INFANCIA Y PERVERSIÓN Fecha de recepción 15/3/12                                                                                       Fecha de aceptación 27/4/12

Contenido principal del artículo

Maria Lujan Iuale
Santiago Thompson
Luciano Lutereau

El presente trabajo es el resultado de un trabajo de investigación que parte de la clínica misma. Tres casos nos plantearon una serie de interrogantes respecto a la modalidad particular que estos niños tomaban en la relación al Otro. Dicha posición, puesta a trabajar en transferencia, nos llevó a postular la posibilidad de pensar la delimitación de una “posición perversa en la infancia”; distinguiéndola claramente del polimorfismo propio de la sexualidad infantil como rasgo típico.
Si la posición sexuada es un efecto, un modo de respuesta subjetiva al encuentro con la castración y, si toda elección de objeto hunde sus raíces en lo infantil, consideramos que esta investigación puede ser un aporte significativo al conocimiento de la perversión, tema en general, poco explorado.
La pregunta que nos orientó en el recorrido puede formularse así: ¿Cuáles serían las coordenadas teórico-clínicas que nos permitirían delimitar una posición perversa en la infancia?

Palabras clave: Posición Perversa, Infancia, Fetiche, Goce del Otro


Introducción y delimitación del problema

Tanto los desarrollos de Sigmund Freud, como los de Jacques Lacan, arrojaron nuevas perspectivas para teorizar el modo particular en que los seres hablantes asumimos la posición sexuada. Los modos de respuesta al encuentro con el deseo del Otro y a la emergencia del goce en el propio cuerpo constituyen un trazado particular para cada sujeto.
En esta ocasión, hemos decidido interrogar un modo específico de respuesta subjetiva: la posición perversa en la infancia.
Partimos del texto freudiano “Tres ensayos de teoría sexual”1, para distinguir lo perverso polimorfo como rasgo que atraviesa a la sexualidad humana en su conjunto, de lo que llamaremos aquí posición perversa polimorfa. En la primera, se trataría del modo de estructuración típico de la sexualidad; mientras que en el segundo caso, habría ya una respuesta subjetiva.
Fue a partir del encuentro en la clínica con algunos casos que no nos permitían pensar a estos niños ni en el campo de la neurosis, y mucho menos como psicóticos, que se nos planteó una encrucijada respecto a cuál era la posición que habían construido como respuesta al encuentro con la castración, y por ende, qué tratamiento hacían del deseo y del goce. Desde una lectura que retoma la teoría de Freud y Lacan, construimos hipótesis, y arribamos a algunas conclusiones. El primer caso pone en juego la relación específica del niño con la ley, el tratamiento del pudor del otro y cierto modo de satisfacción sádica jugada en relación a otros niños. El segundo trabaja los avatares de una adopción y resalta el lugar en el cual pone al analista, al volverse el niño causa de la división. El tercero presenta claramente la estructuración de un fetiche que se presenta como una garantía para evitar el encuentro con la castración. En los tres hemos podido verificar ciertas constantes que nos hacen pensar en un modo diferente de tramitación.
Entonces, nos preguntamos:
¿Cuáles serían las coordenadas teórico-clínicas que nos permitirían delimitar una posición perversa en la infancia?


Hipótesis

Las coordenadas teórico-clínicas que nos permitirían delimitar una posición perversa en la infancia serían:


  1. La localización del niño como objeto fetiche de la madre.

  2. La relación del niño a la ley: no se somete a la ley sino que se hace agente.

  3. La transgresión del pudor del otro, que apunta a la división subjetiva y la emergencia de la angustia.

  4. Los avatares del Complejo de Edipo, donde el padre no opera en el segundo tiempo, dejando en suspenso la privación como operación lógica que resta el niño a la madre.

  5. El montaje de la escena perversa en su diferencia radical con el acting-out.

En esta oportunidad recortaremos pequeñas viñetas de los casos antes nombrados, con el fin de dar cuenta de nuestro recorrido de lectura. Por otro lado, con el fin de poner al trabajo esta hipótesis, recorrimos una serie de textos que detallaremos en la bibliografía.


Vago, sucio y quilombero

Mario tiene 9 años al momento de la consulta. Los padres son derivados por la escuela porque “tiene muy mala conducta” y “no le gusta estudiar”. El padre se ubica en un lugar de impotencia en cuanto a oficiar como tercero entre Mario y su madre. De hecho, funciona al modo de un doble agente, negociando con ambas partes al mismo tiempo, sin imponer en definitiva ningún límite ni al niño ni a la madre. La madre relata que cuando supo que sería varón pensó que le gustaría que fuese “vago, sucio y quilombero”. Su otro hijo, entre tanto, recibió un nombre que la remitía a un novio de la adolescencia, el cual era “lindo y educado”. En el reparto de atributos, Mario fue homologado a aquello que habitualmente es repudiado como rasgo, mientras que su hermano recibió la mirada amable de su madre. Alojado desde el rechazo se le plantea al niño una encrucijada difícil de resolver. Tiene un lugar, pero el mismo está sesgado por una desmentida en la madre, que cede un lugar paradojal.
En las entrevistas, todo se reducía a la expresión de su rostro: solía emerger en determinados momentos una sonrisa gozosa, que más que risa era una mueca acompañada de una mirada de reojo. Al silencio de las sesiones se oponía lo disruptivo de sus entradas. En una oportunidad, antes de entrar al consultorio, estuvo forcejeando con su madre en la esquina porque quería irse, atrincherándose en el hall del edificio y negándose a ingresar. Cuando finalmente entró, la madre dijo: “No sé qué más hacer con este pibe. El problema lo tiene conmigo: me ama y me odia al mismo tiempo”. Ella le había preguntado en varias oportunidades cuál era su problema. Y Mario respondió: “Vos sos mi problema”.
Luego de un rato de entrevista, Mario golpeó la puerta del consultorio y se quedó en la sala de espera, desde donde empezó a irrumpir una y otra vez en la sesión. Su rostro denotaba furia: entraba y sacudía la silla de la madre riéndose. Luego salía, y en un minuto le pegaba a su hermana que estaba en la sala de espera. Ante la pregunta de por qué hacía eso, respondía: “Porque quise”. Acto seguido, comenzó una batalla entre él y la madre: él intentaba pegarle y ella le sostenía los brazos, armándose una lucha cuerpo a cuerpo. Cuando logré intervenir para separarlos, Mario dijo a su madre: “Vos me hiciste muchas cosas”, pero cuando se le pidió que aclare a qué se refería, dijo: “No te lo voy a decir”.
Queremos recortar aquí una serie de escenas que se suceden en la escuela.
Primera escena. Está en una clase de natación y, sin que medie conflicto alguno, toma a un compañero por los pies y lo sostiene cabeza para abajo, dentro del agua. Interviene el docente para que lo suelte. No hay angustia, ni reproche alguno, ni atisbo de arrepentimiento.
Segunda escena. Se dedica a escribir frases obscenas en el pizarrón, frases que aluden al acto sexual.
Tercera escena. Empieza a tocarles la cola a los varones en la fila, situación que hace que los compañeros oscilen entre la vergüenza y el repudio. Pero además les manosea los genitales a las nenas y les dice frases del estilo: “Te voy a coger” o “Te voy a meter la pija”.
El padre oscila entre hacer de cuenta que “son cosas de chicos” y decirle, abiertamente, “sos un degenerado”. Confrontado por los padres respecto de estas escenas, Mario niega haberlas llevado a cabo, y luego alega que “la mano se le movió sola”.


Algunas lecturas posibles

Si un diagnóstico se efectúa en transferencia, en tanto ésta se constituye como el terreno donde se librará la batalla, cabe preguntar: ¿Cuáles son las características que cobra en este caso?


La relación del sujeto con el Otro no es de rechazo. Por el contrario, podría decirse que el sujeto se encuentra sumamente interesado en el Otro, sólo que el sesgo que ese lazo toma excluye la dimensión del lazo amoroso necesario para la instauración del sujeto supuesto saber. De este modo, la transferencia corre el riesgo de transformarse, lisa y llanamente, en el campo en el cual irrumpe lo que se muestra. Es importante recordar que Lacan propone el acting-out como una verdad sin sujeto, en la medida en que lo que se muestra es del orden del objeto. Ahora bien, tanto en la neurosis como en la perversión se pone en escena la dimensión del a. Pero, en la perversión, lo que se muestra es el intento siempre fallido de reintegrarle el goce al Otro. En este sentido, apunta a hacer existir el goce del Otro causando la división en el partenaire. Mario convoca la mirada, la hace surgir a través del darse-a-ver que, en su voz media, sitúa las coordenadas donde el sujeto se ubica como objeto para volverse instrumento de goce, de un goce que intenta restituir en el campo del Otro. Para eso necesita del partenaire, que nunca es otro perverso, porque le importa que éste siga teniendo su condición de sujeto. Pero también constatamos un uso performativo de las frases de índole sexual, que dividen al partenaire.
Es claro que aquí no se formula ninguna interrogación por parte del niño acerca de lo que le acontece, tan sólo aparece la denuncia respecto de la madre, que deja al Otro la formulación de la pregunta. El enigma se le propone al Otro: él sabe pero no dice. La perversión aloja la dimensión del secreto que él posee respecto del Otro, el secreto que daría la cifra del goce del Otro.2
Si para este niño las coordenadas de la localización subjetiva se delimitan desde la desmentida materna, esto supone un alojamiento que en verdad desaloja al niño de una vertiente amorosa. ¿Qué recurso le queda, entonces, al sujeto? Como modo de respuesta, Catherine Millot planteó alguna vez una salida posible por la vía de la erotización de la pulsión de muerte: “La erotización de la pulsión de muerte facilita el camino a la perversión propiamente dicha, de la que constituye la forma primaria. En efecto ella hace posible la trasmutación del horror que inspira la castración en un goce que representa su desmentida más perfecta. Lo que caracteriza la perversión es lo que ese triunfo lleva consigo de desafío.”3
Millot propone que en la perversión el niño se ve llevado a prescindir del padre, y que esto lo deja a expensas del amor o del desamor de la madre. Cabe agregar que lo hace prescindir del padre en un tiempo en el cual requiere de su intervención. Prescindir del padre, a condición de servirse de él, es la propuesta lacaniana, pero esto vale para un segundo tiempo, cuando el padre ya ha jugado su papel. Además, sostiene que en estos casos “la pérdida se trasciende en goce”.4 Para Mario algo empuja siempre a un “exceso”, del cual no puede salir.
Mario se ocupa de encarnar el lugar del “vago, sucio, quilombero”, haciendo de la ausencia de lazo amoroso la condición de un goce que se ofrece por la vía de la mirada. Es un darse-a-ver que convoca al Otro, restituyéndole la dimensión propia de la mirada.
Este niño responde al capricho materno que, más que deseo, presenta una faceta de goce. Queda respondiendo a ese lugar, obturando así la castración en la madre. El niño mismo opera la desmentida: responde al “vago, sucio, quilombero” y escucha a la madre decir al mismo tiempo: “No sé por qué es así”.
Por otro lado, está claro que su accionar toca lo más íntimo del partenaire, en tanto hiere su pudor. A propósito de este aspecto, Lacan dice que “el pudor es amboceptivo de las coyunturas del ser: entre dos, el impudor de uno basta para constituir la violación del pudor del otro”.5 El pudor es efecto del pasaje por la latencia y de la constitución de los diques morales. El perverso toca precisamente ese punto de borde, haciendo surgir la división en el partenaire porque necesita, precisamente, que el otro se mantenga como sujeto. Atravesar el pudor del otro es sin dudas un modo de tratamiento del cuerpo bajo la forma de la intrusión. Él se hace instrumento, releva al objeto en su función y produce la división por la vía de la intrusión de un goce, que intenta hacerle recuperar al Otro. Intento siempre fallido porque la cesura entre el sujeto y el objeto es imposible de suturar.
La presencia del pudor confirma la división subjetiva del partenaire y la eficacia del accionar perverso, en cuanto a encarnar el objeto haciéndose instrumento de goce.


Retrato del artista nervioso

Nico, de 9 años, fue adoptado a los 6 meses. Graciela, su mamá,6 dice que “el problema de Nico es que no acepta a su nueva familia”. Consulta porque en su casa rompe cosas, lastima a las mascotas y golpea a su hermano Agustín, de 5 años, con particular saña. Agrega que un motivo adicional es que “la que lo parió seguro era drogadicta, de ahí él sacó el odio”.
Nico lleva 10 minutos dando vueltas en la silla, lo observo en silencio, está solo en el consultorio, me pregunta si yo lo estoy viendo girar. Estiro la mano y tomo de la biblioteca un libro que me habían regalado esa mañana, empiezo a leer. Nico salta de la silla y sobre el escritorio, bajando el libro, me mira a la cara por primera vez, y con un dedo sobre la página abierta me pregunta: “¿Qué dice acá? ¿Cómo se llama tu libro?”. “Retrato del artista cachorro”, le respondo y finalizo la sesión.
Dos semanas después Nico viene al consultorio, permanece en silencio sentado en el piso, se acuesta, tiene puesto el mismo buzo con capucha. Veo que transpira mientras mira el techo, le pregunto si no tiene calor, no responde. Estamos en silencio, entonces me levanto de la silla y me acerco a intentar tocar su capucha. Nico busca morderme la mano, doy un paso atrás. Se levanta y corre hacia una pared, se arroja y se golpea. Le pregunto si se lastimó. “Si te mordía la mano te hubiese arrancado un dedo”, me responde. Desde el piso me cuenta: “lo agarré al mariconcito y le di su merecido”. El mariconcito, dirá, es su hermano Agustín. Cuenta cómo lo muerde hasta dejarle marcas en los brazos. “Yo también tengo marcas de morder”, agrega, y me muestra una magulladura en el brazo. Durante esa sesión, todavía reticente, se arrancaba cascaritas de la piel hasta sangrar. Me miraba y se reía.
A la semana siguiente, otro día de mucho calor, viene a sesión con el mismo buzo con capucha. Se saca el buzo y me muestra el hueco a nivel de los hombros, el buzo está arremangado y me mira a través del hueco. Me pide que sonría y dice que acaba de sacarme una fotografía, le digo que la semana que viene, antes de entrar, va a dejar el buzo afuera, y finalizo la sesión.
A los pocos días, viene Graciela a su entrevista. Comienza relatando cómo Nico le retuerce la pierna a su hermano. Cuenta la escena con sumo detalle, de un modo casi barroco, repone el movimiento con las manos, se ríe con lágrimas en los ojos (o llora con una sonrisa en los labios).
Nico llega. Le recuerdo la condición que había puesto para entrar el consultorio. Me dice que no va a entrar. En la semana había podido calcular una intervención: “Entonces no vas a poder jugar con los marca-mordedores”. Sobre el escritorio tenía una caja de marcadores y algunas hojas. Se sienta y comienza a hacer líneas de colores en una hoja. Riéndose, repite la palabra ofrecida, y luego toma una birome negra de mi lapicero y comienza a dibujar. Realiza un dibujo de su familia: modaliza un uso apretado de la línea donde los personajes portan características zoomórficas (picos, garras), le pregunto por su producción: “Es la familia del artista nervioso”. Todos los personajes habían sido nombrados, sus nombres escritos en la hoja, sólo restaba uno en el margen superior izquierdo. Le pregunto si el artista nervioso figura en la hoja. “Sí”, me responde. Le pido me lo indique, tomo la birome y escribo: “artista nervioso”. Finalizo la sesión. Antes de salir, Nico me pide la birome nuevamente, toma una hoja del anotador amarillo que está sobre el escritorio y escribe: “Tortura de Luciano”. Pega la nota en el velador del escritorio. En la entrevista de esa semana, Graciela me cuenta que Nico dibuja en la casa y llama a sus producciones “cuadros”.
Una semana después bajo a buscar a Nico y lo encuentro vestido con un disfraz de mago. Me pregunta si puedo invitar a su hermano a jugar con nosotros. “Él es el ayudante”, me dice Nico. Suben los dos. En el ascensor le pregunto qué hace un ayudante de mago. Responde riendo: “Es al que le explotan todas las bombas”.
Nico mueve el escritorio, pide que me siente en la silla y me pregunta cuánta plata voy a pagar por el show de magia del artista. Le digo que primero voy a ver el show. Hace un truco de cartas y luego me dice que “ahora viene el truco más importante”: tiene un cubilete en el que pone dos superficies de esponja recortadas en forma de conejos, le pide al ayudante una varita mágica, realiza dos golpes y retira el cubilete: hay cuatro conejos, los dos iniciales y dos más pequeños. “De golpe aparecieron dos hijos” digo y finalizo la sesión. En el ascensor Nico me recuerda el tema del pago del show, le digo que “no se puede pagar con plata por hacer aparecer hijos”.
Finalizo aquí el recorte. El trabajo de Nico hasta el momento de la interrupción consistió en la nominación de aspectos filiatorios, donde retornarán los significantes “pago” y “merecido” (significante primero relativo al mariconcito). En la línea del artista, Nico continuó produciendo cuadros, pegándolos en la habitación de su casa (y en la escuela) y llegando a organizar exposiciones de museo a las que cobrará entrada.


Posiciones de la mirada

El caso de Nico invita a pensar por un lado qué diagnóstico puede proponerse. Del lado de la madre, hay cierta estructura persecutoria establecida en el lazo de esta mujer con su hijo. Para ella, el hijo sería una especie de hijo anónimo, ni siquiera filiado con una madre anterior, sino de ese objeto oscuro que aparece nombrado como la “droga”.
En el curso del tratamiento, para Nico, sus padres nunca aparecieron como referencias libidinales más o menos claras, sino –si pudiéramos decirlo de este modo– como objetos de investigación. En este niño había un interés por el saber, notable desde la primera sesión, en la que éste jugaba de una forma especial: a través del saber, Nico buscaba alcanzar la fibra íntima del Otro. Esto es lo que puede encontrarse en su dibujo, en el cual él es representado como extraído, en un margen, como una suerte de espectador de la fauna familiar, en cuya elaboración trabaja con dedicación, luego de que en transferencia –a través del hápax con la fotografía y esa suerte de “palabra-valija” que fueron los “marca-mordedores”– se pusiera en juego la condición de su producción, que fuera expuesto.
En este punto, es interesante recortar esa “tortura” que queda alojada en el espacio transferencial, al producirse retroactivamente un efecto de nominación para quien no se reconocía en ninguna significación estable: “artista nervioso”. Nico expone un saber, antes que padecer los efectos de un discurso reprimido que determinaría su división como sujeto.
Es destacable el pasaje que realiza el tratamiento de la tortura, que vira hacia el “juego” del mago, donde el peso de la escena está puesto en que el otro debería pagar por algo que se le va a mostrar. Nico muestra su verdad para que el otro pague. De este modo, la verdad aparece expuesta, a disposición de un goce al que se dedica con esmero. Por eso, la interpretación del analista –“aparecieron dos hijos”– cayó en saco vacío, y fue arrollada por la inquietud del pago que se debía.
De acuerdo con la secuencia anterior, que se haya autodenominado “artista” es una elección apropiada, ya que, además, no deja de ser interesante el lugar del “ayudante”, reservado para quien acostumbraba ser el principal destinatario de sus mordidas, etc. El desplazamiento en cuestión logra delimitar un escenario menos esforzado, pero en el que sigue estando en un primer plano el mismo propósito: circunscribir un modo de satisfacción a través del “hacer ver”, que logra incorporarse a otros ámbitos (como la escuela, etc.), donde la domesticación del partenaire toma un estatuto simbólico a través del recurso al cuadro como “doma-mirada”. Para Nico, sus obras no son símbolos cesibles al Otro a cambio de su amor, sino una verdadera lección por la que el partenaire debe pagar, en la que no importa tanto qué es lo que se ve, como causar la visión a través de un trampantojo de la mirada. En una de sus últimas sesiones, Nico regaló al analista uno de sus cuadros: una hoja en blanco. Sorprendido, el analista le preguntó el título. “La nada”, respondió Nico. Consultado por una obra tan extravagante, concluyó: “¿Quién te dijo que la nada no se ve?”


Lucas: el fetiche como obturador de la castración

Lucas tiene 10 años. Su madre, de 16 años al momento del embarazo, intentó en vano un aborto casero. Su padre formó otra pareja con la que espera un hijo y lo visita esporádicamente.


Motivo de consulta

Un primo de cuatro años cuenta que Lucas le bajó los pantalones y le tocó el pito. Lucas negó todo. La madre comenta que juega a las muñecas de un modo muy particular: transforma a Ken en mujer.
En el colegio le cuesta aceptar límites y se pelea con los compañeros. Tiene enfrentamientos frecuentes con el profesor de plástica, del que dice: “es tontito, rarito, afeminado y siempre me molesta a mí”. Los hombres quedan ubicados en un lugar degradado. Respecto al padre dirá: “es vulgar, ignorante y no tiene idoneidad para ser mi padre”, “mi papá es un imbécil ignorante, encima hablé con Alicia (la esposa del padre) y le dije que íbamos a empezar un litigio. Me contestó: “ese no es el lenguaje de un niño”, y me cortó. “Odio a ella y al bebé, los voy a mandar a matar a los dos para tener las manos limpias ...Le voy a dar a mi papá donde más le duele.”
Arma un par significante: ignorante-idóneo. La madre y la analista (mujeres ambas) quedan del lado de la idoneidad, mientras que el padre y el profesor caen del lado de la ignorancia. Suele comentar en su casa: “La imagen fuerte son las mujeres”.
Hace muñecas con plastilina con mucha habilidad. Les hace vestidos y siempre deja al descubierto toda la parte de atrás. Agrega zapatos con un taco muy alto y quiere que la analista lo mire. Tiene una sonrisa especial cuando muestra todo este despliegue. La analista le pregunta por qué dejaba la parte de atrás descubierta y él contestó: “Porque es más fácil, eso que me decís no tiene nada que ver”. Sonríe y repite: “Me gustan los tacos...”. Este travestir a los muñecos se desplaza también a su propio cuerpo: “Vino mi mamá con un amigo y yo para molestar me puse los tacos y la bata y me aparecí donde ellos estaban... Tendrías que haberles visto las caras (y se ríe). Entonces me dijeron que iba a ser trolo”.
Es interesante el tratamiento que hace este niño de la imagen: por un lado, cubre con vestidos la parte de adelante del cuerpo, lugar donde podría ubicarse la diferencia entre tener o no tener, dejando al descubierto la parte de atrás. Pero además agrega, a los personajes grandes, pechos que en su discurso aparecerán como indestructibles. En una ocasión dirá: “Las tetas no se pueden destruir, ¿sabés, Patricia? Si a vos te pisa un auto te podés lastimar todo el cuerpo pero las tetas no...”.
Entendemos que Lucas intenta por la vía de las “telas”, los tacos, las tetas, delimitar un fetiche que opere como tapón al encuentro con la castración.
Paulatinamente empieza a armar una especie de novela. Allí los personajes pasan por distintas situaciones donde lo sexual queda en primer plano bajo la forma de la agresividad. La analista quedará tomada en la trama: el paciente agarra un muñeco al que le falta el brazo y dice: “Es Patricia”. La analista señala: “Le falta un brazo”. Él responde: “Es un juego”, y luego le agrega un brazo. “Braulio le dice a Patricia: ‘...qué linda estás, te voy a...’” y se ríe. “Ella va a intentar frenarlo pero no va a poder porque la amenaza con un arma”. Entonces Patricia lo va a hacer meter preso, no le queda otra, porque le apunta con el arma. Y sigue: “es que hay tanto despelote que lo tiene que mandar preso a Braulio...”.
Más adelante, en el medio de sus juegos con muñecos, alude a la analista: “Ahora viene Patricia, que trabaja gratis, a atender a la señora vieja.” Ésta interviene dando por finalizada la sesión, a lo que el paciente responde sonriendo: “Sigamos un poquito más”. La analista se levanta y lo despide.
Vemos cómo va recortando el lugar asignado al partenaire y cómo la analista queda tomada por la trama de las escenas, en tanto Lucas apunta a producir la división en el Otro. Toma elementos claves en relación a las particularidades del hospital. Entre las tetas indestructibles y la servidumbre parece armarse la trama. Podemos pensar que mientras las tetas vienen al lugar del falo, acentuando su presencia al modo del fetiche, haciendo de las mujeres una figura poderosa; por otro lado, la figura de la servidumbre puede ser un intento de controlar al otro, rebajándolo en su estatuto, donde sería él quien detentaría un poder por la vía del dinero. De hecho, le dirá en alguna ocasión a la analista: “A vos no te puedo controlar”.


La ley

Lucas habla de iniciar litigios, cometer asesinatos y mandar a matar a diversas personas:
al vecino que supuestamente le mató al gato, al amigo del padre que lo denunció ante este por sus fantasías de asesinar al hermano, al ex novio de la madre. Su posición va virando hacia la figura del juez. Él mismo quiere ser el juez, para hacer recaer sobre el otro todo el peso de la ley. En una de las novelas construye la siguiente escena en torno a un juicio: Andrea mató al hijo de Enriqueta del Moral sin querer cuando éste la intentaba violar. Él es el juez y dice: “Voy a hacer caer todo el peso de la ley sobre Andrea”. A Enriqueta la ley no le puede hacer nada porque tiene plata. No se trata en modo alguno de carecer de relación a la ley, muy por el contrario, él mismo la encarna e intenta impartirla, exigiendo el sometimiento del otro a la regla. Al mismo tiempo, denuncia la barradura que atraviesa a toda ley en su aplicación, bajo la forma de la excepción, siendo la figura de Enriqueta del Moral sobre quien la ley no puede recaer con todo su peso.
En una entrevista, le dice a la analista de sí mismo, al modo de un autodiagnóstico: “Rompí todos los esquemas ¿no? No estoy en ningún libro. Contalo para que aprendan”.


Conclusiones: El niño fetichista y el niño-fetiche

En su relectura del complejo de Edipo freudiano, Lacan sitúa tras la inscripción del Nombre del Padre, un segundo tiempo en el cual “el padre priva a la madre.” Si esta privación no es aceptada, Lacan localiza algunas vías que llevan a la perversión. Respecto del fetichismo puntualmente señala: “Mostramos en el fetichismo una perversión ejemplar, en el sentido que ahí el niño tiene una determinada relación con el objeto más allá del deseo de la madre, cuya prevalencia y valor de excelencia, por decirlo así, se ha observado, y se aferra a él por medio de una identificación imaginaria con la madre”.7 Entonces, identificación imaginaria con la madre, en relación con el objeto sobre el que se desplaza el falo en el fetichismo. Si la privación es aceptada, se abren las vías para una normalización del pasaje por el Edipo: a partir de la aceptación de la diferencia entre los sexos. En un tercer tiempo, agrega Lacan, el padre se hace preferir a la madre, interiorizándose sus insignias en el sujeto como Ideal.
En los casos relevados se evidencia, tal como señala Lacan en los años 50, que quien encarna la función paterna no ha podido entrar en el juego como interdictor respecto de la madre. Pero observemos que no sólo no opera como interdictor –el padre de Mario queda en un lugar de impotencia en cuanto a oficiar como tercero, el padre de Nico directamente está subordinado a su mujer sin protesta– sino que, en ocasiones, queda ubicado por el niño en un lugar degradado: Lucas deja al padre y a su profesor del lado de los ignorantes; mientras que la madre y la analista quedan del lado de la idoneidad, de la imagen fuerte: las mujeres.
Pero además no se advierte, como en las fobias, cuyo ejemplo princeps es el conocido caso de Juanito, una apelación al padre. Es como si el niño se planteara anticipadamente poder prescindir del padre, en tanto que el reaseguro es la madre, a la cual deberíamos escribir tal vez, bajo el matema La madre (sin tachar). Debiéramos preguntarnos entonces por qué el niño perverso no se psicotiza. Puede aproximarse una conjetura: porque la desmentida opera sosteniendo una disyunción entre la madre y la mujer (ésta última tachada). El perverso sabe de la castración, sabe de lo hétero por excelencia, pero desmiente la castración materna, de allí que ésta se sostenga como su punto de apoyo. 
Si en el Edipo normal el padre se hace preferir a la madre, inversamente podemos conjeturar que en la posición perversa infantil es el niño quien se hace preferir al padre ante la madre. Se ubica en posición de ser no sólo el falo, sino que desde ese lugar encarna el fetiche de la madre, es decir, un objeto preferible al encuentro con el partenaire sexual como medio de goce.
No se trata en tales relaciones entre madre e hijo de lazos de amor. Si, como afirma Lacan, el amor hace al goce condescender al deseo, en este caso, la madre no abdica a favor del deseo (el encuentro con el otro sexo en cuanto supone afrontar la castración) sino que goza de su hijo-fetiche, fetiche negro. Mario es “vago, sucio y quilombero”, Nico es el “hijo de una drogadicta”, Lucas es el resultado del fracaso de un intento de aborto. Recordemos que el fetiche no es un objeto de amor, sino un objeto instrumental que funciona para desmentir la castración. La madre hace de un producto de su cuerpo el sustituto metonímico del pene ausente.
Si el perverso es quien da cuenta del impasse a nivel del encuentro genital, pues bien, en este caso el niño aparece a nivel del goce como preferible para la madre al encuentro sexual con el partenaire-padre. Lucas se ocupa en tal sentido de descalificar al padre y denunciar la impostura del nuevo compañero de la madre mediante los tacos que da a ver la escenificación que realiza ante ellos.
Podríamos conjeturar entonces que no hay una posición perversa en el niño sin una madre que haga de ese niño su fetiche, entendido éste como un objeto de goce que desplaza al partenaire sexual. Como afirma Eric Laurent, “la perversión femenina es tener niños y la pareja perversa femenina es la pareja madre-vers-niño.”
Laurent se pregunta allí “en qué sentido [la] respuesta del niño identificado al falo de la madre puede ser una perversión”,9 ya que éste no deja de ser un momento de la lógica edípica común a las neurosis y a la perversión; y pensar las cosas de este modo nos limita a pensar la posición perversa como una detención en el Complejo de Edipo, con sus consecuencias para la dirección de la cura: se tratará entonces de completar el camino. Es incluso un punto que podemos leer como de desvío en Lacan, quien, bajo esta lógica, llegó a plantear que los homosexuales son curables.10
El paso que hay que dar es ubicar que, desde ese lugar, el niño no se significa como causa de deseo, sino como instrumento de goce. Por ello, Laurent en el texto citado resuelve tal ambigüedad recordando que con posterioridad Lacan sitúa al perverso como instrumento de goce del Otro.
El niño no está meramente en relación a ser el falo de la madre: es instrumento de goce “que se ve arrastrado a ocupar realmente el lugar del Otro, a saber (…) la Madre”11 y en ello consiste su posición perversa. C. Millot sitúa la erotización de la pulsión de muerte como forma primaria de la perversión. Podemos ubicarla como, justamente, la primera posición perversa del ser hablante, en cuanto se presta a ser instrumento de goce del primer Otro, la madre.


Buenos Aires, marzo 2012.


Bibliografía

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Freud, S. (1986). “13º Conferencia: Rasgos arcaicos e infantilismo del sueño”. En: Conferencias de introducción al psicoanálisisObras completas. Buenos Aires: Amorrortu. Está indicado: Vol. XVI.


Lacan, J. (1994). Seminario 4: La relación de objeto. Buenos Aires: Paidós.


Lacan, J. (1957-58). Seminario 5: Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Paidós, 1999.


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Lacan, J. (1965). Seminario 12: Problemas cruciales del psicoanálisis. Clase del 3/02/1965. Inédito.


Lacan, J. (1966-67). Seminario 14: La lógica del fantasma. Inédito. 


Lacan, J. (2008). Seminario 16: De un Otro al otro. Buenos Aires: Paidós.


Laurent, E. (1999). Hay un fin de análisis para los niños. Buenos Aires: Colección Diva.


Lacan, J. (2009). Seminario 18: De un discurso que no fuese del semblante. Buenos Aires: Paidós.


Miller, J.-A. (2011). Donc. La lógica de la cura. Buenos Aires: Paidós.


Millot, C. (1998). Gide, Genet y Mishima. La inteligencia de la perversión. Buenos Aires: Paidós.


Notas
  1. Freud, S. (1978). “Tres ensayos de teoría sexual”. En: 1. Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu. Está indicado: Vol. VII.

  2. Cf. Lacan, J. (1965). 2. Seminario 12: Problemas cruciales del psicoanálisis. Clase 8, 3/02/65. Inédito: “El perverso para quien el deseo se sitúa él mismo, hablando propiamente, en la dimensión de un secreto poseído”

  3. Millot, C. (1998). 3. Gide, Genet y Mishima. La inteligencia de la perversión. Buenos Aires: Paidós. Está indicado: p. 13.

  4. Ibid4. ., p. 14.

  5. Ibid., p. 751.5. 

  6. A las entrevistas fueron citados ambos padres. No 6. obstante, es notorio que el padre sólo vino ocasionalmente, y cuando así fue, no emitió comentario alguno. Interrogado sobre su punto de vista, afirmaba que las cosas eran tal como decía su esposa. 

  7. Lacan, J. (1957-58).7. Seminario 5: Las formaciones del inconsciente. Está indicado: p. 190.

  8. Laurent, E. (1991). 8. Hay un fin de análisis para los niños. Buenos Aires: Colección Diva, 1999. Está indicado: p. 40.

  9. Ibid9. ., p. 14.

  10. Lacan, J. (1957-58). Op. Cit. 10. Seminario 5: Las formaciones del inconsciente. Está indicado: p. 197.

  11. Lacan, J. (1960). “Subversión del sujeto y dialéctica del 11. deseo en el inconciente freudiano”. En Escritos 2.

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Articulos Cientificos
Curriculum del autor/a

Maria Lujan Iuale

mlujaniuale@gmail.com

Psicoanalista. Lic. en Psicología (UBA). Magíster en Psicoanálisis (UBA). Profesora Universitaria y de enseñanza media (UBA). Docente regular de Clínica de Adultos I y de la Práctica: Un acercamiento a la experiencia (UBA). Profesora Adjunta de Psicopatología (UCES). Docente de la Carrera de Especialización en Psicología Clínica (UBA). Ex-becaria de Maestría y Doctorado (UBA). Investigadora UBACyT categoría IV. Autora de diversas publicaciones científicas y del libro Detrás del espejo. Perturbaciones y usos del cuerpo en el autismo infantil. Letra Viva. Buenos Aires. 2011. Terapeuta de PROSAMMiembro de Enlace Clínico. Doctorando en Psicología (UBA).

Santiago Thompson

sthompson@psi.uba.ar

Psicoanalista. Magíster en Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires, donde actualmente es docente de la Facultad de Psicología en la Cátedra I de Clínica de adultos y en la Cátedra I de Psicopatología. Investigador y ex-becario UBACyT. Fue integrante del Servicio de atención clínica de adultos de la UBAentre 2002 y 2009. Autor del ensayo: La sugestión analítica. Construcción de un concepto freudiano (2011). Doctorando en Psicología 

Luciano Lutereau

llutereau@googlemail.com

Psicoanalista. Lic. en Psicología y Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Magíster en Psicoanálisis (UBA). Docente regular de la Cátedra I de Clínica de Adultos y de la Cátedra I de Psicología Fenomenológica y Existencial (UBA). Profesor Adjunto de Historia de la Psicología y Estética (UCES). Autor de Lacan y el BarrocoHacia una estética de la mirada (2009) y La caricia perdida. Cinco meditaciones sobre la experiencia sensible (2011) entre otros, y de diversas publicaciones científicas.