LA NOCIÓN DE "INTERPRETACIÓN" Y SU ALCANCE EN EL MARCO DE INVESTIGACIONES HERMENÉUTICAS Fecha de recepción 5/7/2010                                                                              Fecha de aceptación 23/7/2010

Contenido principal del artículo

Roxana Ynoub

El objetivo del artículo es aportar elementos de juicio que iluminen algunos aspectos metodológicos en el campo de las investigaciones hermenéuticas”. Se entiende por tales aquellas investigaciones orientadas por hipótesis interpretativas; es decir, investigaciones en donde se deba constatar o descubrir algún nexo significativo entre un material concebido como “significante” y un potencial “significado” asociado a él. En tal sentido, se comienza por discutir el concepto de “signo” y se analiza el alcance de toda interpretación examinando las inferencias comprometidas y el modo en que se pueden derivar de ellas hipótesis o conjeturas contrastables. Se asume que este tipo de investigaciones está presente en el campo de las ciencias naturales (como la geología,teoría evolutiva, paleontología) cuanto en las ciencias de la cultura (psicología, antropología, análisis del arte). Pese a ello se reconocen y analizan las diferencias que existen en las características del material significante, cuanto en el proceso de la contrastación entre unas y otras. Finalmente, se ofrecen algunos avances en lo  que podría definirse como la estrategia para la producción y el tratamiento de datos en este campo, en base a un concepto tomado del análisis del mito como lo es el del bricolage.

Palabras clave: Metodología, Hermeneútica, Semiótica


1. EL PUESTO DE LAS INVESTIGACIONES HERMENÉUTICAS EN EL MARCO DE OTROS TIPOS DE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA 


Según el lógico W. Quine, la inteligencia humana puede caracterizarse por su capacidad para relacionar experiencias entre sí de un modo relevante o conveniente.
Esta descripción concuerda bastante bien con la concepción de Kant sobre la estructura del juicio. En el marco de su filosofía crítica, el juicio constituye una función de síntesis; en la estructura del juicio el intelecto vincula hechos o fenómenos entre sí, el sujeto y el predicado del juicio son expresión de este enlace. Por medio de él se objetiva –o, lo que es lo mismo, se organiza nuestra experiencia.
Kant pretendió haber identificado las formas más generales por las que nuestro intelecto realiza esas síntesis. Es decir, pretendió haber identificado esas funciones de unidad (o unificación de lo diverso) bajo la forma de un conjunto de juicios y categorías. De acuerdo con ello el conocimiento, mediato o discursivo, sería siempre un proceso en el que lo diverso es conducido hacia la síntesis.


Kant propone tres tipos de juicios o, lo que es lo mismo, tres tipos de relaciones o síntesis entre hechos de experiencia. Adaptándolas a los fines de esta reflexión las podríamos definir en los siguientes términos1:


* Juicios de atribución,
* Juicios de causación o procesualidad; y
* Juicios de significación.


Se trata de “predicaciones”, porque son operaciones que se aplican a un cierto asunto (o fenómeno), que se quiere conocer.


Así, por ejemplo, diré «eso» (es decir, el asunto que me propongo conocer): 


- tiene tales o cuales propiedades, o características, o comportamientos, etc. (atribución);
- guarda tales o cuales relaciones o determinaciones con eso otro (causación);
- significa, representa o expresa tal o cual sentido (significación).


Esta concepción se muestra a su turno convergente con los distintos tipos de hipótesis que caracterizan la investigación científica.
Una hipótesis científica constituye un enunciado sobre alguna presunta “regularidad de experiencia”, y, de acuerdo con lo que acabamos de proponer, esa regularidad puede referirse a “atributos” de los fenómenos que se quieren conocer; a “causas o procesos” que explican su funcionamiento, o a “significaciones o sentidos” que permiten comprenderlos.
La tradición metodológica ha caracterizado el alcance de esas estructuras bajo el rótulo de “esquema de investigación”. De modo tal que los diversos tipos de esquemas se corresponden con los diversos tipos de hipótesis que orientan la investigación.
Se puede proponer, entonces, una clasificación de esos esquemas siguiendo las huellas del pensamiento kantiano. De acuerdo con ellas, se obtendría la siguiente correspondencia entre “esquemas” e “hipótesis”2:


- Esquema ? hipótesis de
descriptivo atribución.


- Esquema ? hipótesis de explicación
explicativo causación o precesualidad.


- Esquema ? hipótesis
 interpretativo hermenéuticas.


Las investigaciones descriptivas se proponen precisar regularidades de atributos o propiedades de los objetos que se estudian,sea por medio de la descripción de alguna o algunas variables, o por la identificación de aspectos comunes entre varias de ellas.
Es lo que tiene trazado, por ejemplo, cualquier investigación que se proponga avanzar en criterios tipológicos, como pueden serlo el armado de una “nosografía” o una “taxonomía”.
En buena medida es lo que ocurre también cuando se trabaja a nivel exploratorio. En esos casos se puede hablar de descripciones exploratorias, dado que el objetivo estará orientado en la dirección de construir o identificar categorías y sistemas clasificatorios. 
La diferencia entre los esquemas descriptivos y los esquemas o estudios explicativos estriba en que en estos últimos se trata de estimar relaciones de determinación entre variables.
Usualmente se entienden estas determinaciones como “relaciones de causalidad”.
Resulta importante, sin embargo, distinguir distintos tipos de causalidad, ya que cada uno de ellos expresa grados diversos de complejización en la comprensión y abordaje de un tema de investigación.
De manera esquemática se podrían presentar del siguiente modo:


28-01-2019_10-43-48_a-m-.png


Así definidos todos estos tipos de “causalidad” corresponden a lo que Aristóteles llamaba “causalidad eficiente”, es decir, “aquello que produce algo”: corresponde al razonamiento que asume un cierto hecho como efecto de una causa que lo produjo. 


Pero si se avanza más allá de esta concepción,como ocurre, por ejemplo, con las investigaciones que buscan una causalidad funcional o histórica formativa, se pasa de una mera explicación en términos de «causas y efectos» a una genuina «interpretación», la que en la clasificación aristotélica correspondería a lo que se llamaba “causa final”. 
Como lo hemos señalado previamente, pareciera ser cierto que entre las facultades de nuestro intelecto se cuenta esa capacidad interpretativa. Dicho de otro modo, algo se nos torna inteligible no solo cuando podemos “atribuirle o describirlo conforme a sus propiedades o cualidades”, o “cuando lo vinculamos o relacionamos con otras cosas en vínculos de causas y efectos”, sino también cuando le adjudicamos un sentido, cuando lo “interpretamos”.
De modo que esta causalidad final o funcional -como causalidad histórico formativa supondrá el paso a las hipótesis hermenéuticas o significantes
Para hacer de un cierto hecho material un hecho de significación se necesita reenviarlo a otra cosa: “signo es algo que se pone en lugar de otra cosa”, dicen los semióticos.
Pero el enlace o nexo por el que se reenvía a otra cosa, requiere de la comprensión de la función de ese signo en el contexto de un contexto en el que adquiere su significación. Para que al señalar con el dedo se mire lo señalado y no al dedo mismo –es decir, para hacer de ese movimiento un gesto significante- se necesita participar de un vínculo comunicativo en el que se codifica o significa esa conducta como “indicación”. Fuera de ese vínculo comunicacional, no es posible hacer de ese acto un acto significante. 
Esta concepción de los procesos de significación permite encontrarle un lugar a muy diversas estrategias investigativas.
Formaría parte de este tipo de investigaciones el amplio espectro de estudios propiamente “intepretativos”, como los que se producen en el campo de la psicología y las ciencias sociales; o en el de la investigación en arte y cultura.
El objetivo de la interpretación (cualquiera sea el material textual sobre el que se trabaje: discursos de un paciente, obras literarias, fílmicas, etc.), es el de producir un nuevo texto, cuyo sentido surge de identificar la función que dicho material significante tiene para alguna instancia que se realiza, produce y/o reproduce a través de ella (sea esa instancia “un paciente”, “una cultura”, “un grupo humano”, “una institución”, etc.). 
Dicho de otro modo, la interpretación resultante arrojará un nuevo sentido o sentido de segundo grado, orientado por la comprensión de los procesos de determinación histórica, psicológica o social, del fenómeno investigado.
Así lo expresa, un especialista en la técnica del llamado “análisis de contenido”:
“La lectura del analista de contenido de las comunicaciones no es, o no es sólo, una lectura ‘al pie de la letra’, sino la puesta a punto de un sentido en segundo grado. No se trata de atravesar por los significantes para captar los significados,como en el desciframiento normal, sino de alcanzar otros ‘significados’ de naturaleza psicológica, sociológica,política, histórica, etc., a través de significantes o significados (manipulados).”(Bardin, L.1986: 31).
El alcance de estos “sentidos de segundo grado”, como los llama Bardin, convoca un sinnúmero de debates en lo referido a la posibilidad misma de “objetividad” en esos procesos interpretantes; y al postulado de “una” o “múltiples” significancias en los propios materiales significantes. 
Para abordar estas cuestiones nos detendremos con algún detalle en los fundamentos semióticos implicados en la noción de “interpretación”, para luego tratar la relevante cuestión de la contrastación y la validación en este tipo de investigaciones. 


2. SOBRE EL ALCANCE DEL CONCEPTO «INTERPRETACIÓN»EN EL MARCO DE LAS INVESTIGACIONES HERMENÉUTICAS


Por “hermenéutica” entenderemos la “ciencia o el arte de la interpretación”3. Podría también denominarse “arte de desciframiento”, ya que esas interpretaciones suponen ir “más allá” del sentido dado o inmediato.
Como lo examinamos en el apartado anterior, pareciera que entre las facultades de nuestro intelecto se cuenta la capacidad o competencia interpretativa. Así, por ejemplo, si tenemos ante nosotros la imagen de las Torres Gemelas incendiándose el 11 de septiembre, podemos: 


a) describir lo que vemos, predicando ciertas propiedades o comportamientos de una cierta sustancia (concebida como centro de referencia o sujeto de esa predicación):
- se trata de un edificio impactado por un avión a gran velocidad, que entra en llamas, etc.


b) podemos también establecer nexos explicativos entre los estados que observamos y los efectos que se producen como consecuencias de esos estados (concebidos ahora como causas): 
- el impacto del objeto ha sido la causa de su calentamiento, de su posterior incendio y derrumbe –a su turno, el derrumbe puede ser explicado por el efecto de las altas temperaturas sobre la naturaleza fisicoquímica de los materiales de la estructura, etc.


c) y, podemos también interpretar lo que observamos por referencia a un sentido que trasciende tanto a la mera descripción material como a las relaciones causales o procesuales que se establecen entre ellas: 


- en ese caso diremos que se trata de un atentado que expresa la reacción de algún sector de la sociedad sobre otro sector de la sociedad: por ejemplo, que se está comunicando –de forma un tanto brusca, ¡no caben dudas!– un rechazo a la economía imperial, a los centros de poder militar-financiero, etc.


La última afirmación no es ni una descripción de meros atributos de las cosas mismas, ni una explicación de relaciones causales entre esas cosas, sino UNA INTERPRETACIÓN.
¿Qué hemos hecho para producir esa afirmación? ¿Cuáles fueron las operaciones cognitivas para llevar adelante esa actividad sintética?
Lo que hemos hecho es tomar eso que teníamos delante (la imagen de las torres incendiándose, etc.), y poner allí otra cosa, que en verdad no es otra cosa sino un conjunto de sentidos, de significaciones que nuestra cultura, nuestra historia, nuestras propias pulsiones y vivencias nos permiten CREAR o RE-CREAR.
Hemos transformado el fenómeno observado en un signo.
Recordemos al respecto la definición de signo –adaptada de la que ha postulado Charles Peirce (1987):


“Signo es algo que se pone en lugar de otra cosa en algún aspecto o capacidad suya para alguien”.


Conforme con esta definición podemos identificar varios elementos importantes:


a) por una parte, una operación de “poner algo en lugar de otra cosa”.


b) En segundo lugar, que esa operación remite a una mente (una capacidad de lectura) que selecciona un cierto aspecto de la cosa y ejecuta esa operación de pasaje.


c) Tercero, que esa selección –del aspecto,capacidad o dimensión del fenómeno que será considerado- implica que dicha cosa se presta a más de una potencialidad de interpretancia.


Examinemos detenidamente estas consecuencias.
En primer lugar, para que las operaciones de interpretancias sean posibles –o, como se dice en el lenguaje coloquial, para que nos entendamos- es necesario que hablemos el mismo idioma, es decir, que las operaciones de “poner una cosa en lugar de otra” sean comunes para una comunidad de intérpretes, esto es, de usuarios de un cierto CÓDIGO. Si pronuncio el significante /agua/ es esperable que para los hablantes de la lengua castellana se evoque el sentido de agua (o la imagen mental de un poco de agua, o un fresco vaso lleno de agua, etc.); pero no la imagen de un rinoceronte, un unicornio o un ET4.
Eso significa que debe funcionar alguna REGLA que explicite qué debe ponerse en lugar de qué otra cosa en un cierto contexto.
Por ejemplo, si nos estamos refiriendo al código del semáforo 


/ rojo / significa “detenerse”5


Si alguien está siendo un usuario efectivo de ese sistema semiótico –de ese código como conductor de un vehículo en un medio urbano, allí donde observa el color rojo del semáforo debe poner “detenerse” y actuar en consecuencia.
De allí que un sistema semiótico como el que acabamos de examinar, pueda ser descripto como un sistema regulado o regido por cierta REGLA de equivalencias.
La REGLA en cuestión indicaría qué elementos expresivos (o significantes) deben ponerse en correspondencia con qué otros elementos representacionales (o significados). Para el esquemático caso del “sistema del semáforo”, las equivalencias serían las siguientes:


28-01-2019_11-00-43_a-m-.png


Como puede advertirse, al usar el término REGLA estamos admitiendo que esa relación entre «significante y significado» puede fracasar,no darse o transgredirse. Alguien puede leer /rojo/ y, sin embargo, “avanzar”.
Conforme con ello, admitiremos entonces que la relación de interpretancia o de significación es una relación de imputación o de «deber ser», del tipo: 


Dado A debe ser B 


En nuestro ejemplo, “dado rojo debe ser detenerse”.


Esta es la estructura con la que los juristas expresan el juicio normativo en sentido general.
Ahora bien, no hay REGLAS por fuera de comunidades de sujetos que admiten o reconocen la regla (¡aún cuando la transgreden!). La REGLA no tiene existencia material sino representacional: esté o no esté instituida a través de la letra escrita como los códigos jurídicos de los estados –que son sólo UN TIPO PARTICULAR de reglas6. Y esta existencia la sostiene la COMUNIDAD de usuarios del Código. El ejemplo paradigmático –el que dio las principales claves para la comprensión de este asunto- es el de la LENGUA. 
La LENGUA es un Código, que crean las comunidades humanas en tanto usuarias y productoras del mismo; pero con el agregado –y la paradoja- de que una vez instalado como tal Código se vuelve sobre ellas y la regula: nadie puede modificar unilateralmente la Lengua, y quien quiera comunicarse en el marco de una comunidad de hablantes deberá hacerlo conforme a las “reglas” instituidas por la gramática, la sintáctica, etc. que rigen el habla de dicha comunidad. Aun cuando, por supuesto, cada uno recreará de manera singularísima esas reglas en cada acto de apropiación y aplicación de las mismas. 
De manera sintética, podríamos resumir lo anterior diciendo que TODA REGLA REMITE A UNA COMUNIDAD; o, dicho de manera contraria, por fuera de la comunidad la Regla cae o pierde “su sentido”. En el siguiente fragmento pueden constatarse las dificultades –sino las imposibilidades- que se le presentan a alguien que ha roto o ha perdido lazos con la COMUNIDAD a la que pertenecía, para participar de las REGLAS de significación que rigen en esa comunidad (en este caso la comunidad urbana moderna, entre cuyas reglas se incluye la del semáforo). 
Se trata de un fragmento extraído de una entrevista tomada a un excombatiente de Malvinas, cuando se lo interroga por su experiencia de retorno al continente, y más precisamente a su llegada a la ciudad; al respecto comenta:


“Tenés como el cerebro lavado. Algunas cosas hasta resultan cómicas, no coordinás. No entendés el semáforo, para qué es el rojo, para qué el verde, es un sincronismo social que no lo entendés. Te paraste en la parada del colectivo y te olvidaste que tenés que levantar la mano, no tenés idea del valor de la plata y como así un montón de cosas…”


Adviertase el término que usa: “sincronismo social”


Sin duda, la significancia solo opera allí donde se produce y reproduce un TODO ORGANIZADO7 –en este caso un SISTEMA SOCIAL. Para saber que


“rojo” significa “detenerse”


es necesario participar de las REGLAS DE TRÁNSITO o, más precisamente, participar de la experiencia social que queda regulada y CREADA por esas reglas de tránsito. Si un sujeto no participa de esa experiencia social –si fue expulsado de ella, o nunca la integró- no puede entonces participar del “sentido”, no puede interpretar (o, en el mejor de los casos,esa interpretación no será compartida por la comunidad que se regula por ella)8
El dinero es otro buen ejemplo para entender el alcance de la categoría de REPRESENTACIÓN que estamos examinando.
El dinero, en tanto papel, puede ser descripto como una cosa (tiene ciertas propiedades físico-químicas, ciertos atributos como su textura, flexibilidad, grosor, etc.). Puede ser descripto también en relación a otras cosas, como, por ejemplo, a la estructura molecular que causa o explica sus propiedades físicomateriales. En el terreno de la economía, también puede concebirse al dinero como una cosa y hablar de los efectos que produce la extracción brusca de una gran masa de dinero en los equilibrios económicos de un mercado capitalista, etc. 
Pero el dinero, en tanto HECHO SOCIAL, es una realidad significante, es una realidad semiótica. Para participar de la “experiencia dineraria” en sentido pleno, hay que participar del organismo social que la sostiene, que la produce y la reproduce. No cualquier sujeto, ni en cualquier circunstancia, puede ser apto para entrar en los procesos de significación que se requieren para el uso del dinero. Y lo que es más interesante todavía –según nos explican los psicólogos- pueden “ponerse” en el dinero significaciones que lo exceden o que corresponde a CONTEXTOS no estrictamente dinerarios (como por ejemplo, el amor filial, conyugal, etc.: “según cuánto me dás es cuánto me amás” –o cosas por el estilo). Por otra parte la naturaleza representacional (semiótica o subjetiva) de la experiencia dineraria, no le quita eficacia material (nadie duda de que “el dinero hace al mundo girar”) como ocurre en todo fenómeno representacional (¡como cuando se dice que uno puede aplastar a una persona con el peso de su lengua!). 
A la luz de lo dicho, se podrían describir las hipótesis hermenéuticas en los siguientes términos:
La causalidad final o funcional y la causalidad histórico formativa están en la base del paso a las hipótesis hermenéuticas o significantes. Diremos simplemente que este pasaje implica el paso de la “causalidad” a la “imputación” (vínculos de “deber ser”) y a las relaciones entre el “todo y la parte”. Un esquema posible para representar esas relaciones sería del siguiente tipo:


28-01-2019_11-09-30_a-m-.png


En este esquema se ilustra la idea de VÍNCULOS DE IMPUTACIÓN o de DEBER SER. 
Estos vínculos solo pueden entenderse por referencia a CONTEXTOS: solo por referencia al Ser de una totalidad organizada es posible postular el deber ser de los vínculos entre las partes que lo componen. Pero este “deber ser” no es una experiencia foránea, ajena, externa, impositiva. Por el contrario, la condición para constituirse como tales “partes” de esa totalidad es vivenciarla como una determinación de su propia identidad. 
Se suele decir en sociología que la comunidad humana existe en tanto estén dados ciertos  reconocimientos recíprocos: qué es esperable que uno haga -en CIERTO CONTEXTO- y qué no es esperable. Si ese sistema de las expectativas recíprocas no se mantuviera, entonces no sería posible la comunidad. Por ejemplo, si una institución existe, pongamos por caso la universidad de Buenos Aires (si ella «es»), es porque existe el sistema de los reconocimientos recíprocos de la comunidad que la integra (incluyendo en ella los conflictos que pueden plantearse entre sus miembros, siempre y cuando esos conflictos se den dentro de ciertos márgenes). Lo que es del orden del deber ser para los individuos es del orden del ser para la institución.
Por ejemplo, los profesores deben dictar sus clases a ciertos horarios, los alumnos deben asistir y deben rendir exámenes, las autoridades deben nombrar profesores, pagar los salarios, etc. Si de alguna manera estos sujetos son capaces de darse a sí mismos esas imputaciones, entonces la institución tiene chances de seguir existiendo como tal.
Como se advierte, todas las acciones que hemos descripto son acciones comunicacionales y por lo tanto semióticas (dar clases, nombrar profesores, rendir exámenes, pagar salario9,etc.). 
Por otra parte, lo que es del orden del ser para la totalidad (en este caso la Universidad de Buenos Aires) es del orden del deber ser para los sujetos que la integran. En ellos y por ellos –por el sistema de representaciones que en ellos habita- ella existe. La relación no es de causalidad –ni material, ni eficiente- sino de causalidad final, funcional o representacional. 
Una nueva consecuencia que podemos sacar de estas relaciones de imputación es que las totalidades que las hacen posible (a las que, en sentido general, hemos llamamos Comunidades) deben disponer de “mecanismos correctivos” en caso de fracasos, trastornos, transgresiones, etc.; lo que supone capacidad de anoticiarse (es decir, leer) dichos fracasos o trastornos. 
Si, por ejemplo, en la Universidad de Buenos Aires dejaran de asistir los profesores contratados, o los alumnos asistieran en el horario que quisieran, o los maestranzas dejaran de limpiar o abrir las  instalaciones, etc., el destino de esa institución estaría amenazado. Se espera en esos casos que ella –la Universidad (a través de sus respectivos representantes)- tome nota de la situación y actúe al respecto, buscando compensar, corregir o eventualmente sancionar esas situaciones10


Todo esto para reafirmar lo que ya hemos dicho: no hay signo fuera de un contexto o totalidad de interpretancia: de allí el doble valor del concepto «significativo», como sentido y como valor. Algo tiene sentido por referencia a una totalidad o un contexto, y algo es significativo si afecta en algún aspecto (si “hace una diferencia”, diría Gregory Bateson (1980)) a ese contexto (cfr. Samaja, J.; 2000).
De modo que, tal como lo ha sostenido J.Samaja (2004; 2003), la síntesis sería que
- allí donde hay signos hay reglas,
- y allí donde hay reglas hay totalidades organizadas o auto-organizadas (como por ejemplo, una comunidad humana). 
Pero sabemos, además, que allí donde hay totalidades organizadas hay HISTORIA FORMATIVA. 
Aunque no lo demostraremos aquí, no caben dudas de que cualquier organización (sea un organismo viviente, o un organismo  social –como una institución o un sujeto humano) “llegó a ser” por algún proceso constructivo o formativo. Esa historia formativa tiene,sin dudas, presencia en la estructura y en la organización actual (es decir, entre las relacionesestablecidas entre sus partes y en los vínculos funcionales entre sus partes). Esa historia es también una condición operante en los procesos cíclicos reproductivos de toda realidad organizada. Y, como tal, una condición de posibilidad de la capacidad de “lectura” (o capacidad semiótica) a la que hemos hecho referencia previamente: dado que cada ciclo implica un retorno –y una potencial transformación-, esa totalidad debe tomar nota de aquello que está operando en las re-ligaduras o reencuentros entre sus partes, en cada uno de esos ciclos reproductivos. Dicho de otro modo: un organismo –viviente o social- no es una realidad dada de una vez y para siempre. Debe volver a ser de manera recurrente y cíclica, y en cada uno de esos ciclos se pone en juego su capacidad de preservación –o de expansión y crecimiento- de su ser; pero también la amenaza de su potencial disolución11 
Cuánto más amplio, más libre o más autónomo es el sistema en cuestión, más ricas y variadas son las posibilidades que enfrenta para re-crearse expansivamente en cada nuevo retorno de sus ciclos reproductivos.
Y, de igual modo, siguiendo este razonamiento, toda patología puede ser concebida como la fijación en un modo de funcionamiento que no deja lugar a transformaciones recreativas o expansivas, haciendo que el retorno sobre sí no sea más que mera “repetición” de una misma y única pauta.
De acuerdo con estas definiciones, podemos ampliar ahora el alcance de la causalidad funcional que hemos descripto previamente, en los siguientes términos (cfr. Samaja, J.; op. cit.): 
- allí donde hay signos, hay reglas (o si se prefiere regulación); 
- y allí donde hay reglas, hay totalidades auto-organizadas; 
- allí donde hay totalidades auto-organizadas, hay procesos reproductivos (o cíclicos); 
- y allí donde hay procesos reproductivos hay historia formativa. 
Esquemáticamente y de modo implicativo, los niveles se comprometerían unos en otros, en los siguientes términos: 
SIGNOS ? REGLA ? COMUNIDAD ? REPRODUCCIÓN ? HISTORIA
Ahora bien, en esta serie de conceptos, lo que podríamos llamar “el referente material” es la comunidad como existente: es decir, el “todo organizado”. 
Recordemos que por comunidad puede entenderse una “comunidad humana” –como hecho social- o una “comunidad vital” como un organismo. Lo decisivo es que esa totalidad es emergente de ciertas ligaduras establecidas entre componentes que se integran como “partes formativas” de la nueva totalidad. Es por ello que en ellas se domicilia la capacidad representativa: la capacidad de leer el estado en que se encuentra el sistema como un todo.


 


3. EL PROCESO METODOLÓGICO EN LAS INVESTIGACIONES HERMENÉUTICAS


Teniendo a la mano el modelo que acabamos de examinar, cabe preguntarse ahora cuáles son las operaciones que se siguen en las investigaciones que podríamos definir como “hermenéuticas”. 
De manera general podemos decir que la tarea será semejante a la que nos sugería Bardin: “ir de un sentido dado a un nuevo sentido o sentido de segundo grado”. Ese nuevo sentido busca alcanzar significados fundados en teorías o modelos psicológicos, sociológicos, políticos, históricos (Bardin, L.:31). 
Precisamente el asunto que debe enfrentar esa lectura de segundo grado es el de la validezque pueda adjudicarse a la interpretación propuesta: ¿qué elementos autorizan a sostener que se ha interpretado adecuadamente? ¿Resulta posible postular “evidencia” a favor de una u otra lectura?


En términos del modelo semiótico que hemos comentado en el apartado anterior, esa interpretación debería permitir extraer “las REGLAS” que la orientan, identificando además las totalidades o comunidades que se producen y reproducen a partir de ellas. 
Así, por ejemplo, si volvemos al ejemplo de un significante icónico como la “imagen de las torres incendiándose en el centro de Nueva York”, podrían derivarse interpretaciones o sentidos tan disímiles como los siguientes: 
- “Los bárbaros terroristas atacaron las torres gemelas.”
- “Los árabes se vengan de sus fracasos en el Golfo.” 
- “Los justicieros de la humanidad se levantan contra el imperio.” 
- “El atentado es una señal divina, se ha iniciado el Apocalipsis”, etc. 
Estamos aquí ante un signo cuyos significados no parecen tan unívocos como los de nuestro ingenuo y simplificado ejemplo del semáforo. 
Esto acarrea un enorme desafío desde el punto de vista de los mandatos de la investigación científica, porque parecería necesario  admitir que ese signo (las torres impactadas por los aviones, etc.) reenvía a múltiples sentidos; mientras que el mandato de la investigación sería ir tras LA interpretación adecuada, supuestamente aquella que coincide con un significado más pleno o acabado. 
Ahora bien, teniendo presente el modelo de signo que hemos sugerido, el primer reconocimiento que puede hacerse es que cada una de estas interpretaciones solo es posible dentro de una comunidad de interpretancia y, concomitantemente, solo puede valorarse su alcance en el marco de la historia en que esa comunidad se ha constituido como tal12. Cada una de las potenciales lecturas del mismo hecho será admitida como válida para distintas comunidades de intérpretes. Sin duda, no será posible “ir desde estas primeras interpretaciones hacia nuevas lecturas con pretensión científica sin adentrarse en el conocimiento de los contextos en que cada una de ellas es producida. 
Las interpretaciones de “segundo grado” a las que nos invita Bardin, serán posibles a condición de averiguar los procesos y relaciones históricas de las comunidades productoras de tales sentidos.
Se espera que la interpretación científica tenga la virtud de producir un sentido más amplio, más abarcador, con capacidad de integrar a las múltiples perspectivas en el marco de una comprehensión que incluya las relaciones, tensiones, conflictos, etc. que vinculan a las partes de esas comunidades de intérpretes. De modo que la versión científica tendría como pretensión última ser la más próxima a lo que podríamos llamar –metafóricamente- la “mirada de Dios”, es decir, la que da cuenta de las reales determinaciones que fundan cada una de las posibles interpretancias y de aquella que las contiene a todas como momentos o dimensiones de un meta-sentido integrador. 
Esto es posible, a su turno, porque el conocimiento científico es también un hecho semiótico derivado de una comunidad de intérpretes; solo que esa comunidad tiene como ideal regulativo el de buscar coincidir con la perspectiva de lo general. Cabría decir que esa comunidad está en condiciones de constituirse en interpretante de toda otra comunidad. El sujeto que hace ciencia es un sujeto que conserva –pero suprime y por lo tanto supera al sujeto comunal y al sujeto político: sigue siendo un sujeto signado por la particularidad de su pertenencia comunal, y un sujeto llamado a la toma de posición política, pero en tanto científico está igualmente llamado a descentrarse de esas posiciones particulares para buscar coincidir con la mirada de lo general. 
En qué medida esto se logre no depende de cada sujeto particular, sino del destino que sus “hallazgos científicos” tengan para dar cuenta de la realidad que investiga, para iluminar determinaciones (en este caso histórico-formativas) no advertidas, o para transferirse como tecnologías o acciones sociales con potencialidad transformadora sobre esa realidad, para actuar con eficacia (deseablemente superadora) sobre ella. 
Para decirlo con un ejemplo (que puede dar lugar al debate, y que resultaría oportuno debatir): la «investigación social del conflicto árabe-norteamericano» debería arrojar una interpretación, una lectura de ese conflicto, más rica, más profunda, más plena, que el relato apasionado de un miembro de la comunidad árabe o un miembro de la comunidad norteamericana13.
“LA” interpretación más adecuada, será, seguramente, aquella que sea capaz de no limitar las múltiples lecturas, las ramificaciones significantes de un mismo vehículo sígnico, pero que, a su turno, tenga la capacidad de darle un lugar a todas ellas en un marco hermeneútico integrador.
Pero, además, esa interpretación integradora deberá apoyarse en elementos que surjan de los propios elementos y materiales que puedan ofrecerse como evidencia a favor o en contra de esas determinadas lecturas.
En tal sentido, resulta muy instructiva la distinción que traza Umberto Eco a la hora de dar cuenta de los procesos involucrados en la interpretación de un texto. Distingue lo que llama: intentio operis, intentio  lectoris e intentio auctoris
Se trata sencillamente de distinguir la intención comunicativa de la obra, la intención  comunicativo/interpretativa del lector y la intención comunicativa del autor (cfr. Eco, U.:1947).  
Lo que el autor quiso decir,  o lo que el lector (empírico/contingente) puede interpretar,no coincide necesariamente con lo que la obra porta como capital de significación. 
En ese sentido, sostiene Eco: “Un texto es un dispositivo concebido con el fin de producir su ‘lector modelo’”, de modo tal que “el lector empírico es sólo un actor que hace conjeturas sobre la clase de lector modelo postulado por el texto” (op.cit.: 68/69). 
Ahora bien, el analista del texto debe ir en busca del “lector o autor modelo”, es decir, de la explicitación de todo ese capital de significación. Se espera que en tanto especialista en una cierta materia tenga más elementos que cualquier otro lector empírico para develar las marcas que conducen al “lector modelo”. 
Como puede apreciarse, no se pretende aquí que los/las investigadores/as no estén a su turno involucrados y comprometidos históricamente a la hora de postular sus “hipótesis interpretativas”. Tampoco que exista una sola y unívoca interpretación posible sobre un mismo material  significante. Se sostiene, en cambio, que el investigador que asume una lectura como una interpretación científicamente defendible estará obligado a: 
a. Ofrecer evidencia intersubjetivamente accesible a favor de la lectura que propone. 
b. Eventualmente anticipar consecuencias o hallazgos que debería constatarse si sus interpretaciones resultaran adecuadas. 
c. Explicitar las mediaciones metodológicas -procedimentales e instrumentales en que se apoya aquello que puede considerarse “evidencia”14, de modo tal que los medios para la obtención de esas evidencias puedan ser discutidos –o eventualmente replicados- por otros/as investigadores/as.
d. Estar dispuesto a revisar sus lecturas/interpretaciones si nueva evidencia o nuevos elementos –identificados por él mismo o por otros miembros de la comunidad científica- se muestran como potenciales falsadores de las lecturas que propone. 
Para profundizar en el examen de este proceso, vamos a detenernos en dos aspectos centrales que atraviesan este tipo de investigaciones:
a. Por una parte, en el tipo de inferencia que está comprometida en toda interpretación. Es decir, en los aspectos lógico- formales que sustentan cualquier actividad hermeneútica. 
b. Por la otra, en los procedimientos de validación que permitirían justificar la inclusión de estas investigaciones en el mismo dominio en que se encuentran otras formas de investigación científica.


 


4. CUESTIONES METODOLÓGICAS INVOLUCRADAS EN EL TRATAMIENTO INTERPRETATIVO 


La demanda que tiene planteada el investigador- hermeneuta es que su nuevo texto (o meta-texto interpretativo) se muestre internamente coherente en el marco de alguna teorización y empíricamente consistente por referencia a algún elemento empíricamente contrastable: deberá poder mostrar acá y allá qué elementos del texto original fundamentan y justifican las interpretaciones propuestas, y de qué manera esas interpretaciones resultan coherentes y lógicamente consistentes con el marco teórico y disciplinario sobre el que se apoyan. Consecuentemente, los procedimientos seguidos para arribar a dichas interpretaciones deberán ser objetivables, es decir transferibles y explicitables para la comunidad científica a la que se los comunica; condición para que se constituyan en nutrientes de nuevas perspectivas de análisis, en nuevas lecturas e interpretaciones. Como se puede advertir, este reconocimiento no reclama que sólo una interpretación sea correcta. Pero dice que cualquiera que sea la interpretación que se defienda debe poder ser validada en base a los elementos que ofrece el material analizado/interpretado, y el modelo o marco en que se integra esa interpretación.
En esa dirección, defenderemos aquí la posición que sostiene que también en este tipo de investigaciones se requiere del contrapunto entre las posiciones teóricas y las evidencias empíricas. 
Cuando resulta posible formular hipótesis anticipadamente, la tarea consiste en proponer un marco interpretativo, al modo de hipótesis sustantiva, a partir de la cual se puedan derivar hipótesis particulares o de trabajo, las que serán sometidas a la contrastación empírica.
Siguiendo la jerga de Ch. Peirce, diremos que estas hipótesis de trabajo constituyen “indicios” que permiten inferir abductivamente las hipótesis sustantivas. 
La abducción es un tipo de inferencia descripta por Ch. Peirce (1970) a la que denomina “inferencia de hipótesis” o “inferencia del caso”. Se trata de una inferencia que va desde ciertos elementos o indicios, hasta una totalidad configurada.
Así, por ejemplo, una abducción es la inferencia que hace posible que a partir de “ciertas marcas en un sendero” alguien infiera que por allí ha pasado un animal del tipo X
Interpretar esas marcas como huellas es transformarlas en “material significante”. A partir de esos “indicios significantes” se infiere la morfología del animal (totalidad). 
La abducción implica, entonces, tomar “la parte por el todo”, o, más bien, inferir el todo a partir de la parte. Pero es importante señalar la decisiva diferencia que existe entre el “todo” comprometido en la abducción, y el todo que se evoca en la deducción o en la inducción. Como lo señala Samaja:


“…la abducción presupone que la regla [R] no es una mera afirmación de pertenencia de elementos a un conjunto, sino el término medio que relaciona un componente de una totalidad con la totalidad misma (en sentido propio: una  parte con su Todo –sustancial, procesual o comunicacional). En la abducción no tenemos que vérnosla con una colección de entes que tienen el mismo atributo, sino con un atributo que se integra con otros, de diversa índole, en la unidad concreta de un todo orgánico (sustancial y procesal y comunicacional). 
La abducción avanza desde el accidente aislado a la sustancia singular; desde el atributo a la esencia o configuración de atributos. Se puede decir, ahora en un sentido estricto, que la Abducción va de la Parte al Todo, pero no por generalización, sino como identificación del sustrato [sustancial, procesual o comunicacional] al que pertenece la parte [accidentes, efecto o significante]. 
De modo que ahora el elemento ha dejado de ser considerado un mero ‘esto’, un individual abstracto e idéntico a todos los demás de un conjunto, para ser considerado en otra dirección: en la dirección de un singular concreto, que lleva en su propia constitución la razón de pertenecer a una especie”. (Samaja, J.; 2003. El subrayado me pertenece).
Para poder identificar cierto referente material como “indicio o parte significante” se necesita, entonces, que el todo (es decir, el significado o referente representacional) esté en alguna medida ya disponible. 
Esta representación, previa o anticipada, del “todo” es la que hará posible ampliar el campo  de lo observado, para anticipar lo que “debería constatarse” si la lectura de los hechos es adecuada. Dicho de otro modo, es lo que permitirá anticipar “predictivamente” lo que debería darse, si la interpretación es la correcta.  
Antes de precisar esta idea con un ejemplo, interesa advertir que es precisamente esa capacidad predictiva lo que se le pide a cualquier hipótesis científica: que las predicciones se anticipen a los hechos, de modo tal que resulte posible evaluar luego, ante la evidencia que ellos arrojan, la adecuación o inadecuación de las conjeturas o hipótesis. 
Así, por ejemplo, si un arqueólogo encuentra una piedra con marcas que le hacen sospechar un tallado deliberadamente producido, podría asumir como hipótesis interpretativa que se trata de una “punta de lanza”. Podría ir todavía más lejos y sospechar que se trata de una lanza utilizada para cazar determinado tipo de animales, con una técnica también específica. Ahora bien, todas estas inferencias surgen a partir del material que tiene delante de sí. Pero, sin duda, son posibles por referencia a modelos con los que ya cuenta acerca de la actividad de la caza, de los instrumentos utilizados para ella, etc. 
Sin embargo, si quiere brindar más elementos a favor de su hipótesis interpretativa, es posible que el hallazgo lo conduzca a anticipar la existencia de otros elementos que deberían darse si su interpretación es adecuada: por ejemplo, que la zona en que encontró la piedra tallada corresponde a un área donde hay evidencia de la existencia de animales cazables con ese tipo de lanzas; que deberían encontrarse otros restos de la cultura a la que supuestamente atribuye el uso de esos instrumentos, entre otras.
Interesa señalar que este tipo de razonamiento se aplica de igual modo al trabajo interpretativo en el campo de la investigación cultural, psicológica o sociológica.
En todos los casos, la hipótesis enuncia la regla que presuntamente brinda las claves de interpretación de los elementos significantes. 
Una vez que el analista o investigador postula su hipótesis interpretativa, se debe comprometer en la búsqueda de elementos que brinden evidencia a favor de la hipótesis propuesta.
Como lo señala Umberto Eco -en boca de Guillermo de Baskerville, el detective medieval en El nombre de la rosa-, “la primera regla al descifrar un mensaje es adivinar15 lo que significa”. Para descifrar e interpretar un código secreto, “pueden formarse algunas hipótesis sobre las posibles primeras palabras del mensaje, y luego ver si la regla, que infieres a partir de ellas, puede aplicarse al resto del texto” (Eco: 191s).
De igual modo, si se plantea como hipótesis que los clásicos cuentos infantiles (del tipo de la Cenicienta, Blancanieves, etc.) contribuyen a la tramitación de la dramática edípica de la niña, nuestro trabajo deberá orientarse a identificar y precisar de qué manera los “elementos del cuento” (partes/indicios) se corresponden con alguna versión de la “narrativa edípica” que cierta teoría postula. En este caso, el modelo teórico se configura como la totalidad significativa en que las partes del cuento deberían re-integrarse a la hora de la interpretación.
Dicho de otra manera, debería ser posible trazar algún tipo de isomorfismo entre la estructura del cuento y la estructura de dicha dramática edípica (según la concibe la teoría de referencia). Deberemos poder indicar de qué manera los elementos del cuento se corresponden acá o allá con los componentes de esa dramática –es decir, coinciden en alguna función significante.
Por supuesto que las características de las investigaciones hermenéuticas serán tan variadas como variados sean los asuntos semióticos investigados: no es lo mismo trabajar con narraciones ficcionales, cuyo relato o trama está cerrada y organizada de manera deliberada como tal narración, que trabajar con relatos de pacientes en psicoterapia, trama abierta sujeta a recurrentes reconfiguraciones; o con documentos históricos, o con noticias televisivas, o incluso, con realidades susceptibles de ser tratadas semióticamente (aunque no tengan la intención comunicacional de los objetos culturales), como la morfología animal o las formaciones geológicas, cuya decodificación o interpretación nos remite también a una historia formativa y a procesos de constitución y estructuración reproductivos.
Así, por ejemplo, el psicoterapeuta trabaja con narrativas abiertas. Incluso, como lo vienen profesando diversos representantes del  constructivismo y en especial del construccionismo social (Gergen, K.; 2006), la función terapéutica no está orientada a identificar una verdad oculta o sintomática alojada en el interior del paciente. Por el contrario, se trata de construir conjuntamente con él o ella una narrativa que contribuya a disolver una cierta posición dialógica o discursiva en que se sitúa el sujeto16.
Estas orientaciones adhieren a las filosofías postmodernas que postulan una realidad discursivamente construida. Como lo ha señalado Mony Elkaïm:


“…para los construccionistas, conceptos tales como ‘el mundo’ o el ‘espíritu’ no tiene el estatus ontológico que parecen atribuirles los constructivistas, porque ellos pertenecen a prácticas discursivas y son, por lo tanto, susceptibles de ser discutidos y negociados en el lenguaje” (Elkaim, M.; 1996).


Ahora bien, aun cuando la realidad sea la resultante de la toma de posición discursiva, la intervención terapéutica estará orientada por el entramado de una nueva narrativa –en la que se incluye al propio terapeuta como parte de su construcción- y en la que deberá poder señalarse en qué puntos ella se torna  operativa y potenciadora para el paciente:


“…una psicoterapia exitosa no implica que el terapeuta ha tenido razón, sino que la construcción que él ha edificado con los miembros del sistema terapéutico es operativa; asimismo, la intervención del terapeuta, en lugar de apuntar a hacer surgir alguna ‘verdad’ pretendidamente aprovechable para el sistema o para sus miembros, debe tender más bien a aumentar el campo de las posibilidades…” (ibidem).

Si bien esa construcción discursiva resulta del encuentro vincular entre terapeuta y paciente, es el terapeuta el que va tejiendo por vía de sus hipótesis interpretativas las intervenciones que contribuyen a dar alguna direccionalidad a ese nuevo entramado discursivo. Dicho de otro modo, si las intervenciones terapéuticas están orientadas por sus teorías y por sus modos de interpretar las posiciones discursivas de los pacientes, deberá entonces trabajar en base a conjeturas que darán lugar a predicciones a constatar o revisar a partir del curso que tome la dinámica dialógica de la terapia.
A diferencia del paleontólogo del ejemplo anterior, el psicoterapeuta no tiene que reconstruir una historia ya acaecida y cosificada en cierto material significante. Pareciera ser que, por el contrario, tiene entre sus manos la construcción de una nueva versión de una historia, que transcurre en una trama siempre abierta a reconfiguraciones significantes.
Sin embargo, desde el punto de vista de las operaciones de puesta a prueba de sus hipótesis interpretativas, se verá involucrado en un tratamiento relativamente similar, solo que en vez de ir a buscar las evidencias en algún referente material ya dado, o en algún acontecimiento efectivamente acaecido en la historia del paciente, deberá buscarlo en las pautas vinculares en que se despliega el encuentro con él o ella, o en la eficacia que adquiere cierta intervención derivada de alguna hipótesis interpretativa que ha motivado esa intervención.


 


5. LA NATURALEZA DE LOS DATOS Y SU TRATAMIENTO EN LAS INVESTIGACIONES HERMENÉUTICAS


Como un complemento de los desarrollos del apartado anterior, se torna necesario precisar el modo en que se producen y tratan los datos en las investigaciones hermenéuticas.
Dado que la investigación científica requiere del contrapunto entre teoría y empiria, un momento ineludible es el referido a la producción y el tratamiento de datos.
Juan Samaja (1993) ha postulado que la matriz de datos constituye un a priori de inteligibilidad de todo el discurso científico. De acuerdo con ello, cualquiera sea el asunto investigado y cualquiera sea la disciplina comprometida en ese objeto, la información producida se tamizará o configurará conforme a la estructura cuatripartita de la matriz.
Esquemáticamente y de modo muy simplificado, esta estructura involucra las siguientes cuatro operaciones intelectivas o  componentes del dato:


a. La identificación de unidades de análisis en base a las cuales se organizará y producirá el material: es decir, los eventos o entidades a describir o caracterizar.


b. La selección de variables o asuntos que se considera relevante examinar de las unidades de análisis identificadas. Es decir, aquellos aspectos que, de acuerdo con hipótesis y objetivos, resulta necesario considerar para evaluar las unidades y testear las hipótesis, o simplemente contestar los problemas formulados.


c. El sistema de clasificación o de valores en que se diferenciará la variable o el asunto seleccionado. Es decir, el alcance de esas clasificaciones, en tanto un  mismo asunto puede ser diferenciado de muy distintas maneras: si las unidades son “estudiantes” y la variable “rendimiento académico”, esta variable podría diferenciarse en “bueno/regular/ malo” o en “suficiente/insuficiente” o en una escala de “0 a 10”. Cualquiera de ellas es potencialmente viable, la elección de una u otra depende de los fines de la investigación, o de los criterios que privilegien los investigadores.


d. Las operaciones indicadoras que se aplicarán a algún aspecto de las  unidades de análisis para identificar, en cada caso, qué valor se les adjudica en cada variable. Así, de acuerdo al ejemplo anterior, si la variable es “rendimiento académico” y la clasificación propuesta distingue los valores “suficiente / insuficiente”, será necesario aplicar alguna “prueba de evaluación” (es decir, procedimiento indicador) a cada estudiante (UA) para saber qué valor le corresponde. Se espera que dicha prueba evaluativa contenga indicadores precisos, sensibles y válidos para medir precisamente el concepto que hemos definido como “rendimiento académico”.


De acuerdo con esta concepción, en toda investigación científica los investigadores enfrentan la tarea de definir o, en su defecto, construir estas matrices, es decir, determinar en base a cuáles unidades van a trabajar, qué aspectos se evaluarán de ellas, con qué criterios clasificatorios y a partir de qué indicadores.
La tradicional estructura de la matriz de datos (cfr. Galtung, 1973), se corresponde con una grilla como la que se observa en el siguiente esquema:


28-01-2019_12-16-49_p-m-.png


La primera columna corresponde a las “unidades de análisis”, las restantes al conjunto de “variables” y en cada celda se debe ubicar el valor que le corresponde a cada unidad en cada una de las variables.
En esta grilla no queda reflejado el puesto del indicador (el cuarto elemento según el modelo de Samaja), precisamente porque él no es un componente explícito de la estructura, sino un procedimiento involucrado en la construcción del dato.


Ahora bien, aceptar la naturaleza “cuatripartita del dato” como invariante de todo el discurso científico, no supone aceptar que los datos de todas las investigaciones científicas se ordenen conforme a este sistema matricial.
En especial, no supone aceptar lo que podríamos llamar “concepción conjuntista” y “extensionalista” en la producción y el tratamiento de datos. Entendiendo por estos la agregación de unidades del mismo tipo en
sistemas extensivos, a las que se aplican los mismos indicadores para un conjunto común de variables.
Lo que postulamos es que precisamente eso es lo que no se cumple en la producción y el tratamiento de datos de las investigaciones hermeneúticas.
Si volvemos a la definición de abducción que hemos comentado previamente, podemos recordar que uno de sus rasgos distintivos es que:
“En la abducción no tenemos que vérnosla con una colección de entes que tienen el mismo atributo, sino con un atributo que se integra con otros, de diversa índole, en la unidad concreta de un todo orgánico (sustancial y procesal y comunicacional)”. (cfr. Samaja, J; 2003)
De modo tal que la unidad de ese “todo orgánico” resulta de la combinación de diversos elementos, cuya significación final se alcanza cuando se integran como “partes de un todo”.
En ese sentido, puede decirse que la abducción supone la combinación entre distintos valores de distintas  variables –como ocurre, por ejemplo, cuando se construyen perfiles o pautas-: cada valor de cada variable se combina con otro u otros, a los efectos de identificar vectores o combinatorias características.
En ese caso, podría todavía trabajarse en base a un conjunto de unidades de análisis de semejante naturaleza, caracterizadas a su turno por un conjunto de variables esenciales para la identificación de los tipos, como cuando ocurre cuando se construye una taxonomía, una nosografía o simplemente un índice combinatorio.
Sin embargo, la identificación de estas pautas o combinaciones no supone necesariamente la integración de cada valor o estado en un sistema general orgánicamente definido, es decir, en el que el “todo es distinto a la suma de las partes” y en el que el todo define el sentido de cada parte. 
Postularemos que en el caso de genuinas investigaciones hermeneúticas, el analista o investigador se mueve en base a otro principio, cuya lógica podría corresponder a lo que Levy Strauss describe como la técnica del bricolage.
En su obra El pensamiento salvaje, Lévi- Strauss define el funcionamiento del pensamiento mítico de acuerdo con esta lógica del bricolage. La acepción en la que lo emplea puede resumirse en la idea de que el bricoleur es el que obra sin plan previo y con medios y procedimientos apartados de los usos tecnológicos normales. No opera con materias primas sino con materiales elaborados, con fragmentos de obras, con sobras y trozos de diversa índole (cfr. 1964:35).
Aunque el uso que aquí haremos de este concepto no involucra todas las derivaciones que Lévi-Strauss hace de él, ilumina, sin embargo, lo esencial de la idea que quisiéramos defender.
En las investigaciones hermeneúticas, los materiales que se asumen como indicios significantes pueden provenir de diversas fuentes, requerir de diverso tratamiento semiótico (como cuando se integran en una misma interpretación materiales icónicos y simbólicos), constituir unidades de análisis heteróclitas, remitir a variables idiosincráticas a cada tipo de unidad.
Así, por ejemplo, cuando Sigmund Freud (1967) analiza el relato onírico de sus pacientes, discurre entre diversas tipos de unidades de análisis: “escenas”, “palabras”, “objetos”, “nombres propios”. Cada uno de estos elementos constituyen “unidades de análisis” de diverso tipo, sobre los que se predican diversos descriptores o variables, a los que, a su turno, pueden aplicarse diversos criterios indicadores. Así, por ejemplo, si se interpreta el sentido de un “nombre propio” aparecido en el relato del sueño, puede aplicar para ello procedimientos de análisis (de tipo indicadores) como el de la condensación, es decir, postular que el sentido latente de este nombre se explicita si se advierten las significaciones condensadas –y por lo tanto ocultas- en él.
Lo importante es que cada trozo de este bricolage adquirirá su sentido en una interpretación integradora, que los incorpora como “partes de un todo”.
En el análisis de cada uno de esos elementos de significación se aplica la estructura cuatripartita del dato: cada elemento constituye en sí mismo una unidad de análisis, caracterizada en base a uno o varios descriptores, según algún criterio indicador. Sin embargo, eso no significa que el análisis requiera un conjunto extensivo de un mismo tipo de unidades, ni que a un mismo tipo de unidad se apliquen las mismas variables.
Cada uno de ellos tiene cierta autonomía relativa, constituyen fragmentos heteróclitos cuya unidad de sentido se alcanza en el marco de alguna interpretación integradora.
Resta, sin duda, avanzar en la identificación del tipo de nexos que enlazan estos elementos a la hora de su integración en el todo. No se trata, sin duda, de un mero agregado externo, al modo de piezas de un puzzle
sino más bien de vínculos funcionales.
Cada parte se integra de acuerdo con una función que cumple en la perspectiva del todo. Es por eso que la estructura y naturaleza del todo debe estar en alguna medida disponible, no tanto en sus contenidos particulares, cuanto en su organicidad general. 
El alcance de este modelo a priori surge de los diversos contextos

Detalles del artículo

Sección
Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Roxana Ynoub

rynoub@fibertel.com.ar

Doctora en Psicología. UBA. Profesora Regular Titular.
Cátedra de Metodología de la Investigación Psicológica II. Facultad de Psicología. UBA.
Profesora Regular Titular. Cátedra de Introducción de la Investigación. Facultad de Psicología. UNMdP.
Directora del Doctorado en Ciencias Cognitivas. Facultad de Humanidades. UNNE (2007-2010)