METÁFORAS DEL SÍ MISMO. ALGUNOS DESARROLLOS DEL CONCEPTO DE SÍ MISMO EN LA PSICOLOGÍA, EL PSICOANÁLISIS Y EL GIRO DIALÓGICO-SEMIÓTICO EN LA POSMODERNIDAD Fecha de recepción: 4/4/2011 Fecha de aceptación: 24/5/2011

Contenido principal del artículo

Adriana Bersi

El objetivo de este trabajo es hacer un recorrido por algunas de las metáforas con las que se ha conceptualizado el sí mismo en el curso de la modernidad y explorar nuevas metáforas que aparecen en la posmodernidad, evaluando las implicancias clínicas que conllevan, considerando que el modo de conceptualizar el sí mismo por los agentes de salud regula sus intervenciones terapéuticas.
Se considera que los desarrollos paradigmáticos de la ciencia, al mismo tiempo, están regulados por los procesos socioculturales que configuran el período histórico en el que se producen.
En este artículo se mencionan brevemente tres corrientes estructurantes a nivel de la filosofía durante la modernidad: la tradición empirista, la tradición racionalista y la tradición constructivista histórica -iniciada por Juan B. Vico-, profundizada por Kant en el siglo XVII.
Se presentan los aportes de Wiliam James, quien es considerado el padre del concepto moderno de identidad en el ámbito de la psicología, y los desarrollos complementarios realizados por George G. Mead dentro de la tradición cognitivista interaccionista simbólica.
Se sintetizan aportes del psicoanálisis que privilegian los vínculos interpersonales en la constitución del psiquismo humano, profundizando en los modelos de Heinz Kohut y Donald Winnicott.
Se hace referencia a la caída de los ideales de la modernidad y de la verdad como algo a descubrir, a la subjetividad como situada socio-históricamente, a los aportes del construccionismo social, al surgimiento de la metáfora semiótico-narrativa como modelo de comprensión y el énfasis puesto en la construcción dialógica de sentido que da origen a una nueva conceptualización del concepto de sí mismo.
El terapeuta se transforma en un explorador de géneros discursivos y procedimientos semióticos enlazados en las acciones comunicativas, intentando promover diálogos transformadores.

Palabras clave: Sí mismo, Modernidad, Posmodernidad, Construcción dialógica de sentido, Intervenciones terapéuticas.


Una breve referencia al concepto de sí mismo en la filosofía durante la modernidad

La idea acerca de la existencia de un núcleo de mismidad fue concebida desde diferentes perspectivas a partir del advenimiento de la modernidad, etapa en la que se reconfigura el modo de concebir el mundo y se produce una nueva subjetividad. En los siglos XVI y XVII se comienza a otorgar gran importancia a la capacidad de observación y de razonamiento, el individuo empieza a aparecer en el nuevo escenario operando por sí mismo.
En el ámbito de la filosofía, Locke (1632- 1704) sostuvo que la raíz de la identidad es la imagen recordada. Ésta sería el producto de un proceso de elaboración de la imaginación, la cual utilizando las impresiones sensoriales como materia prima establecería con ellas relaciones de contigüidad, semejanza o causalidad (Samaja, 1996).
La idea fundamental de Descartes (1596- 1650) es que el ser se fundamenta en el pensar, el conocer racionalmente. Para Descartes lo real es la representación del mundo en la conciencia de cada individuo. Las estructuras esenciales de la realidad están presentes en el pensamiento como ideas innatas. Comienza a utilizar el pronombre “yo” en sus escritos –tengamos en cuenta que el uso del lenguaje se relaciona con las prácticas sociales de la comunidad que habita el sujeto que lo utiliza (Samaja, op. cit.).
Ambas epistemologías antitéticas proponen una idea de sujeto producto de los sentidos o producto de la razón (Samaja op. cit.).
Estas tesis influirán en la mayoría de los desarrollos científicos de la modernidad.
Kant (1724-1804) proporciona una tesis superadora que siembra una semilla para los posteriores desarrollos del constructivismo en el siglo XX, dado que propone:
a) la irreductibilidad y la inseparabilidad del pensamiento y la sensibilidad y
b) describe el proceso trasductor entre ambos lenguajes -el orden de las sensaciones y el orden de los conceptos- a partir de esquemas de inteligibilidad.
Desde esta perspectiva, Kant describe al sujeto epistémico como un sujeto bifronte: con un yo empírico -que recibe los datos fenoménicos y está atento a la información que le brinda la experiencia- y un yo trascendental –que es el conjunto de condiciones de posibilidad y sistema de funciones implícitas en el conocimiento, el cual es producto de la experiencia jurídico/moral acumulada en la sociogénesis ( Samaja, 1996; 1993).
Aparece en esta tesis la idea de que el objeto en sí es incognoscible y que la persona construye -a partir de sus esquemas intelectivos construidos históricamente- “el objeto”, cuestionando la idea de objetividad desarrollada por el positivismo, para quien la verdad es algo a descubrir.
Desde esta perspectiva, el yo epistémico kantiano preanuncia el aspecto semiótico del yo postmoderno. Este desarrollo será retomado en el siglo XX por pensadores como Piaget (1974), Bateson (1976), Von Foerster (1988), Bruner (1995), Samaja (2001), Maturana y Varela (1984), entre otros. Estos últimos aportan fundamentos neurofisiológicos que validan las hipótesis del constructivismo.
Escapa a los alcances de este trabajo la profundización en las articulaciones entre el proceso de producción de teorías y los cambios socioeconómicos que se suceden en la historia, los cuales configuran una matriz doctrinaria, pero, dado el tema que nos ocupa, es importante tener en cuenta que en el período de transición entre los estados feudales y los estados modernos se genera una nueva categoría de persona individual sucedánea de la nueva matriz jurídica. El individuo moderno entra en relaciones de intercambio como propietario de valores (Samaja, 1993).
En el siglo XVIII el sistema político posmedieval se había establecido. Los valores cristianos, feudales tradicionales y políticos fueron relativizados por el avance de los pensadores de la Ilustración, las instituciones culturales y la imagen total del mundo son liberadas de los vínculos y los dogmas eclesiásticos (Delius, Gatzemeier, Sertcan y Wûnscher, 2000). Shotter (2001) refiere al respecto que con el cambio iniciado en el siglo XVII durante la Ilustración se comenzó a hablar de nuestras vidas no tanto en términos religiosos -“almas”, “espíritus”, “voluntad de Dios”- sino en términos seculares -“cerebros”, “mentes”, “mecanismos naturales”-. Se constituyeron nuevas formas “racionales” de dar cuenta de la “verdad” que antes era buscada en los libros sagrados.
Como producto de estos cambios aparecen distintos modelos acerca del sí mismo en las diferentes disciplinas.


El pragmatismo y el interaccionismo simbólico. William James y George H. Meada

En el ámbito de los desarrollos psicológicos, en la segunda mitad del siglo XIX, Wiliam James (1842-1919) es considerado el padre del concepto moderno de identidad. Filósofo y psicólogo norteamericano, quien juntamente con el eminente lógico y semiólogo Charles Pierce encabezaron el movimiento filosófico llamado pragmatismo, sostiene en su libro Principios de psicología la posibilidad de la existencia de un organizador del psiquismo que regule, oriente y controle la vida psíquica de los individuos.
Para James, el sí mismo es “todo cuanto un hombre puede llamar suyo (...) es la corriente de pensamiento que constituye el sentimiento de identidad personal” (James, 1890).
Considera al sí mismo según tres perspectivas:


1) Los elementos constituyentes:
    a) El sí mismo material: conformado por el cuerpo, las ropas y otras pertenencias.
    b) El sí mismo social: que consiste en la forma en que el sujeto es considerado por sus semejantes.
    c) El sí mismo espiritual: que comprende los estados de conciencia, las funciones psíquicas y otras aptitudes.
2) Los sentimientos del sí mismo.
3) Las acciones realizadas por el sujeto para la construcción y preservación del sí mismo.


Los diversos sí mismos constituirían una jerarquía que tiene por base el sí mismo físico y por cima el sí mismo intelectual.
El concepto de sí mismo social ha sido fructíferamente utilizado por la psicología social debido a que vincula el psiquismo con la interacción: “Un hombre tiene una cantidad de sí mismos sociales igual a la cantidad de individuos que lo conocen y tienen una imagen mental de él”.
En el modelo de W. James la autoestima es considerada como un sentimiento del sí mismo, una emoción producto de una ecuación entre los ideales/metas del individuo y los logros obtenidos.
Frente a una experiencia de fracaso, James refiere que el individuo podría reaccionar aceptando la frustración o negándola con el propósito de proteger a su sí mismo.
La teoría de James no contempla el desarrollo del sí mismo, este aspecto es presentado por George G. Mead (1863-1934), filósofo social interaccionista simbólico,quien sostiene que el sí mismo se conforma en función del aprendizaje social y la asunción de roles. En el proceso interactivo se hacen propios aspectos de los roles desempeñados y simultáneamente se inicia una experiencia de sí (Mead, 1934).
Para los teóricos del rol el sí mismo es una estructura cognitiva sedimento de la interacción del individuo con el medio.
Para G. Mead el sí mismo se desarrolla en ámbitos donde existe comunicación grupal: “El individuo deviene sí mismo en la medida que es capaz de adoptar la actitud del otro y actuar respecto de sí como actúan los demás”. “Surge del proceso de la experiencia y las actividades sociales”. En el inicio del desarrollo el sí mismo sería una organización de las actitudes que los otros tienen respecto a la persona y entre sí en los ámbitos sociales que se han explorado.
El juego y el deporte son actividades sociales que G. Mead utiliza como modelo para ejemplificar dos modos interactivos diferentes en su organización y que conllevan distintas consecuencias en la estructuración del sí mismo.
El juego, en el que se asumen roles intercambiables -el propio y el del otro- sería un tipo de interacción que facilitaría la exploración de las actitudes del otro hacia uno y la posibilidad de considerarse a uno mismo desde la perspectiva del otro.
El deporte, actividad en la que el otro aparece como una organización de las actitudes de todos los participantes, exige el conocimiento de las relaciones entre los mismos para producir interacciones apropiadas. La participación en actividades sociales organizadas favorece el aprendizaje de las actitudes organizadas de la comunidad a la que se pertenece. El otro generalizado es, en el lenguaje de Mead, el grupo que da al individuo la unidad de su sí mismo.
La experiencia de sí mismo se relaciona con la capacidad de autoconciencia -ser objeto para uno mismo-, la autoconciencia para Mead se relaciona con el desarrollo del lenguaje.
La teoría de Mead se ocupa exclusivamente de los aspectos del desarrollo cognitivo, no atiende al desarrollo emocional.
Cada cultura ofrece prototipos de identificación que se expresan en la asunción de roles. Los teóricos del rol han diferenciado tres tipos de roles (Levita, 1977):


1) El rol prescripto: se refiere a las expectativas culturales en relación al desempeño de los miembros de una sociedad. Sería el horizonte que provee la cultura para la expresión del sí mismo.
2) El rol subjetivo, que es el conjunto de expectativas que la persona concibe como posibles de ser desempeñadas en la interacción social, conformadas en el proceso de socialización y reguladas por el contexto socializador.
3) El rol desempeñado, que es el conjunto de roles realizados en la interacción social.


Los desarrollos psicoanalíticos más significativos en la conceptualización del sí mismo (self)
Desarrollos preliminares

Simultáneamente a los desarrollos de la escuela pragmatista e interaccionista simbólica, S. Freud construye su revolucionario modelo sobre el funcionamiento del psiquismo.
La propuesta de la existencia de una vida psíquica inconsciente –hasta el momento solo relacionada con la conciencia- proporciona un instrumento poderosísimo para la comprensión de múltiples interrogantes que se presentaban cotidianamente en la clínica.
Los desarrollos del psicoanálisis han sido riquísimos, diversificados y polémicos. En este artículo solo me referiré a aquellos que -a partir de los desarrollos freudianos- privilegian la función de los vínculos interpersonales, más allá de las pulsiones, en la constitución del psiquismo humano en el marco de la modernidad.
Según Harry Guntrip (1973) en la obra de S. Freud se produce un vuelco al proponer su segunda teoría de la angustia, en la cual esta emoción es conceptualizada no ya como “tensión sexual contenida”, sino como “una reacción defensiva del yo frente al peligro ante una señal de amenaza inminente experimentada por el self...”, “...el énfasis que hasta el momento recaía en los impulsos psicobiológicos, se vuelca ahora hacia el yo o el self...”.
En su opinión, es esta interpretación de la conceptualización freudiana la que da lugar al desarrollo de la Teoría de las relaciones objetales -encabezada por M. Klein- y la Teoría de las relaciones interpersonales -encabezada por Harry S. Sullivan-.
Este último autor -en la década del 30- propone que la matriz de personalidad se conforma en la interacción a partir de una experiencia básica de ansiedad -debido a la indefensión originaria- y que el sentimiento de seguridad es primordial para la exitosa consolidación del self.
Para Sullivan la vida se desarrolla en un equilibrio entre las necesidades de satisfacción y las necesidades de seguridad. La meta principal de la búsqueda de seguridad es la protección del self, es decir que habría una tensión constante entre la búsqueda de satisfacción y la búsqueda de seguridad.
H. Guntrip plantea que a partir de estos desarrollos, “En oposición al yo-sistema de Freud y de Hartmann, una teoría del yo-persona ha ido madurando sin pausa en los trabajos de W. Fairbain y E. Erikson y en la obra de Donald Winnicott...” (1973).
Agrego a esta lista a Heinz Kohut, debido a que su modelo acerca del “Self Object” (1977) es ineludible en un abordaje profundo de la problemática del sí mismo, se acuerde o no con sus propuestas.
Por su parte, J. Gedo y A. Golberg en su libro Modelos de la mente (1980) plantean que “el estudio explícito de la relación del self con el mundo de sus objetos no comenzó hasta 1914, cuando Freud publicó ‘Introducción del narcisismo’, si bien en este artículo se plantea la importancia de las relaciones objetales en el estudio del psiquismo abunda la confusión entre el yo (“das ich”) y el self entendido como persona”.
La conceptualización del yo-persona postula que desde el inicio de la vida el sí mismo crece y evoluciona para formar un núcleo de mismidad.


El modelo del Self propuesto por Heinz Kohutn

Este autor plantea en el primer capítulo de su libro Análisis del Self (1977) que en los últimos años de su práctica clínica ha aparecido un nuevo tipo de sufrimiento psíquico.
La sintomatología presentada por estos pacientes era en principio “vaga y difusa”, apareciendo en el transcurso del tratamiento síntomas más específicos descriptos como “sentimiento de vacío y depresión”, “sensación de irrealidad”, “embotamiento emocional”, “falta de entusiasmo”.
Frente a un elogio o éxito puede desaparecer una preocupación hipocondríaca y aparecer entusiasmo e iniciativa por un tiempo, pero estos “movimientos de ascenso” son breves: a la excitación le sigue la desvitalización.
Estos pacientes se caracterizan por una vulnerabilidad específica: la sensibilidad al fracaso, la desilusión y el desaire. Consecuentemente, su autoestima es profundamente lábil. 
Kohut llama a este tipo de perturbación “Trastornos narcisistas de la personalidad”, y refiere que el diagnóstico no debe hacerse por la sintomatología sino en el curso del tratamiento psicoterapéutico y a partir del tipo de transferencia que desarrollan, debido a que en ella se reactivan necesidades narcisistas específicas a las que Kohut llamó “transferencias narcisistas”.
Distingue dos tipos de transferencias narcisistas:
a) La transferencia especular en la cual se revive la necesidad infantil de una fuente de aceptación y confirmación que ha sido deficitaria; y
b) La transferencia idealizadora en la que se revive la necesidad de fusión con una fuente de respaldo y contención idealizada.
La especificidad del trastorno que Kohut observa en estos pacientes no podía ser explicada con el modelo clásico del psicoanálisis, que se centra en la problemática del conflicto intrapsíquico, y propone la hipótesis de un trastorno en el proceso de constitución del sef.
Para dar cuenta de la génesis del self y de las patologías del mismo, el autor introduce el concepto de objeto del self como aquel tipo de objeto que es vivido como parte del self y al que, por lo tanto, se intenta controlar como si fuera una extensión del propio cuerpo.
Kohut plantea la existencia de dos tipos de objetos del self:
    a) los objetos especulares del self: confirman la grandeza, solvencia y perfección del niño. 
    b) la imago parental idealizada: objetos que el niño idealiza y le permiten fusionarse con un otro omnipotente y sostenedor.
Para Kohut el self es el núcleo de la personalidad y se conforma en el proceso de interacción con las personas experimentadas como objetos del self en la infancia. Cuando se desarrolla sin mayores problemas se constituyen tres áreas específicas:


    1) El polo de las ambiciones, del que emanan las tendencias básicas al poder y al éxito.
    2) El polo de los ideales, que corresponde a las metas idealizadas básicas.
    3) Una zona intermedia de talentos y habilidades que se activan por el arco de tensión que se establece ente las ambiciones y los ideales.


Dice Kohut al respecto: “Las metas y propósitos finales egosintónicos, el placer en el self y sus funciones, así como una saludable autoestima, están influidas por dos conjuntos de factores: 1) las metas y propósitos últimos de una persona, así como su autoestima, llevan la impronta de las características y actitudes pertinentes de las imagos (transformadas en funciones psicológicas por el proceso de internalización trasmutadora) de las personas en las que se había reflejado el self grandioso del niño (…) 2) Las metas, los propósitos y la autoestima llevan la marca distintiva del narcisismo original...”( 1977).
En el ámbito de interacción del niño con sus objetos del self, mediante el proceso que Kohut denomina internalización transmutadora, se consolida el núcleo del self.
La esencia de la matriz sana para el self en crecimiento del niño es la existencia de un self parental cohesivo y maduro, capaz de ser empático con el self del niño.
La cristalización óptima del self se realiza a través de consecutivas frustraciones óptimas en relación a la imago parental idealizada y gratificaciones óptimas en relación al objeto especular del self. Para Kohut lo que influye sobre la constitución del self es lo que los padres o sustitutos son y no lo que hacen. Se formaría de este modo una identidad estable, permanente y continua. Dice Kohut “emerge (…) como un contenido del aparato psíquico (…) una estructura interna de la mente, puesto que: a) está catectizado con energía instintiva y b) tiene continuidad en el tiempo (Kohut, op. cit.).


El modelo propuesto por Winnicott

Los aportes de Donald Winnicott al psicoanálisis contemporáneo son vastísimos y profundamente creativos. Pediatra y psicoanalista de niños, de origen inglés, a lo largo de su obra sostuvo que existe una no integración primaria que expone al sujeto a ansiedades solo comparables a las observadas en la clínica en los pacientes diagnosticados como psicóticos (1981), la angustia de las primeras fases está relacionada con la amenaza de aniquilamiento y refiere “el medio ambiente sostenedor tiene por función principal la reducción al mínimo de los peligros (…) en condiciones favorables la criatura inicia una continuidad de existencia...” (1979).
En su modelo sostiene que el cuidado materno, al que denomina sostenimiento - holding-, es la fuerza fundamental que complementa el self infantil y le da fuerza y estabilidad hasta tanto la criatura alcanza independencia mental respecto de la madre.
Dice este autor que el “bebé” como tal no existe sino que es una construcción, el niño comienza a existir cuando es imaginado, la madre con su “devoción” proveerá un espacio en el cual desarrollarse.
Winnicott es el autor psicoanalítico que más se ha ocupado de estudiar la función de la madre, quien debe desarrollar una experiencia de mutualidad con el niño que le permita una identificación con él y posibilite el despliegue de la empatía.
Para este autor la función del padre, en los primeros tiempos de la vida, es hacer posible el sostenimiento.
A diferencia de S. Freud, que parte de un sujeto constituido como deseante (1979), D. Winnicott se pregunta por el recorrido desde la condición de no ser y de absoluta dependencia hasta la discriminación y el sostenimiento del self (1979).
Subordina los fenómenos pulsionales al desarrollo de la persona en los vínculos interpersonales: “el self debe preceder a la utilización de las pulsiones por ese self”. Es decir que, en un principio, las pulsiones son ubicadas por el niño en un medio indiferenciado - ni adentro, ni afuera-, para hacerse cargo de ellas tiene que poder diferenciarlas como provenientes del interior, para lo cual se necesita cierto desarrollo.
Distingue tres momentos en el proceso de maduración que van desde una dependencia absoluta hasta la independencia, pasando por la independencia relativa, y en ese camino se deben producir tres logros: la integración, la personalización y la capacidad para relacionarse con objetos.
Winnicott (1979, 1981) sostiene que desde un estado de desintegración primaria la tendencia a la integración se ve posibilitada por los cuidados maternos donde el niño es protegido, acunado, nombrado, produciéndose una integración de experiencias corporales. Progresivamente se desarrolla el sentimiento de que la persona se halla en el propio cuerpo -proceso de personalización-.
En un principio no hay diferenciación entre el yo y el no yo, se genera en el niño un estado de control omnipotente donde recrea a su madre y sus cuidados tal como si fuera él el que se los provee. Esta experiencia genera los cimientos de lo que luego será la objetividad.
La comprensión es un logro evolutivo y de lo que depende la relación con la realidad externa, pues otorga la condición de espacialidad y temporalidad a los objetos.
El niño se ve apremiado por necesidades y una buena madre posee la capacidad de satisfacerlo, cuando hay coincidencia entre ambos, cuando el niño y la madre sienten juntos, entonces se produce un momento de ilusión. Progresivamente la madre frustra al bebé y esto favorece que descubra sus límites y reconozca sus pulsiones como internas, favoreciendo la discriminación entre su mundo interno y el mundo externo, y que convierta parte de su fuerza vital en agresión.
En síntesis, un buen holding materno es para Winnicott el que funcione como pantalla protectora frente a lo estímulos internos y externos, favorezca una experiencia de ilusión y posibilite una experiencia de desilusión óptima, lo que implica que se altere la comunicación mágica con la madre y se produzca cierta anulación de la omnipotencia, lo cual produce una realización de la experiencia -en el sentido de otorgarle realidad-.
En el interjuego gradual entre ilusión-desilusión se va generando un espacio diferente del mundo interno y del mundo externo: el espacio transicional (1981).
Dice Winnicott al respecto: “...El espacio transicional es una zona intermedia de la experiencia, indisputada en lo que hace a su pertenencia a la realidad interior o exterior, constituye la mayor parte de la experiencia del pequeño y es retenida a lo largo de toda la vida dentro de las intensas experiencias propias del arte, la religión y el vivir imaginativo, así como el de la labor científica creadora....” (1981).
Winnicott acuña el concepto de falso self para designar la estructura defensiva que se consolida ante la falla del holding materno (1979).
El self está en germen en el individuo desde el principio de la existencia, progresivamente se transforma en el self verdadero o núcleo de la persona. Simultáneamente se constituyen mecanismos adaptativos que originan el falso self. Éste comprende adaptaciones que son necesarias y que permite el trato convencional con la sociedad sin sacrificar el self íntimo; pero si el medio no satisface las necesidades, el proceso se interrumpe y emerge un falso self sobre la base de una pauta de conformismo o rebelión para sobrevivir en las condiciones menos penosas posibles. El falso self es una defensa frente a lo inconcebible: la explotación del verdadero self y su consiguiente aniquilamiento. Se ha interrumpido el camino hacia la integración y la máscara se transforma en la identidad frente al temor al derrumbe.
Es interesante considerar el concepto de individuo sano que Winnicott propone, él refiere que no basta con considerar la salud como la ausencia de desorden psiconeurótico: “Un hombre o una mujer sanos logran identificarse con la sociedad sin que haya una pérdida demasiado grande de pulsiones individuales (…) una identificación extrema con la sociedad, con pérdida total del sentimiento de sí y de su propia importancia, no es normal...”. Más adelante agrega: “Lo esencial es que el hombre o la mujer sientan vivir su propia vida y asumir la responsabilidad de su acción o inacción; que se sientan capaces de atribuirse el mérito de un éxito y la responsabilidad de un fracaso. Se puede decir, en suma, que el individuo ha salido de la dependencia para entrar en la autonomía...” (1967).


El concepto de sí mismo que surge en la posmodernidad y sus derivaciones

Erik Erikson (1902-1994), en el siglo pasado señaló que el proceso de construcción de la identidad se extiende desde el nacimiento hasta la ancianidad y que en cada etapa del ciclo vital se desarrollan cualidades específicas. La consolidación exitosa de las mismas implica la existencia de la posibilidad de pertenencia a grupos sociales e instituciones para mantener la vivencia de continuidad del sí mismo (1985).
Así como en la infancia se plantea la necesidad de un ambiente facilitador de los procesos de construcción de la identidad, cada ciclo de la historia vital debe darse en un medio sociocultural que posibilite su desarrollo en forma favorable.
En nuestro medio, E. Pichon Rivière (1907- 1977) sostenía: “Una sociedad estable le permite al individuo reconocerse a través de una serie de funciones fijas que actúan como espejos dándole un rostro”.
Se ha reconocido la necesidad de sostener un proyecto de vida que posibilite la continuidad entre el pasado, el presente y el futuro y que funcione como organizador de la identidad.
La modernidad concebía un mundo ordenado y regido por leyes matemáticas en continuo desarrollo y progreso.
Ahora bien, los desarrollos citados anteriormente se construyen en ese escenario en el cual la idea de ciclo vital teleológico era hegemónica, es decir, donde se suponía un ir haciapredeterminado por la cultura y acorde a los ideales de la modernidad.
En las diferentes conceptualizaciones citadas se observa el supuesto de que, como producto de la evolución, debe consolidarse una organización intrasubjetiva -contenido de la mente- en la que se da la permanencia de lo mismo con continuidad temporal, asociándose a estos atributos la “normalidad”. Y es desde esta perspectiva desde la cual se construyen muchas de las categorías diagnósticas que dan cuenta de la “patología mental” que orientan nuestra práctica clínica.
La conciencia posmoderna refleja las nociones de pérdida de fe, incredulidad y ambivalencia hacia el programa de la modernidad (Botella, Pacheco y Herrero, 1999).
La segunda mitad del siglo XX y el comienzo del XXI se caracteriza por una inusitada velocidad e intensidad en los cambios tecnológicos, políticos, jurídicos, económicos e ideológicos que impactan en el proceso de constitución de la identidad social.
Kenet Gergen (2006) habla del proceso de “colonización del yo” a partir del desarrollo de innovaciones tecnológicas, en principio de bajo nivel (ferrocarril, teléfono, radio, cine) y luego de alto nivel (destinos aéreos, televisión, video, todas las innovaciones electrónicas) que producen una “saturación social” que invade la vida cotidiana, generando la supresión del yo individual, dado que amplían continuamente la gama y variedad de relaciones personales. Y sostiene que “a lo largo del siglo XX se ha producido un cambio abismal en el carácter de la vida social (…) el sentido relativamente coherente y unitario que tenía del yo la cultura tradicional cede paso a múltiples posibilidades antagónicas. Surge así un estado multifrénico, -entendido como una diversificación de expresiones del sí mismo- en el que cada cual nada en las corrientes siempre cambiantes, concatenadas y disputables del ser” (Gergen, op.cit.). Han cambiado las condiciones de producción del sí mismo.
La modificación de las prácticas sociales hace entrar en crisis premisas que por siglos funcionaron como organizadores de la identidad en el imaginario social, tales como el lugar que el trabajo y la familia han tenido como ejes y en torno a los cuales se organizaba la vida social, como también la deconstrucción del sistema sexo-género que amenaza la hegemonía del modelo de la modernidad, entre otros factores.
La idea de verdad es reemplazada por la idea de construcción social de la realidad, y ésta es considerada como el resultado de significaciones compartidas que se construyen en el contexto de una interacción lingüística (Gergen, 2006).
Vemos cómo la metáfora del sí mismo en la posmodernidad desplaza su localización desde la conciencia intrasubjetiva al espacio interpersonal  y propone su permanente coconstruccióncon los otros en el diálogo, planteando el viraje desde una visión teleológica del sí mismo a una visión estocástica; ya no hay un solo camino para realizar. La idea de la persona como individuo autónomo que debe progresar hacia metas prefijadas es una construcción histórica y cultural propia de la modernidad que cae en la posmodernidad, dando paso a la diversidad.
En este escenario surgen nuevas metáforas del sí mismo fuertemente influenciadas por el construccionismo social, los aportes de la semiótica y teoría dialógica inspirada en el concepto de sí mismo polifónico promovido por los desarrollos de M. Bajtín (1895-1975), quien utiliza el término polifonía para describir la forma en que los personajes de Dostoyevsky dialogaban entre sí en sus novelas expresando su concepción del mundo, posibilitando de este modo que el lector conociera la polifonía de perspectivas de cada personaje (Bajtín, 2008).
Al hablar, las personas creamos modos de relacionarnos con los otros que significan las situaciones. Nuestro sí mismo está en permanente proceso de formación dialógica y nunca se completa, tenemos una ilusión de estabilidad. La identidad emerge en el diálogo.
Sostiene Gergen (2005): “Las acciones del individuo por sí solas son vacías. La comunicación es inherentemente colaborativa (…). Ninguna de las palabras que forman nuestro vocabulario tiene significado en sí misma. Su capacidad de significado está concedida en virtud de cómo se coordinan con otras palabras y acciones. Todo nuestro vocabulario sobre el individuo -quién piensa, siente, quiere, desea, etcétera- solo adquiere significado por medio de las actividades coordinadas entre las personas. Así, su nacimiento del ´mí mismo´ descansa en la relación”.
La reflexión es el traslado del diálogo al plano interior. Desde esta perspectiva, lo que tenemos en común con los miembros de la comunidad a la que pertenecemos son modos de comprender –procedimientos semióticos- y modos de comunicar –géneros discursivos-. Al convertirnos en adultos aprendemos a comprender la logística ética en juego en las transacciones dentro del grupo (Shotter, 2001).
Se conceptualiza el lenguaje según lo hace Wittgenstein (1889-1951), quien destaca la naturaleza constitutiva y no representativa del mismo, que no representa la realidad sino que la constituye en el ámbito de los juegos del lenguaje. Las palabras obtienen su significado en función de cómo se las utiliza en los contextos sociales de la cultura y pautan formas de vidaequiparables a estilos de relación social (Botella, 1999).
En el intercambio dialógico se co-configuran emociones, creencias, acciones, la imagen de uno mismo y del otro en el marco de tradiciones literarias que producen sesgos de sentido.
Shotter sostiene que cuando hablamos lo hacemos en respuesta a quienes nos rodean y que nuestras formas de hablar mueven a los otros a la acción. Se centra en los “usos formativos a los que se aplican las palabras en su decir” y en la “naturaleza de las situaciones relacionales” que de ese modo se crean entre quienes están en contacto comunicativo recíproco. Llama “acción conjunta” a la actividad que se desarrolla entre lo que hago como persona y lo que me ocurre a mí o en torno a mí, es una zona en la que se pueden producir resultados imprevistos, que se retroalimenten generando situaciones posteriores. Es allí donde se pueden observar los procesos de construcción social. Coloca en el centro de nuestra atención una visión microscópica del trabajo en el diálogo y es en ese trabajo microscópico en el que nuestro sí mismo se va transformando (Shotter, 2001).
Transcribo a continuación un fragmento de una sesión de terapia de pareja donde la unidad de análisis es esta micro co-construcción de sentido -que se indaga a través de preguntas- intentando no introducir significaciones por parte del terapeuta, sino captar las significaciones de los participantes del diálogo y el modo en que la interacción dialógica construye una coreografía singular en la que se producen creencias, emociones, actitudes y va generando situaciones posteriores.
Ana (24) y Juan (27) conviven desde hace 6 meses. Decidieron vivir juntos luego de 2 años de noviazgo. Ana estudia abogacía y trabaja en un estudio de abogados y Juan es vendedor en una casa de artículos del hogar.
En la sesión refieren:
ANA: “Llegué a casa del trabajo y le comenté a Juan ‘me aumentaron el sueldo, voy a ganar casi el doble’, estaba muy contenta y me tiré en el sofá del living (género discursivo de Ana). Juan se quedó callado y prendió el televisor (género discursivo de Juan), le dije: ‘¿no me vas a decir nada?’ (género discursivo de Ana) y subió el volumen (género discursivo de Juan)Entonces me levanté y me fui a la habitación” (género discursivo de Ana).
TERAPEUTA ¿Qué pasó para que decidieras ir a la habitación? (Indagación acerca de los procedimientos semióticos sobre los géneros discursivos)
ANA: “Y…pensé que está siempre en otra cosa, que ya no me escucha (aparece el procedimiento semiótico sobre el género discursivo de él)me enojé, iba a decirle que pensé en hacer un viaje juntos, que ahora íbamos poder, pero no le dije nada” (género discursivo de Ana).
TERAPEUTA –a Juan-: “¿Qué creés que pasó cuando Ana llegó a casa?” (Indagación sobre la otra visión, la polifonía dialógica).
JUAN: “Tenía muchas ganas de verla, últimamente está muy ocupada. Venía pensando que si sigue progresando así cada vez voy a ser menos importante para ella” (Procedimiento semiótico sobre el género discursivo de ella).
TERAPEUTA: “¿Podes identificar algún sentimiento en ese momento?” (Indagación sobre procedimientos semióticos).
JUAN: “Mmm…como miedo…de que se vaya…” (Procedimiento semiótico sobre el género discursivo de ella).
TERAPEUTA:“¿Cómo sería eso?” (Indagación sobre procedimientos semióticos).
JUAN: “Que se enamore del jefe…Mmm… no se…” (Procedimiento semiótico sobre el género discursivo de ella).
TERAPEUTA –a Ana-: “¿Qué pensás de lo que ha dicho Juan?” (Indagación acerca del procedimiento semiótico de ella sobre el género discursivo de él).
ANA: “Nada que ver, siento que está alejado en este último tiempo y no comparte conmigo como antes” (procedimiento semiótico sobre el género discursivo de él).
TERAPEUTA: “¿Qué querés decir con ´como antes’?” (Indagación acerca del procedimiento semiótico sobre el género discursivo de ella)
ANA: “Cuando empezamos la relación me escuchaba, podía contarle lo que me pasaba y le interesaba lo que le decía, eso es algo que me enamoró de él. Cuando me desperté y lo vi durmiendo en el living sentí que ya no le importaba…” (Procedimiento semiótico sobre el género discursivo de él a la luz de tradiciones surgidas de acciones coordinadas de ambos).
TERAPEUTA –a Juan-: “¿Qué opinás de lo que dice Ana?” (Indagación acerca del procedimiento semiótico sobre el género discursivo de ella).
JUAN: “…Yo me quedé a dormir en el living porque sentía que ella no me quería en la cama…que no soy el hombre que ella espera tener de marido…estoy ganando menos que ella…pensé que me iba a decir que quería separarse y por eso no le hablé a la mañana” (Procedimiento semiótico del género discursivo de ella a la luz de tradiciones surgidas de acciones coordinadas de ambos).
TERAPEUTA: “Me parece que ambos tiene tendencia a sentir que el otro los valora menos de lo que el otro siente que los valora, una tendencia a interpretar los gestos del otro como una expresión negativa, con una cierta dificultad en ver el dolor que el otro siente ante el desencuentro” (Procedimiento semiótico del terapeuta, a través de sus géneros discursivos, sobre los géneros discursivos y los procedimientos semióticos de ambos).
Es interesante observar cómo aparecen los modos de cada uno de comprender/significar la conducta comunicativa del otro –procedimientos semióticos- y los modos de comunicar digital y analógicamente- géneros discursivos- que van construyendo dialógicamente situaciones posteriores. Aparece la “acción conjunta” (co-construcción), producto de lo que cada uno hace como persona y lo que ocurre en torno a sí.
El significado se construye en la acción coordinada entre los participantes de la situación. En términos de Gergen (2005): “en la vida cotidiana no hay actos en sí mismos, esto es, acciones que no sean simultáneamente suplementos de lo precedente, hasta cuando imaginamos estamos en situación de diálogo. Lo que sea que hagamos o digamos tiene lugar dentro de un contexto temporal que da significado a aquello que lo ha precedido, mientras constituye simultáneamente una invitación para una próxima suplementación (…) es decir que las acciones contenidas dentro de las relaciones tienen un potencial prefigurativo” (la negrita es mía). Más adelante expresa que las actividades coordinadas a lo largo del tiempo conforman una tradición cultural y que son estas tradiciones de coordinación las que proporcionan las principales potencialidades de significado, la capacidad de construir significados junto a otro se apoya en una historia.
La acción conjunta que, como dijimos anteriormente, es una zona en la que se pueden producir resultados imprevistos que se retroalimenten generando situaciones posteriores se constituye en la unidad de análisis privilegiada desde la perspectiva dialógica, metodológicamente hablando, en los procesos psicoterapéuticos.
Desde esta perspectiva el terapeuta se transforma en un explorador de géneros discursivos y procedimientos semióticos enlazados en las acciones comunicativas, intentando promover diálogos transformadores; sin olvidar que sus géneros discursivos y sus procedimientos semióticos participan de la acción conjunta.
A modo de cierre: “Las relaciones dialógicas son relaciones de sentido entre toda clase de enunciados en la comunicación discursiva (…). Cuando un enunciado se toma (por separado) para los fines de un análisis lingüístico, su naturaleza dialógica queda aparte, (en este modo de análisis) el enunciado se toma dentro del sistema de la lengua como una realización de la misma, y no dentro de un gran diálogo de la comunicación discursiva. (…) La lingüística estudia solo las relaciones entre los elementos dentro del sistema de la lengua, pero no la relación entre los enunciados y la realidad y entre los enunciados y el sujeto hablante…”(Mijaíl Bajtín, 2008)
Como podemos observar, ya a inicios del siglo pasado Bajtín llamaba la atención sobre la complejidad del proceso de producción de sentido, alertando que el estudio de los enunciados separados del contexto dialógico no dan cuenta del proceso semiótico, sosteniendo que todo enunciado es un eslabón en una compleja cadena de otros enunciados y que todo hablante es un contestatario. Este proceso incluye al terapeuta, quien interviene como hablante contestatario -con sus géneros discursivos y desde sus procedimientos semióticos construidos en su historia personal y profesional-, en la compleja cadena de enunciados que conforman lo que Shotter llama “acción conjunta”.
Este modo de conceptualizar la producción de sentido promueve la idea de una reconfiguración permanente del sí mismo en elespacio interpersonal.


 


Buenos Aires, marzo 2011.


 
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Detalles del artículo

Sección
Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Adriana Bersi

adrianabersi@hotmail.com

Lic en psicología UBA
Especialista en Metodología de la Investigación Científica UNER
Docente regular Metodología de la Investigación Científica UBA
Prof. Adjunta Teoría y Práctica Sistémica CAECE
Terapeuta de familias y parejas Fundación PROSAM