérdese que para la dialéctica, lo que ahora es parte, antes fue un todo. Lo que ahora es dimensión de la variable, antes fue una variable en sí misma, y es la subordinación de las autonomías de estas primeras variables, lo que las constituye en dimensiones particulares del concepto más amplio. Sobre este primer estadío del proceso de investigación (en función de lo que se llama el desarrollo del estado del arte) nos remitimos a lo expuesto por Samaja (Op. Cit) en parte IV, p. 289. 
23 Lamanna, P. (Op. Cit) pp 108-109
24 Peirce, Charles, «Critical review of Berkeley´s idealism, North American Review, vol. 93, Cotgubre de 1871. Citado por Sercovich, Armando en Introducción, Obra lógico semiótica, 1987, p. 15.
25 Durkheim, E.; 2006.
26 Kant, I. (Op. Cit), p. 50. La bastardilla es nuestra 
27 En efecto, la obra kantiana ha sido frecuente -y erróneamente- interpretada como un racionalismo sofisticado, cuando en verdad pretende constituirse en una verdadera síntesis de la contradicción racionalista-apriorista. Sobre esta diferencia entre el apriorismo trascendental y el apriorismo cartesiano, cfr. Samaja, Juan El lado oscuro de la razón, 1996.
28 «Dadme materia y os construiré con ella un mundo». Kant, I. Historia Natural y Teoría General del Cielo, p. 33.
29 Cfr. Samaja, J. (Op. Cit) parte III.
30 El concepto de perinorma ha sido desarrollado in extenso por Carlos Cossio en s

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Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Mario Martin Gomez

mgomez@psi.uba.ar

Licenciado en Psicología (UBA), Licenciado en Filosofía (UBA). Doctorando en Filosofía (UBA)
Docente en  
“Metodología de la Investigación Psicológica”  y “Metodología y Estadística en Terapia Ocupacional”,
Facultad de Psicología (UBA); Docente 
“Gnoseología" , “Problemas Especiales de Gnoseología” “Metafísica” y “Problemas Especiales de Metafísica” 
Facultad de Filosofía y Letras 
(UBA). Prof. titular de la asignatura “Epistemología”  Facultad de Sociología (UCES).
 
Investigación: Miembro de diversos proyectos UBACyTs  en las  facultades de Psicología y Filosofía y Letras (UBA);
miembro de Proyectos Agencia; y de proyectos de investigación en el Área de Humanidades de la Escuela de Humanidades
de la Universidad Nacional de General San Martín 
(UNSAM).

Juan Alfonso Samaja

juansamaja@yahoo.com.ar

Licenciado en Artes por la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Maestrando en Metodología de la Investigación Científica (UNLa). 
Tesis en curso. 
Profesor Titular del Taller de Preparación de Trabajo Final (Periodismo; UCES); 
Profesor 
Adjunto en Fundamentos Epistemológicos de la Metodología (Psicología; UAI), JTP (función titular) en Trabajo Final 
de Carrera (Producción de Televisión, Radio y Cine; Universidad de 
Belgrano); Titular de Filosofía en Instituto Superior de Ciencias y 
Humanidades (Consultoría 
Psicológica y Psicología Social; ISCyHS). Director del Centro de Estudios sobre Cinematografía de la Sociedad 
Argentina de 
Información (SAI) y de la Revista Argentina de Investigación Cinematográfica.