EL CUERPO DEL AUTISTA EN EL PSICOANÁLISIS LACANIANO. POSICIONES Y DEBATES EN TORNO AL TEMA

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Resumen

El presente escrito forma parte de un exhaustivo trabajo de investigación sobre el cuerpo en el autismo infantil, desarrollado en el marco de la maestría en psicoanálisis. En una publicación anterior dimos cuenta del plan de investigación, donde nos interrogamos por las particularidades que cobra el cuerpo en el autismo infantil. Ubicamos además una peculiaridad: los autores que se ocupan de estos niños tienden a recortar con precisión un gran número de perturbaciones que se presentan en el cuerpo de los niños autistas, pero hay un área que ha quedado vacante o apenas esbozada: la de los recursos inéditos, únicos e irrepetibles que cada niño porta para hacer uso de su cuerpo.
En este texto en particular nos detendremos en una tarea central: el relevamiento dentro del campo lacaniano, de lo dicho hasta el momento sobre el tema que nos ocupa. Tarea necesaria y laboriosa sin la cual no habría sido posible localizar los puntos ciegos, los topes teóricos, la sorpresa clínica y porúltimo la delimitación del problema que nos interesa investigar.


Palabras Clave: autismo- cuerpo- perturbaciones- niños


ANTECEDENTES DEL TEMA EN LA OBRA DE JACQUES LACAN  


Si bien son escasas las referencias que Lacan ha hecho respecto al tema del autismo, consideramos pertinente hacer algunas observaciones que son presentadas a partir de cómo piensa la locura en la infancia.
En el Seminario 11 Lacan trabajará dos casos que revisten un particular interés, ya que se trata de dos niños que presentan severas dificultades en lo que hace a su constitución subjetiva. Me refiero al caso Roberto presentado por Rosine Lefort 2; y al caso Dick de Melanie Klein 3.
Tomemos en principio el caso Roberto. Este niño presentaba: “…desde el punto de vista motor, marcha pendular, gran incoordinación de movimientos, hiperagitación constante. Desde el punto de vista del lenguaje tenía ausencia total de habla coordinada, gritos frecuentes, risas guturales y discordantes. Sólo sabía decir, gritando, dos palabras: ¡Señora! y ¡El lobo! Repetía ¡el lobo! todo el día, por lo que le puse el sobrenombre del niño lobo, pues tal era, verdaderamente, la representación que tenía de sí mismo”4.
El niño exteriorizaba episodios de agitación ante la presencia de otro adulto, e indiferencia extrema frente a otros niños, pudiendo repentinamente lanzarse contra alguno de ellos con gran ferocidad. Del mismo modo su cuerpo podía moverse continuamente o permanecer en una apatía total. “Sobre este fondo permanente, tenía crisis de agitación convulsiva, sin verdaderas convulsiones, con enrojecimiento del rostro, alaridos desgarradores; estas crisis estaban relacionadas con escenas de su vida cotidiana: el orinal, y sobretodo el vaciado del orinal, vestirse, la alimentación, las puertas abiertas que no podía soportar, al igual que la oscuridad, los gritos de los otros niños, y como veremos, los cambios de habitación”5.
Rosine Lefort insiste en la falta de contacto de Roberto, y en las dificultades para diagnosticarlo6.
Tenemos la pregnancia de un cuerpo desregulado y agitado, que salta, cae en cuclillas, aúlla; y que se ve afectado de modo tal, que el niño corre el riesgo de una automutilación. “Una noche, después de acostarlo, de pie en su cama, con tijeras de plástico, intentó cortarse el pene ante los otros niños aterrorizados”7. No hay un soporte simbólico que le permita al niño separarse de los objetos, todo su ser queda ubicado en la misma serie: si se arrojan sus excrementos, él mismo es arrojado. Si se le quita la ropa, su cuerpo mismo corre riesgo de quedar desarticulado.
Lacan señala que el caso Roberto pone en evidencia la relación fundamental del hombre con el lenguaje. Roberto nos enseña a través de una serie de fenómenos clínicos sobre la imposibilidad de este niño para instituir lo simbólico como discontinuidad de lo real. Así la relación a sus semejantes está teñida por la agresividad que se precipita una y otra vez por no poder delimitar una distancia entre yo y el otro. En esa continuidad Roberto puede pasar de la heteroagresión a la mutilación del propio cuerpo. Este tratamiento del cuerpo y del otro es correlativo del valor que le da Lacan a “el lobo”, significante que el niño repite en diversas situaciones, en tanto “cualquier cosa” que pueda ser nombrada. Lo insoportable para Roberto es precisamente el vacío, su propia vacuidad 8, porque la falta no se simboliza, son pérdidas en lo real. Lacan señala que ante cualquier fallo en un acto, el niño necesita recomenzar todo el movimiento; intentando hacer algo con lo intolerable del encuentro con el vacío estructural.
Es pertinente recortar que Lacan nota que “este niño sólo vive en lo real”9. A la luz de la última clínica será interesante pensar este real, como un real de la lengua misma; ya que a Roberto le vuelve desde afuera el significante que lo hace verse, al decir de Rosine Lefort, poseído. Roberto entra gritando ¡El lobo! ¡El lobo!; significante que no conlleva valor de metáfora para el sujeto, sino que lo petrifica y petrifica su relación al mundo. Se trata de alguna especificidad propia de este niño respecto a lo real de la lengua, pero que no se tramitará por la vía del lenguaje.
Si bien en torno al diagnóstico Lacan ubica a Roberto más del lado de la esquizofrenia, no lo hace sin ciertos reparos, ya que “no tenemos ninguna razón para pensar que los cuadros nosológicos están delimitados y esperándonos desde la eternidad. Como decía Péguy, los tornillitos siempre entran en los agujeritos, pero existen situaciones anormales donde los tornillitos no corresponden ya a los agujeritos. Que se trata de fenómenos de orden psicótico, o más exactamente de fenómenos que pueden culminar en una psicosis, no me cabe duda”10.
Verificamos en este niño la intromisión feroz de la lengua en la agitación del cuerpo. Y constatamos un rechazo al lenguaje que deja a Roberto sin posibilidades de aplacar por la vía simbólica el goce que lo invade.
Respecto al caso Dick, Lacan destaca una serie de elementos que le llaman la atención a Melanie Klein de este niño de cuatro años: la falta de contacto, la ausencia de direccionalidad al otro (Dick no pide nada); la falta de angustia frente a la ausencia de un otro significativo, la pobreza de su vocabulario.
La lectura lacaniana del caso va estar soportada por sus primeros aportes en torno al estadio del espejo, y a la utilización del esquema óptico como modelo al que recurrirá para dar cuenta de la constitución del yo.
Lacan va a situar que hay algo estructural con lo que Dick se confronta: lo vacío, lo negro, como hiancia donde el sujeto responde. Dice: “En esa hiancia sólo cuentan un número muy limitado de objetos, que el niño ni siquiera puede nombrar (...) Ciertamente, dispone ya de cierta aprehensión de los vocablos, pero no ha realizado la bejahung: no los asume”11.Precisamente lo que queda afectado para este niño, en su forma más radical, es ese pasaje fundamental que va desde los efectos de la lengua a la posibilidad de hacerse sujeto de discurso. La lengua como letra muerta deja al sujeto en una relación de extrañamiento con su propio cuerpo; afecta la relación al semejante y hace que mantenga una posición de indiferencia y apatía hacia los objetos. Dick no dirige ningún llamado, de lo cual puede leerse que el lazo al Otro está perturbado. Lacan dirá que si bien este niño está en el lenguaje, no habla; porque el lenguaje en Dick no se ha enlazado a lo imaginario. Para él todo lo simbólico es real; y real e imaginario son equivalentes. Es importante no perder de vista que Imaginario, Simbólico y Real no tendrán el mismo estatuto al final de la enseñanza de Lacan, y que este punto nos orienta a interrogar la clínica del autismo a la luz de la clínica de los nudos.12
En el año 1967 13, en el “Discurso de clausura a las Jornadas sobre la psicosis infantil”, Lacan le responde a Sami Ali quien en su articulo “Génesis de la palabra en un niño autista”, afirmaba que el niño se encontraba en una fase pre-verbal14. Al mismo tiempo el autor describe que el niño “…huye tanto de los ruidos como de las voces; con frecuencia se tapa los oídos con los pulgares, como para suprimir un estímulo demasiado brutal que no puede aguantar”.15 Es a este punto que Lacan le contesta, diciendo que el niño se protege precisamente de lo que viene del verbo, y que por ende no está en modo alguno, en lo pre-verbal.16 Esta articulación esencial de la voz, en tanto el verbo le viene de afuera “testimonia una relación ya establecida con el aquí y el allí, que son estructuras de lenguaje”.17
Consideramos importante resaltar esta apreciación porque podemos leer en ella que el cuerpo se perturba, se altera, en función de aquello que viene del verbo, tornándose intrusivo para el niño. No hay modo para el ser hablante de eludir ese punto de encuentro con la lengua. En todo caso tendremos que pluralizar los modos de respuesta, a los fines de situar que estos niños se posicionan allí de un modo diferente. 
En ese mismo texto señala que es preciso levantar el mito que cubre la relación del niño con la madre. Se refiere a la supuesta unidad que en el origen, ambos formarían. Es fundamental hacer entrar al objeto a. Ubica como necesario que ese objeto se torne inanimado, para que el cuerpo se anime. Consideramos que esta es un referencia central para pensar ciertos fenómenos clínicos presentes en los niños autistas: si el objeto a no opera como inanimado el cuerpo se presenta como un cuerpo muerto, ausente de toda animación. Y es posible entender que esa animación se produzca cuando el niño pueda ubicar un objeto exterior, que supla la extracción que no se ha producido. Es frecuente observar en estos niños la animación del cuerpo, si rozan apenas el cuerpo del otro, o si se valen directamente de éste. Niños que no se sostienen sobre sus pies, pueden caminar y correr, si apenas un dedo se posa sobre sus cuerpos. O pueden valerse de un objeto cualquiera que portan indefectiblemente de un lado al otro, y del cual no toleran desprenderse. 
Lacan es preciso al afirmar que el objeto a funciona como un condensador de goce, en la medida en que “…por la regulación del placer, le es sustraído al cuerpo”18. Si la regulación por la vía significante no se opera, en ese cuerpo el goce queda positivizado: no nos resultan indiferentes todas aquellas presentaciones donde el niño parpadea sin parar, al punto de lesionar las comisuras de sus ojos; o traga todo cuanto se cruza en su camino, indiscriminadamente; ni la manipulación del ano y de las heces que pueden llegar a dañar el órgano o el golpear su cabeza ante lo intrusivo de la voz.
Otra referencia la hallaremos en la “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”19; texto de 1975, donde Lacan responde algunas preguntas en torno al lenguaje en los autistas. 
Nuevamente no dejará de ligar cuerpo y lenguaje, situando que “los autistas se escuchan ellos mismos”; frase que nos introduce en la problemática del armado del circuito pulsional, que en el niño autista no se articula al Otro. Pero además de escucharse a sí mismos escuchan otras cosas, dice Lacan, que habría que ubicar de dónde provienen. Señala además, que los autistas no nos llegan a escuchar, en tanto uno se ocupa de ellos; es decir en tanto capturan la direccionalidad del mensaje. Y los define como “personajes más bien verbosos”.20 La relación entre la voz y el cuerpo, nos orienta hacia la particularidad que tiene el oído para el ser hablante, la de ser el único orificio del cuerpo que no puede cerrarse21; no opera con la pulsación del mismo modo que los demás agujeros. 
Lacan nos aporta entonces la posibilidad de suponer que hay alguien allí a quien dirigirse, aún cuando no responda según los parámetros de nuestra neurosis.22 Y que el modo en el cual nos dirigimos al niño ofrece diversos efectos. Sabemos que si nos ocupamos directamente de ellos se produce un restarse de la escena, un dejar afuera el cuerpo, dando la impresión de que no nos escuchan. Si forzamos el encuentro, podremos desencadenar en el niño una violencia difícil de acotar. Es preciso entonces constituirnos en lectores de indicios que nos permitan orientar la cura. Lacan vuelve a afirmar el valor que tiene para el autista lo que viene del verbo, y por ello supone que hay algo para decirles.
En las Conferencias de Estados Unidos, Lacan hace referencia al término autismo. Lo toma en relación a ciertos sujetos “para quienes decir algunas palabras no es fácil”. Y agrega “Es simplemente gente para quien el peso de las palabras es muy serio y quienes no están fácilmente dispuestas a tomar con gustos estas palabras”.23
A partir de aquí retomaremos que han dicho los autores cuya teorización del autismo se sostuvo en la enseñanza de Jacques Lacan, respecto al cuerpo del autista.


 


¿QUÉ HAN DICHO LOS AUTORES LACANIANOS RESPECTO AL CUERPO DEL AUTISTA? 


Comenzaremos señalando que los desarrollos en torno al cuerpo del autista privilegian en general aquello que está alterado o perturbado; entendiéndolo en términos de ausencia de operaciones o de falta de constitución.
Pero así como hay fuertes diferencias en torno a cómo pensar al autismo: como síndrome o como estructura (en este caso como a- estructura), también hay distinciones muy precisas al momento de hablar del cuerpo, su relación con el lenguaje y los efectos de goce si los hubiera.
Siguiendo esta línea dividiremos a los autores lacanianos en tres grandes grupos: los que ubican al autismo como a-estructura, o cómo una ausencia total de encuentro con el significante, quedando el niño sin cuerpo; los que sitúan la perturbación en la imposibilidad de constituir el armado pulsional como consecuencia de una falla en la alienación, confrontándonos a un cuerpo sin pulsión; y por último los que sostienen la incidencia del significante como traumático en estos niños, permitiéndonos pensar una articulación peculiar entre cuerpo y goce.
Esta lectura no tiene por objeto desestimar a los autores que han teorizado, sino poner en evidencia la multiplicidad de respuestas que se han ido dando dentro del campo lacaniano. De hecho retomaremos a lo largo de esta tesis algunos aportes que consideraremos centrales para nuestra conceptualización, y nos permitiremos disentir en otros puntos dónde la clínica nos oriente en otra dirección.

EL AUTISMO INFANTIL COMO LA A-ESTRUCTURA: LOS NIÑOS SIN CUERPO 


Trabajaremos ahora los desarrollos de los Lefort, y los aportes de Héctor Yankelevich. Hemos reunido estas dos concepciones por un punto en común: ubicar a estos niños por fuera de toda estructuración. Si no hay estructura, no hay cuerpo.
Ya a en los años 80, los Lefort habían dedicado gran parte del libro Nacimiento del Otro24, para dar cuenta de las perturbaciones que presentaba a nivel del cuerpo Marie Françoise, una niña de 30 meses, diagnosticada como autista25. En la descripción que realiza Rosine Lefort destaca que:


1. Lo que le llama la atención es su mirada que vaga en el vacío. Es una mirada muerta, y da la impresión de un muro. Tiene dos ojos, pero no tiene mirada.
2. No posee ningún contacto con los demás, tanto niños como adultos. Presenta perturbaciones en la prensión de objetos, que sólo puede tocar con el dedo, índice o con la nariz; se sirve de ésta como sustituto de la boca.
3. No habla en absoluto.
4. No camina, sino que se desplaza sobre su trasero.
5. A menudo se encuentra animada de un balanceo que afecta a todo su cuerpo, o solamente a la cabeza o los brazos.
6. Sobre ese fondo de repliegue, es capaz de manifestar explosiones de cólera violenta,durante las cuales se golpea la cabeza contra el suelo, al tiempo que grita estridentemente.
7. Sufre también de crisis nocturnas, en las que rechina los dientes, grita, babea y pone los ojos en blanco. Pero el EEG es normal.
8. Es bulímica y antes fue anoréxica. 26
Podemos recortar en esta viñeta una serie de perturbaciones en la voz, la mirada, el tratamiento de los objetos y del cuerpo mismo, que estos autores explicarán por la vía de la imposibilidad de esta niña para articular la constitución especular, en tanto no hay incidencia del significante: no hay mutación de lo real al significante27. Es por ello que para esta niña no se constituye ni ‘a ni A’. En consecuencia no hay otro especular porque el Otro no tiene existencia para el niño autista, éste último es una ausencia real28. Leen esta perturbación como el efecto de la ausencia de articulación entre Simbólico y Real. Para los Lefort, el significante y lo real siguen caminos paralelos pero no llegan a juntarse.
Rosine Lefort plantea que en el autista el cuerpo del Otro no está agujereado, y que por esta razón el cuerpo del niño queda agujereado en lo real. Considera que en un primer tiempo de la constitución subjetiva, el cuerpo del niño no tiene que aparecer agujereado, sino que es el cuerpo del Otro el que debe estarlo29. “El pequeño sujeto inicialmente no se vive como agujereado en su cuerpo, porque el agujero de su cuerpo es rellenado de entrada por los objetos del cuerpo del Otro”30. Es a partir de la dialéctica de la demanda que los objetos mutan en su estatuto, para transformarse el grito en llamada, a través del pasaje por el desfiladero del significante; y los objetos obturantes, devienen en falta que motoriza el deseo.
Si el agujero no está en el cuerpo del Otro, retorna como agujero real en el cuerpo del niño. Toma un ejemplo del caso donde Marie Fraçoise abre muy grande la boca, y hace ruidos sobre un orinal: “…es su cuerpo el que está radicalmente agujereado; allí es donde se revela el verdadero agujero del cuerpo, abertura real que va de la boca al ano. Su cuerpo está agujereado pero no el mío; ella ha intentado incluso, la víspera, abrir un agujero en mi mejilla, por ejemplo.”31
En otro texto32, refiriéndose al mismo caso señalará: “lo que le falta a este Otro es una falta, un agujero, a reserva de revelar que es el cuerpo de ella el que está agujereado, a falta de estarlo el del Otro, y dibuja con su caca los orificios de sus ojos y su boca, es decir, los bordes. Intenta así realizar sobre mí el agujero que falta arrancándome los objetos para tirarlos enseguida, e incluso intentando hundirme una cuchara en el ojo”.
Recurrirán a la topología para pensar el estatuto del cuerpo, y hallarán en la estructura de la banda de Moebius, la figura topológica que les permitirá dar cuenta de una superficie no agujereada y no orientada; la cual daría cuenta de cómo debe presentarse en los tiempos inaugurales el cuerpo para el niño.
Dicen: “¿Cómo podríamos entonces no referirnos a la topología, y no definir a qué tipo de superficie pertenece el cuerpo del niño, ni reformular las relaciones corporales entre el pequeño sujeto y el Otro en términos de superficie y correlativamente de agujeros?”33 “Topológicamente, la estructura del cuerpo (…), la del pequeño sujeto en el alba de la vida, parece ser una banda de Moebius, banda retorcida sobre sí misma, superficie de un solo lado, sin exterior ni interior, y además superficie topológicamente no agujereada”.34
Pero esto no ocurre así en Marie- Françoise. Ella parte de un cuerpo agujereado en lo real; porque el Otro no está agujereado. Si el cuerpo del niño queda agujereado en lo real, se produce una imposibilidad de inscribir en el cuerpo del Otro, “el objeto separable que ella podría encontrar para obturar el agujero de su cuerpo, dejando el cuerpo del Otro agujereado por el objeto que ella podría quitarle”.35 Dado que la extracción no se produce por la vía significante, la pequeña intenta producirla en lo real del cuerpo del otro: intenta agujerear el cuerpo con una cuchara, sacarle objetos tales como los anteojos, en el afán de que algo falta en el Otro.
Esto le permite decir a los Lefort, que “…todo su problema corporal consiste en rellenar el agujero, un agujero real que hay que rellenar realmente”36 No hay falta, hay vacío. Y en la vía del tratamiento que lleva adelante Rosine Lefort comienza a producirse un inicio de estructuración, pero que no produce un pasaje desde la banda de Moebius hacia el toro, sino que la niña pasa a tener “un cuerpo tórico sin haber tenido el cuerpo estructurado en banda de Moebius”.37
Una crítica que podemos esbozar a estos autores, en este momento de su conceptualización, es que toman sólo la dimensión simbólica del significante, y que por otro lado no se interrogan acerca de los problemas del goce. La brecha se cierra al afirmar que el autismo es una a- estructura.38
Héctor Yankelevich por su parte, nos acerca al autismo a partir de una serie de casos clínicos sumamente interesantes. Veremos en este autor un fuerte interés por hallar una explicación a la problemática del niño autista.
En 1998 publica un libro titulado Ensayos sobre autismo y psicosis39Tomaremos el caso Diana para dar cuenta de cómo el tema del cuerpo se hace presente en esta patología, y cómo conceptualiza el autor este problema.
Diana llega a consulta antes de cumplir tres años. Sus padres están presos por haber asesinado a un bebe de seis meses, hermano menor de Diana. Vive con una familia sustituta. Yankelvich la presenta del siguiente modo: “Diana estaba cubierta de moretones y heridas, producidos por su balanceo permanente, día y noche. Caminaba en puntas de pie y sufría un estrabismo convergente tan pronunciado que era difícil saber si en su percepción podían formarse imágenes que no fuesen planas. Carecía de mirada y, vistas la delgadez extrema de sus miembros, la pequeñez de su cabeza, el pelo demasiado corto, casi rapado, no era difícil concluir que padecía un deterioro psíquico y físico avanzado. No formaba palabras, y su voz ya extremadamente ronca, se manifestaba mediante una jeringoza indistinta de sonidos inarticulados”.40 El autor señala que cada vez que le habla, el cuerpo de Diana está en continuo movimiento. “No conoce el reposo”41.
Yankelevich dice que tras el tratamiento esta niña había conseguido conquistar la palabra, pero “los acontecimientos que habían presidido su primera infancia como la distancia afectiva en la que había sido mantenida por su nodriza (…) le habían prohibido tener verdaderamente un cuerpo. Tampoco lo había logrado el análisis, pese al hecho de que era un punto que no me resultaba ni desconocido ni indiferente”.42 Tenemos aquí un primer punto a discutir con el autor, ¿es posible acceder a la palabra y que no se constituya un cuerpo? ¿Entiende aquí por palabra, la posibilidad de hacerse sujeto de discurso?
En una nota a pie de página da un paso más al afirmar que “…lo Inconsciente se construyó en la cura. Pese a todo, esto resultó ser insuficiente para que nuestra pequeña paciente pudiera construir además, un cuerpo, que es una función del Nombre -del –Padre”43.
El autor plantea siguiendo las últimas formulaciones de Lacan en torno a la forclusión, que en el autismo no se trata sólo de pensar la forclusión del nombre del padre, sino que el problema se sitúa más acá. Yankelevich propone que en el niño autista no se produce una forclusión originaria: la forclusión del sentido44. Señala que la ausencia de esta forclusión es la que impide la identificación primaria con el padre primordial. Disentiremos en este punto, y lo retomaremos en el capitulo dedicado al cuerpo del autista. Daremos allí un giro a esta formulación.
Es interesante rescatar que este autor reconoce el valor que tienen ciertas trazas para estos sujetos, pero no considera que éstas incidan sobre el cuerpo, a pesar que la clínica pareciera indicarle lo contrario. Es muy significativo en el caso Fabián, el niño de la computadora45, la emergencia de ciertas identificaciones imaginarias: el niño “se pone espuma de afeitar en la cara, o se pinta los labios frente al espejo. Se da vuelta por primera vez y mira al analista al tiempo que dice: “ma mamamá mamamamamá”; o en el caso de Jessica, otra niña autista, el momento en el cual la niña reconoce a su padre por la voz. Se trata de una voz que sólo había escuchado dos veces cuando era bebe: “…caminaba por la calle con su madre (…) escucha a través de la puerta abierta de la panadería, la voz de un hombre que agradece y se va. Instantáneamente, sin advertir su partida, se precipita dentro del negocio para buscarlo y, al ver que no está más allí, se lanza a la calle para seguirlo, arrastrando a su madre por la mano con un apresuramiento crispado, desconocido en ella hasta ese instante. El hombre ya se había desvanecido en la niebla (…) Jessica, de un modo sorprendente, se muestra triste y despechada”46.
¿Cómo pensar entonces que no hay allí ninguna estructuración psíquica? Yankelevich verifica efectos de ese encuentro fortuito en los dibujos de la niña: las figuras marcaban las tres dimensiones del cuerpo humano, y cada pequeño cuerpo que dibujaba tenía una cabeza erguida que se sostenía, al tiempo que empieza a dirigirse al cuerpo del analista: toma sus manos y pone su cabeza en ellas mientras las huele.
Por otro lado diferenciará a los niños autistas que no llegan a consulta de los que si lo hacen. Supondrá ausencia de goce en los primeros, y alguna forma de goce en los segundos. Si bien es cierto que el encuentro con un analista produce modificaciones a nivel del goce; y que sólo podemos dar cuenta de los casos que hemos tratado; esto no alcanza a nuestro entender, para sostener una afirmación tan radical, y suponer que no habría ninguna forma de goce en aquellos niños que no llegan a una consulta. Supondremos en cambio, que el niño autista ha respondido de algún modo al trauma de la la lengua, y que por ende padecerá cierta afectación a nivel del goce.
En el final del libro asevera que “El autismo es la a-estructura por excelencia. Aquella que más se sustrae del efecto fundador del lenguaje.”47 Y agrega “Imagen viva de un- cuerpo preso de un objeto sin marca fálica, que se hace patente al Otro en una mueca grotesca, mostrando el límite- también la arcilla- humano/infrahumano donde también la debilidad y la perversión hunden sus raíces”48
En esta misma línea ubicamos la posición que toma Silvia Tendlarz quien afirma que los niños autistas no tienen cuerpo. “Para tener cuerpo y hacer uso de él deben conjugarse las acciones de lo simbólico, lo real y lo imaginario. Pero sin la operación simbólica que permite la constitución de los bordes, del espacio del tiempo, el sujeto queda sin cuerpo”49
Señala que no hay atribución de un cuerpo en los autistas, porque no se produce la extracción del objeto a, y coincide con los Lefort al separar psicosis y autismo. La pregunta que insiste es: ¿Qué no se constituya el cuerpo a modo de la neurosis, alcanza para decir que no hay ninguna dimensión de cuerpo en estos niños? Y ¿No pueden hacer uso del cuerpo, o hacen un uso diferente? Los aportes de Jacques Lacan en relación a Joyce nos habilita a interrogar qué otros modos de relación al cuerpo son soportados por parlêtre, más allá del anudamiento, e incluso preguntarnos que ocurre con el cuerpo cuando el anudamiento no se produce, o cuando los registros se interpenetran, o se superponen sin diferenciarse; o alguno de ellos queda a la deriva.


 


EL AUTISMO INFANTIL Y LOS AVATARES DE LA ALIENACIÓN: UN CUERPO SIN PULSIÓN 


Esthela Solano ubicará la imposibilidad del armado pulsional a partir de señalar que en estos niños el grito no deviene llamado. Siguiendo a Lacan en sus formulaciones del Seminario XI 50 toma a la pulsión “como ese nudo radical que se escribe $ <> D, que podemos llamar el grito”51. El grito depende de la lectura del Otro para que se constituya en llamada, produciéndose así ese movimiento de retorno sobre el niño, devolviendo el grito como demanda. Es preciso que el Otro suponga que ese grito quiere decir algo para que se torne pedido. Es en esa torsión que la pulsión se constituye, en tanto el sujeto ha consentido a producir un pasaje por el campo del Otro, que lo dejará ineludiblemente dividido, y arrojará un objeto resto, que el sujeto deberá buscar, una y otra vez, en el campo heterogéneo que el Otro constituye. Es la articulación y la separación del sujeto y la demanda en su dialéctica, lo que da lugar al montaje pulsional.
La autora plantea que al autismo del niño, antecedió un autismo del Otro, que impidió que ese grito fuera significado. Tras quedar el grito sin respuesta, no se instaura allí un sujeto que pide, se pierde la posibilidad de leer el grito como signo de un pedido. No hay un S2 que enlace un S1, quedando el S1 petrificado.
En el caso Bernard52 recorta que el niño habla como un autómata. “Sus frases son desencarnadas, es decir radicalmente exteriores y disyuntas del soporte corporal y no constituyen en absoluto la expresión de una relación con el otro”.53 Reconoce una mirada vacía que se fija en un punto ausente. Y respecto al cuerpo dirá: “Su cuerpo blando y deshabitado yace en el piso. Recuerdo que en aquel momento tuve la extraña impresión de no ver sino ropa tirada por el suelo: un pantalón, un jersey y ningún cuerpo en el interior. (…) lo que tenía frente a mí no era un cuerpo”54 
Sitúa la ausencia de constitución del ego, porque lo imaginario está disyunto de lo simbólico y de lo real.
Asistimos entonces a una serie de fenómenos de agresividad con sus pares: los pellizca o los araña en el rostro. Se vale del cuerpo de otro niño: repite todo lo que este dice en forma de eco, al tiempo que lo mantiene aferrado a su mano; y en ocasiones lo golpea. Se torna imposible separarlo del otro niño.Toca su pene y el de los otros niños diciendo “¿dónde está el pito?”. 
El cuerpo como condensador de goce se presenta por la vía de la autoagresión.
En otro texto la autora señalará respecto al cuerpo en los niños con patologías graves, a los que llamará “los niños del uno sólo”; que en esos casos se trata de “un sujeto anterior al estadio del espejo, es un sujeto que no ha llegado a constituirse en tanto ego, en el sentido que no ha adquirido la conciencia de sí mismo como cuerpo. Es por esto que podríamos decir que ese sujeto es un sujeto sin alteridad imaginaria, sin alteridad especular, lo cual evidentemente los emparenta con los planetas; tienen la compacidad de un ser- ahí, como una estrella”(…) Estos niños no subjetivan la dimensión de la pasión, del pathos; están fuera de las pasiones que nos agitan permanentemente a todos los neuróticos”55. Y en otro texto afirmará que: “La clínica del autismo es una clínica demostrativa, para hacernos tomar en cuenta que es lo que deviene el viviente cuando su cuerpo no incorpora la estructura del lenguaje. (…) el viviente que no incorpora la estructura del lenguaje no tiene cuerpo”.56 
Sin embargo, allí donde falla el montaje del espejo, el niño pareciera tener algún recurso: se hace un cuerpo a partir del cuerpo del otro. ¿Por qué ese interés por el pene, por querer constatar que aún está allí? ¿Cómo ese órgano se volvería susceptible de ser separado del cuerpo, si no hubiese operado allí algo del orden del lenguaje? ¿No nos enseña Bernard el efecto mismo que en su cuerpo opera la lengua? Es por tratarse de un ser hablante que el pene real, puede devenir un órgano separable del cuerpo, al no quedar capturado por la significación fálica.
Llevemos nuestras preguntas un poco más lejos, considerando otros casos clínicos: ¿por qué si no tiene ninguna conciencia de si mismo como cuerpo, el niño autista no actúa del mismo modo si se le presta atención, que si no se lo mira? ¿Porqué antes de ejecutar una acción que daría cuenta del interés por algún objeto, o de la posibilidad de producir algún movimiento específico, calcula con su mirada si el otro está allí para confirmarlo en su acto, desviando entonces el movimiento o dejando desvanecer el gesto? Son estas preguntas las que hacen vacilar concepciones teóricas sin duda muy ricas, y lógicamente correctas, pero clínicamente insuficientes. 
En la misma línea antes planteada Marie Christine Laznik Penot señala que en estos niños habría un fracaso en el montaje del circuito pulsional57, causado por la ausencia de alienación. Plantea un defecto en la presencia original del Otro, que impediría el armado de la relación especular, en tanto la no- mirada entre la madre y el niño produciría el fracaso del primer montaje de la estructura del aparato psíquico. Ese primer montaje es el que permite que se constituya la imagen del cuerpo, al promoverse una “captura de objetos a en el borde del cuerpo real”.58 La anticipación del Otro, de lo que en el niño está por venir, se enlaza necesariamente al campo de la mirada. Se trata de la constitución primera de una imagen real que tiene como soporte la falicización del niño. La autora señala que está operación es previa al rasgo unario y es lo que permitiría al niño tener una imagen corporal. La ausencia de imagen del cuerpo produce una clara perturbación , dificultando la vivencia de unidad corporal.
Avanza un paso más y señala otra consecuencia: la “ausencia de imagen del cuerpo (…) bloqueará la posible reversibilidad de la libido del propio cuerpo con la del objeto”.59 Explicará así las automutilaciones, tan frecuentes en estos niños, por el impedimento que sufre la libido de pasar de i(a) a i’(a).
Su hipótesis sostiene que es preciso “un primer reconocimiento no solicitado (…) que fundaría la posibilidad misma de la imagen especular (…) el Ur- Bild de la imagen especular que únicamente podría formarse en la mirada del Otro”.60 Lo especular se soporta entonces en la necesariedad de articular una tríada: imagen especular, objeto a e imagen real; soportados por un cuarto elemento: la mirada del Otro que sanciona una admisión o rechazo. Cuando esto no acontece el cuerpo del niño queda perturbado de un modo específico:“no sólo no miran a la madre, no le sonríen ni vocalizan en su dirección y tampoco la llaman en caso de desamparo, sino que frente a un estímulo a veces caen en verdaderos cataclismos, como si se deshicieran en pedazos”.61
Entonces hay una clara perturbación en la articulación entre mirada del Otro, constitución del cuerpo y del yo, que nos orienta en la dirección de la alienación en la vertiente imaginaria. Pero esto no vasta, es preciso situar el fracaso de la alienación articulándola al circuito pulsional. 
Retoma los desarrollos de Jacques Lacan en torno a alienación- separación, y trabaja un caso clínico para dar cuenta de la ausencia del circuito pulsional, y de cómo éste se constituye en el encuentro con la analista, mediatizado por un objeto externo: en este caso un tambor al que la niña llama “bu”.
Es sumamente interesante el caso de Anaelia, porque nos ubica en un tiempo primordial de la constitución subjetiva. Es una niña de tres años cuando llega a consulta, y luego de cinco meses de tratamiento, señala en determinado momento de la sesión un tambor al que nombra “bu”. Cuando la analista se lo da, “bu” en mano, la niña se abstrae de todo lo que la rodea: “…en ese momento todo se ha coagulado en ella en un nivel cercano a la homeostasis”62.Cualquier intento de retirar el objeto es rechazado con violencia. La analista advierte que el tambor se ha constituido en un objeto que se ha incorporado al yo- placer. Todos los demás objetos son rechazados como unlust. Mientras el tambor se transforma en algo placentero, todo lo demás se vuelve ajeno y es rechazado. Los intentos de la analista de relativizar la función de este objeto introduciendo otros, es igualmente repelida, al tiempo que la niña comienza a intentar romper el tambor ante esta intervención.
La analista se sorprende de su propia intervención: le prohíbe romperlo, y le saca el objeto, señalando que “ella tiene límites” y que el objeto no es de ella. Se produce una vivencia sumamente dolorosa, como si a la niña se le estuviera arrancando algo, como si hubiese operado allí una mutilación en el campo mismo del Ich. La niña responde con lágrimas. Hay podemos decir una clara afectación del cuerpo que se produce, con la pérdida del “bu”.
A la sesión siguiente intenta nuevamente romper el tambor, pero ahora dirige una mirada a la analista, riéndose. Aparece allí un hacerse prohibir. Acompaña el desafío con un “no, no”, que luego se transformará en una frase gramatical: “Ompé bu no no no”63.
La autora construye a partir de allí lo que sería el armado del circuito pulsional, como un efecto novedoso, inexistente hasta ese momento, donde lo que adviene en el tercer tiempo del montaje pulsional, en el cierre mismo del recorrido, es la producción de un nuevo sujeto. El otro se constituye cuando el circuito se cierra.
Entonces tenemos:
Primer tiempo: incorporación de un objeto externo al yo- placer. El objeto pasa a formar parte del cuerpo. El “bu” entra en escena: la niña se adosa al objeto. Entra en algo cercano a la homeostasis.
Segundo tiempo: Tras la incorporación, algo puede recaer sobre su propia persona como pérdida: una parte de lo que ha devenido cuerpo propio puede serle restado. Es el momento en que la analista profiere un “no” y produce una extracción soportada en ese objeto que es del niño, y no lo es al mismo tiempo.
Tercer tiempo: la niña se hace objeto de la prohibición del otro, surge el semejante al cual Lacan nominará como un nuevo sujeto, y que permitirá que se cierre el circuito pulsional. Hay un objeto que el niño puede perder, pero al mismo tiempo hay un objeto que se le puede restar al otro.
Sostiene entonces que en los autistas “habría un fracaso del tiempo de la alienación en la constitución del sujeto. (…) por la imposibilidad o la negativa al cierre del tercer tiempo del recorrido pulsional, tiempo en el que el Ich se hace objeto de un nuevo sujeto”64. De esto hace depender que el lenguaje no se encarne, y que el Otro simbólico sólo pueda ser capturado como puro código.
La importancia de las pulsiones en la estructuración del cuerpo será retomado por François Sauvagnat en un texto dedicado exclusivamente al tema del cuerpo en el autismo y la psicosis infantil65. Apoya esta aseveración en datos sencillos de corroborar como la importancia del chupeteo en el bebe. 
Va a comparar el desarrollo neurótico/normal de la estructuración del cuerpo con lo que ocurre en el autismo y la psicosis infantil. Ubicará cinco fases en la constitución del cuerpo 66:


1. La estructuración del cuerpo del neonato: clásicamente se hacía hincapié en los reflejos innatos, pero aquí se tomaran en consideración dos descubrimientos recientes:
• La capacidad temprana de interacción y expresividad de los infantes. La forma en que responden a la voz, la mirada, el olor, la proximidad del cuerpo de los padres, y la tendencia a imitar desde el primer día de nacido que hace que se establezcan juegos de roles tempranamente, sugiriendo la presencia de una forma preliminar de intersubjetividad.
• El segundo descubrimiento alude a la presencia de una competencia innata para el lenguaje. Plantea, siguiendo lo propuesto por Chomsky, que en el recién nacido habría un pre- equipamiento que permitiría el aprendizaje del lenguaje humano. Esto se verificaría porque los bebes ya al cuarto día de haber nacido pueden distinguir la lengua materna de otros idiomas. 
Ahora bien en los niños autistas se observan fenómenos tales como ausencia de tonicidad muscular, donde el cuerpo se presenta como una bolsa de papas, y no ofrecen una reacción motriz frente a la manipulación de los padres; o son difíciles de calmar. Considera además que los niños autistas responderían al equipamiento que permitiría la adquisición del lenguaje como si fuera algo parasitario, como un mecanismo intrusivo.
El autor dirá entonces que en los niños autistas y psicóticos no se articulan estas dos formas básicas de interacción con el otro: la imitación mediante el juego de roles, y una forma primera de conversación (protoconversación). Ambas permitirían una temprana integración del cuerpo, e implicaría poder cerrar, limitar el cuerpo diferenciándose. En este estadio la capacidad de cierre no puede distinguirse de la intervención del Otro. Llamará a esta función originaria “nominación primaria del cuerpo”. Toma el texto “La Tercera”67 de Lacan, donde el autor caracteriza a una primaria definición del cuerpo como la separación entre imaginario y goce fálico, que luego permitirá la concentración en torno a los orificios del cuerpo.
La falta del cierre primario del cuerpo, como de la protoconversación, y de la relación primaria con el lenguaje, traen aparejados una profunda perturbación, donde surgen golpes repetitivos, y estereotipias.
2. El estadio del espejo. Considera este estadio como la posibilidad del niño de percibirse como una totalidad. Le interesa en tanto el niño se reconoce en la imagen y vuelve su mirada a quien lo sostiene. Esta fase sería una continuación de la anterior, y depende de que se haya producido la nominación primaria del cuerpo.
En los niños normales/neuróticos esto da lugar a los fenómenos de trasitivismo. Esto mismo resulta intolerable para los niños autistas y psicóticos. La designación de sí mismos por otro, se torna intrusiva; y suele aparecer perplejidad frente a la imagen virtual.
3. La tercera fase corresponde al pasaje del balbuceo a la pronunciación de sonidos más o menos estructurados, acordes al entorno. Es el momento de nombrar palabras y señalar objetos. En los niños psicóticos y autistas suelen aparecer juegos repetitivos de palabras que implican una ausencia de reciprocidad, y posee un alto grado de estereotipia.
4. Aquí la cuarta fase corresponde al pasaje desde el lenguaje infantil al lenguaje adulto. Alrededor de los tres años comienza el uso del pronombre “Yo”, en lugar del nombre propio. Jakobson señala que esto implica poder tolerar cierta despersonalización. Esto se encuentra claramente perturbado en los niños autistas quienes rechazan ésta acción. Hablan en tercera persona, o hacen referencia a órdenes proferidas por el Otro.
Por otra parte el autor se ocupará de recortar una amplia serie de fenómenos corporales en estos niños, a los cuales ubicará como perturbaciones de la imagen del cuerpo. Pone en este amplio grupo fenómenos referidos a trastornos en el sueño, en la alimentación, en el lenguaje, estados de ansiedad, etc. Si bien es muy rica su presentación, consideraremos necesario promover otra distinción de los fenómenos clínicos68, ya que consideramos un reduccionismo limitar toda presentación del niño autista a las perturbaciones de la imagen corporal. 


 


EL SIGNIFICANTE Y EL CUERPO DEL AUTISTA: UN CUERPO AFECTADO

Si bien Colette Soler sitúa al autismo infantil en “un más acá de la alienación: una repulsa a entrar allí, un ‘detenerse al borde’ “69, esta posición no es del todo solidaria con la de los autores expuestos en el apartado anterior. Podemos seguir en el texto una oscilación que se produce para la autora, entre lo que para el niño autista no queda articulado a la demanda, y aquello que se articula en cierta medida; no como demanda al Otro, sino como demanda del Otro. Hay una orientación clínica en Colette Soler que le permite reconocer lo que está perturbado, pero no deja de estar advertida de la existencia de algunos fenómenos que no pueden producirse sin que el significante juegue allí su partida. Señala que el autismo comparte con la esquizofrenia la presencia de fenómenos a nivel del cuerpo, y definirá al autismo infantil como “una enfermedad de la libido”70, articulando así, lenguaje y cuerpo. Situará que la perturbación del cuerpo en el autismo, es solidaria de la perturbación de la relación al Otro.
El Otro es aquí “la presencia del cuerpo de la madre, y algunos significantes a los que el niño tiene acceso”71. Pero este acceso al Otro no se produce en términos de simbolización, puesto que no opera el par alternante presencia- ausencia. No se trata pues de un Otro barrado, sino que “el Otro queda para él como puramente real”72. Comenzamos a preguntarnos por un lado, ¿que relación tiene el niño autista con esos pocos significantes a los que tiene acceso? ¿Qué uso hace de los mismos? ¿Por qué disponiendo al menos de unos pocos significantes se mantienen en el borde de la alienación? Si el Otro permanece real y los significantes no operan en su valor simbólico ¿Qué estatuto darle a estos dos soportes teóricos: significante y Otro, en la clínica del autismo? Paradójicamente ese Otro real no le es indiferente al niño autista: tal como le hemos señalado anteriormente, sus comportamientos varían según los modos en que ese Otro se presente, o responda. ¿Responda a qué? A los esbozos de iniciativa del niño. Este se anticipa en su gesto, esperando que el Otro concluya su acto. Se torna marioneta del Otro, pero al mismo tiempo, intenta de este modo abolir cualquier iniciativa del Otro.
Volviendo a Colette Soler, situaremos que la autora distingue tres modos de presentación de perturbaciones del cuerpo.


1. Los niños autistas presentan ‘trastornos funcionales’73. Colette Soler se refiere aquí a que los niños no se ajustan a la norma, presentando ‘deficit especiales: la incoordinación del movimiento, de la marcha, de los ojos’74. En esta categoría incluye los trastornos de la pulsión, por la perturbación que se produce a nivel de la demanda. En tanto la sucesión de las demandas al Otro se encuentra perturbada, el circuito pulsional queda también afectado. Pero no deja de advertir la prevalencia que los niños tienen por cierta fijación exclusiva, que se presenta por una exacerbación del chupeteo, las heces, la mirada o de la voz; que para Colette Soler son producto de la incidencia de una demanda precisa. Se trata de una demanda que perturba la función. Entonces a diferencia de otros autores que no suponen ninguna forma de la demanda en juego, Colette Soler soporta la hipótesis de ciertos encuentros con el Otro, que inciden sobre el viviente, libidinizando ciertas zonas, y dejando otras por fuera. Ubica entonces al menos del lado del Otro una demanda, que marca el cuerpo del niño, fijando ciertas zonas como privilegiadas. Localizará también en esta serie a las funciones que caen por fuera de la norma, pero en tanto excepcionales: por ejemplo memorias prodigiosas, la capacidad de calcular, etc.
2. Distingue dos formas de comportamiento: el estupor y la animación del autómata75. Mientras el primero remite a un cuerpo que se presenta como una masa amorfa, donde el niño queda ubicado como un objeto más entre los objetos; la animación del autómata hace entrar en juego un cuerpo mecanizado, que funciona al modo de las máquinas. Nos preguntamos si la animación del autómata es sólo perturbación, o si allí no podríamos leer un uso del cuerpo76. ¿No podría pensarse la maquinización como un modo de hacerse un aparejo, que a falta del recurso a lo simbólico, le permita hacer algo con el cuerpo que porta?
3. Presentan ‘un problema de fronteras’, hay en estos niños ‘un defecto en la marcación de las fronteras entre su cuerpo y el cuerpo del Otro’.77 Este problema es correlativo a la conceptualización del autismo como una perturbación de la libido, y está fuertemente asociado al uso que el niño autista hace del cuerpo del Otro. Se vale de él como un instrumento. El cuerpo del Otro en una prolongación de la libidinización de su propio cuerpo, de allí la desesperación que puede surgir en ciertos niños, en los momentos de separación, ya que esto es vivido como la usurpación de la propia animación. Se produce para el niño “una confusión en cuanto al punto de inserción de la libido”78. El Otro opera siendo soporte exterior de la libido, es una máquina que lo sustenta.
Colette Soler no piensa al niño autista ni como mero viviente, ni como sujeto del inconsciente, sino que siguiendo el modelo lacaniano de intersección de conjuntos, inscribe una zona de yuxtaposición que da cuenta de la presencia de un cuerpo afectado por el significante. Pero es un cuerpo que queda parcialmente capturado por el significante, en la medida en que alguna demanda del Otro se haya puesto en juego. Del lado izquierdo ubica al viviente; y en el conjunto de la derecha al Otro. En la intersección de los dos círculos sitúa el cuerpo gobernado por el significante79.
Llama cuerpo gobernado por el significante a todos los fenómenos de maquinización. En la lógica de la alienación la autora inscribe una formulación particular de la elección: o bien él es un puro viviente, sin libido; o bien en él deviene una máquina significante. Toma como punto de partida dos conjuntos disjuntos: el viviente y el Otro, y reconoce que es en tanto el niño entra o no, en conexión con el Otro, que esa maquinaria se activa. De hecho retoma algunos de los casos de Margaret Mahler y de Bruno Bettelheim. En el primero, Stanley se activa en tanto entra en contacto con la analista. Este entrar en contacto es una acción deliberada del niño, “como si él mismo tuviese la posibilidad de elección entre conectarse con el Otro o no”80. En el caso Joey de Bethelheim, el niño se había construido una máquina a la cual precisaba conectarse para poder realizar diversas funciones, incluso comer, defecar, etc. Era un objeto que animaba el cuerpo, en la medida en que localizaba en un afuera el reservorio libidinal.81
Podemos decir que el cuerpo libidinizado en el niño autista, es sólo una parte del organismo, y el Otro constituye una prolongación libidinal. El autismo infantil es una enfermedad de la libido, en la medida en el lazo con el Otro está perturbado. De esa perturbación hace depender la constitución particular del cuerpo, en la medida en que no todo permanece como organismo, puro viviente; sino que algo se recorta a partir de la demanda del Otro.


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En este sentido Eric Laurent señalará que los autistas son seres de lenguaje, porque “ellos perciben efectivamente esa pesadilla verdaderamente analítica que Lacan llama la laminilla”82. Alude allí a la referencia lacaniana del Seminario XI83. En la “Clase XV”84 Lacan nombra a la libido como órgano que se presenta bajo la forma de esa laminilla, que el viviente debe restar para que el cuerpo se anime. Lacan ubica allí a los objetos pulsionales, y señalará que la laminilla es lo que enlaza cuerpo e inconsciente. La laminilla tiene bordes, delimita zonas erógenas, y constituye a la libido como órgano en dos sentidos:“órgano como parte del organismo y órgano- instrumento”85. Es en torno a ese órgano incorporal que es el lenguaje que el viviente padecerá de su cuerpo. Vimos con Colette Soler como de ese encuentro entre viviente y Otro, se devela el enloquecimiento que el significante introduce en el viviente, maquinizando el cuerpo cuando la libido no se extrae por fuera del cuerpo propio, como objeto resto; ni libidiniza al cuerpo como Uno. Se trata de una libidinización peculiar, que muestra la intromisión del significante y la función del Otro, en tanto queda como prolongación libidinal de ese fragmento de organismo que ha devenido cuerpo.
Por otra parte, Eric Laurent retomará en más de una oportunidad a los Lefort, y situará también el problema del autismo, como “…problemas de superficie”86 En un articulo del libro Hay un fin de análisis para los niños, coincidirá con ellos, respecto a que el problema del cuerpo del autista, responde en términos de superficie a la banda de Moebius. Pero esto no lo hace decir que los autista estén por fuera de la estructura, por el contrario, dirá que son seres planos, bidimensionales, pero en el sentido lacaniano. Es decir que estos niños tienen la dimensión normal del sujeto lacaniano. Porque para este autor los autistas “son seres tejidos por el lenguaje”87.
La estructura de la banda de Moebius le permite hablar de una superficie sin agujero a diferencia del toro, que como figura topológica, posee un adentro y un afuera, un agujereamiento producto de los circuitos de la demanda. Estos recorridos de la demanda en torno al agujero central, constituiría el volumen del cuerpo, que en estos niños estaría afectado.
Este autor afirma que, el psicoanálisis de orientación lacaniana es una práctica del agujero y que en los autistas, cuando el agujero aparece, se producen fenómenos de alocamiento, recorridos sobre superficies no orientadas, “…están fundamentalmente en un mundo no orientado. Esto los lleva a toda una serie de desgracias que son los de los fenómenos de pulsación que tanto los agitan, como puede verse en esta práctica de la que tenemos dificultad de hablar.”88
Por otra parte Eric Laurent hará una lectura minuciosa del estadio del espejo, para situar las perturbaciones que se producen en la constitución de lo imaginario del cuerpo. Describirá ciertos fenómenos de superficie89, de pegado de la imagen virtual y la imagen real, como fenómenos referidos al espejo que pueden aparecer en el autismo, la psicosis infantil, y también al final de los análisis. Hay allí una basculación del espejo plano hasta la posición horizontal, las dos imágenes se confunden. Explica de este modo ciertos fenómenos ecolálicos, y de superposición de los cuerpos. Estos pegados no son producto de que haya un solo cuerpo, sino que son efecto del pegado significante, allí donde debería haber dos, el significante se holofrasea. La stereotipia es entendida por Laurent, no como ausencia de pulsión sino como una repetición en sentido puro, es “puro significante que se desarrolla, se repite, que enrula su circuito y vuelve a comenzar.”90 Es un retorno del significante en lo real, lo que insiste para el autor, y esto le permite hablar de formas de retorno de goce en el autismo, que habría que distinguir de la esquizofrenia y de la paranoia. Ante los aullidos de un niño, es posible ubicar que hay un cierto tipo de perturbación: “se ve bien que el cuerpo está afectado (…) se ve bien que sufre de algo”91
El cuerpo del niño autista está afectado, es un cuerpo de goce, y toda la problemática se concentra en cómo “lograr hacer función con sus órganos”92. Es preciso acentuar los modos en los que el niño hace función de su goce. En esta línea Eric Laurent, rescata cierto saber hacer del niño autista, que lo diferencia de otras posiciones donde la perturbación es lo único a recortar.
En Síntoma y Nominación93 se ocupa del autismo infantil y señala que en estos niños es posible hallar ciertos significantes, S1 que se mantienen desabonados. Explica así que el sujeto viva “junto al calor, a la luz (aleteos alternativos), a sustancias incontables (arena, agua); a la voz (ruidos llevados al oído).”94 No dejará pasar la oportunidad para aclarar que esos significantes “son huellas de lo que ha provocado fijación o traumatismo”.95 Nuevamente encontramos cierta fijación que da cuenta de alguna especificidad de ese sujeto, y nos mete de lleno en una afectación del cuerpo por el significante. Esta teoría más cercana a la última clínica lacaniana, nos orienta hacia el significante en su carácter real. No es el significante en su valor simbólico, haciendo cadena, sino que de lo que se trata es del S1 no enlazado.  El significante así definido está en lo real, y determina un sujeto real, un sujeto de goce. En otro texto agrega: “…ese puro sujeto puede pasar horas en encender/apagar una llave eléctrica. Que mas evidente para encarnar ese real de lo simbólico, que se reduce simplemente a +-/+-“96. Esto produce efectos en
la constitución del cuerpo y del espacio, ya que el sujeto se mueve en un espacio no métrico. La medida fálica no ordena el goce, sino que éste se infinitiza, del mismo modo en que se infinitiza el espacio. “…es un espacio donde le sujeto se pega a la pulsión en forma no métrica”97. Frase enigmática que alude por un lado a la ausencia de pulsación, pero que también nos introduce en la topología del caucho, en la infinitización propia de las superficies unilaterales. Real y Simbólico no están distinguidos para el niño, todo lo simbólico es real. Los bordes no pueden constituir una pulsación reglada. Al estar cortocircuitado el pasaje por el campo del Otro, cualquier iniciativa es vivida como una intromisión del Otro en el cuerpo. Además, el niño autista mantiene constantemente una relación de reubicación de su cuerpo respecto al objeto a. “Tanto de pegarse como de rechazarlo”98. En oposición a los Lefort que suponen en el autista ‘ni a ni A’, Laurent nos presenta otro modo de pensar la perturbación que estos niños padecen.
Coincido con Marita Manzotti, quien en el artículo “El cuerpo del autista y el dispositivo soporte”99 señala que “las particularidades del tratamiento del cuerpo que estos niños presentan nos permiten ubicarlos en una clara posición de respuesta”. Por otra parte afirma siguiendo a Miller100, que habría en ellos “una alteración en la función de corporización”. ¿A qué llama Miller corporización? A la entrada del significante en el cuerpo, al modo en que el significante lo afecta. La afectación del cuerpo es solidaria del vaciamiento de goce, de hacer a un cuerpo, un cuerpo desierto de goce. En esta aproximación ya se da por sentado que el significante cumplirá las dos funciones: desregular y ofertar el aparejo para la regulación. Miller agrega que los efectos de goce, reunidos bajo el término ‘afectos’, alteran las funciones del cuerpo viviente101.
Si pensamos esto en términos de lo que no se produce, es cierto que no hay la afectación del cuerpo tal como acontece en la neurosis, pero si decimos que el tratamiento del cuerpo que estos niños presentan es respuesta ¿podemos excluir la dimensión del trauma de lalengua? ¿Podemos decir que estos niños no están parasitados por ese mal que es lalengua para el viviente?
Tal como fuimos viendo, el acento en torno al cuerpo del autista, está puesto sobre la perturbación; y no así sobre los usos del cuerpo. Este último campo ha quedado vacante en la conceptualización probablemente, por la magnitud que tiene la alteración que presenta fenoménicamente, el cuerpo del autista.


 


 


 Notas al pie de página:


1 Lacan, J: Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Paidos. Buenos. Aires. 1992 ISBN 950-12-3971-3
2 Rosine Lefort expone el caso en el Seminario. Está publicado en el Capitulo VIII del Seminario 1, antes citado.
3 Klein, Melanie: “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo” (1930) En OC: Tomo I. Paidos. Buenos Aires. 1990. ISBN 950-12-4911-5
4 Lacan, J: Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Pág. 145. Op. Cit. 
5 Lacan, J: Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Pág. 146 Op. Cit.
6 En un texto de los años 90, los Lefort ubicarán el caso Roberto, del lado de la psicosis. Pude leerse en Lefort; Rosine- Lefort, Robert: “A, a, S1, S2, cuerpo, como determinantes de la transferencia”. En Analectas Nº 1. Agosto. 1995. Colombia. 
7  Lacan, J: Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Pág. 147 Op. Cit
8 Lacan, J: Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Pág. 163 Op. Cit
9 Lacan, J: Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Pág. 163 Op. Cit
10 Lacan, Jacques: : Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Pág. 166
11 Lacan,J: Op. Cit. Pág.114.
12 Iuale, Lujan: Autismo y psicosis infantil: el fracaso del mito. En Revista Universitaria de Psicoanálisis Nº 6 (2006) ISSN 1515-3894. Algunas de estas ideas ya fueron publicadas en este trabajo anterior.
13 Ambos textos se hallan en Mannoni, Maud (Comp.): Sami Ali “Génesis de la palabra en el niño autista” y Lacan, Jacques: “Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil”. En PsicosisInfantil. Nueva Visión. Bs. As. 1971
14 Sami Ali “Génesis de la palabra en el niño autista” Pág. 88.
15 Sami Ali “Génesis de la palabra en el niño autista” Pág. 86-87
16 Lacan, Jacques: “Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil”. Pág. 157.
17 Lacan, Jacques: “Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil”. Pág. 157.
18 Lacan, Jacques: “Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil”. Pág. 159. Op. Cit.
19 Lacan, Jacques: “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”. En Intervenciones y textos 2. Manantial. Bs.As.1991. ISBN 950- 9515-21-3
20 Lacan, Jacques: “Conferencia sobre el síntoma…”Op. Cit. 134-135.
21 “Los oídos son el único orificio, en el campo del inconsciente, que no puede cerrarse”. Cáp. XV Pág. 202 Lacan, Jacques: Seminario 11 Paidos. Bs. As. 1997 ISBN 950-12 3981-0
22 Iuale, Lujan: “No retroceder ante la locura infantil. Apostar al sujeto”. En Manzotti, Marita (compiladora) Clínica del autismo infantil. El dispositivo soporte. Ediciones Grama. 2005. ISBN 987-1199-15-5
23 Lacan Jacques: Conferencias en Estados Unidos. Clase del 25-11-1975. Inédito. Pág. 40
24 Lefort Rosine- Lefort, Robert: Nacimiento del Otro. Paidos. Barcelona. 1995. ISBN 84- 7509-174-1 Pág. 272.
25 El tratamiento fue llevado a cabo por Rosine Lefort, en los años 50 en el servicio de Jenny Aubry, cuando todavía no tenía formación analítica. La lectura teórica es posterior.
26 Op. Cit: Esta descripción esta tomada casi textual. El subrayado es nuestro. Pág. 242-243
27 Lefort Rosine- Lefort, Robert: Nacimiento del Otro. Pág. 279
28 Lefort, R- Lefort R: Nacimiento del Otro. Pág. 260
29 Lefort Rosine- Lefort, Robert: Nacimiento del Otro. Pág. 303
30 Lefort Rosine- Lefort, Robert: Nacimiento del Otro. Pág. 303 Op. Cit.
31 Lefo


 


 


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Articulos Cientificos
Biografía del autor/a

lujaniuale@yahoo.com.ar

Licenciada en Psicología UBA. Becaria de Investigación UBACyT. 
Docente de la UBA; UCES; UB y USAL. Terapeuta Fundación PROSAM.
Ex jefe de Residentes de Salud Mental del Gobierno de la Ciudad. 
Ex -terapeuta de la Fundación Hacer Lugar.

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